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El que no llora no mama

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El quejarse y victimizarse ante situaciones que socavan nuestros intereses es patrimonio indiscutido de la sociedad uruguaya. Atrás de estas afirmaciones suele estar la razón, y por sobre ellas, el fanatismo. Siendo una sociedad que históricamente se ha jactado de su mesura y de tomarle distancia a los extremismos, vale la pena analizar esta tendencia conductual que una y otra vez aparece como recurso reaccionario para explicar las causas de eventos negativos de toda índole.

La confrontación política se ha radicalizado en medio de la pandemia, pero eso no es sinónimo, como sí lo fue en otras ocasiones, de que se esté profundizando la participación ciudadana. Todo lo contrario, podríamos estar ante una despolitización social, y el surgimiento interno de las famosas grietas que siempre observamos en los países vecinos.

Y la situación se torna más grave, cuándo lo que queda en el medio de todo, y aislado del raciocinio, es la propia salud de los uruguayos. Por un lado, resulta sano el intercambio de opiniones entre quiénes defienden gestiones de gobierno y quiénes piden nuevas medidas, pero todo se diluye cuándo nos vamos olvidando de nuestras responsabilidades y nos enfatizamos en culpar al otro por una situación en la que todos deberíamos aportar nuestro granito de arena en virtud de revertirla.

Rambla de Montevideo a la altura de Parque Rodó. Domingo 18 de abril de 2021. Foto: F. Flores – Diario El País.

Unos vuelcan la culpa al oficialismo, pretendiendo otro tipo de medidas, o mayores restricciones a la movilidad. Otros culpan a la oposición por haber alentado aglomeraciones desde varios de sus sectores, apoyar marchas en momentos inoportunos sanitariamente, insistir con salir a las calles en medio de la situación. Pero el uruguayo parece descansarse en esas afirmaciones. Ya no sorprende ver la rambla llena los fines de semana, la poca empatía de los más jóvenes al no cuidarse y exponer a sus propios padres y abuelos, el poco uso de las medidas de prevención cómo el tapabocas. Nuevamente, nos olvidamos de mirarnos nosotros mismos. Existe una búsqueda de ser víctima, la queja florece reclamando la inacción del otro, mientras no se analiza el propio accionar.

Hoy parece normal ver que se menosprecie algo tan sagrado como la libertad, incluida la de expresión, por ejemplo, cuando lo que se dice no se comparte. Hoy parece que la lógica gramsciana ha acaparado el modus operandi de los diferentes actores políticos, se juega a dividir, priorizándose dinamitar todo lo que desde el bando opuesto se construya, aunque el resultado pueda perjudicarnos, la causa partidaria y el relato queda por sobre todo.

Parece obvio decir que esta realidad de enfrentamientos entre grupos opuestos, no nos lleva a la búsqueda de la razón, la verdad, o la resolución óptima sobre determinados asuntos. Tampoco generan las condiciones para que la ciudadanía adquiera un rol participativo y a través del mismo lleguen los consensos. En cambio, nuevamente sucede todo lo contrario, cuando la discusión deja de entenderse como una instancia positiva de intercambio, y en su lugar se transforma en un choque de fuerzas en dónde ganará el que grite más alto, y a su vez convenza a sus pares que el otro es el enemigo, como resultado, quedará de lado el posible accionar político de la sociedad.

Todo esto se da tras la combinación de factores externos con nuestra cultura de la queja.

La era digital trajo consigo la simplificación expresiva de nuestro pensamiento, la cultura del hashtag, de postulados resumidos en 280 caracteres, de eslóganes que buscan generar bandos, rivalidades, y que, en el fondo, permiten la simple legitimación de los emisores por la vía emocional y el sentido de pertenencia, socavando a la razón, y muchas veces a la verdad.

Que la mayoría de los uruguayos somos quejosos no es ninguna novedad, puede interpretarse como muestra de una sociedad exigente, inconformista, perfeccionista. Tiene sus pros y sus contras, y hasta ahí puede catalogarse como una cualidad intrínseca más en nuestra sociedad. El problema aparece cuando esta cualidad se impone al razonamiento productivo, y se combina con los flagelos asociados a la confrontación fanática y las fake news.

Apoyado en una época en dónde mundialmente todo se analiza en términos de buenos y malos, aliados y enemigos, bolches y fachos, globalistas y conservadores, esta cualidad latente en los uruguayos comienza a transformarse en peligroso victimismo, “pasó porque no nos quieren, porque somos sus adversarios, porque el poder lo tiene el otro”, y así se borra todo análisis que pueda involucrar un mea culpa.

Para muestra, un botón. “Una manga de viejos hijos de puta”, así describía el en ese entonces presidente de la República, José Mujica, a los directivos de la FIFA luego de la resolución adoptada por el organismo que sancionaba al jugador Luis Suarez, dejándolo fuera del Mundial por haber mordido a un rival en un encuentro.

La sociedad casi en su totalidad reflejó su indignación por el suceso, y en general el mismo fue catalogado como una injusticia arbitraria llevada a cabo por una organización a la que “no le servía el progreso en el certamen de un país de apenas 3 millones de habitantes”. Siendo el fútbol el deporte estrella en nuestro país, y pieza fundamental de nuestra idiosincrasia, podemos citar variados ejemplos que reflejan la adopción, casi que, por acto reflejo, de una posición victimista.

Hinchas convencidos que el rival es parte de un “sistema” corrupto, que existen conspiraciones en su contra, que los árbitros están coludidos, que los están “robando”. Lejos de analizar la veracidad o no de todas estas afirmaciones, las mismas suelen retroalimentarse del propio fanatismo. Se naturalizó el grito de tribuna irracional contra toda estructura vinculada al juego. La puteada al otro por ser otro y por estar en mi contra.

Hace tiempo que estas conductas, tan nocivas para la convivencia y el progreso social en cualquier ámbito, las vemos cada vez con más asiduidad, y alimentando una polarización. Esa que siempre vimos de afuera. O así lo creíamos. La lógica de la lucha de clases se ha tomado todos los ámbitos, se ha transformado en lucha de géneros, de generaciones, de religiosos y de ateos, de egos. Las redes sociales y el victimismo han explicitado una situación inviable, han generado hordas de indignados que lanzan ataques a todo lo que de alguna manera los interpela, han anulado el dialogo y la coherencia.

Tenemos una crisis sanitaria que se vive como un Peñarol-Nacional con óptica barrabravista. En medio de esta hiperpolitización, que tiene más de fanatismo que de política, queda todo lo que se piensa, hace o dice. Ver el lado de la vereda desde donde sale una afirmación para ponerme a favor o lanzarle toda una artillería.

La democracia, la libre expresión, la razón, y tantas cosas que nos caracterizaron y distinguieron, hoy parecen quedar relegadas ante una ola de victimismo. La culpa es del otro por sobre todas las cosas.


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2 comentarios

  • Lopez
    Lopez

    Bertucci full God

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  • Rodolfo
    Rodolfo

    Muy buen artículo swrñor Bertucci, el quejarse es y será nel deporte nacional en Uruguay, y se aplica a todos los ámbitos de la vida. Trabajo, estudios, política, deportes (no solo fútbol) etc. Muy buen artículo dónde lo único que pones, es la verdad de como somos como sociedad

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