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Vientre de Alquiler: ¿Más derechos o capricho de unos pocos?

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Con los avances tecnológicos que han impactado el mundo de la biología y la medicina, en conjunto con los cambios en los paradigmas que eran pilares en la “familia tradicional”, empezaron a surgir diversas formas de llevar a cabo el deseo de maternidad o paternidad, pudiendo recurrir a distintos mecanismos más allá del embarazo “natural” o la adopción.

La inseminación artificial comenzó a mitad del Siglo XX en los Estados Unidos, siendo una opción para las parejas que tenían dificultades para lograr la gestación. Más adelante también le siguió la fecundación in vitro.

Acercándonos más hacia el Siglo XXI, entre los 90 y los 2000, empezó a despertar en el debate público la cuestión de los “vientres de alquiler” o “gestación subrogada”. Esta consiste en que una mujer a cambio de una retribución económica “ofrezca” su vientre para gestar el embarazo de otra persona o pareja. La práctica, en la mayoría de los casos de parejas heterosexuales, se hace con la tecnología de fecundación in vitro, utilizando el ovocito de la madre y el espermatozoide del padre que alquilan el vientre, siendo, por lo tanto, un hijo biológico de estos. En el caso de personas solteras o parejas homosexuales, se utilizan generalmente ovocitos o esperma donados, según el caso.

Esta es una práctica cada vez más común en el mundo, especialmente en los Estados Unidos, donde en la mayoría de sus Estados la cuestión está permitida o no regulada por la Ley. En Europa la situación es distinta, y se encuentra prohibida o muy limitada en el grueso de los países componentes de la Unión Europea.

La discusión con respecto a los vientres de alquiler abarca un muy amplio abanico de elementos a tomar en cuenta, por un lado, los derechos del niño y de la mujer y por otro, la libertad de una persona a contratar a otra para que geste a su futuro hijo.

Es importante mencionar que contratar un vientre de alquiler se encuentra en el entorno de los 100 mil euros (Profesionales por la Ética, 2015), es decir, que resulta un servicio que solo es de acceso para gente muy adinerada.

Empezando por los derechos del niño, esta cuestión entra en una zona compleja al ponerse en consideración el derecho a la identidad, es decir, saber de dónde venimos. Los contratos de gestación subrogada suelen tener estrictas cláusulas con respecto a la gestante, ésta tiende a encontrarse impedida de ver o contactar al niño luego de este nacido, también entran en juego las cláusulas que establecen la privacidad o anonimato de la gestante. Una cuestión más compleja es la discusión de si una persona puede ser utilizada como mercancía, en este caso un bebé recién nacido, sin embargo, la profundidad moral y filosófica es complicada de abarcar en unos pocos párrafos, por lo que lo dejaremos a la reflexión del lector.

Del lado de los derechos de la mujer, lo primero que entra en la discusión son las consecuencias psicológicas y físicas, tanto en el transcurso del embarazo como con la separación del niño nacido para entregárselo a los contratantes. Hay diversos estudios que muestran consecuencias psicológicas graves en la mujer luego de pasar por el proceso de alquilar su vientre. (Bascuñana, 2018). Sin embargo, se complejiza aun más todo cuando se pone sobre la mesa la cuestión de si es ético utilizar el cuerpo de una mujer y su capacidad gestante como mercancía, y las posibles consecuencias que pueden derivar en explotación, sobre todo para mujeres en situación vulnerable que pueden ver esto como una salida fácil a su situación.

Si reflexionamos desde el lugar de la posibilidad de la gestación subrogada como un derecho adquirido no resulta un argumento del todo sólido si tenemos en cuenta que no constituirá una solución para los problemas de maternidad o paternidad de la población general, sino para un número reducido de personas que dispone de una suma grande de dinero para invertir en un vientre de alquiler.

Otras preguntas que nos surgen pueden ser, ¿Qué sucede si una de las partes se arrepiente?, ¿Cómo se solucionan los problemas que puede generar el separar a la mujer gestante del bebé nacido de su vientre? Este tema tiene varias zonas profundas que deben ser discutidas desde el marco del derecho y la bioética.

A diferencia de la prostitución, en que también se da la discusión sobre la “venta del cuerpo” y la explotación, no se da, al menos en nuestro país, un mercado informal o mercado negro de vientres de alquiler, su regulación no contribuiría a transparentar una situación oculta, sino a crear una posible nueva problemática.

Con este breve artículo pretendo poner sobre la mesa las distintas discusiones y elementos a tener en cuenta a la hora de discutir un tema de una profundidad y complejidad realmente relevante, sin tener como objetivo dar una respuesta definitiva o hacer una reflexión exhaustiva sobre sus cuestiones más polémicas. Sin embargo, me parece de importancia decir que no veo como un avance social la posibilidad de que se utilice a una persona como mercancía, y las consecuencias que puede generar a nivel social nos alertan de que posiblemente los aspectos negativos serán más grandes y complejos que los positivos, y a esto se le suma que no se trata de un derecho o servicio para que acceda toda la población, sino una minoría privilegiada.

Finalmente, me parece de recibo mencionar que debemos avanzar a un régimen que facilite y agilice la adopción, para que más niños y adolescentes puedan acceder a una familia, y en este momento, allí debe estar el eje de la discusión.

Fuentes:

Profesionales por la Ética (2015), “Vientres de Alquiler. Maternidad Subrogada”.

Bascuñana, Mónica (2018), “Gestación subrogada: Aspectos emocionales y psicológicos en la mujer gestante”, lemata, Revista Internacional de Éticas Aplicadas, N.º 28, pág. 41-49.


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1 comentario

  • Tobías

    Me sorprende el marco de análisis utilizado en este y otros párrafos: “Se complejiza aun más todo cuando se pone sobre la mesa la cuestión de si es ético utilizar el cuerpo de una mujer y su capacidad gestante como mercancía, y las posibles consecuencias que pueden derivar en explotación, sobre todo para mujeres en situación vulnerable que pueden ver esto como una salida fácil a su situación”. Un marxista le pone la firma.

    Quien trabaja en la construcción, por ejemplo, ¿no utiliza su cuerpo y su capacidad productiva, “vendiendo su fuerza de trabajo al capitalista” y puede ser vulnerable por solo tener esa fuente ingreso? Podrás decir que no es lo mismo, pero yo solo veo diferencias de grado y no de forma.

    Todo el tiempo estamos voluntariamente aceptando intercambios que potencialmente ponen en riesgo nuestro cuerpo/salud y por eso lo hacemos por una suma de dinero. El intercambio voluntario siempre es beneficioso para ambas partes, sino no se daría o no sería voluntario.

    El hecho de que solo una pequeña parte de la población pueda acceder solo muestra que es un servicio nuevo, que aun no se ha desarrollado del todo. Los autos también lo eran en un principio.

    Otra frase que me llama la atención: “Sin embargo, me parece de importancia decir que no veo como un avance social la posibilidad de que se utilice a una persona como mercancía…” Llevado a las conclusiones lógicas deberíamos “abolir” el trabajo. Por detrás creo que hay un análisis medio kantiano de no tratar a los individuos como medios sino como fines en si mismos, si es así creo que es una mala interpretación. En un contrato voluntario en donde dos individuos se ponen de acuerdo de intercambiar un servicio por dinero, ambos son fines y no medios.

    Comparto el final sobre la adopción. Simplemente a quería dejar algunas reflexiones a la pasada, me parece que no es consecuente el análisis con otras opiniones que te he leído, quizás me equivoco. Saludos.

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