El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

Hércules y Cleopatras

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Quiero empezar esta nota con un par de equivalencias, para poner en contexto US$1.000.000 equivalen hoy día en forma aproximada a 42.000.000 de pesos uruguayos, es decir 2.577 salarios mínimos o 214 años de trabajo de un ciudadano de nuestro país, y lo menciono en esos términos porque cuando los administradores del dinero público hablan de gastos y presupuestos, sería oportuno exigirles que lo hicieran en términos de años de trabajo de uno de nosotros.

Ahora sí, pasando a la cuestión: recientemente se reavivó el debate acerca del costo final del proyecto de construcción del “Antel Arena” durante la gestión de la actual Intendente capitalina Carolina Cosse, el cual -según la auditoría realizada en dicho ente- ascendió a la suma de US$118.000.000. También en estos días el Ministerio de Defensa a cargo del nacionalista Javier García concretó la adquisición de dos aeronaves “Hércules” por una suma cercana a US$23.000.000, es decir, desde los dos bandos más o menos definidos que se han configurado en los últimos años se criticó una situación y defendió la otra, según la simpatía o miopía en cuestión, pero lo que no se dice, es que ambos gastos están al menos reñidos con la austeridad que la realidad económica de nuestro país amerita.

Los últimos años de los gobiernos frenteamplistas estuvieron marcados por una baja sensible en la actividad económica, lo que repercutió significativamente en los trabajadores, fenómeno que se vio particularmente en los niveles de desempleo y la reducción de la tasa de empleo en dichos años; para un gobierno que se autodenominaba “progresista” construir en ese momento un estadio de las dimensiones y características del Antel Arena, era por lo menos cuestionable. Aun así, y pese a todas las advertencias y observaciones realizadas por los diferentes órganos de contralor -que muchas veces resultan testimoniales- la obra se realizó y fue estrenada como una suerte de esfinge para la Cleopatra capitalina que hubiera requerido del salario generado por una persona en 25.252 años (o para ser más solidarios, de 561 personas durante 45 años de trabajo).

Hoy nos vemos nuevamente frente a un gasto extraordinario, equivalente a 4.708 años de trabajo de un uruguayo, para adquirir dos aviones que si bien pueden ser muy útiles -como han demostrado los que se encuentran en servicio- no son de primera necesidad, están muy lejos de ser nuevos y además carecen de garantía alguna, pero nuevamente el sentido común y de oportunidad no son tenidos en cuenta para quien gasta con dinero del Estado.

Nuestro país hubiera recibido la pandemia de mejor forma si el aproximado de US$120.000.000 que se han invertido en el Antel Arena se hubieran usado, por ejemplo: para hacer a nuevo el Hospital de Clínicas, formar médicos y especialistas para el interior del país, adquirir equipamiento y generar innovación financiando investigaciones médicas o científicas. También en el actual clima de pandemia, los US$22.000.000 de los “Hércules” nos vendrían muy bien volcados a la adquisición de equipamiento, al pago de incentivos para el personal de la medicina que dedica horas incansables y arriesga su vida para sostener el sistema de salud o en la construcción de locales multiuso en todo el territorio nacional para dictar clases o servir de salas en caso de que la situación sanitaria empeore, por poner algunos ejemplos.

Una vez más, es la ciudadanía la que debe reflexionar, porque evidentemente en el último tiempo los administradores públicos no están dispuestos a hacerlo, quizás deben considerarse dioses del Olimpo unos y majestades egipcias otros, pero no empleados pagos por el pueblo, que deberían responder a él. Dicha situación nos debe interpelar, movernos a participar más activamente en la cuestión de los dineros públicos, su manejo y a exigir probidad en el manejo de los mismos, mayor capacidad de control y que los órganos asignados para la tarea tales el Tribunal de Cuentas, la Contaduría General de la Nación, la Junta de Transparencia y Ética Pública, entre otros órganos tengan la capacidad real de vetar gastos que incumplan determinados criterios básicos, dejando el rol pasivo de simplemente observar.

Cada millón de dólares malgastado por algún ente o “servidor” público, significa en definitiva unos 214 años de vida, de trabajo y de esfuerzo que nosotros debemos pagar.


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