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Fotografía de ÓSCAR BONILLA.

He estado releyendo “La Guerrilla Tupamara” de la excelente periodista María Ester Gilio. Esta obra fue premiada (1970) por Casa de las Américas en la categoría “Testimonio” por un jurado integrado por Ricardo Pazos, Raúl Roa y Rodolfo Wash.

Admito que, durante cierto tiempo, me costó comprender este libro. No porque se tratara de una escritura difícil o tocara temas teóricos áridos – como el caso de “El cielo por asalto” de Hebert Gatto, por ejemplo- sino por su estructura argumentativa. ¿Por qué…? En sus primeros capítulos se refiere al deterioro del Uruguay: las pensiones a la vejez, el Consejo del Niño, los Institutos Penales, la Colonia Etchepare, el exilio…todos síntomas de una decadencia real. Pero…¿estos problemas que tenía el Uruguay de la época, graves sin duda, debían resolverse por la violencia ?

En la página 59 hay una serie de reportajes (Gilio era realmente brillante en este campo) y después pasa al operativo de Pando, toca el tema de las torturas y finalmente, está una entrevista a un tupamaro anónimo (¿Raúl Sendic?). Es interesante que en una respuesta sostenga que los tupamaros no nacen del fracaso de la Unión Popular, sino “en el momento en que se dio la lucha contra la línea de (Emilio) Frugoni” Explicó que esa lucha “era el fruto del inconformismo frente a la falta de empuje revolucionario del partido.” Aunque reconoce que aún no pensaban en la lucha armada.

Asimismo resulta curioso que considerara ineficaces la acción de los partidos de izquierda y los sindicatos para enfrentar las Medidas Prontas de Seguridad que había implantado el Colegiado en 1951. Obviamente se refería a la lucha de los llamados Gremios Solidarios, un episodio bastante anterior a la Revolución Cubana y que para nada es comparable a un ejercicio arbitrario de violencia estatal y además, no había crisis económica.

Al margen de ello, este tupamaro anónimo es muy claro en cuanto a la esterilidad de las polémicas de izquierda. Había que pasar a la acción, “nos unió (…)la voluntad de crear un aparato para la lucha armada”.

La palabra “voluntad” vuelve a usarla al final del reportaje al sostener que era una de las condiciones de carácter más importante para un tupamaro. ¿Acaso la “voluntad” podía superar los obstáculos que planteaba la lucha armada en un país como Uruguay?

Reconozco que tras reeler este libro no despejé todas mis dudas e incógnitas sobre las razones últimas de la opción armada que asumieron un grupo de hombres y mujeres en esa época.

Pero me ayudó a tener una idea más clara de cómo veían la realidad y a sí mismos. A comprender el caldo de cultivo de nuestras pesadillas.


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