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Según censo del 2020 hay casi 4.000 personas en situación de calle, de esa cantidad 885 viven en la intemperie.

Se ha constatado que las primeras causas de acabar viviendo en la calle son los conflictos familiares, las adicciones y a causa de la pandemia del Covid-19 se ha agregado una nueva razón: la crisis económica.

En el año 2020 el crecimiento de la población en situación de calle fue llamativo, en comparación con el 2019 aumentó un 25%. Si bien en el 2020 se crearon más lugares en refugios, tras el gran crecimiento del porcentaje de personas en situación de calle, no se alcanzó a alojar a todos los necesitados y hoy en día el panorama sigue siendo preocupante.

A pesar de que Uruguay es un país pequeño, dentro de él nos encontramos con diferentes realidades, la situación no es la misma en Montevideo que en Cerro Largo, por ejemplo. Lo que no cambia es el trato de la sociedad hacia estas personas, la indiferencia, el maltrato y sobre todo el prejuicio.

El discurso social de tristeza, empatía y compasión está latente en todos lados, pero pocos son los que se acercan a brindar un plato de comida, una frazada, un abrigo. Parece que lo que en verdad existe es el miedo, la exclusión, y la marginalidad.

Estas personas no solo carecen de un lugar donde vivir, sino que tambien carecen del trato, del respeto que como seres humanos merecen. Las miradas con desprecio, la compasión que los hace recordar aún más en la situación en la que se encuentran. Se debe asimilar que la compasión no es el camino correcto para cooperar con personas que viven su vida con la incertidumbre de no saber que les pasará, en que adicción tendrán que caer para soportar una noche más en esas condiciones.

Necesitamos una sociedad más empática que se dé cuenta de que las personas que viven en la calle son seres humanos, en la mayoría de los casos son personas golpeadas por la pandemia, que perdieron su casa, su familia, lo perdieron todo. Aun antes de la pandemia existían muchas personas viviendo en la calle, muchos de ellos por problemas familiares, contextos difíciles, o problemas económicos.

Los que gozan de un hogar, de alimentos suficientes, de abrigo, tendrían que llevar consigo el deber moral de ayudarlos, pero no con una actitud compasiva que los encasille otra vez en la situación crítica en la que se encuentran, sino con una actitud social, como ayudamos a cualquier ciudadano cuando se encuentra en peligro.

A las personas en situación de calle, con nuestra mirada juzgadora les quitamos la fuerza y el ímpetu que los mantiene en pie con la ayuda del vino. Los miramos como si ya estuvieran muertos y aún están vivos.

No podemos ignorar un hecho fundamental, nadie elige vivir en la calle. El acceso a la vivienda es nada más y nada menos que un derecho humano. No poder acceder a una vivienda apareja graves consecuencias, una de ellas es enfrentarse a las adicciones y a la violencia. El alcohol y muchas veces las drogas son determinantes para caer en la calle y tambien para aguantar en ella, muchos se convierten en alcohólicos sin darse cuenta y mientras más pasa el tiempo hay menos salida.

Entre todos los relatos que existen de personas que viven en la calle, el más sorprendente es el de Pedro Falaguían, ya no se encuentra en esta situación, pero quiso contar su historia en Subrayado y mencionó que “Lo más difícil de estar en la calle son los seres humanos. Con una sola mirada, un solo gesto, a las personas que son sensibles las destruyen porque captan que no son bien recibidas”.

Para una persona sin techo es todo hostil, se sienten un estorbo para la sociedad, sienten que incomodan a todos. Por su vestimenta, por sus cabellos y barbas largas, ya son dignos de sospecha. La sospecha no es justa, pero en nuestra sociedad es normal, todo lo que nos es extraño nos aterra, ahora entendamos que mañana podemos ser nosotros.


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