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Sobre Churchill, su discurso y el conflicto mundial

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Sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Eso ofreció Winston Churchill en su discurso de asunción, y eso dio, hasta el último momento. Guio a su país y al mundo libre a batallar contra el totalitarismo opresor que intentaba poner sus garras en nuestras libertades.

Se hace el 4 de junio, pero de 1940. Winston Churchill, Primer Ministro británico, comparece ante la Sala de los Comunes del Parlamento en momentos en que la Alemania Nazi había obliterado Francia, y que bajo su puño firme se encontraba la gran mayoría de Europa. La libertad estaba en juego, y sus paladines entraban a prueba.

El siguiente paso del Führer estaba visto, iba a invadir Gran Bretaña. Sin embargo, contra muchos pronósticos del momento, Alemania envía una propuesta en la que se trataban a los británicos de, poniéndolo en términos coloquiales, “perros”. Se ofrecía la paz a cambio de mirar al otro lado mientras los nazis seguían tomando los territorios que habían perdido luego de la Gran Guerra.

Antes de que se tome una decisión irreversible se logra finalizar la Operación Dinamo, por la que las tropas británicas y francesas ubicadas en Dunquerque logran ser evacuadas. Esta operación se basó en el rescate de susodichas tropas, a través del uso de, mayoritariamente, barcos civiles convocados a través de los medios de comunicación del momento. Una campaña inédita en pasados conflictos bélicos.

Con estas tropas a disposición, la moral nacional renovada y el mundo mirando, había que tomar una decisión, había que tomar las riendas del conflicto.

Winston Churchill era un hombre muy particular. No siempre se mantuvo en el mismo Partido, se caracterizaba por ser impredecible y muchos lo pintaban como la perdición de Gran Bretaña. Vestía ropas “peculiares”, no se preocupaba mucho por su apariencia, y desayunaba con whisky. Quizá eso, sumado a su excentricidad y su fuste político, fue lo que le permitió ser el gestor de su épica.

El líder británico debía dar un discurso optimista, pero advirtiendo de una posible invasión nazi y levantar los ánimos del pueblo luego de los desastres militares, todo al mismo tiempo. En ese contexto es que Winston Churchill se expresa, momento en que pasan a la Historia un conjunto de palabras que entonadas “movilizan” del lenguaje a la guerra, y son el puntapié inicial a la victoria del mundo libre sobre la amenaza oscura del totalitarismo.

«Sobre la cuestión de la invasión, señalaría que nunca antes hubo una época en todos estos largos siglos, de los que alardeamos, en que una garantía absoluta contra la invasión pueda ser dada a nuestra gente.

Tengo absoluta confianza, que, si todos cumplen con su deber, si no se descuida ningún detalle, si se hacen los mejores arreglos, como se están haciendo, seremos capaces de demostrar una vez más, de que somos capaces de defender nuestro hogar en nuestra isla. Cabalgaremos en la tormenta de la guerra y nos sobrepondremos a la amenaza de la tiranía.

Si es necesario, por años.

Si es necesario, solos.

Ese es el deseo de este Parlamento, y de la Nación. ¡El Imperio Británico y la República Francesa, unidos en su causa defenderán hasta la muerte su tierra natal!

¡Apoyándonos unos a los otros como buenos camaradas con todas sus fuerzas!».

Winston Churchill, entonces, eleva su tono y vocaliza el dispositio del discurso:

«A pesar de que grandes extensiones de Europa y muchos Estados antiguos y famosos han caído o pueden caer en las garras de la Gestapo y todo el aparato odioso del gobierno Nazi, no vamos a languidecer o fallar. Llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas, ¡NUNCA NOS RENDIREMOS!, e incluso si, cosa que ni por un momento creo que suceda, esta isla o una gran parte de ella fuera subyugada y estuviera hambrienta, entonces nuestro Imperio, más allá de los mares, armado y protegido por la flota británica, cargaría con el peso de la resistencia, hasta que, cuando sea la voluntad de Dios, el Nuevo Mundo, con todo su poder y su fuerza, avance al rescate y a la liberación del Viejo».

Si nuestro mundo es libre, se lo debemos a faros como Winston Churchill, que no capitularon jamás en la lucha por nuestras libertades y contra la tiranía.

¡Viva la Libertad, y quienes pelearon por ella!


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