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Trump, el empresario dorado devenido en presidente

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Recién salido de la Casa Blanca, luego de una serie de oscuros episodios que culminaron con el asalto al Capitolio, Donald Trump está en boca de todos. Aún no conocemos el desenlace de esta historia, se sospecha que volverá a presentarse en las próximas elecciones, si no se lo logra impedir la ley o su partido. Sea cual fuere el curso de los episodios venideros, lo cierto es que estamos en un momento oportuno para conocer mejor su personalidad y empezar a hacer un balance de su presidencia.

En esta oportunidad concentrémonos únicamente en introducir al personaje, un millonario narcisista que hizo fama como empresario en la década de los 80 en New York, con base en un estilo grandilocuente y farandulero. Fue famosa su disputa con el Gobernador del Estado de New York, quien tardaba demasiado en reinaugurar una emblemática pista de patinaje en el Central Park, hecho por el que Trump lo descalificó públicamente y luego ofreció hacerse cargo de la obra de forma gratuita y tener en funcionamiento la pista en un tiempo record de seis meses, a cambio de obtener su concesión. Finalmente, la ciudad acordó pagar la obra, la cual fue realizada en tiempo y forma por Trump, por lo que el magnate ganó una gran notoriedad como hombre de negocios y excelente contratista, sin poner un solo dólar de su bolsillo. También fue emblemático su programa de televisión, “The Apprentice”, donde él le imponía una serie de pruebas a los concursantes, quienes competían por US$250.000 y la posibilidad de dirigir uno de sus emprendimientos. La frase favorita y más repetida por el protagonista era: “you’re fired!” (¡estás despedido!).

Pero quizá, lo que lo describa mejor sean sus emprendimientos inmobiliarios, o mejor dicho sus monumentos faraónicos, exhibidos de forma impúdica en las principales ciudades de Estados Unidos y en algunas metrópolis alrededor del mundo. Su edificio más emblemático, es la Trump Tower, un rascacielos de 58 pisos ubicado en la Quinta Avenida. Sobre la fachada principal, a unos cinco metros del piso, unas letras gigantescas anuncian: “Trump Tower”. Debajo, a la altura del transeúnte, nuevamente se aprecia: “Trump Tower”. Flanqueando ambos costados de la puerta principal, sobre un tablero negro, se lee en letras doradas: “The Atrium at de Trump Tower”, “Trump Bar”, Trump Grill”, “Trump Café”, “Trump´s Icecream Parlor”, “The Trump Store”, “Trump Events at the Atrium”. Los prístinos vidrios de la puerta automática rezan en dorado “Trump”, acompañado de una plétora de pequeñas “T” derredor. Uno de los puntos más sobresalientes del interior es la Trump Store, donde pueden adquirirse por precios desorbitados todo tipo de productos de dudoso buen gusto, con el nombre Trump impreso de la manera más ostensible e impúdica.

El edificio se asemeja a un palacio barroco y el dorado todo lo inunda: puertas doradas, escaleras doradas, letreros dorados, hasta los porteros deben llevar galones, botones y e insignias de color oro. Pero cuando pensamos en un edificio pomposo, enseguida se nos viene a la mente otro landmark trumpiano, el Trump Hotel de Las Vegas. ¿Cómo llamar la atención en la ciudad de los excesos? Fácil, basta con construir un rascacielos de 64 pisos recubierto de cabo a rabo por vidrios bañados en oro 24 quilates. Podríamos seguir describiendo, con idéntico resultado, los más de cien hoteles, torres, campos de golf, casinos, restaurantes, calles, libros y revistas que llevan el insigne nombre del presidente más polémico de la historia los Estados Unidos.

Observando sus edificios y negocios vemos el espíritu que impulsó su presidencia. Trump es narcisista, grandilocuente y muy inteligente. Siempre deseoso de lo más grande y “lo mejor”, está dispuesto a embarcarse en proyectos megalómanos, sin que lo detenga el miedo al ridículo u otras consecuencias más serias. Buscaba la atención del público, el poder y, sobre todo, un lugar bajo el cálido sol de la fama. Que nos quede claro, no se resigna a retirarse en silencio del centro de nuestra atención, sueña con ver el nombre Trump estampado con letras de oro en los libros de historia de todo el mundo. Se empeña en que no nos podamos deshacer tan fácilmente de su legado, porque su peor enemigo es el olvido que lentamente a todo lo humano alcanza.


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