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Partidos y ciudadanía

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En tiempos de individualismo feroz y empoderamiento virtual, en los que cada uno de nosotros supone que por el solo hecho de postear una reflexión en Facebook o enfrascarse en algún debate inconducente en Twitter nuestra voz es escuchada y podemos prescindir de intermediarios y estructuras colectivas, conviene preguntarnos qué es un partido político y para qué sirve.

Sugiero como piedra de toque una aproximación sencilla y elemental: un partido político es una suma de voluntades diversas engarzadas en un proyecto colectivo.

Por el contrario, si el común denominador de sus integrantes fuera la búsqueda de su beneficio particular y no tuvieran otra cohesión que la referencia nominal a la divisa, se pervertiría su naturaleza y razón de ser, convirtiéndose en un mero instrumento al servicio de intereses espurios.

Aun los partidos tradicionales, surgidos al fragor de las montoneras y las chuzas se definen por algo más grande que eso. El caudillo fundacional, era algo más que un gauchocorajudo y carismático; era la expresión de un sentimiento popular y la encarnación de un sueño compartido por miles de personas. Y ni que hablar de los “partidos de ideas”, hoy en franca extinción, fundados en la observancia de ciertas doctrinas y la práctica de sus correspondientes liturgias.

La historia enseña que los partidos fuertes, orgánicos y propositivos, con un para qué claro y definido, no sólo contribuyen a que vivamos en democracias vigorosas sino también en sociedades integradas y abiertas, en las que reina el pluralismo, se cultiva el debate civilizado y se respetan las instituciones.

Pero esa organización depende de dos factores aparentemente menores, en relación a sus bases: en primer lugar, de la labor docente que realicen sus dirigentes, transmitiendo sus valores, principios y tradiciones troncales a las nuevas generaciones; y, en segundo lugar, de la ejemplaridad con la que se comporten en todo momento. Un viejo refrán latino señala que las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran.

Nada hace más daño a un partido que el relativismo y el “laisses-faire, laissez-passer” que a menudo domina su vida interna. Cuando todo vale, nada vale; y cuando cada uno hace lo que quiere, no hay destino colectivo. Conclusión, pierden respetabilidad y se desacreditan, dándole pasto a los liderazgos personalistas, las plataformas corporativas y los movimientos radicales. Así, terminan debilitando la institucionalidad democrática, pervirtiendo la representación que obtuvieron de una porción de la ciudadanía y contribuyendo a que reine el nihilismo y la desconfianza en las estructuras establecidas.

Por eso, es imprescindible que los partidos tengan vida interna, que su militancia participe y plantee sus inquietudes, ideas y demandas, y que la ciudadanía que se identifique con ellos, controle, reclame y se haga escuchar, sancionando a aquellos que transgreden las líneas rojas de la ética o cuyas acciones contradigan su esencia ideológica y filosófica.

Ya lo dijo el Maestro hace más de un siglo y dejó impreso en nuestra memoria colectiva: “En una democracia de verdad, el pueblo no debe conformarse con elegir a sus gobernantes, debe gobernar a sus elegidos.”


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