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El destino quiso que Julio María Sanguinetti y José Mujica, dos expresidentes que fueron enconados adversarios a lo largo de todas sus trayectorias políticas, renunciaran al senado de la República una misma jornada, en una sesión cargada de emociones.

Y en estos días, una nueva coincidencia de ambos ha llegado en forma de libro.

Los periodistas Gabriel Pereyra y Alejandro Ferreiro tuvieron la audaz idea de juntarlos para que desarrollaran un diálogo extenso e intenso, recogido en “El horizonte. Conversaciones sin ruido entre Sanguinetti y Mujica”.

Durante la presentación del volumen, en el marco de la Feria Internacional del Libro que tuvo lugar en la sede departamental de Montevideo, uno de los autores confesó que la idea partió de una respuesta del presidente Sanguinetti a la oferta de organizar un debate entre él y su habitual contrincante: “Con Mujica tendríamos que sentarnos a hablar de la vida, ya estamos grandes”.

Y así lo hicieron. Evocaron sus historias personales, hablaron del país y del mundo, de la historia y del futuro, en un estilo que no buscó coincidencias y marcó discrepancias pero, al mismo tiempo, reivindicó la capacidad de diálogo aun en el disenso.

“Cultivar un nosotros”, propuso Mujica, y Sanguinetti se refirió a la iniciativa como “una expresión de republicanismo de gente que en su tiempo estuvo muy enfrentada, luego menos y ahora son colegas amistosos”.

Cuando me enteré de este encuentro, sentí el orgullo de su honda significación.

Imaginen que alguien propusiera esto en Brasil, un encuentro amigable entre el presidente actual y el mandatario electo. Sería imposible. Lo mismo entre Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri, entre Obama y Trump y tantos otros ejemplos que ponen de relieve el alto sentido republicano que diferencia a nuestro país de la mayoría de las naciones.

En el mundo agresivo y deshumanizado de las redes sociales, algunos dirán que con esta acción, Sanguinetti prestigia a Mujica. Otros se lamentarán de que este último se siente a conversar con un supuesto “enemigo”.

Ni lo uno ni lo otro.

La iniciativa, además de su valor histórico y político intrínseco, constituye un ejemplo a seguir para una sociedad que lamentablemente ha sustituido el debate fermental por la pelea enceguecida.

El gran problema de la sociedad actual se encuentra allí: si no piensas como yo, te insulto. No te escucho. No trato de colocarme en tu punto de vista para que me ayudes a reflexionar. Es una constatación de la realidad que se ve en todos los planos, no solo en Twitter.

Observen si no el tránsito: la bocina es muchas veces un instrumento de amedrentamiento y el insulto es la reacción casi natural a ser testigo de una maniobra equivocada de otro automovilista o de una conducta imprudente de un peatón.

Y ni que hablar de los espectáculos deportivos. Desagradables cánticos de hinchadas que se mofan de la muerte de parciales del cuadro contrario. Agresiones de toda índole que han llegado no pocas veces hasta el homicidio…

Nuestra vida cotidiana está llena de estos puños crispados, de la actitud simplificadora de agredir en lugar de escuchar, de atacar en lugar de tender puentes.

Sanguinetti y Mujica fueron adversarios irreconciliables, al punto que hace pocas décadas, uno ejercía cargos públicos y el otro atentaba contra las instituciones, promoviendo una revolución armada.

Sin embargo, los años pasaron y el guerrillero de ayer tuvo que asumir la responsabilidad de un gobierno democrático.

Entender y valorar las reglas de juego de la libertad conduce inevitablemente a encontrarse con el prójimo, en lugar de abominar de él.

Así es el republicanismo batllista que tanto nos enorgullece y tenemos la obligación de preservar.


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