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Quienes sentimos la filiación partidaria en la sangre, una sangre que no podía ser de otro tono que colorado, vivimos todos los meses de octubre con especial intensidad.

Porque un 27 del pasado mes, del año 1784, nació el fundador de nuestra divisa, el inolvidable Fructuoso Rivera, un caudillo excepcional que forjó la nacionalidad y dejó una marca indeleble en la historia de la nación.

El 20 de octubre de 1929 fue la fecha de la partida de don José Batlle y Ordóñez, el hombre que pensó y construyó el Uruguay moderno, ese pequeño país modelo que nos distingue y enorgullece en el contexto regional y mundial.

Apenas cuatro años después, el 26 de octubre de 1933, muere otro batllista de excepción: Julio César Grauert. Enfrentado al golpe de estado de Gabriel Terra, que había motivado en marzo la inmolación de Baltasar Brum, Grauert es baleado por la policía del dictador y muere sin atención médica en un calabozo, con apenas 30 años de edad.

Pero la libertad nunca se marchita y siempre vuelve a brotar: el 25 de octubre de 1927, dos años antes del fallecimiento de Don Pepe y seis antes de la partida de Grauert, nacía Jorge Batlle: la cuarta generación presidencial de una familia que delineó la historia del partido y del país.

Como Frutos lideró un país naciente, como Batlle y Ordóñez lo pacificó y convirtió en paradigma de democracia y justicia social, y como Grauert legó un ejemplo perdurable de defensa de la libertad, Jorge Batlle entró a la posteridad habiendo librado al país de la mayor crisis económica exógena de su historia.

Tal vez parezca arbitrario que evoquemos tantas efemérides, pero hay que entender que no son importantes como mera acumulación de datos históricos.

Lo son por lo que representan, por los contenidos racionales y afectivos que traen consigo.

La historia colorada, forjada en tantos octubres memorables, es un continuo de lucha por la libertad y la construcción republicana.

Es la consolidación del civismo por el camino de la persuasión y la tolerancia.

Es la aceptación de que los pueblos eligen su destino a través de liderazgos contundentes, de dirigentes que saben señalar caminos, pero que al mismo tiempo son sensibles a la motivación de sus votantes.

Cada conductor del Partido Colorado respondió a la realidad de su época con una combinación óptima de pragmatismo e idealismo.

Con el primero, superaron crisis y problemas.

Con el segundo, soñaron un futuro mejor que tuvieron la fuerza de concretar.

Hasta el más escéptico admite que Uruguay es una de las mejores democracias del mundo y eso no nació por generación espontánea: fue la construcción de un partido político que puso razón y corazón en forjarlo.

Cuando hoy el presidente Sanguinetti evoca a nuestros grandes líderes, restablece un orden y una ética que la superficialidad de estos tiempos no debería saltear.

En épocas de redes sociales que privilegian la información chatarra y escamotean los grandes temas políticos y filosóficos, hace falta más que nunca mirarnos en el espejo de quienes nos han heredado grandes ideales y convicciones.

No es refugiarse en la nostalgia, al contrario.

Es volver a las fuentes para encontrar la inspiración que nos permita seguir avanzando en dignidad y republicanismo liberal.

Porque como dice nuestro himno partidario, “Si alcanzamos una cumbre siempre hay otras más allá. Siempre claras, luminosas y más altas cumbres hay”.


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