El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

Un círculo interminable

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¿Castigar o rehabilitar? Una disyuntiva para nada nueva. Este artículo no tiene la intención de realizar un análisis filosófico entre posturas históricas respecto a la función de la cárcel. Este artículo tiene como único propósito llamar a la reflexión interna y personal de cada lector y apelar a dos conceptos indispensables para abordar esta sensible temática: empatía y pragmatismo.

“Delito” es un término áspero y negativo, que nos molesta porque acarrea dolor y violencia.  La experiencia es sin dudas traumática para la víctima y esa manifestación violenta por parte del victimario es resultado de una vida vivida de igual manera. ¿Por qué? Porque la delincuencia está estrechamente relacionada con la pobreza  y la falta de oportunidades.

Los datos son categóricos: El 40% de las habilidades mentales de las personas se forman en los tres primeros años de vida. La etapa prenatal y la primera infancia constituyen un período crítico para el desarrollo cognitivo, del lenguaje y de las destrezas sociales y emocionales de las personas.  Lo que los niños y niñas viven en sus primeros mil días, genera un impacto clave en el resto de sus vidas. Teniendo en cuenta lo antedicho, resulta esclarecedor conocer que, según informe de CERES, a fines de 2019 había 516.000 uruguayos viviendo en condición de pobreza (es decir, con una o más necesidades básicas insatisfechas). Sumado a esto, en nuestro país solo el 46,6% de los jóvenes termina el liceo y si vamos al quintil más bajo de ingresos solo un 16% lo hace.

Podemos hablar entonces de un “círculo de dolor” que comienza a gestarse desde el punto de partida de la persona, se desarrolla en una crianza marcada por diversas carencias y en muchas ocasiones tiene como desenlace la concreción misma del acto delictivo.

La siguiente parada es la cárcel. Si estuviera escribiendo este artículo desde Estocolmo, seguramente podría hablar de ésta como la gran oportunidad para cortar ese círculo de dolor del que vengo hablando. Sin embargo, me encuentro en el barrio Bella Italia en Montevideo y  la realidad es que aquí, en nuestras cárceles, ese círculo de dolor, lejos de cortarse, se acentúa y se perpetúa. De hecho, en Uruguay 6 de cada 10 privados de libertad que ingresan al sistema penitenciario son reincidentes.

¿Y qué sucede adentro? Un 73% no obtiene oportunidades de integración social ni condiciones mínimas para lograr una efectiva reinserción, recibiendo un 26% de ellos tratos crueles, inhumanos o degradantes que atentan contra los DDHH. Esto es más grave aún teniendo en cuenta que 8 de cada 10 personas privadas de libertad ingresan con consumo problemático de drogas, 5 de cada 10 con problemáticas de salud mental y 1 de cada 10 con algún tipo de discapacidad. 

Desearía que este círculo de dolor y violencia terminara allí, pero no es el caso. Sin entrar en cuestiones jurídicas, nuestro derecho penal felizmente no tiene la figura de pena de muerte hace más de un siglo gracias a los impulsos humanistas del primer Batllismo. Nuestra pena máxima hoy en día es de treinta años con la posibilidad de extenderla quince más. Por ende, más de seis mil personas privadas de libertad son liberadas cada año. El círculo continúa.

Una vez afuera, los recién liberados se encuentran quizás sin afectos que lo reciban, sin dinero para comprar un boleto y cargando con niveles de violencia y abandono aún mayores de los que tenía cuando ingresó. El círculo vicioso de dolor se completa, en la abrumadora mayoría de los casos, en un cruce de caminos entre la calle (el 69% de las personas en situación de indigencia afirma haber estado privado de libertad al menos una vez) o volver a delinquir.  

El círculo de dolor es real y tangible; pero está oculto. Oculto por discursos simplistas, cuasi mágicos sobre cómo resolver el asunto de la inseguridad ciudadana con medidas obsoletas y represivas. Está oculto también por el silencio, la indiferencia y una ceguera que no nos deja ver una bomba de tiempo que empieza a estallarnos en la cara.

Si aplicamos las mismas recetas de siempre, no podemos esperar resultados diferentes. Todos podemos aportar algo simplemente cambiando nuestro enfoque y hasta los términos que muchas veces empleamos, movidos por una impotencia que es legítima y entendible. Pongamos el tema sobre la mesa con la urgencia que se merece, encontremos puntos de acuerdo de una vez por todas y generemos una política de Estado real y seria cuanto antes. El tiempo apremia en una sociedad en la que la fractura social y las desigualdades son cada vez más notorias. Cortemos el círculo interminable de dolor, antes de que sea tarde.


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1 comentario

  • Heber Rizzo

    La disyuntiva entre idealismo y pragmatismo siempre está presente en las relaciones humanas, pero es particularmente visible en la aplicación de la justicia penal: ¿castigo o reinserción?.
    Pero el caso es que siempre se deja de lado otro aspecto, y es el de la responsabilidad sobre las posibles futuras víctimas.
    La solución quizás esté en una mayor búsqueda de reinserción entre los primarios, especialmente en los casos de delitos leves, con prisiones específicas para ellos, y con un mayor rigor con respecto a los reincidentes, como forma de minimizar los daños que casi seguramente seguirán causando por su propia naturaleza antisocial.

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