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En estos días se viralizó una entrevista radial que Orlando Pettinatti realizara recientemente a Leonardo Haberkorn. Como se sabe, este último ha investigado en profundidad el período previo al golpe de estado de 1973, habiendo desmitificado acertadamente la “historia oficial” que relata el Frente Amplio.

La explosiva viralización de la entrevista radial se debió a que Haberkorn fue muy claro respecto al apoyo explícito dado por el Partido Comunista y otros sectores del FA al llamado “golpe de febrero”.

Efectivamente: meses antes de la disolución de las cámaras que tuvo lugar aquel infausto 27 de junio de 1973, parte de las Fuerzas Armadas de la época se insubordinaron al Poder Ejecutivo e hicieron públicos los famosos “comunicados 4 y 7”, donde desplegaban parrafadas demagógicas con el fin de lograr la simpatía popular. Y decimos “parte de las Fuerzas Armadas” porque la Armada, entonces liderada por un batllista de ley como el Contraalmirante Juan José Zorrilla, se atrincheró en la Ciudad Vieja en resistencia a los oficiales del Ejército y la Fuerza Aérea sublevados y en defensa de la Constitución.

Así lo cuenta Haberkorn en un pasaje de la entrevista en que acierta en la crónica de los hechos: “el golpe arrancó en febrero. Se recuerda poco ese golpe. Porque acá todos la quieren contar como mejor les conviene. Si uno analiza el golpe de febrero, ahí tenemos que una parte de la izquierda, muy especialmente el Partido Comunista, lo apoyaba. El diario El Popular (de ese partido) sacó un editorial que decía que la alternativa era oligarquía o pueblo, no democracia o dictadura. La oligarquía era el parlamento, los políticos, el establishment, y el pueblo eran los militares, el Partido Comunista y la izquierda revolucionaria”.

Hasta aquí, la observación de Haberkorn es exacta, mal que pese a muchos frenteamplistas. No solo fue aquel repugnante editorial de El Popular, que proclamaba la unión de soldados, obreros y estudiantes detrás de una supuesta “liberación”.

Casi todo el FA de la época creyó en el canto de sirenas de los golpistas, al punto que los historiadores admiten que la única voz discrepante dentro de la izquierda fue la del periodista Carlos Quijano, desde el semanario Marcha. No hay que olvidar que estaban muy influidos por la revolución cubana y el imperialismo soviético, y que como tal menospreciaban la democracia uruguaya.

La vigencia plena de los derechos humanos de que había gozado el país durante décadas era menoscabada por ellos como “libertades formales” de una “democracia burguesa”.

Pero hay otra parte de la entrevista en que discrepamos abiertamente con el periodista. Es cuando señala que “los partidos tradicionales también quedan mal parados porque no hicieron nada. En febrero todos miraron para otro lado. Estaban todos en la playa y a nadie le importaba nada”. No fue así en absoluto.

Es cierto que el entonces presidente Juan María Bordaberry carecía de verdadero liderazgo (había sido electo a la sombra de la notoriedad del expresidente Pacheco Areco, quien debió resignar su ambición reeleccionista en un plebiscito fracasado).

Pero nadie puede negar que el Batllismo de la época fue un férreo defensor de la institucionalidad. Desde Jorge Batlle, que denunció la intención golpista en 1972, lo que le valió haber sido detenido por las Fuerzas Armadas y procesado, hasta Amílcar Vasconcellos, que en su recordado libro “Febrero amargo” también alertó sobre el grave daño que se estaba haciendo a la república, pasando por las renuncias indeclinables del vicepresidente Jorge Sapelli y el ministro Julio María Sanguinetti.

Todos ellos fueron implacables adversarios de la dictadura, como lo habían sido también de los tupamaros y de cualquier facción que descreyera de la democracia y apostara al violentismo intolerante.

Ninguno de ellos estaba “en la playa”, o “mirando para otro lado”.

Esa misma caricatura la expresó una vez Fernando Amado (cuando aún se decía colorado). Corría el año 2010 y el parlamento celebraba el 25 aniversario de la restauración democrática. En su alocución, Amado echó sombras sobre los políticos de 1973, por “no haber hecho nada” en aquel aciago febrero. La injusticia de sus palabras hizo saltar con indignación al entonces senador Luis Alberto Lacalle Herrera, mientras legisladores colorados, como Pedro Bordaberry, Tabaré Viera y José Amorín, no dudaron en señalar a su correligionario que había incurrido en un penoso error.

Para tener una visión objetiva de aquellos tiempos, es bueno revisar el libro de Sanguinetti “La agonía de una democracia”.

Es el testimonio de un testigo privilegiado de una etapa compleja de la vida nacional, en la que los verdaderos demócratas se jugaron la vida por la institucionalidad, y no miraron para otro lado.


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