El Día

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La tierra y el Batllismo

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Tras años de desencuentros entre los orientales, en 1904, el país estaba ante un panorama desolador, debido entre otros factores, a la destrucción material como consecuencia de la revolución.

El batllismo enfrentó entonces el problema de la mano de obra desocupada en la campaña. Barrán y Nahum han escrito que “Desde 1905 a 1909 se sucedieron innumerables editoriales en “El Día” reclamando la “subdivisión de la propiedad rural, ya que ella era una de las esperanzas del porvenir que se acarician entre las más eficaces”, sólo la “difusión de la pequeña propiedad” garantizaría el progreso del país y la “independencia económica de los paisanos”.
El confidente de Batlle, y su principal legislador, Don Domingo Arena decía “…el día en que se dividan las estancias en pedazos, como hoy se dividen en solares los terrenos de los alrededores de la capital (…) ese día habrán desaparecido las emigraciones de labradores y nadie podrá hablar de despoblación del país.” Y es por eso que intentó por medio de una ley crear una colonia agrícola nacional, denominada “Ensayo” en Tacuarembó, incluyendo a dos colonos que podrían ser extranjeros y actuarían “como agricultores experimentados” enseñando al resto por un sueldo mensual.

Numerosas fueron las acciones coloradas dirigidas a entregar tierras a los trabajadores rurales.
En 1909 el Presidente de la Cámara Mercantil, Sr. Mario Pérez, propuso emitir una deuda denominada “Empréstito de colonización”, destinando lo recaudado a “expropiar tierras aptas para la agricultura en las cuales se constituirían colonias”. El diario El Día elogió el plan “… que permitiría entrar en la demanda de tierras a muchos hombres de labor de los que andan diseminados por el campo, y que sea cual fuere su ansia de trabajo no pueden echar arraigo por falta absoluta de recursos.”


Habiendo finalizado el primer gobierno de Batlle, en abril de 1910, El Día justificaba un proyecto del Presidente Williman que duplicaba el impuesto territorial a los grandes propietarios que no hicieran agricultura. En una editorial, el diario de Batlle indicó que “Al fin y al cabo, la tierra en sí misma, no pertenece a nadie y pertenece a todos. Lo que es respetable, lo que no debe gravarse, lo que corresponde al que lo realiza, es el fruto del trabajo (…) es el cultivo, es la hacienda, es el árbol…”.


Años después, en 1931, el Dr. Baltasar Brum pronunció una conferencia en la Plaza Constitución de Fray Bentos, analizando el problema de la desocupación y la necesidad de proveer de tierras a quienes las trabajasen.
Papeles amarillentos recuerdan su iniciativa, conocida como “Tierras para el pueblo”, que consistía, en la compra por el Estado de grandes extensiones para cederlas a las familias de agricultores y trabajadores rurales en general, en condiciones ventajosas para su explotación. Brum creía que ese era uno de los medios más seguros para encarar y resolver el problema de la desocupación.


Así como el Instituto Nacional de Colonización ha sido un poderoso instrumento de desarrollo y distribución de la riqueza, el Uruguay- y en especial el norte- necesita la entrega de numerosas parcelas en régimen de enfiteusis a pequeños productores. Los municipios tienen en sus manos la gran tarea de proceder a la asignación de esos predios para huertas en la periferia de las ciudades.
Y la entrega de tierras para que “los más infelices sean los más privilegiados”, podría llevarse a cabo rápidamente si existiera la voluntad hacerlo.


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