El Día

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La eutanasia desde el liberalismo humanista

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Fiel a su tradición vanguardista, el Uruguay hoy discute la legalización de la eutanasia y del suicidio asistido. Si bien el debate en torno a estas prácticas se remonta a la Antigüedad –ya Platón y Aristóteles teorizaban sobre el “buen morir”- recién en el año 2002 Holanda se convertiría en el primer país en legalizarlas. En la actualidad, solo cinco países más permiten ambas: Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Colombia, y, recientemente, Nueva Zelanda. España y Portugal, mientras tanto, debaten el asunto en los días que corren.

Este no pretende ser un artículo que recopile datos sobre los resultados que ha arrojado la experiencia en dichos países. Tampoco pretende ser un análisis pormenorizado sobre el proyecto de ley presentado en nuestro país y sus alcances. Sin duda no faltará oportunidad para hacer ambas cosas, puesto que aún nos restan varios meses de debate parlamentario y ciudadano sobre el tema. Lo que este texto se propone, intentando honrar la tradición del medio en que se publica, es proporcionar un breve y modesto comentario  sobre algunas bases filosóficas que subyacen a las posturas favorables a la legalización, que en nuestro país responden a un ideario claramente identificado: el batllista.

Libertad

          En el seno de la discusión en torno a la eutanasia se encuentra –como en todas las discusiones más importantes – la libertad. Primero que nada, siempre, la libertad.

          Estar a favor de legalizar la eutanasia implica priorizar, por sobre toda otra consideración, la libertad del individuo a la hora de decidir sobre sí mismo. Entraña la convicción de que no existen razones legítimas para cercenar el derecho a la autodeterminación en un punto tan fundamental como es la decisión de ponerle fin a la propia vida.

          A meses de iniciado el debate local sobre el tema, sin embargo, hemos visto aparecer los primeros argumentos en contra de la iniciativa – al margen de los de índole religiosa o dogmática, por supuesto, que siempre están-. Algunos aluden a la famosa “pendiente resbaladiza”: postulan que la legalización de la eutanasia en algunos países ha tenido como consecuencia la realización de “eutanasias involuntarias”, es decir, eutanasias efectuadas por médicos sin el consentimiento de los pacientes. Otros aluden a la evidente irreversibilidad de la decisión de morir; mientras que otros, por su parte, acuden a la falsa oposición eutanasia-cuidados paliativos, arguyendo que antes de pensar en la primera debemos asegurarnos de perfeccionar el tratamiento legislativo de estos últimos.

          Entiendo que todos estos argumentos son fácilmente neutralizados en cualquier cosmovisión que privilegie la libertad. Un derecho no puede ser cercenado por el hecho de que pueda haber quienes abusen de él. En todo caso, deberemos pensar en cómo penalizar severamente la llamada “eutanasia involuntaria”, pero la potencialidad de que ocurra no puede justificar privar de un derecho a quienes quieran hacer legítimo uso de él. La irreversibilidad de una decisión, por otro lado, tampoco puede ser un factor de peso para coartar la posibilidad de tomarla: es una cuestión cuya ponderación, en todo caso, efectuará aquel a quien realmente le competa. Y respecto de los cuidados paliativos, la disyuntiva es de más simple resolución de lo que a veces parece, siempre que, por supuesto, estemos pensando en clave de libertad: cuidados paliativos para quien quiera cuidados paliativos. Eutanasia para quien quiera eutanasia. Si se confía en la capacidad de un adulto en pleno uso de sus facultades mentales de decidir por sí sobre sí, y no se subestima ni se desmerece su idoneidad a tales efectos, es una fórmula que rara vez falla.

En “Moral para intelectuales”, Vaz Ferreira hablaba de un concepto clave para cualquier liberal: la confianza en las soluciones de libertad. Decía el Maestro: “Cuando en un problema de la vida actual se presenten dos soluciones, una de opresión, de prohibición, de imposición, y otra de libertad, tiendan a tener confianza en la última (…) Posiblemente los que prevén como consecuencia del ejercicio de una libertad cualquiera, grandes males y desórdenes sociales, serán víctimas del mismo engaño de siempre y desmentidos como siempre una vez que la libertad se otorgue”.

Humanidad

Vaz Ferreira cerraba el párrafo al que pertenece la cita anterior exclamando: “¡Confianza en las soluciones de libertad y en las soluciones de piedad!”. En un país de tradición laica tan arraigada como el nuestro, frecuentemente encontramos a la “piedad” traducida como “humanidad”.

La legalización de la eutanasia responde a una sensibilidad profundamente humanista por un doble motivo: primero, porque supone ponerse en el lugar de quien sufre. De aquél que está cansado, que ya no puede o no quiere más. De aquél que sufre porque ve a sus seres queridos sufrir por él. De aquel que no quiere estar un poco menos vivo cada día, sino que quiere mirar a la muerte a la cara, casi que como a una igual, y despedirse antes de ser solo un recuerdo de lo que alguna vez fue. De aquél que se resiste a pasar sus últimos días sedado, postrado en la cama de un hospital, porque por alguna razón que no nos corresponde a los demás juzgar, una o varias de todas estas circunstancias le parecen indignas.

Y en segundo lugar, porque implica ponerse en el lugar del médico que se compadece de su paciente y elige, también libre y voluntariamente, acceder a lo que este le pide. En pleno siglo XXI es draconiano y arcaico que un médico pueda ir preso por acceder a un pedido de eutanasia, que es lo que hoy por hoy sucede en nuestro país y en la mayoría de los países del mundo. Uruguay tiene la posibilidad, una vez más, de ser parte de los que alumbran el camino, siempre en la dirección del progreso y de la conquista de nuevas cumbres, como un verdadero “pequeño país modelo”.

Sinceramiento

Reza un antiguo mantra que un legislador inteligente es aquel que no se propone prohibir lo que no puede controlar. En términos quizás más compartibles, Batlle solía decir que “fuerza es legislar con arreglo a lo que sucede”.

La eutanasia es una realidad que, más de cerca o más de lejos, a casi todos nos ha tocado vivir. No podemos hacer como si no ocurriese, porque no existe forma más cobarde de vivir que mirando para el costado frente a la adversidad y las partes duras de la vida. Bertrand Russell escribía, en su célebre “Por qué no soy cristiano”: “Tenemos que mantenernos de pie y mirar al mundo a la cara: sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él”.

Creo que eso mismo es lo que las circunstancias actuales requieren de nosotros. Hay pulsiones demasiado fuertes en los seres humanos que, cuando se trata de los aspectos más trascendentales de su existencia, avasallan toda prohibición e impedimento. La pulsión de libertad quizás sea, entre estas, la más potente.

Debemos poder reconocer aquello contra lo que no podemos ir, y cambiar la estrategia si nos interesa una mejor convivencia. No todo lo que suceda en la sociedad en la que vivimos resultará de nuestro agrado o se alineará con nuestra forma de concebir el mundo. Aceptar y tolerar que otros eligen para sí caminos que uno nunca elegiría para uno es una parte fundamental de la civilidad.

En definitiva

Para algunas personas, la vida humana obedece a normas y tiempos que la trascienden; ya sea porque su religión así lo indica, ya porque sus creencias filosóficas así lo marcan. Esta postura, siempre que se circunscriba a la vida propia y no invada la ajena –es decir, en tanto no se proponga imponerse sobre las posturas de los demás-, es enteramente válida. Quienes postulamos la legalización de la eutanasia no buscamos convencer a nadie acerca de lo que debe hacer con su vida ni con su muerte: aquel que elija vivir hasta el último momento de sus días debe gozar del mismo respeto que quien no quiera seguir viviendo un segundo más. Lo que nos distingue de sus detractores es la idea de que lo que debe existir es la opción; la posibilidad de que todo ser humano capaz de dirigirse a sí mismo y de obrar a consciencia y voluntad, tenga la posibilidad de elegir sobre lo que le es más propio que ninguna otra cosa: su vida.

Eso es lo que defendemos, que no es más que una consecuencia necesaria de creer en la Libertad. Porque en su sentido más profundo, creer en la Libertad implica entender que nadie sabe mejor que nosotros mismos lo que es bueno para nosotros, y por lo tanto negarse enérgicamente a la idea de que otros decidan por uno. Creer en la Libertad es estar convencido de que las personas, lejos de estar atadas a voluntades divinas o sometidas a lo que de nosotros disponga algún devenir ininteligible, somos dueñas de nuestro destino; “capitanes de nuestra alma”, como decía el poema de Henley.

En lo que a mí respecta: yo no soy mi cuerpo, mis signos vitales, mi corazón latiendo o mis pulmones funcionando. Respeto, desde lo más hondo y sincero de mis convicciones, a quienes piensen distinto; pero respirar, existir, para mí no equivalen a vivir. Yo soy mi cabeza, mis decisiones, mi razón y mi voluntad: estoy viva cuando elijo, cuando decido, cuando soy yo quien determina el rumbo y el sentido de mi futuro. No lo estoy del todo cuando se me niega el control sobre lo que solo a mí me concierne, en nombre de algún dios en el que no creo o de lo que me conviene según criterios que no consiento. Porque si de defender la vida se trata, entonces sepamos esto: la vida humana, sin libertad, no es vida.


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11 comentarios

  • Ana Guedes
    Ana Guedes

    Estimada Victoria Pasquet sabrá como estudiante de Derecho que el homicidio piadoso es causa de impunidad en nuestro código Penal para cualquier ciudadano Art. 37. (Del homicidio piadoso) Los Jueces tiene la facultad de exonerar de castigo al sujeto de antecedentes honorables, autor de un homicidio, efectuado por móviles de piedad, mediante súplicas reiteradas de la víctima . Mi pregunta es porque despenalizar a los médicos? para que sen un decorado atractivo para geenrar demanda con mascara de de un acto valido ética, moral y médicamente, es mi única respuesta .de uqe liberad habla UD y el Diputado si toda la conducción del proceso es contraria la libertad del cuerpo Medico, pra uan ley de este tenor deberia consultarse a todo el cuerpo medico del país . No han solicitado , ni fuimos consultados , no hay demanda social , ? El SMU se auto arroga saber nuestro aspiración en forma in consulta y justificándose con una encuesta sesgada que no incluye la opción de aplicar cuidados paliativos para alivio. Administrar un veneno para dar muerte a una persona rápidamente no es acto medico , no estamos formados para ello Lo podría hacer cualquiera es 100% efectivo . Nuestro Parlamento no debe actuar en forma inconsulta, silenciosa creando leyes que cambien los nobles fines que la sociedad ha reconocido desde siempre a nuestra profesión: curar, aliviar y acompañar, en el máximo respeto a la igual dignidad inherente a todo ser humano.
    No debe permitir nadie -ni, menos, se señale como tarea a cargo de los médicos- el discriminar entre vidas dignas de ser vividas y no dignas de ser vividas, autorizándonos legalmente a dar muerte o ayudar a darse muerte.
    lo que si debería hacer es aprobar la Ley de Cuidados Paliativos, para universalizar y garantizar la atención exigida por esa dignidad de cada persona. Es lo que exige el Código de Ética Médica, aprobado por plebiscito en 2014 y las declaraciones de la Asociación Médica Mundial ratificada en 2019.

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