El Día

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El núcleo del debate sobre la eutanasia

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               Uno de los principales problemas para el debate social y político sobre infinidad de cuestiones es la falta de rigor y profundidad en el conocimiento de las cuestiones que se debaten. Como legislador tengo la responsabilidad de escuchar a los que más saben, de informarme debidamente y de no quedarme en la superficie de los temas debatidos, más todavía cuando en ellos está en juego la vida de las personas. El caso de la Eutanasia es uno de ellos.

            El proyecto sobre eutanasia y suicidio asistido ha puesto sobre en el escenario social y político un tema de gran complejidad y que despierta una gran sensibilidad, ya que tiene que ver con el sufrimiento humano, con nuestra capacidad para tratar con humanidad y compasión a los que más sufren. A su vez gracias a su iniciativa y al debate generado se comenzó a conocer mucho más en la opinión pública sobre la Ley vigente de voluntades anticipadas (18.473), que tardó siete años en discutirse, hasta lograr un consenso, aunque todavía hoy pocos ciudadanos la conocen. Gracias al debate también se conoce más sobre los Cuidados Paliativos, de los que hay un proyecto de Ley en camino para universalizarlos, en el que también hay consenso. Sin embargo, sobre el tema de la eutanasia lo que vemos que reina es una gran confusión, que esperamos con un sano debate pueda ir aclarándose antes de que se tomen posturas superficiales que partan de equívocos o supuestos falsos. Creemos que este debate puede ayudarnos a todos a avanzar en la claridad y en la mejor toma de decisiones. Por eso me uní a un grupo de profesionales de diversas disciplinas, de diversas tendencias políticas y filosóficas, que preocupados por este tema hemos formado la iniciativa civil “Prudencia Uruguay”, que además de presentar razones contrarias al proyecto de ley sobre eutanasia, quiere promover un sereno, reflexivo y profundo debate.

Comencemos por aclarar supuestos equivocados.

La Ley de voluntades anticipadas (18.473) es una ley que defiende la libertad, la autonomía del paciente, que por su sola voluntad puede rechazar tratamientos que le provoquen sufrimientos innecesarios o que prolonguen su vida artificialmente. Y eso no es eutanasia. Pocos saben que esto es posible hoy en Uruguay. Pero no hay que confundir esto con el término “eutanasia pasiva”, que ha sido desterrado de la bioética contemporánea porque da lugar a la confusión. Desconectar a alguien de un ventilador artificial, no prologar la vida de alguien con tratamientos fútiles, no solo es ético y legal, sino que no es eutanasia. La encuesta a médicos que realizó el Sindicato Médico del Uruguay confundió estar a favor de la eutanasia con estar en contra de la obstinación terapéutica. Pero eso no es estar a favor de la eutanasia.  Los expertos mundiales en bioética entienden la eutanasia en un solo sentido, activo y directo: dar muerte o ayudar al suicidio. Y es de esto de lo que discutimos. Pero lo que todos queremos es aliviar el sufrimiento de las personas y que mueran en paz y sin dolor. Disentimos en el medio y la forma.

También se dice que la eutanasia se practica y que es un “secreto a voces”, que es una práctica común y aceptada, confundiendo con la práctica de sedación anticipada. Los expertos en Cuidados Paliativos han explicado que la sedación final que se da a personas con horas o días de vida, disminuyendo la conciencia, no adelanta la muerte. Que a muchas personas los médicos le digan que se despidan de su familiar porque “le van a dar una sedación fuerte” no es un eufemismo de que lo van a matar, es realmente una sedación indicada que hace que las personas no sufran en los momentos previos a su muerte.

Tampoco es cierto que los motivos de estar en contra sean por razones religiosas. Quienes tienen una fe religiosa pueden tener motivos teológicos y espirituales para oponerse, pero lo cierto es que la razón de que esté penada en nuestro Código de Ética Médica (que es Ley), en el Código Penal, en nuestra Constitución y de que atente contra los Derechos Humanos fundamentales, no es por razones de moral privada o de dogmas religiosos. La Asamblea Médica Mundial no es un organismo “basado en moral privada” ni en “valores religiosos”, y sin embargo en 2019 volvió a condenar la eutanasia como una práctica que atenta contra la ética médica, preocupada por los pocos países que la han legalizado y parecen desconocer lo que implica para la dignidad de las personas. Hacer referencia a motivos religiosos es una falacia repetida que no se corresponde con la realidad. El documento de Prudencia Uruguay ha sido firmado por más de 700 personas, de las cuales la mayoría son profesionales de la salud que no adhieren a ninguna religión, son ateos, agnósticos y algunos creyentes de diversas religiones.

Otra discusión recurrente es si se oponen o no los Cuidados Paliativos y la Eutanasia. Muchos afirman que es una “falsa oposición”. Razonando uno puede darse cuenta que es cierto que no se oponen desde la perspectiva de un paciente que pueda elegir entre que lo alivien o que lo maten. En ese sentido sería una “falsa oposición”. Pero no lo es, en cuanto que desde la perspectiva de la ética médica, se oponen radicalmente: El médico cuya vocación es curar y si no puede, aliviar, no se complementa con matar a su paciente. Los médicos no han sido formados para matar a sus pacientes y este supuesto “derecho a morir” les daría a ellos “derecho a matar”, cambiando radicalmente las bases de la ética médica desde sus orígenes en la tradición griega, 500 años antes de la llegada del cristianismo.

El núcleo de la cuestión: ¿Derecho a morir?

            Toda persona tiene derecho a morir en paz y sin sufrimientos, pero no a pedirle a otro que lo mate. ¿Por qué? Por su dignidad humana que nunca la pierde. Pero aclaremos este punto.

Si desde la Declaración Universal de Derechos Humanos todos reconocemos que la dignidad humana le corresponde a toda persona por ser humano, sin importar su situación o condición, quiere decir que la dignidad nunca se pierde. Quiere decir que el valor de una vida no es una decisión subjetiva. Por eso no existe el derecho a morir, porque la muerte no es un bien a proteger, sino la desaparición de la persona y con ella de todos sus derechos. El derecho humano fundamental es la vida y los demás derechos están en orden al desarrollo de esa vida y del reconocimiento de su dignidad. Que exista derecho a la vida no significa que se obligue a la gente a vivir, sino que existe el deber de no matar a otro ser humano. Si existiera un “derecho a morir”, como derecho humano debería entonces ser universal y no deberíamos impedir el suicidio bajo ningún supuesto y los Estados para hacer cumplir este derecho, tendrían derecho a matar a quienes lo pidan. Pero el derecho a la vida es un derecho irrenunciable. Si alguien dijera que por su libertad quiere que otros lo torturen, lo exploten o le destruyan la vida, eso no le hace perder sus derechos fundamentales y por lo tanto nadie tiene derecho a torturarlo, ni a explotarlo, ni a destruir su vida. El mal uso de la palabra “derecho” para su contrario, “la pérdida de un derecho fundamental” es una de las confusiones postmodernas más graves de nuestro tiempo.

La libertad es una de las conquistas más importantes de la modernidad y se ha vuelto un valor fundamental, pero sin vida no hay libertad. La vida no es un valor sagrado, ni absoluto, sino fundamental, porque es el fundamento de todos los demás derechos. La libertad también tiene sus límites, porque es irreal una libertad para cualquier cosa y como derecho está en orden al desarrollo de la persona y sus derechos, no para aniquilarlo, porque se vuelve absurda la libertad en sí misma, si se ejerce contra sus propios derechos irrenunciables. Aunque esto ya sucedió en la historia, la Declaración Universal de Derechos Humanos quiso asegurarse que no volviera a suceder, que alguien tuviera derecho a matar porque quien considerase su vida indigna podía renunciar a su valor como ser humano. Mientras se es ser humano no se pierde la dignidad.

En nuestra sociedad contemporánea hay miedo a hablar de la muerte, todavía es un tabú para los uruguayos. Hay miedo a mirar a la enfermedad, a la vejez y a todo lo que tenga que ver con la dependencia y el deterioro, con una idealización de la autonomía que no es real. De hecho siempre somos dependientes, desde que nacemos hasta que morimos. Somos seres necesitados de los otros, de los cuidados. Cuidar, sostener y aliviar a los otros nos humaniza, nos hace más humanos. En cambio el narcisismo postmoderno ve en el cuidado solo cansancio, desgaste y pérdida de tiempo, naturalizando el egoísmo y disfrazando de compasión el sacarse un problema de encima. La tristeza que da ver a personas en Holanda cómo piden adelantar la muerte de sus padres inconscientes porque tienen un viaje programado, nos hace ver hasta dónde hemos llegado a olvidar a los que nos cuidaron cuando nada podíamos hacer por nosotros mismos. ¿No nos humaniza devolver el tiempo y los cuidados a los que cuando éramos incapaces de caminar en nuestros primeros meses de vida nos cuidaron y sostuvieron dejando su vida de lado? Tendremos que elegir en seguir acrecentando el individualismo en crear una sociedad solidaria que se haga cargo de los que más sufren.

            Y algo grave para nuestra sociedad es que habiendo avanzado en nuestra valoración de la discapacidad y en los cuidados de los más dependientes, entendiendo que no es algo “anormal”, sino distintas formas de vivir nuestra condición humana, con más o menos límites, con mayor o menor dependencia, pero siempre con la misma dignidad, ahora empezamos a escuchar a personas que ven en la dependencia un signo de “indignidad” y que “puede preferir morir”. ¿Qué mensaje le damos a quienes durante tanto tiempo se los ha tratado como vidas de menor valor? ¿Volvemos para atrás? No es una cuestión individual la valoración de la vida, sino social, cultural y política. En los países que la han legalizado ya casi no hay personas con discapacidad ni ancianos con demencia. ¿Por qué? Porque esas personas se acostumbraron a una sociedad que idealiza al joven y fuerte, al “productivo”, y viéndose en ese espejo, prefirieron “libremente” pedir la eutanasia. ¿Esa sociedad queremos para los uruguayos?

            La despenalización de la eutanasia afecta a la constitución de la moral social y personal en nuestra sociedad, generando una actitud supuestamente “piadosa”, “compasiva” y “humanista”, que es esencialmente destructiva e inhumana hacia los discapacitados, los enfermos crónicos, los ancianos y todos los que sufren alguna forma de limitación de su autonomía física o mental. Desde el punto de vista jurídico generaría un supuesto “derecho” a matar y una desprotección muy preocupante de la vida de los más vulnerables en situación de dependencia.

            Las Unidades de Cuidados Paliativos afirman que  “sobran los dedos de una mano” para contar quienes han “pedido la muerte”, y una vez que se ven bien trabados, queridos y aliviados, desisten de una idea que surgía de un profundo sinsentido del que nadie los rescataba. Como humanista, quiero que todos los uruguayos accedan a los debidos cuidados y atención, que nadie tenga que sufrir ni que desear la muerte porque no le hemos ayudado.

Responsabilidad política.

            Creo que atender “peticiones de morir” sin procurar que cambien las condiciones de asistencia a los enfermos y personas en situaciones de dependencia,  abre una pendiente peligrosa de descarte de personas, donde con la excusa de “compasión”, eliminamos a la persona que solo quería vivir mejor esa etapa de su vida. En los pocos países donde es legal descienden la inversión en cuidados y en investigación en enfermedades degenerativas. Además, como bien me han explicado varios psiquiatras y expertos en bioética, el “deseo de morir” de una persona que sufre no siempre puede interpretarse como un acto libre de querer acabar con la vida  al estar  condicionado por el sufrimiento como en ningún otro momento de su vida, además de la presión emocional y económica que puede existir en torno a sus cuidados. Si en algo hemos de trabajar es en aliviar y cuidar, no en abrir la puerta a una sociedad que naturaliza el suicidio y el descarte de personas que se consideran “menos dignas” y por lo tanto “menos humanas”. La profunda convicción de la dignidad inherente de todo ser humano y no “morales particulares” es lo que nos mueve a pedir “prudencia” al Uruguay a la hora de entusiasmarse con un supuesto “nuevo derecho” que termine quitando derechos a los más dependientes y vulnerables.


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3 comentarios

  • Magali Guillen
    Magali Guillen

    En la historia quedaremos como neandertales que permitían que la gente tuviera largos padecimientos y murieran con angustia después de haber sufrido meses.
    Creo que los que se niegan, son simples chimpancés.

    Responder
    • irma

      estoy totalmente de acuerdo con la nota de miguel pastorino,por conviccion moral y mucho mas hoy que la medicina es un negocio

      Responder
  • es un derecho y pienso que el derecho no precisa leyes más bien que la ley que lo proive deberéis de desistir y si así no fuera posible cambiar en la misma la prohibición. Es entre las religiones y el laico es algo personal. más ya creo que un amigo Carlos Flores le ISO llegar una experiencia personal al ser. diputado ponente

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