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En la noche del jueves tuve el alto honor de participar en el panel que presentó el libro del sociólogo Esteban Perroni, “Los audios del Ocaso”, en el complejo Alfa Beta. Integraron la mesa, el historiador Carlos Demasi, la periodista de Canal 12 Paula Scorza y la periodista de La Diaria Natalia Uval.

Se trata de un libro sobre la historia reciente del Uruguay. Concretamente, los sucesos ocurridos el 14 de abril de 1972. Los audios a los que alude el título son el resultado de las escuchas telefónicas de Inteligencia a los miembros del MLN en aquella trágica jornada y las comunicaciones de los integrantes de las fuerzas del orden que participaron en la posterior represión. Admito que al oírlos se me puso la piel de gallina y me llegué a preguntar íntimamente que nos pasó a los uruguayos en esos años para asumir la violencia como algo cotidiano y natural.

Pero, no quiero profundizar en ese punto. Simplemente recomiendo tanto la lectura del libro, como la escucha de los audios.En realidad me quiero referir a una afirmación que hizo el profesor Carlos Demasi: a su entender los tupamaros están “sobredimensionados en la narrativa de la historia reciente”. Honestamente sentí que había tirado una bomba de fragmentación a los demás panelistas y al auditorio.

Es una afirmación polémica pero, al mismo tiempo, de mucho coraje intelectual. Reconozco que me obligó a reflexionar y en mis dos intervenciones no hice ninguna referencia al tema, porque aún no había ordenado mis pensamientos.

En mi humilde opinión es que esa centralidad que tienen los tupamaros en la narrativa de la historia reciente – cuando, en realidad, hubo otros actores importantes- es producto del poderoso relato épico que se elaboró a partir de 1985.

Hace poco, un académico amigo, Eduardo De León, me recordó “las mateadas” en los barrios organizadas por los dirigentes tupamaros cuando salieron de prisión. Ahí asistía mucha gente joven deseosa de conocer a aquellos hombres y mujeres que habían sido tabú – los demonios encarnados- durante los años de la dictadura.

Ignoro si han quedado registros de lo que se habló en aquellas “mateadas”. Pero, puede ser, que hayan contribuido a la construcción del relato. Esa relación cercana entre guerrilleros veteranos que habían sufrido un durísimo castigo por sus acciones y jóvenes que empezaban a disfrutar de las libertades, debió tener una carga emocional bastante intensa.

Ahí estaban “los viejos” narrando – con el típico chamuyo carcelero- sus historias de ideales, clandestinidad, coraje, resistencia y traiciones. O mejor dicho, “La Traición”, con mayúsculas, que explicaba sin más trámite, la derrota fulminante.

La cuestión es que este relato – alimentado por una profusa bibliografía de heroísmos y sacrificios – por momentos, pareció mucho más fuerte que la propia realidad histórica… Sí, el estimado profesor Carlos Demasi lanzó una bomba de fragmentación y lo felicito públicamente por ello.


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