El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

El espíritu de El Día

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Ante la puerta del panteón en el que descansarían los restos mortales de Prudencio Vázquez y Vega, agitador intelectual y “alma mater” de la corriente espiritualista a la que perteneció José Batlle y Ordóñez, uno de sus seguidores y discípulos, Teófilo Gil, pronunció un encendido discurso de despedida, que era, al mismo tiempo, una declaración de principios: “No nos caben más que dos caminos a los ciudadanos independientes: abstención absoluta o la revolución armada. La juventud, señores, recogerá, mejor dicho, ha recogido ya esta doctrina como el testamento político del doctor Vázquez y Vega y ella sabrá cumplirlo”.

Así fue. En 1886, buena parte de esos jóvenes idealistas que se congregaron en torno a él, junto a un puñado de ilustres veteranos, como los generales Lorenzo Batlle y Enrique Castro, se enfrentaron a las fuerzas del Santismo en los campos de Punta de Soto. De aquella revolución participaron el propio Teófilo Gil, Juan Campisteguy y José Batlle y Ordóñez, entre otras muchas figuras que con el paso de los años gravitarían en nuestra escena nacional. Gil murió el 31 de marzo en las cuchillas del Quebracho, cumpliendo con lo que tres años antes había proclamado. Batlle y Ordoñez fue tomado prisionero y luego liberado. Su lucha, sin embargo, no terminó ahí; continuó por otros medios. La filosofía cedió paso al periodismo y a la política. Las enseñanzas del Maestro, ya se habían hecho carne.

En efecto, Batlle y Ordóñez no cejó en su empeño y fiel a su naturaleza trasladó el combate al campo de las ideas, confiado en que las palabras suplirían con mayor eficacia a los fusiles y sus editoriales a los cañones. Y apenas dos meses y medio de aquella amarga derrota, fundó El Día, con la intención de “mantener al tope, en el debate, la bandera caída” y convocar a “los elementos aún dispersos, a la concordia, a la esperanza y al triunfo”.

A diferencia de la mayor parte de las publicaciones de su tiempo, elitistas y oligárquicas, El Día nació como un diario de neto corte popular, de venta callejera y precio módico (dos centésimos) a fin de acercarlo al “proletariado”, al que se propuso representar.

A partir de allí y a lo largo de su siglo y pico de existencia, fue tribuna de ideas, trinchera política, escuela de dirigentes, templo laico y ventana al mundo, y, junto al Partido Colorado Batllista, “escudo de los débiles”, pues su objetivo no se limitaba a describir la realidad sino que se propuso transformarla, para bien de los más desfavorecidos.  

Desde sus páginas, Batlle abogó por el reconocimiento de los derechos de la mujer, visibilizó la “cuestión obrera” y tomó partido por las causas populares, publicitó sus “apuntes” sobre el Colegiado y bregó por el progreso espiritual y material del país.  

Tras su muerte, El Día siguió siendo la voz de sus ideales y los del Batllismo, y como frente a Santos, fue el portavoz por antonomasia de la oposición a los regímenes de facto de 1933 y 1973.

Más allá de las numerosas y prolongadas clausuras que le impusieron, de los atentados que sufrió contra su imprenta y de otras formas de boicot que debió padecer, así como de los destierros y persecuciones de las fueron objeto sus directores y redactores, El Día siguió siendo fiel a sí mismo hasta el final.

Que un grupo de jóvenes se proponga en este tiempo complejo y confuso continuar ese legado, más que una buena noticia para quienes profesamos la fe batllista, que lo es, es un motivo de esperanza para la República, pues, una vez más, una juventud valiente y entusiasta se propone levantar “la bandera caída” y convocar “a los elementos dispersos”, fieles al espíritu de Batlle y El Día.

Vino nuevo en odre viejo.

¡Arriba Corazones!


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