El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

Si fuéramos más, nos iría mejor

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“No tiene por qué estar asociado a temas de género” me aclararon por Whatsapp cuando me invitaron a escribir en esta edición. Mientras lo leía pensaba: “no estaría habiendo ninguna chance de que en la edición de marzo -enteramente dedicada a las mujeres- escriba sobre otra temática”.

¿Por qué? Porque este último año fue revelador. Tomé infinita consciencia del nivel de resistencia que genera la lucha por la equidad de género, y más específicamente el término “brecha de género”. Pronunciarlo, escribirlo, twittearlo despierta oleadas de enorme intensidad de rechazo por parte de hombres. Y también de mujeres. Tomé también infinita consciencia de que aún no hemos caído en la cuenta, como sociedad, de que si tenemos más mujeres en roles de liderazgo, tomando decisiones, complementando visiones, trabajando juntos, nos iría mejor. A todos.

Escribo como mujer. Escribo como legisladora. Escribo como esposa, como madre de tres. Escribo como hermana, como hija, como sobrina, como amiga. Escribo como alguien que aunque llegó hace poco a la arena política tiene una vida de compromiso y trabajo en temas sociales. Una vida a la que fui sumando causas y banderas según las etapas de la vida que me tocó transitar. Desde muy temprano me inquietó la desigualdad de oportunidades. Me obsesiona derribar barreras. Barreras al acceso de una educación de calidad. Barreras al empleo. Barreras para que las personas puedan desarrollarse en plenitud.

Muchas de las causas por las que he trabajado y trabajo están vinculadas a lo esencialmente femenino. Trabajo por el parto humanizado, por la importancia de empoderar a la mujer a la hora de elegir cómo parir (por esta lucha sacudí sistemas de un país ajeno para cambiar protocolos hospitalarios de una ciudad de EEUU). Trabajo por la necesidad de apoyo a la lactancia. Trabajo por el derecho de un bebé -sin voz ni voto- a ser amamantado. Trabajo para que esa mujer, puérpera y muchas veces desbordada reciba apoyos. Trabajo por los derechos de las personas con discapacidad. Trabajo para que entendamos que la diversidad nos enriquece y nos hace mejores.

De manera más reciente trabajo por la igualdad de oportunidades para las mujeres. Fui una de las tantas que creía -hasta hace relativamente poco- que las mujeres que nos lo proponíamos llegábamos a donde queríamos. Que con formación y trabajo duro lo lográbamos. Hace algunos años profundicé -junto a talentosas mujeres profesionales- lo vinculado al liderazgo y género y resulta que la realidad estaba lejísimos de lo que yo creía. La realidad era infinitamente más difícil para las mujeres y las cifras en nuestro país y en la mayor parte de los países son contundentes. Lapidarias.

La bajísima proporción de mujeres en puestos de decisión se da en una enorme variedad de disciplinas pero vayamos a la política. La política en Uruguay sigue siendo una actividad predominantemente masculina. Fue y sigue siendo en su mayoría pensada por hombres y para hombres. Con lógicas masculinas en relación a los horarios, al lenguaje, al estilo de comunicación. Por tanto, pareciera que si queremos hacer política desde nuestra esencia femenina caemos en ser juzgadas como “débiles” o “flojas”. Dice Jacinda Ardern: “Una de las críticas que he enfrentado a lo largo de los años es que no soy lo suficientemente agresiva o asertiva, o que tal vez, porque soy empática, soy débil. Me rebelo totalmente contra eso. Me niego a creer que no podamos ser compasivos y fuertes a la vez”. No podría coincidir más con estas palabras. No veo necesario masculinizarse para ser una buena política. De hecho, creo que justamente las áreas en donde las mujeres puntuamos alto: capacidad de escucha, empatía y habilidad para conciliar -por nombrar algunas- son enormemente necesarias en esta actividad.

Sabido es que en Uruguay la representación femenina continúa siendo históricamente baja en cargos electivos así como en cargos ejecutivos en el Estado. En las elecciones departamentales 2020, de 171 candidatos solo 27 fueron mujeres. En el estudio sobre las elecciones subnacionales del año 2015 (Pérez, 2015) se analiza la importancia que han cobrado las elecciones departamentales por ser la “puerta de entrada a los cargos nacionales”, por lo cual si hay poca representatividad femenina a nivel local, menos la habrá a nivel nacional[1].

¿Pero qué opinan de esta realidad los uruguayos? En la encuesta de opinión pública realizada en el año 2018 por ONU Mujeres en Uruguay, la mayor parte de las personas encuestadas se mostró a favor de aumentar la presencia de mujeres en cargos políticos. Para hacer un doble click a este desafío comparto un árbol que problematiza la baja representación femenina en cargos electivos en Uruguay creado por la Economista Carolina Ferreira. Las causas se explicitan en las raíces y las consecuencias en las ramas. Le sumaría a estas causas lo vinculado a la selección de horarios de la actividad política (en su mayoría en horarios que dificultan la compatibilización con las tareas de cuidado así como lo extenso en horas de la actividad de la militancia), el uso del lenguaje y la exposición en la era de redes sociales.

Vayamos al lenguaje. Recuerdo un acto político de hace algunos años con nitidez por un discurso con un altísimo porcentaje de vocabulario bélico. Batalla, milicia, ejército, enemigo. Nada de lo que se decía resonaba en mí. En este sentido un estudio realizado en la Cámara de los Comunes del Reino Unido sobre casi 200 discursos parlamentarios pronunciados entre 1997 y 2016 sobre tres áreas políticas: educación, inmigración y bienestar  de la University College London de la Cambridge University concluýo que los discursos tienen implicaciones importantes sobre cómo se discuten e informan las políticas, cómo el público se relaciona con las élites políticas y cómo los legisladores representan a sus electores. El estudio concluye que una dimensión clave en la que se dice que se diferencian hombres y mujeres es con respecto a sus estilos de comunicación. Mientras las mujeres estructuran sus argumentos de forma concreta al discutir políticas, siendo menos adversarias o agresivas, los hombres utilizan el lenguaje confortativo con más frecuencia, capturando comportamientos tales como insultos o calificaciones. En el 2020, me tocó exponer en un evento organizado por La Diaria y luego de mencionar este punto relacionado a la comunicación la reconocida Doctora en Ciencias Políticas Niki Johnson me mencionó su intención de profundizar esta área de investigación en nuestro país. Ojalá se concrete.

Creo que otra de las barreras de entrada y permanencia en la actividad política por parte de mujeres -la exposición- está exacerbada en la era de las redes sociales. “Las redes sociales pueden ser un lugar muy feo si sos una mujer política” titula el diario The Guardian[2]. Por otra parte un estudio cualitativo y cuantitativo sobre violencia política contra mujeres en Ecuador en redes sociales concluye: “La violencia Política en redes sociales toma diferentes formas. En los casos de las mujeres electas con alta visibilidad política, las redes sociales Facebook y Twitter producen y reproducen grandes volúmenes de discursos violentos basados en estereotipos de género. El contenido violento dirigido a estas mujeres incluye publicaciones con el lenguaje violento, diseminación de rumores o información falsa, creación de memes, uso de hashtags entre otros. Por la naturaleza de estas plataformas, el contenido que se produce en ellas se disemina con facilidad, y alcanza a grandes audiencias con inusitada rapidez”. Por otra parte, un estudio de la Harvard Kennedy School propone[3]: “La ciber violencia contra las mujeres en general y contra las mujeres políticas en particular, debe ser abordado por el sector público y privado para generar consciencia y desarrollar nuevos códigos de conducta que puedan proteger mejor a los legisladores cuando interactúen con los ciudadanos en redes”. Mientras traduzco visualizo la resistencia hacia estas palabras. Los interesantísimos artículos e investigaciones sobre esta temática me confirman que sería muy interesante discutir y profundizar más a nivel local.

La prestigiosa consultora McKinsey junto con las Naciones Unidas [4] declara en su estudio del año 2017: “Diversidad de género en el Estado: ¿un acelerador de desarrollo? Que cuando se define la transformación requerida para implementar la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible generalmente se enfatiza que las instituciones públicas que reflejan la diversidad de la población para la cual trabajan son tanto intrínsecas como instrumentales en lograr los objetivos. Las partes interesadas (Stakeholders) privados y públicos por igual reconocen de manera creciente que la diversidad, incluido el acceso igualitario para hombres y mujeres a roles de liderazgo, no es solo el camino correcto sino el más productivo”.

Si el diseño y la implementación de políticas públicas impactan directamente en toda la población, siendo esta más de la mitad mujeres, no me queda ninguna duda de que si fuéramos más nos iría mejor. Resta pensar juntos, hombres y mujeres, cómo podemos acelerar un proceso que está demorando demasiado.


[1] Carolina Ferreira, trabajo final Diploma en Género. Flacso.

[2] https://www.theguardian.com/public-leaders-network/2016/oct/21/female-politicians-social-media-abuse-european-parliament

[3] http://www.w20-germany.org/fileadmin/user_upload/documents/WIP-Harvard-Facebook-Study_Oct2016.pdf

[4] https://www.undp.org/content/dam/undp/library/Democratic%20Governance/Public%20Administration/gender%20diversity%20in%20the%20state.pdf


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