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A veces, las efemérides que se celebran, presentan un extraño paralelismo con los hechos políticos y sociales que se desarrollan al mismo tiempo.

Tal es el caso del Día Internacional de la Democracia, que tuvo lugar el pasado jueves 15, la misma fecha en que celebramos el 95 aniversario del nacimiento del Dr. Enrique Tarigo.

Es una primera coincidencia significativa, porque al inolvidable exvicepresidente de la República en el período 1985-1990, le debemos en buena medida la recuperación de la institucionalidad democrática en el país.

Abogado de profesión y docente universitario, Tarigo ejerció un periodismo de opinión valiente y combativo en el período más negro de la pasada dictadura, primero desde la revista “Noticias” y luego desde su propio semanario, el legendario “Opinar”.

Junto al nacionalista Eduardo Pons Etcheverry, pasó a la historia por aquel debate de canal 4, prácticamente la única vez en que la oposición a la dictadura se pudo expresar en un medio televisivo, previo al plebiscito de 1980.

A pesar de que había una encuesta que pronosticaba un triunfo amplio del Sí a la reforma constitucional propuesta por el gobierno cívico-militar, la contundencia de Tarigo en aquel debate fue tal, que muchos creen que su impecable argumentación tuvo mucho que ver con que terminara triunfando el No por amplio margen.

En 1983, co-redacta junto al nacionalista Gonzalo Aguirre la proclama del Obelisco, aquel glorioso 27 de noviembre, en que la voz profunda y emotiva de don Alberto Candeau encendió al país entero en la demanda de “un Uruguay democrático sin exclusiones”.

Tarigo fue un brillante vicepresidente en lo que sin duda fue un período difícil de la transición, poniéndose al hombro la compleja defensa de la Ley de Caducidad, una amnistía para los delitos cometidos por militares durante la dictadura que en ese momento resultaba inevitable para la pacificación del país.

Que el Día Internacional de la Democracia sea el del aniversario de su nacimiento es una hermosa coincidencia, porque si a alguien debemos agradecer la libertad de que hoy gozamos, es a este gigante del batllismo, cuyo sector político tenía el hermoso nombre de “Libertad y cambio”.

Pero las coincidencias no terminan allí.

Porque esta efemérides se produce en el mismo momento en que, en nuestro país, los ánimos se encrespan entre la oposición y el gobierno: el jueves 15 fue también el de un absurdo paro general convocado por el Pit-Cnt, en el cual se llegó al extremo insólito de justificar que no se dispondría de guardia gremial para atender los comedores escolares, porque el sindicato de las maestras entendió que alimentar a los niños de los sectores vulnerables no era esencial…

Un día el presidente del Frente Amplio propicia una reunión de líderes políticos para “terminar con el discurso de odio” y al siguiente la central sindical convoca a ese paro con tan graves consecuencias como la mencionada.

Queda en evidencia que la oposición política-sindical se encuentra en uno de dos callejones sin salida: o está en un despiste absoluto, por su falta de líderes de peso y la improvisación de sus múltiples dirigentes intermedios, o por el contrario ha optado decididamente por la radicalización de su discurso, en un fundamentalismo idelógico que la aleja del sentir de las grandes mayorías populares.

En uno u otro caso, los uruguayos de buena voluntad, que los hay en todos los partidos políticos, debemos reflexionar.

Mirarnos en el espejo deformante que nos ofrece Argentina y entender que la exacerbación de los conflictos no es el camino, como tampoco lo fue en los años 60 y principios del 70 del siglo pasado, cuando una izquierda dogmática menospreció la fortaleza de nuestra democracia y atentó contra ella, generando torpemente una excusa perfecta para la cruenta escalada dictatorial que vino después.

La democracia no es un punto de llegada: es una construcción que debemos cuidar y hacer crecer todos los días.

Es un poco como aquella cita de Galeano sobre la utopía. ¿Para qué sirve, se preguntaba, si cada paso que damos hacia ella, parece que ella se alejara otro paso? Para eso sirve la utopía, respondía Galeano: para caminar.

Con la democracia pasa lo mismo.

Si no la profundizamos en forma consciente cada día, si no la hacemos llegar a más gente, con más justicia social e igualdad de oportunidades, lo más seguro es que se malogre y devenga en cualquiera de los autoritarismos que lamentablemente aún campean en este mundo.

Por eso exigimos una democracia paritaria, donde hombres y mujeres tengamos los mismos derechos para integrar listas, acceder a cargos y con ello, derrotar las inercias patriarcales del pasado.

Por eso celebramos que el expresidente Luis Alberto Lacalle Herrera se disponga a escribir un libro que conteste al más reciente que ha publicado Julio María Sanguinetti. O que este último esté preparando otro junto a su adversario José Mujica.

Así se comportan los hombres libres de una democracia: polemizando, debatiendo, dialogando.

Nunca intentando eliminarse ni menoscabarse.

Son lecciones que deberían atender los fanáticos de siempre, ya sea que provengan de la izquierda como de la derecha.

Son las enseñanzas del viejo y siempre vigente Uruguay batllista.


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