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Diciembre, de nuevo. Mes interesante y subjetivo: algunos estirados como el galgo de la Onda (gracias a mis padres por ese dicho) aún con el aguinaldo de por medio; otros, ya preparados para el round 23’; varios, agarradísimos del semáforo de la esquina más ventosa de Salto en El Palacio, esperando así que se calme el soplido para entrar en el próximo año y evitar seguir colgados; ciertos, quemando todas las naves porque ‘‘es fin de año’’ y ‘‘la vida es una’’. Y está bien, para los colores y las formas, los gustos. Nada escrito.

Más allá de toda situación por la que el mes de diciembre nos lleva y las situaciones que nos genera de manera espiritual, mental e inclusive física, nuestros amigos de cuatro patas (principalmente los perros) deben ser quienes después de nosotros, también pasan mal.

Llega Papá Noel y con él los regalos de todo tipo y tamaño, envueltos, claro, para no perder la tradición. Y es que está estupendo, genial. Pero a veces Papá Noel no tuvo en cuenta algunas cuestiones importantes a la hora de dejar la caja con orificios abajo del arbolito. Quizá para ahorrarnos un berrinche y no hacer pedazos la ilusión de los niños, el nuevo integrante de la familia aparece, normalmente pequeño como un peluche, tambaleándose de lo poco que conoce el mundo y su propia existencia. Tiernísimo. Y está bien, está genial. Pero esa felicidad de verlo juguetear y explorar, desaparece cuando los cuidados y tratos básicos que debería tener un animal no están y todo empeora… para él, por supuesto. Cuando va al baño donde no debe, muerde los muebles, le salta a todas las personas que ve, corre porque necesita gastar energía, rasguña sin querer queriendo, etc.: ¡Sorpresa! Un montón de pensamientos y reacciones pueden aflorar, quizá siendo estas últimas las peores. Peores si uno cree que pegándole hasta el cansancio a un perro lo va a hacer más bueno. Peores si cree que un perro es un adorno. Es que esto va más allá del post o de la Instagram Stories anunciando al nuevo integrante de la familia. Para ser integrante de la familia, tiene que ser realmente integrante de la familia. Eso incluye un trato familiar, no carcelario. No te des cuenta tan tarde.

Diciembre no es un mal mes para los caninos únicamente por la posibilidad de ser un neonato perruno que cayó en manos de padres primerizos (o no) y que creen que solo hay que darle cuerda un rato para que haga un numerito entretenido y ya está, después a la caja. El uso de la pirotecnia y sus estruendos en este mes festivo, hacen que los perros sufran un montón.

Nunca estuve en una guerra, sólo he podido leer alguna que otra, pero creo que quizá muchos de nuestros perros tengan hoy más guerras que nosotros. Estruendos inexplicables, humos, colores, chispas, olor, etc. Todo por todos lados, por varios minutos, sin anticipación. Desorientación, nerviosismo y ansiedad, impulsividad, miedo y búsqueda de un lugar seguro. Tratan de sobrevivir aun perdiendo todos los sentidos. Y algunos lo logran, otros no.

Tampoco todo termina allí. Al igual que en las guerras, a los soldados les pueden quedar secuelas después de las batallas: la pérdida de la audición es de las más comunes. Los animales son más sensibles auditivamente. Los perros pueden escuchar hasta 60.000hz, nosotros hasta 20.000hz. Los gatos escuchan más todavía, imagínate entonces. De igual forma, claro está que la pirotécnica sonora afecta también a bebés, adultos mayores, personas con hiperacusia, personas con problemas de salud mental, etc. De formas distintas, pero les afecta. En los perros también quedan cuestiones postraumáticas que los pueden condicionar de por vida. El problema es que no puedo llevar a mi perro al psicólogo para que pueda racionalizar y canalizar sus experiencias para mejorar. Él si puede hacerme de psicólogo y escucharme por horas, pero no puede ser un paciente. Es decir, muchas veces los daños son irreversibles.

Y como si el último mes del año fuera poco para los amigos de cuatro patas, también llega Enero, que para alguno de ellos puede ser complicado. El mes del verano, de las playas, de las piscinas, del descanso y del disfrute. En la valija lo necesario y en el auto también.

La imposibilidad de llevar el animal al lugar de veraneo a veces saca lo peor de los humanos: desde abandonarlos sin dejarle nada hasta volver o abandonarlos para siempre. ¿Nunca les llamó la atención algunos perros en estaciones de servicio, por ejemplo? Podrían venir del campo, es verdad, pero también algunos son de personas que engañando al perrito lo han dejado por allí. Cerca o en alguna cuneta, alguna zanja, etc. Como si le dijeran al animal que ya es hora de que se independice, que vaya a buscarse la vida, que forme una familia y pague sus impuestos como buen ciudadano. Y el perro, como Argos, leal, todavía espera. Mete su nariz, huele, mueve las orejas, aúlla, llora, pero nunca deja de tener la esperanza de que van a venir por él. Y no es ingenuo, es leal. Se le nota en la mirada. Porque, así como los respetables y merecidos soldados que prometen y juran ante su patria defenderla, los perros hacen lo mismo con sus amos, incluso si no son merecedores de ellos. Y no ser merecedor de un animal tan noble como un perro, habla más de uno, que del chicho.


La ilustración de la portada es de Paco Catalán. @pacocatt (Twitter).


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