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Los nuevos “zurdos” de siempre

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En estos tiempos que corren, y con las redes sociales como arena del discurso político, las etiquetas “zurdo” y “facho” se esgrimen con frecuencia como estrategia de cierre de acalorados debates. Y es que estas etiquetas tienen la suficiente carga ideológica como para descalificar al oponente, quitándole toda validez argumentativa, o al menos eso cree quien las profiere.

Si bien el fenómeno de etiquetación ideológica en el discurso político no es nuevo, esta lógica binaria, que comienza a naturalizarse en los intercambios discursivos cotidianos, no hace más que profundizar la fractura ideológica que divide a nuestras sociedades. No se trata tampoco de un fenómeno exclusivo de la sociedad uruguaya, hemos visto como los discursos conservadores lograron instalar la representación del candidato demócrata de los Estados Unidos, John Biden, como “caballo troyano del socialismo”, acompañado por una supuesta amenaza “foránea”, alimentada con argumentos dignos del macartismo más ortodoxo. Este fenómeno no ha sido casual ni improvisado y llegó a dejar al propio sistema democrático del país contra las cuerdas.   

Y es que no debe subestimarse el poder del discurso; su potencial constitutivo es tan transformador como cualquier otra práctica social, y eso lo sabe bien el batllismo, que hoy vuelve a ser blanco del etiquetado peyorativo “zurdo”, quizá no tan abiertamente (aún) en la prensa conservadora como en el pasado, pero sí en el discurso en redes. Recientemente hemos presenciado el ataque sistemático contra ciertos proyectos de Ley impulsados por el sector batllista “Ciudadanos”, recibiendo la etiqueta de “zurdos” y otras referencias que vinculan al sector con ideologías de izquierda. ¿Existe el riesgo de que estos discursos agresivos e intolerantes, que confunden las raíces ideológicas del batllismo con aquellas de la izquierda, se constituyan en algo más que palabras?

Fairclough y Wodak (1997) afirman, que “el discurso es constitutivo tanto en el sentido de que ayuda a mantener el status quo social, como en el sentido que contribuye a transformarlo. Y es ese potencial transformador del discurso, esa capacidad de constituirse en acción, lo que no debe pasarse por alto. Subestimarlo puede tener severas consecuencias políticas y sociales y basta echar un vistazo a nuestra propia historia como partido para entender mejor este fenómeno. 

Ya en 1913, el sector del Partido Colorado liderado por Pedro Manini Ríos decía haberse separado de José Batlle y Ordoñez porque no se debía confundir “democracia con socialismo”. Según su líder, su sector no compartía “los propósitos de revolución social que animan a todos los socialistas”, tildando las políticas batllistas como “novedades de exportación”. Y es que lo “zurdo” y lo “foráneo” comenzaba a visualizarse en el discurso conservador como la síntesis de una amenaza “antipatriótica.

Durante cerca de dos décadas, la prensa conservadora blanca y riverista encabezó una fuerte campaña de desprestigio con el fin de vincular al batllismo con ideologías de izquierda. En 1915, el diario blanco “La Democracia”, caracterizaba al sector batllista del Partido Colorado como: “la Gran Comuna”, el difusor de todos los programas “máximos y mínimos del socialismo” y el propulsor de una política inmigratoria que favorecía el ingreso de extranjeros “indeseables”.

Ya en la década del 30, el periódico herrerista “El Debate”, se preguntaba: “¿Cuál de los dos comunismos es peor: el de adentro o el de afuera, el importado o el casero?”, periódico que no ocultaba los elogios del Dr. Luis Alberto de Herrera hacia el avance triunfal del Generalísimo Franco contra la República Española, considerada por el caudillo blanco como una “acción salvadora, casi providencial”.

En 1931, el periódico católico “El Demócrata”, alertaba a los ciudadanos del plan “batlli-comunista” que sometería a los estudiantes uruguayos a la esclavitud, producto del régimen despótico del “batlli-comunismo”. En 1932 “La Gaceta Comercial” y el diario “El Pueblo”, anunciaban a toda voz y tinta la amenaza de la imparable “cizaña subversiva” del “neocomunismo”, infiltrado con exceso en nuestros terrenos políticos.

En estos discursos el rechazo a lo extranjero era una constante. Para “La Tribuna”, en 1932, las reyertas políticas ya no se dirimían entre uruguayos, ahora eran “elementos injertados” en la sociedad, que pretendían atar al pueblo uruguayo a la “victoria de los soviets de Moscú”. “La Mañana”, en febrero del mismo año, calificaba a Uruguay y a su política de puertas abiertas como “la escoria del mundo”.

El ruralismo conservador hizo lo suyo en la instalación del batllismo como blanco del sentimiento anti-izquierda. En 1932, la Asociación Rural coincidía con “La Mañana” en que el “sistema de puertas abiertas” del batllismo convertiría al Uruguay en “el resumidero de la escoria del mundo”, mientras que “La Tribuna Popular” sostenía que las políticas migratorias batllistas generaban “el descrédito de Montevideo en el mundo, al punto que “nos creen una sucursal de Moscú”.

Uno de los principales propulsores de la campaña antibatllista fue el Dr. Luis Alberto de Herrera. Desde las páginas de su periódico “La Democracia”, el Dr. Herrera denunciaba a los batllistas reformadores por haber “roto el pasado” y “arruinado el presente” de una sociedad uruguaya que, según su percepción, era “una familia ordenada y discreta”, que supo estar protegida por “las viejas costumbres criollas”. Y es que la visión utópica herrerista sobre el campo y el vínculo entre peón y patrón, se vio en varias ocasiones amenazada por el “inquietismo” batllista. Ciertas políticas, como el establecimiento del salario mínimo para los trabajadores rurales en 1923, serían rechazadas por Herrera y por los líderes conservadores ruralistas, como “reformas espinosas”, injerencias de corte socialista, que buscaban intoxicar el espíritu del paisano, volviéndolo “airado contra el estanciero”.

Los ejemplos abundan, pero el hecho es que esta paciente estrategia de desgaste discursivo, que instalara al batllismo como una amenaza para la patria y sus valores, permitió al Presidente Terra y a sus aliados herreristas, justificar la ruptura del orden constitucional en 1933, en pro de la defensa del “interés público”. 

El lector podría pensar que esta nueva tendencia en redes sociales, de tildar a los batllistas de “zurdos”, no podría trascender al discurso, y que quizá resulte exagerado compararla con la campaña que llevó al poder a las fuerzas conservadoras y derivó en la ruptura del orden constitucional en 1933.  Seguramente así sea, pero la realidad es que esta clasificación dicotómica del pensamiento político ha resultado siempre peligrosa, y vuelve a instalarse hoy en el votante de los sectores más extremos.

El surgimiento de ciertas organizaciones políticas radicales en el mapa político uruguayo, busca volver a poner en el tapete los avances sociales obtenidos en los últimos años en el país, y este proceso recién comienza. El cuestionamiento a la “agenda de derechos” y el retorno de la amenaza “foránea” al discurso, así como el reclamo por retornar a los “valores criollos” y artiguistas -opuestos claro a aquellos de una clase política perdida y corrupta, que dicta sus leyes centralistas desde la “macro encefálica” Montevideo- son algunas de las características de estas posturas radicales que nos recuerdan viejos tiempos. Son posturas que invitan a cerrar filas y a generar dos trincheras ideológicas aparentemente irreconciliables.

Todo parece indicar que los batllistas deberán estar vigilantes y proactivos, dando a conocer el rico entramado filosófico que compone la ideología batllista, evitando así etiquetas nocivas y mal intencionadas que vuelvan a socavar su accionar político. 


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