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Fraternidad política, un concepto olvidado

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La Revolución Francesa no sólo marcó el término del Antiguo Régimen, sino que consagró de manera ineludible tres ideales éticos y políticos al mundo, tales como: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Resulta injustificable pensar que, la tercera de ellas ha sido un tanto olvidada por la política contemporánea, teniendo en cuenta su relevancia y actualidad como principio político.

“Fraternidad” es una palabra evocadora que remite a la unión entre hermanos que necesitan uno del otro para poder subsistir, constituyendo una comunidad identificable y sólida en la que la singularidad o individualidad se sacrifican. Un sentimiento de hermandad que se manifiesta en el mutuo apoyo, en el trabajo conjunto y en la defensa de lo común.

El concepto de la conciencia en la lucha de los revolucionarios para ser ciudadanos iguales en posición y valor social; de aquellos que soñaban ser libres e iguales ante la ley. Consistía en la emancipación de los oprimidos, aquellos que dependían de otros para poder vivir. De allí surgen la república y la democracia, a lo que hacía referencia Aristóteles cuándo decía que “la democracia se encuentra, principalmente, en las casas donde no hay amo (pues en ella todos son iguales)”. Sin embargo, siglos después, la fraternidad pasa a un segundo plano dejando al mundo súbdito del juego de tensiones, que avanza y retrocede, en el que se percibe que se la ha olvidado como una regla de vida.

¿Cómo se puede rescatar la fraternidad? A través del sentido de pertenencia y el respeto mutuo, cómo seres humanos libres e iguales ante la ley. Considerando a la fraternidad, un valor deseable para la construcción de un mundo más justo y democrático, un vínculo especial entre los miembros de una comunidad que les impone vivir como iguales, y que motiva la emancipación y la colaboración mutua en caso de necesitarlo.

Ahora bien, la fraternidad desde lo teórico puede parecer fácil y accesible, pero al ras de la tierra, las cosas no son tan sencillas. Ponerla en práctica no es tan fácil, y mucho menos en política. Se debe volver los ojos a la igualdad y a la libertad, valores fundamentales que escribieron las más grandes páginas de la historia universal. Por contraste, la realidad, aclarará cuándo y en qué momentos se está actuando fraternalmente y cuándo se está muy lejos de ejercer una política iluminada por esta virtud.

La fraternidad es utilizada como fundamento ético y político de la lucha contra las desigualdades y las injusticias sociales y económicas. El respeto a los derechos de los trabajadores a organizarse, el trabajo como un factor más de productividad y no una mercancía. Tiene el rol de estabilizar las teorías y las instituciones a partir del sentimiento fraterno de las personas. Una rigurosa obligación ética para construir una humanidad más justa.

En una sociedad fraterna se debe velar por las garantías individuales y las libertades humanas, en compromiso con los derechos humanos, considerados una conquista de libertad y de igualdad; los individuos comparten una explicación de por qué es importante crear las condiciones sociales, políticas y jurídicas para que a unos les importen los otros. Una auténtica ciudadanía insurgente que promueve cambios institucionales para universalizar los derechos.

La fraternidad, proyecta el deseo de vivir juntos más allá de las diferencias y las tensiones que constantemente nos enfrentan y separan. Es el antídoto contra los riesgos de la desconfianza y la falta de cooperación a que nos está conduciendo la visión moderna de la globalización. Se debe procurar la apertura de las relaciones humanas, incluso las económicas, a las actitudes fraternas si se quiere forjar una confianza y una cooperación globalmente exitosas. Se debe reivindicar un concepto injustamente apartado de la reflexión sobre lo político, y contribuir a que la fraternidad empiece a asomarse a las discusiones sobre el bien común y a retornar al merecido lugar que la historia le otorgó junto a la libertad y la igualdad.


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