El Día

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Entrevista a Daniel Mella

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A los veinticuatro años, Daniel Mella llevaba tres novelas escritas: Pogo (1998), Derretimiento (1999) y Noviembre(2000). Luego de eso y en el medio del albor de su fama de prodigio, de escritor maldito y dueño de una prosa violenta y descarnada, desapareció de la escena literaria. Nadie supo más de él por más de diez años. Su resurgimiento se da en 2013 con la publicación de Lava, una serie de cuentos que ganó el Premio Bartolomé Hidalgo, otorgado anualmente por la Cámara Uruguaya del Libro.

El 2014 no fue un año más para Mella. La descarga eléctrica de una tormenta de verano se llevó la vida su hermano menor. Dos años después publica El hermano mayor (HUM, 2016) narrando las consecuencias familiares que tuvo esa muerte. El autor hurga en los recuerdos, en la desesperación y en la tristeza con crudeza y ternura. “Yo no quería llorar dos lágrimas iguales. Quería que cada lágrima valiera de algo”, dice en el libro que lo hizo volver a ganar el Premio Bartolomé Hidalgo (2017) y el Premio Nacional de Literatura (2018) y que fue publicado en Argentina, España y Reino Unido.

Mella sigue su aventura por la autoficción con Visiones para Emma (HUM, 2020) y debuta con una serie de poemas acompañada por un cuento en un libro doble publicado por la editorial Fardo.

Tus últimos libros son autorreferenciales. ¿Te sentís cómodo con la clasificación “autoficción tan usada en la actualidad literaria uruguaya?

Me siento cómodo sí. Lo tomo como un nombre que se le pone cuando alguien escribe basándose en episodios de su vida. No creo que haya algo así como una diferencia tan grande entre la autoficción y la autobiografía. Me parece que el que escribe de manera autobiográfica se encuentra necesariamente con la necesidad de ficcionar, voluntariamente o no, porque uno recuerda lo que desea, lo que puede, recortando de la realidad y del pasado las cosas que son útiles para el texto. Al ser consciente de que estás ficcionando se vuelve más interesante y más honesto. Me pregunto si habrá gente que, al escribir sobre su pasado, intentando ser absolutamente fiel a lo ocurrido, se habrán angustiado ante la posibilidad de ficcionar. La autoficción es aceptar esa necesidad, darte permiso y explotarlo porque tiene unas ventajas enormes. Sergio Blanco, en una de sus obras, mata a su padre y su padre está vivo. Podés llegar al punto de modificar tu historia, no levemente, pero de forma brutal y radical. Es donde empieza el juego más interesante de la autoficción.

De hecho, en El hermano mayor alterás la conformación de tu familia.

Sí, tal cual. Les cambio el sexo a mis hijas, dejo a un hermano afuera. En un momento dudé, porque era mi familia, pero estaba escribiendo un libro y en la escritura tiene que entrar lo que puede y lo que debe. El libro no tiene que conformarse a la realidad ni a nadie, tiene que conformarse a sí mismo.

¿Escribir El hermano mayor fue la manera que encontraste para atravesar el duelo por la muerte de tu hermano?

La escritura para mí siempre es una forma de procesar el duelo, no solo de la muerte, también de dolores de todo tipo, rupturas y separaciones. En este caso, yo sentía la urgencia de hacerlo. Venía escribiendo desde que el Seba murió. No de forma ficcional. Venía escribiendo sin parar para purgar sentimientos. En un momento se empezó a perfilar la historia y fue la manera de procesarlo, de seguir conversando con él, de no soltarlo. Fue una manera de ubicarme dentro del duelo de mi familia. También fue una manera de ordenar todo el caos interno que trajo, la muerte del Seba hizo saltar un montón de cosas de adentro mío. Yo no soy muy bueno pensando en abstracto ni elaborando mis sentimientos de una forma que no sea a través de la escritura.

En tu obra hay una exposición de tu intimidad y la de tus afectos. ¿Hasta dónde permitís que llegue? ¿Dónde está el límite? Si es que lo hay.

Sí, lo hay. Si el dato sobre mi familia, mis amigos o mío es absolutamente necesario para el libro, seguramente lo use. Por más doloroso, íntimo o vergonzoso que parezca. Si es necesario para el libro,la cuestión ética está salvada. Confío en que en el armado del libro se contempla lo ético y estético a la misma vez. El riesgo de escribir sobre uno mismo, sobre los dramas familiares y las personas cercanas es la existencia de la posibilidad de que te sientas tentado a incluir cosas con algún espíritu revanchista. Los sentimientos que se mueven en la familia son variados y siempre puede haber algún rencorcito como para meterle un palo a alguien. Ahí encuentro el límite. Me recuerda al cuento de Borge sen el que un hombre derriba a su enemigo y se arrodilla sobre su pecho para decapitarlo. El enemigo lo escupe en la cara. El hombre se incorpora y lo deja ir. El hecho quedó manchado por la rabia, por lo personal y eso le quitó la pureza. Si detectás que estás escribiendo para tomarte una represalia no solo es malo moralmente, sino que se va a notar y va a afectar la belleza y la integridad de un texto.

En El hermano mayor narrás las consecuencias de la muerte de tu hermano en tu familia. A priori, se esperaría un texto con un narrador desgarrado, desangrado en sus emociones. Algo emotivo o melancólico. Pero en el libro hay distancia. Frialdad. Humor. Una dureza emocional. Una exploración de las emociones irracionales que surgen con la muerte, como la culpa o los celos. ¿Por qué la elección de esa perspectiva?

A la hora de sentarme a escribir, tengo la necesidad de ser sorprendente. En parte escribir es sorprender. Si leés algo que no tiene ese efecto, no seguís leyendo. Siempre tiene que haber un sentimiento de lo inesperado, de lo distinto o de lo extraño. Eso busco yo en un libro.
En segundo lugar, me parece que mi manera de percibir las cosas es distinta. Distinta en el sentir o en cómo atravesar los momentos. Eso me ha hecho sentir culpable. Sobre todo en los primeros tiempos de la muerte de mi hermano. Para mí la muerte siempre había sido un hecho muy presente en mi vida. La posibilidad de la muerte siempre había estado ahí. Me desnorteaba ver que para muchos de mi familia no,  que siempre le habíamos tenido terror,  que siempre habíamos vivido confiados de que la muerte nunca nos iba a tocar. Era la muerte de un hermano y de un hijo. Duele perder a alguien, por más preparado que creas estar para la ocasión, pero putear a la tormenta o a la vida, tomarlo personalmente, considerarlo una injusticia, era un signo de locura. En un punto la distancia del narrador tiene que ver con el descubrimiento de que nos quedaba un montón de trabajo por hacer en cuanto a cómo nos estábamos parando, filosóficamente, frente a la muerte, a la vida y al resto de las cosas fundamentales de la existencia. La muerte del Seba nos dejó en evidencia. Esos sentimientos surgieron a partir de la escritura. En su momento, no tuve la actitud peleadora del narrador. La distancia también viene por el lado de que cuando te ponés a escribir sobre algo, te alejás de ese algo. Es un movimiento doble. Te alejás para acercarte, para verlo todo mejor. Por supuesto, mientras escribía me daba cuenta de que yo no tenía las cosas tan claras como creí en un primer momento. La culpa, la rabia y el dolor fueron llegando, pude empezar a admitirlas a medida que me adentraba en la historia que estaba contando

La muerte es una constante en tu obra. ¿Es la gran disparadora de la literatura?

La muerte es el  gran tema de la literatura. Sospecho que no escribiríamos si no nos fuéramos a morir. No habría necesidad. Escribir es conversar con los muertos. Aún antes de escribir, cuando empezás a leer, se entabla un diálogo con los muertos. No creo que haya un solo buen texto en el mundo en el que la muerte no gravite de forma fundamental. Tiene que estar presente de alguna forma, como lo está en la conversación que estamos teniendo. Las cosas son bellas porque la muerte está agazapada en ellas. Si la literatura quiere ser verdadera y poderosa tiene que incluir a la muerte. La muerte es la madre de la conciencia y a partir de ella nace la melancolía, la nostalgia, el miedo, la especulación. Logra que se intensifique el amor y el deseo.

En El hermano mayor dejás planteada una reflexión conceptual sobre la escritura que se profundiza en Visiones para Emma. ¿Vas a seguir explorando este tema en futuras publicaciones?

Es uno de los temas principales de lo que estoy escribiendo ahora. Al escribir Visiones para Emma, me di cuenta de que tenía la necesidad de contar mi vida a través de la relación con la escritura. El proceso empezó en El hermano mayor, siguió con Visiones para Emma y se cierra con lo que estoy escribiendo ahora. Por mucho tiempo mantuve una relación incómoda con ser escritor. Me costó asumirme como tal. No me sentía cómodo. De hecho, por diez años dejé de escribir, incluso más, después de esa desaparición escribí Lava y recién tres años después El hermano mayor. Pasaron los años y quise cambiar mi manera de vivir. Quería dejar de dar clases de inglés y dar talleres. Ahí me di cuenta de que podía conjugar las dos cosas que más amaba: enseñar y escribir. Y ahí, forzosamente, tuve que asumirme. Acepté el lugar definitorio de la escritura y surgió contar mi vida a partir de ese eje. Me estoy dando un gusto porque siempre sentí amor por los libros que tratan sobre la literatura. Abandoné la concepción pelotuda que tenía sobre el escritor que escribe sobre ser escritor. Me parecía algo muy masturbatorio. Ahora me parece una garantía de un buen proceso, de un proceso disfrutable.

Una vez le dijiste al dramaturgo Sergio Blanco que en los talleres de narrativa enseñabas lo que querías aprender. ¿Qué quiere aprender Daniel Mella?

Daniel quiere aprender a escribir. Aprender a escribir es también aprender a relacionarse con la escritura, aprender a estar en el mundo en relación con la escritura, no como algo constipado. Quiero que sea, dentro de todo, una experiencia gozosa. También me interesa aprender las reglas del juego en el que estamos metidos, en esto de estar vivos. Como hablábamos recién, parece que una de las reglas es que todos nos morimos, entonces, si vamos a estar vivos, cuando llegue la muerte, ¿vamos a estar renegando?, ¿no nos habíamos dado cuenta ya?, ¿vamos a estar jugando un juego todo el tiempo quejándonos de que existen reglas que ya sabíamos que existían? Eso me gustaría, tener un poco más claras cuáles son esas reglas, ir discerniendo cuáles son las reglas que gobiernan todo esto y dejar de andar resistiéndome y rebelándome al pedo.

“Yo no creía en los talleres (…) lo que más miedo me da es esa cuestión de ser lapidario”, se puede leer en una entrevista que te hizo El País. ¿Qué quiere decir miedo a ser lapidario y cómo vivís la responsabilidad de la enseñanza?

Yo siento que ocurre algo peligroso cuando estás en el lugar del alumno, del aprendiz, que es algo que me pasó a mí cuando era más guacho. Yo no iba a talleres, pero sí tenía amigos mayores que yo que eran escritores. Algunos mucho mayores. Elvio Gandolfo, Ricardo Henry, Gustavo Escanlar, yo los escuchaba hablar de literatura y tenían convicciones acerca de qué era escribir, qué significaba escribir bien, qué era escribir mal, qué se podía hacer, qué no se podía hacer y lo decían con una seguridad que yo, que estaba en un lugar de aprender, les creía, me lo tomaba como leyes. Durante un tiempo esas leyes gobernaron mi escritura. Lleva un montón de tiempo y de esfuerzo romper con esas leyes. Lo que busco, de alguna manera, es transmitirles a mis alumnos eso mismo, que no se tomen todas las cosas que les digo como leyes.Es inevitable que lo hagan durante un tiempo, pero por favor, espero que estén dispuestos a darse de bomba contra esa ley y romperla porque es justamente ahí donde va a estar la posibilidad de encontrar su propia voz, su propia vía, su propio camino. Si no, se van a estar privando de explorar eso porque creyeron lo que yo les dije.

En tus libros hay un desprendimiento con figuras importantes de tu vida: tus padres, la religión, la escritura, Levrero. ¿Puede ser que sea una forma de romper con esas leyes o reglas?

Claro, claro. Yo siento que en Visiones para Emma eso es más evidente. Todo ese mundo de las reglas y de los mandatos paternos, que se encarnan en esa figura del padre y de Levrero. Yo pensaba que para escribir había que ser así, como Levrero, esa imagen que yo tenía de él, escribir desde el inconsciente, en estado de trance, sin dejar que intervenga el intelecto, ser marginal, no buscar fama ni hacer carrera, toda una cuestión que está buena y que le servía a él, pero hay mil maneras de hacer las cosas, no todo tiene que ser así. Para mí esa es una de las tragedias o de las paradojas de convertirse en maestro de alguien. ¿Cómo hacés para guiar a alguien, para darle cierto tipo de conocimiento, cierto tipo de información y que aún así a esa persona le quede una puertita abierta para que su propia esencia supere o trascienda todo eso que vos le enseñaste?

La editorial Fardo te citó diciendo que el libro era de las mejores invenciones de la humanidad. ¿Por qué te parece que eso es así?

El libro es un buen lugar para ir a buscarse. Cuando solo tenés la realidad para encontrarte, o para buscarte, es un problema. Cuando podés ir a los libros y ahí experimentar lo que son otras vidas, otras posibilidades, experimentar la libertad que tienen otros, empezás a poder tomar decisiones incluso en tu vida de todos los días. Me parece que tiene un sentido profundo esto del Quijote leyendo libros de caballería y luego saliendo a hacer de caballero. Es en los libros donde uno encuentra quién realmente puede ser, quiere ser, es ahí donde vos comparás lo que es tu vida con lo que soñás que podría ser tu vida. Luego, la decisión es muy simple, querer convertirte en lo que estás leyendo en esos libros es una posibilidad más amplia, más profunda, más intensa, más hermosa, al menos eso han sido los libros para mí, lugares donde he encontrado la dirección más certera para soñarme. Además de lo hermoso que es ese momento, que no sé si se compara con algún otro, que es la posibilidad de realmente apartarte de todo, de ponerte una lucecita especial, del silencio, de la atmósfera, de estar durante una hora, dos horas, diez horas en ese otro lugar. Lo que yo siento que te dan los libros, o que me dieron a mí, es la capacidad de interpretar. Empezás a desarrollar tu capacidad de interpretación y esa capacidad de interpretación se aplica a todo, no solo a los libros. De repente podés interpretar lo que te está diciendo alguien del otro lado de la mesa del bar. Podés empezar a interpretar y darte cuenta de que no todas las cosas que se dicen son lo que parecen, hay algo detrás de esas cosas, como lo hay en los libros, ahí tiene un lugar fundamental el libro en mi vida.

Me hiciste acordar de algo que dice David Foster Wallace en una entrevista, acerca de que leer es una exigencia, es encontrar el momento, aprender a estar solo, sobre todo en un mundo en el que cada vez tenés más estímulos para no hacerlo, entonces es hasta un acto de rebeldía.

Claro, totalmente. Yo me acuerdo de la primera vez que vi a mi hija mayor, María Paz, que le encanta leer, contra un rinconcito de su cama, retranqui leyendo, en una burbuja, apartada del mundo, me vino miedo, como un “ay no, está allá”, tuve ganas de romperle las bolas y es sagrado eso, realmente es la construcción de un lugar sagrado de uno, capaz que hay gente que tiene eso con otras cosas. Es importante tener eso en la vida de uno, decir estoy acá, pero no estoy acá, estoy en ese otro mundo que es mi mundo, que yo elijo y puede ser para escapar de la realidad, puede ser para lo que sea, no importa, pero esa generación de ese espacio me parece importante.

¿Tus hijas ya leyeron algo tuyo o son muy chicas todavía?

No, dicen que son muy chicas todavía. Ya leerán. A veces pienso en eso, qué pensarán mis hijas cuando lean, más que nada estos últimos libros autobiográficos, porque los otros son ficción, pero pienso qué les parecerá, me intriga, pero igual no quiero que me condicione lo que estoy escribiendo ahora, por ejemplo, donde aparecen un poquito más.

A fin de 2020 se publicó Inés/María un libro doble. Inés es un cuento sobre el recuerdo distorsionado del primer amor y María es una serie de poemas. ¿Qué significó esta primera experiencia con la poesía? La experiencia impresa, supongo que escribías poesía de antes…

Sí, escribía poesía cuando era guacho, mis poemas siempre fueron de amor. Los de adolescente y estos que escribí ahora. Me sorprendió encontrarme con la necesidad de escribir poemas de vuelta a partir del amor. Cuando surgió la posibilidad de publicarlos, porque hacía tiempo que veníamos hablando con Fardo de publicar algo, yo tenía un cuento escrito, que era justo a raíz de mi primer amor y como ellos publican unos libros muy delgaditos cabía perfecto. Justo se dio que conocí a María, que tuve esa historia re fuerte y surgieron esos poemas. Me pareció perfectamente simétrico, que iban en el mismo volumen: primer amor / último amor. Un cuento, o una prosa el primero, unos poemas el último. Me daba vergüenza publicarlos, no porque fueran poemas de amor personales, me daba vergüenza porque yo tengo un amor por la poesía muy grande pero no la practico, no la escribo hace muchos años. Esos poemas fueron escritos en un par de semanas que sentía una inspiración y cuando trataba de convertirlo en texto, en prosa no quedaba bien, y me dije ¿no será que estoy teniendo como una inspiración poética? Capaz que tengo el chip de que soy escritor de prosa y no me estoy permitiendo hacer poesía. Me gustó escribir poemas y me encantaría seguir haciéndolo, pero me parece que tengo que volver a sintonizar y como ahora estoy demasiado ocupado escribiendo este libro nuevo, capaz que mis energías están demasiado enfocadas en ese formato y en ese tema.


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