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La crisis que se abatió sobre el Uruguay de mediados de los ’50 tuvo un alcance moral. No es en absoluto casual que en 1960 saliera a circulación el ensayo de Mario Benedetti “El País de la cola de paja”, que se convirtió en un auténtico bestseller. (Es muy probable que esté inspirado en “Radiografía de la pampa” de Ezequiel Martínez Estrada). Un primer detalle: la gravedad del diagnóstico que hace Benedetti que era, por entonces, un hombre maduro. No era un joven de la “nueva ola”, para usar un término de la época, sino que tenía cuarenta años (había nacido en 1920).

Benedetti recalca en el prólogo a la edición de 1963, que no se trataba de un tratado de sociología, ni un libro de análisis político profundo. Es más bien un gesto rupturista en respuesta a la crisis moral que atravesaba Uruguay entonces: “Estamos viviendo la segunda etapa de la crisis. En la primera, el hombre con escrúpulos morales no daba ni recibía coimas, solo el inmoral las aceptaba. En esta segunda etapa que vivimos, el hombre con escrúpulos morales sigue resistiéndose a recibir coima, pero en cambio se siente empujado a darla (…) al solo efecto de no verse infinitamente postergado”.

¿Por qué este libro tuvo una recepción entusiasta? Acaso por el carácter joven e inconformista de sus reflexiones a pesar de ser escritas por un cuarentón.

Hay en ellas una mirada iconoclasta – de firme rechazo al culto de las imágenes laicas sagradas – que cuestionaba tradiciones y mitos, “la soberbia mentira, la victoriosa errata de Maracaná”. Además hay una apelación a la valentía, al coraje -el “corazón de oro”, ante lo que el autor considera una crisis moral generalizada.

En uno de sus párrafos más celebres, Benedetti afirma: “ … tendría que empezar diciendo que el Uruguay es la única oficina del mundo que ha alcanzado la categoría de república. Pero no sé hasta qué punto sería lícito tomar a la chacota uno de los aspectos más oscuramente dramáticos de nuestra vida nacional. Digámoslo pues en serio: el Uruguay es un país de oficinistas.(…) Lo que verdaderamente importa es el estilo mental del uruguayo, y ese estilo es de oficinista. Todo el país piensa en términos de oficina.”

El libro es una implacable y despiadada crítica – con rasgos de humor – al modo de ser uruguayo y es una visión amarga de las causas de la crisis que afectaba a Uruguay. A mi entender se trata de un análisis del “lado oscuro” del Uruguay de la 15, o dicho en otros términos: del Uruguay de la hegemonía política de Luis Batlle Berres. Benedetti no llegó tan lejos de cuestionar el mito fundacional artiguista – algo impensable en la época – sino que en los párrafos finales, con un signo esperanzador sostiene que “Artigas luchaba por inaugurar nuestra nación. Basta de guarangos, de viveza criolla, de garra celeste. Quizá haya llegado el momento de demostrar que somos un pueblo adulto y que, por lo tanto, podemos sostenernos al nivel de nuestras responsabilidades domésticas y continentales.” Es cierto que, tiempo después, Benedetti sería uno de los principales dirigentes del brazo político del MLN, el “Movimiento 26 de Marzo”, pero no hay en este libro ningún llamado a la lucha armada como alguna vez se ha sugerido. (En cambio, me juego a que muchos futuros integrantes del MLN leyeron este libro).

En realidad en esos años Benedetti, al igual que otros intelectuales (como Alberto Methol Ferré, Carlos Real de Azúa y Roberto Ares Pons) apoyaba un proyecto político-electoral que se denominó la Unión Popular. Un proyecto en el cual militaban en el Partido Socialista Raúl Sendic, Julio Marenales, Héctor Amodio Pérez, Jorge Manera, Arturo y Pedro Dubra, entre otros…


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