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La idea que los tupamaros fueron los “hijos rebeldes” del Uruguay del Luis Batlle no es, en lo absoluto, novedosa. El politólogo Francisco Panizza en su obra “Uruguay: Batllismo y después” (1990) lo esboza en cierta medida.

El problema de fondo no es que fueron “hijos rebeldes” que dieron un portazo y buscaron su propio camino. Sino que se abocaron con ahínco a demoler la casa paterna por medio de la violencia.

El profesor Carlos Demasi en su libro “El Uruguay en transición” (2022) advierte que a principios de los ochenta hubo una reivindicación de la figura y del tiempo de Luis Batlle. Algo llamativo, porque en las décadas anteriores se le había hecho responsable de la derrota histórica del Partido Colorado en 1958 por su incapacidad para resolver la crisis.

Este es un tema muy interesante: en el año 1982- tiempo de dictadura -apareció el clásico libro del profesor Germán D’Elía “El Uruguay Neobatllista”. El prefijo “neo” ya lo usaban los colorados independientes en la década del cuarenta y más tarde, en los años cincuenta, los socialistas también hicieron varias menciones al neobatllismo. En ambos casos la palabra “neobatllismo” tenía connotaciones muy negativas. Pero D’ Elía le dio un giro positivo – más allá de las críticas que formula a la acción de Luis Batlle Berres- reivindicando el auge de las libertades en ese tiempo. D’Elia había sido miembro del Partido Socialista en esa época y obviamente, su mala opinión de entonces estaba matizada. Luis Batlle Berres ya no era un demagogo irresponsable que improvisaba en cuestiones económicas sin respaldo de los técnicos. En su libro surge como un líder democrático genuinamente popular que, acaso, no comprendió los orígenes de la crisis que se abatió sobre el país.

En uno de sus muchos escritos Eleuterio Fernández Huidobro comienza en el instante del partido Uruguay- Hungría, el 30 de junio de 1954, que la pelota de Juan Alberto Schiaffino queda detenida en el barro. Estaban empatando dos a dos y faltaba un minuto para terminar el partido que finalmente – en el alargue- Uruguay terminó perdiendo. Esto tiene un valor simbólico formidable. Acaso, inconscientemente, Fernández Huidobro, observara ese momento futbolístico como el fin inexorable de una época. Uruguay perdía el título de Campeón del Mundo, terminaba la Guerra Corea y comenzaba la crisis.

Hay otro aspecto importante a tener en cuenta. Un tema recurrente en los discursos de Luis Batlle fue su convicción que Uruguay era un país de excepción. Una suerte de “isla” de paz, democracia y bienestar en un mundo convulsionado. Este discurso tenía una base real: los años inmediatos de la posguerra 1946-1950 el grado devastación fue tal que hacía inimaginable una rápida recuperación de Europa. Podían pasar décadas antes de que se lograse. Durante mucho tiempo íbamos a seguir vendiendo carne, cueros y lanas. La prosperidad estaba asegurada.

Los uruguayos de aquellos años podían sentir sincero orgullo de vivir en el país. La gesta de Maracaná simboliza ese optimismo. Pero, ¿esta forma de pensar no refleja, al mismo tiempo, un conservadurismo, un inmovilismo que no permitió una reacción a tiempo ante los cambios que se avecinaron? ¿No estamos ante un espíritu aldeano que se negó a modificar el rumbo?

La narrativa tupamara de la época – no me refiero al “relato oficial” que se elaboró después- buscó desmontar la idea batlleberrista del Uruguay como país de excepción. Para los tupamaros lo que existía era un régimen de dominación de clase con una máscara democrática. La violencia crearía conciencia de esta realidad.

Pero, ¿qué diablos es en definitiva “la realidad”?


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