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Mentiras y dobleces de la izquierda política

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Recientemente, el historiador Peter Brown afirmó que peor que olvidar la historia es retorcerla para avivar el resentimiento. En esto consiste básicamente la estratagema de una buena parte de la izquierda política a nivel continental americano, y en menor medida, europeo; en retorcer la historia para generar división, malestar y odio, bajo la máxima latina divide et impera.

¿Quién es el Che Guevara muerto en Bolivia que se vende en el siglo XXI como un souvenir en la calle Tristán Narvaja de Montevideo y otros rincones del Uruguay?.

La historia demuestra que la figura de Guevara es un mito. La casi olvidada Revolución Nacional boliviana de 1952 dio lugar a grandes transformaciones económicas, sociales y políticas que desembocaron en la inclusión de amplios sectores de la sociedad. Pero la historia mal entendida – o mejor decir, la historia de los sectores más recalcitrantes del Frente Amplio – no cuenta esto. Más allá de la controversia sobre la personalidad del Che, lo cierto es que éste fue delatado por un campesino e indígena boliviano, y fracasó en su intento de hacer otra Cuba en el corazón de Sudamérica. Y es que los campesinos de ese país, gracias a la reforma agraria impulsada por la mencionada Revolución Nacional, querían trabajar sus tierras y no salir a combatir con fusiles que les eran ajenos, y mucho menos contra un enemigo inexistente.

Pero no solamente se presenta al Che Guevara como símbolo promocional de la izquierda política. Hace poco, ha surgido en Uruguay el charruísmo que hunde sus raíces en una inexistente dicotomía étnica uruguaya, y que trae otro símbolo de izquierdas: la wiphala, abanderada por sectores ideológicos que creen falsamente en una supuesta identidad originaria de los pueblos indígenas de América Latina.

En un sesudo artículo, el periodista Winston Estremadoiro afirma: Johannes Wilbert, recordado profesor de Antropología en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), llamaba “paleocaucasoide” a esos humanos que migraron a Suramérica hace 50.000 años, distinguiéndolos de los “neocaucasoide” de migraciones posteriores. Más aun, recientes estudios en Australia revelan que “los antepasados de los humanos modernos se mezclaron genéticamente con al menos otros cinco grupos humanos arcaicos a su salida de África”. Cruzaron con neandertales, denisovanos y otros que ni siquiera tienen nombre. Son casos de mestizaje demostrados mediante estudio de genes de genomas humanos.

Por otro lado, explica con acierto Julio María Sanguinetti en un notable artículo publicado en El País y con elevado conocimiento histórico, el número reducido de los charrúas que habitaban el Uruguay, su temeridad que los llevó inclusive a asesinar al “hermano” del Presidente, y la falsa historia respecto al así llamado “genocidio de la Nación Charrúa”.

¿Pero de dónde viene todo este discurso etnocéntrico, racista y astuto?. Otra vez, de la izquierda política, que con esta argucia pretende dividir a la sociedad uruguaya como siempre lo ha hecho: entre ricos y pobres, entre burgueses y proletarios. En el fondo consiste en una estrategia bien mentada para quitar las bases institucionales de la República Oriental del Uruguay, como son el republicanismo y sus idearios liberales. Y es que no se puede concebir estos principios en clave de una nueva disputa o reivindicación étnica parcializada, pues el Uruguay es un país de inmigrantes provenientes de muchas latitudes del mundo y caracterizado por la igualdad de todas las personas ante la ley.

No es exclusivo de los charruístas o indianistas a ultranza el intento de dañar tales bases institucionales. Hay otro personaje, que bajo el manto sagrado de un “Dalái Lama” en la televisión alemana, esconde una doble moral.

Mujica, quién dice haberse retirado del Parlamento, sigue en la comidilla política internacional, al lado de Lula da Silva, Evo Morales, Rafael Correa, y otros izquierdistas más de la región. Lo que llama la atención del exmandatario tupamaro, no es precisamente el abrazo a sus antiguos aliados del Foro de Sao Paulo, UNASUR, el Grupo de Puebla, y el recientemente creado, RUNASUR. Lo que realmente causa congoja es cómo él, y los frenteamplistas que le secundan, aplauden medidas tales como denigrar la figura de Luis Almagro, quién desde hace un tiempo a esta parte, es un defensor de las libertades y los derechos humanos en América Latina, y especialmente, en Venezuela, Bolivia y Nicaragua.

No se entiende que Mujica apele al sentimentalismo sobre la vida, la felicidad, el compromiso social, la memoria histórica, y acto seguido, en una gambeta de intereses externos, apoye solapada o abiertamente a los regímenes de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia. ¿Es que acaso no conoce el octogenario, que el exilio político y económico venezolano, provocado por la codicia, ineptitud y maldad de Maduro y sus secuaces, va a ser en poco tiempo superior en número al exilio sirio?.


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