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Pese a los muchos libros que he leído sobre los tupamaros admito no tener claro que deliberaciones internas tuvieron, en junio-julio de 1968, sobre la situación de Uruguay. Puedo conjeturar que observaron atentamente la intensa movilización estudiantil y la represión que se abatió sobre ella.

No hay que olvidar que los estudiantes comenzaron reclamando por el boleto pero, con la incorporación de la FEUU a la lucha en las calles, ahora exigían – entre otras cosas- la ruptura con el FMI y un cambio en la política económica. Después se le sumó la CNT.

Acaso una de las afirmaciones más sinceras que hizo Fernández Huidobro fue que, a principios de agosto de 1968, los tupamaros temieron perder el tren de la revolución. Ahí estaban los estudiantes en las calles – muchos de ellos fascinados por el martirologio del “Che” Guevara – los trabajadores públicos militarizados, las corridas y pedreas, la represión… ahí estaba – según sus ojos – ese fermento de una rebeldía que contrastaba con esa pusilanimidad uruguaya que tanto criticaban los intelectuales de izquierda. Había llegado la hora de actuar. Más aún cuando la Conferencia de la OLAS dejó en claro la posición de Cuba sobre la lucha armada.

Así se gestó, la “Operación Pajarito”, el primer secuestro de Ulyses Pereira Reverbel, presidente de UTE, amigo íntimo de Pacheco y un decidido partidario de la “línea dura”.

Junto con Gustavo Trullen conversamos extensamente, en dos oportunidades, con Pereira Reverbel. Su pensamiento político – una filosofía sobre el principio de autoridad – tenía dos aspectos: el primero, la democracia era ante todo el gobierno de una mayoría legítima, que tenía todo el derecho a implementar sus políticas cualquiera fueran y las minorías debían acatar. Pero había otro elemento más profundo e interesante: Pereira Reverbel consideraba que las movilizaciones obrero-estudiantiles de aquellos años eran “mucho ruido y pocas nueces”. En otras palabras: eran organizadas por grupos minoritarios y urbanos muy ideologizados y adiestrados, pero no representaban el verdadero sentir ciudadano. Existía – opinaba con mucha convicción – una “mayoría silenciosa” que apoyaba a Pacheco, tanto en Montevideo como en el interior y ni que hablar en el interior profundo. Los uruguayos, mayoritariamente, no buscaban la revolución, querían vivir en paz. Por estos motivos justificaba la política pachequista de imponer el orden sin titubeos.

Lo cierto es que una vez que se produjo el secuestro del presidente de UTE, el 7 de agosto de 1968, el gobierno quedó desconcertado y en los días siguientes pareció estar dando palos de ciego.

El Ministerio del Interior reaccionó prohibiendo un acto en el Palacio Peñarol donde hablarían Michelini, Terra y Arismendi, entre otras figuras opositoras. Al mismo tiempo, la policía allanó la Universidad de la República y varias facultades. Esto provocó que se reavivara el enfrentamiento entre el gobierno y los gremios estudiantiles.

La violencia, entonces, recrudeció.

PD: Se ha sostenido que el término “Pajarito” con que los tupamaros bautizaron esa operación de secuestro tiene un tufillo homófobo. Si es así, es bueno recordar que en aquel tiempo la sociedad uruguaya en su conjunto – como casi en el resto del mundo – no tenía ninguna tolerancia con las opciones sexuales de las personas. Y en Cuba, aquel faro revolucionario, mejor no hablemos.


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