El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

Del 83 al 20

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Una tardecita parecida a las de estos días, pero de fines de febrero de 1983, me instalaba por primera vez en uno de los escritorios de la histórica redacción de “El Día” y cumplía, así, un sueño que llevaba buen tiempo persiguiendo: el de ser periodista profesional y trabajar en un medio reconocido, junto a muchos de los mejores.

Los periodistas somos testigos y narradores de la Historia del futuro, porque nuestro trabajo —y vaya si lo habré visto en estos 38 años que siguieron a aquel comienzo— será fuente de quienes, pasadas las premuras de lo cotidiano, construirán la narración más o menos definitiva.

Eso es así en cualquier año y en cualquier tiempo, pero vaya si en 1983 esa definición fue tan clara y literal.

Quienes nos iniciamos profesionalmente por ese tiempo —unos en el periodismo y otros en la política—, somos identificados como “la generación del 83”.

Estábamos en plena dictadura, pero ya sabíamos que transitando la recta final, aunque las maneras de aquel final aún resultaran inciertas.

Cada día surgían hechos que había que contar, aún buscando vueltas para decirlos, para eludir la censura de quienes, ya sabiéndose derrotados y quizás por eso, cada tanto emitían rabietas en cadenas de radio y televisión, o reprimían a palazos unas expresiones populares que entendían que no iban a poder seguir conteniendo.

De esos ingenios dialécticos y éticos, y de esas certezas de una democracia inminente pero aún en reconstrucción surgimos, a los ponchazos (todavía sin una facultad que nos formara) una nueva generación de dirigentes políticos de todos los partidos y de periodistas de varios medios que marcarían impronta incluso hasta ahora.

Es de reconocer que los periodistas hemos gozado, quizás, de mayor reconocimiento público y de quienes debían estimular nuestras trayectorias. Véase, si no, el destino de Claudio Paolillo, Gerardo Sotelo, Alfonso Lessa, Nelson Fernández, Leonardo Haberkorn, Álvaro Amoretti, Gabriel Pereyra y tantos otros, con quienes luego nos reencontraríamos en una inolvidable redacción de “Búsqueda”.

A los dirigentes políticos de aquella primera generación les ha costado más alcanzar la primera línea, quizás por la propia avidez de una generación mayor, que esperaba su hora tras 12 años de silencio y confinamiento, y que luego no supo, o no pudo, heredar a muchos de quienes venían atrás.

Debo señalar, a este punto, que entre ni unos ni otros, había exponentes mujeres, al menos en la primera línea, y los resultados estuvieron claros: pasaron varios lustros para que una periodista liderara una redacción o un noticiero, mientras que la conformación del Parlamento 1985-90 fue de 130 hombres en 130, algo que cambiaría bien poco en las cuatro legislaturas siguientes, con un tope de alrededor del 10% de legisladoras, cuando ya hacía rato que las estadísticas marcaban, como ahora, que como conjunto llevamos distancia delantera en egresadas de todos los niveles de la educación. (Esto es, queda claro que el problema no es la falta de capacidad para llegar).

Mucha historia pasó en el medio de aquel inicio de reconstrucción y de esta democracia que hoy es, para desgracia del mundo y privilegio de los uruguayos, una de las 20 plenas del planeta.

Sin embargo, nos encontramos, otra vez, ante el desafío crucial del cuestionamiento a esas dos profesiones fundamentales para la democracia que hoy, igual que en el 83, son llamadas a liderar la reformulación de sus roles claves.

El ejercicio político como actividad profesional y legítima para organizarnos como entidad soberana, está fuertemente cuestionada, aquí y en el mundo.

El periodismo profesional, también.

Quizás las razones sean algo diferentes, pero en todo caso el desafío comparte la gran zona común de las nuevas maneras y tecnologías para comunicarnos, que llevan al enorme error de creer que no necesitamos quién nos represente ni quién nos cuente.

El periodismo todo aún busca la forma de que los medios masivos, como sostén y garantía (a veces única) de la democracia, sean viables económicamente y profesionalmente dignos.

La política como actividad que requiere también de gente formada —con cercanía a los ciudadanos pero conciencia de que los problemas complejos necesitan de respuestas complejas y no siempre simpáticas para todos— también está puesta hoy en fuerte cuestión.

Estamos necesitando hoy una generación 20, la que ayude a reconstruir este nuevo mundo que vimos dramáticamente cuestionado en el año que cerró —pero también durante todo este inicio de siglo— y que sea mucho mejor, con más mujeres en sus filas, con personas diversas en todas las dimensiones, y con medios apoyados por ciudadanos que comprendan que sin ellos las democracias quedan mudas, expuestas a cualquier tipo de atropellos.

Bienvenido “El Día” a estos nuevos desafíos.


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