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A raíz de mi frase “el crecimiento de los tupamaros en 1968-1969 se debe, fundamentalmente, a la incorporación de grupos juveniles universitarios de clase media y media alta”, provocó un comentario irónico de Javier E. Bonilla que si bien no comparto la forma, el fondo del asunto es incuestionable.

Porque si en 1963 los habitantes de los cantegriles, de los pueblos de ratas del interior o bien, los asalariados explotados del interior profundo hubiesen sido los que tomaron los fierros, la explicación – acaso- sería más simple. Pero no fue así.

Un colega historiador de otro país latinoamericano me comentó una vez: “Uruguay es un país raro. Los hijos de los ricos se alzaron en armas contra un gobierno legítimo apoyado por los pobres…” Recuerdo que lancé una carcajada. Hoy no me causa tanta gracia. ¿Podemos dar una explicación a esta realidad?

Alguien me podría decir: “Compañero, la pólvora ya fue inventada. Los sectores más lúcidos de la sociedad uruguaya con su acción armada intentaron arrastrar a los sectores explotados menos concientizados”.

Pero…¿es solamente un tema ideológico?

En lo personal me arriesgaría a una explicación más compleja. A mi entender debemos regresar a las sombras del Uruguay Neobatllista. (No comparto la utilización del prefijo “neo” para ese tiempo histórico, pero es un tema aparte). Entre 1947-1955 el modelo de “sustitución de importaciones” vivió su apogeo. Es un país ciertamente igualitario, con libertades civiles y políticas muy extendidas, diferenciado del resto de América Latina.

Sin embargo, el dirigismo económico impedía el riesgo y la innovación empresarial, abundaba el clientelismo y el Estado era onmipresente. El Uruguay de la 15 aún preservaba sus principales características de principios de siglo: la contención y castigo de los impulsos sexuales, junto con otros apetitos primarios, la mesura en la mesa, la circunspección en el porte, el control de la palabra (el tuteo como algo excepcional, aún entre las amistades). Los valores patriarcales continuaban prevaleciendo en las familias. Existía un talante conservador, casi pacato, donde la mujer ocupaba el papel de la reina del hogar –frágil y dependiente – hacendosa, buena esposa y madre, formada por los valores de la disciplina y el ahorro, como los indicaban los textos escolares y se enseñaba en el aula. Que una mujer fumara o se sentara sola en la mesa de un bar resultaba escandaloso. Recordemos que Luis Batlle Berres, a diferencia de su tío, no desafió moralmente a la sociedad de su época.

Ahora bien. La crisis económica del Uruguay implicó también una crisis de valores. Muy en especial, porque tras la recuperación de Europa (gracias al Plan Marshall) el capitalismo mundial sufrió una expansión sin precedentes. Hay varias generaciones de uruguayos que en los años 60-70 emigraron a EE.UU., Australia y Canadá. No sólo porque podían ascender más rápido socialmente usando sus talentos y habilidades, sino también pasaban a ser parte de mercados con bienes y servicios más variados y con mayor calidad técnica.

Además en esas sociedades se sentían más libres. No me refiero a las libertades políticas. Eran más libres de vestirse como quisieran, de vivir su sexualidad más plenamente sin culpa alguna y no estar pendientes del “qué dirán” o el temor al ridículo.

El Uruguay de la crisis, de la permanente inflación, el atraso endémico y moralmente conservador, ¿es el “País de la cola de paja” que describió Benedetti o el “País del miedo” que analizó Santicaten?

Desgraciadamente, por motivos que no abundaré, el batllismo no pudo o no supo conjurar la crisis y su derrota en 1958, fue un revulsivo político.

Es probable que muchos jóvenes de clase media y alta, con buena formación intelectual, sintieran una intensa frustración. Una frustración casi existencial. No pasaban hambre, tenían amplias comodidades y acceso a niveles de educación terciaria, pero en la sociedad uruguaya inmóvil, decadente y gris, no podían cumplir sus expectativas.

En un reportaje Ricardo Zabalza se refiere a la hipocresía que observaba en el mundo adulto de ese entonces. Curiosamente, o no tanto, Benedetti y Santicaten hacen referencia a ese rasgo de los uruguayos, al igual que la pusilanimidad y la falta de coraje.

Obviamente, la Revolución Cubana fue el faro de aquellos jóvenes.. Después el “Che” Guevara e incluso, el Mayo francés. Pero el caldo de cultivo estaba dentro del propio país. Como las pesadillas que nos atormentan.

Los tupamaros pintarían aquel Uruguay gris, con el rojo de la sangre.


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