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Rampla perdió en dos finales la posibilidad de ascender a la divisional “A”, de regresar al lugar al que pertenece. Uno de los equipos con mayor cantidad de simpatizantes e hinchas.

Asentado en la popular Villa del Cerro, pero con gente que lo sigue que se encuentra dispersa por todos los barrios montevideanos y en la mayoría de los departamentos del interior del país. Hay un Rampla en los más diversos rincones del Uruguay.

Pasaron algunos días de ese momento y seguramente si esta nota la hubiera escrito con otro resultado final el contenido sería casi el mismo. La única diferencia iba a ser las emociones personales: de alegría inmensa ante el triunfo y de tristeza en la derrota. Se dio esto último, la derrota, pero nada más que eso.

Es verdad, hay que reconocerlo, no fue cualquier derrota, ante el tradicional adversario siempre adquiere una trascendencia mayor y porque no decirlo…duele más. Pero reitero, no pasa de eso, no puede pasar de eso.

Hablamos de fútbol, que forma parte importante en la vida de la mayor parte de los uruguayos, pero que no es la vida misma. La vida seguramente nos deparará, si ya no lo hizo, momentos más difíciles que seguramente empequeñecerán esta u otra derrota deportiva.

Estas cosas que tiene el fútbol, un triunfo o una derrota puede cambiar todo, te lleva del paraíso al infierno, del aplauso a la silbatina, de la aprobación al rechazo, de levantar en andas al titán vencedor a exigir que alguien sea quemado en la hoguera. No debería ser así, no es justo que sea así. Rampla es mucho más que eso.

Tuvo que atravesar en lo deportivo una primera parte del año muy mala, para el olvido, que se pudo revertir en la segunda parte, pero que nos llevó, unido al magro puntaje del año anterior a estar peleando hasta el último partido del campeonato, en los dos extremos: por lograr un lugar por el tercer ascenso y luchando por zafar del descenso a la vieja divisional “C”.

El esfuerzo estuvo dentro y fuera de la cancha. Se dejó todo. Jugadores, cuerpo técnico, colaboradores, dirigentes y la sufrida y siempre fiel gran parcialidad que llegó a agotar localidades, cosa no muy común en el fútbol uruguayo y menos en la divisional de ascenso.

¿Errores? Si, claro, errores se cometen siempre. Sobre todo, lo cometen los que hacen.

¿Discrepancias? Si, siempre van a existir, es sano que existan, es difícil que estén de acuerdo todos en todo. Pero la experiencia enseña que si tanto queremos a una institución hay lugares donde exponer esas diferencias, las redes sociales no es el lugar indicado. Menos aún utilizar el oportunismo de la derrota.

La dirigencia encabezada por su presidente Daniel Bianchi ha realizado una buena gestión, con aciertos, errores, con claroscuros, pero con un balance positivo. Un hierro caliente que nadie se animaba a agarrar.

Una sede que se caía a pedazos. Un salón de asambleas en los que había que andar saltando los charcos los días de lluvia. Un pozo que era el reflejo fiel de una piscina que hace 60 años esperaba ser concretada.

En poco tiempo, la situación cambió. Se logró un proyecto muy esperado, una gran obra social que beneficiaba a la institución y a toda la barriada.

La remoción de la sede en todos sus salones, sala de aparatos, entrenamiento y la piscina a punto de terminarse.

Con un grupo inversor privado y con un especialista en infraestructura deportiva a la cabeza, el sueño fue posible.

Las dificultades económicas están siempre a la orden en la mayor parte de las instituciones del fútbol uruguayo, Rampla, que arrastra deudas, no es la excepción. Pero el esfuerzo y trabajo logró, como no sucedía últimamente, que los jugadores y funcionarios del club estuvieron al día, incluso en los peores momentos deportivos.

Es cierto no ascendimos, el dolor es grande, pero la rica historia de Rampla obliga a seguir, 108 años de historia nos manda, con una parcialidad que empuja, que nos hace grandes.

Picapiedras a seguir! ¡Rampla necesita el esfuerzo de todos!

Es necesario mucho más que un triunfo o una derrota para ser grande como Rampla.


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