El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

El desafío de los libres

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El racismo (entiéndase como la creencia de que una “raza” -término sin fundamento científico que utilizaré entre comillas por mera convención social- distinta a la propia es inferior, ya sea antropológica o moralmente) y el nacionalismo (doctrina que supone la supremacía de la nación propia frente a las otras, a menudo asociada a ánimos expansionistas) suelen acompañar, he notado, a los conservadores más “apasionados”.

Imaginar un pasado incorrupto es común en los conservadores, que tejen fantasías de “purezas” (tanto morales como étnicas) pasadas, venidas abajo gracias al antojo tirano de algún mandatario “débil” que se dejó seducir por políticas humanistas y cuyas consecuencias paga aún nuestra nación, esclava del “yugo cosmopolita”.  Esta quimera conservadora es un patrón que se encuentra en innumerables culturas y épocas, identificable ya en Catón el viejo, Cícero y Virgilio (incluso, aunque en menor medida, en su predecesor griego, Hesíodo), y que, prácticamente sin excepciones, está fuertemente unida a sentimientos nacionalistas, xenofóbicos y racistas (aunque hablar de “racismo” en la Antigüedad clásica es más espinoso).


Parte de lo que los conservadores pretenden conservar es, consciente o inconscientemente, la dominación de la etnia propia sobre aquellas que supone ajenas. O quizás, de manera menos violenta y explícita, extrañan aquellos “buenos viejos tiempos” en los que su patria gozaba de un enorme prestigio entre otras razones, a causa de su “extensión territorial” y “riqueza” (porque, además de lo propio, se contaba entonces con las contribuciones no voluntarias de “las colonias”).

Es imposible dejar pasar la indiferencia al dolor humano que ostentan algunos corazones y es lastimoso saber, por sobre todas las cosas, que hay aún no cientos, sino millones de personas alrededor del globo dispuestas a defender estas posturas obsoletas e inmorales. Porque —y de esto nadie sensato puede renegar— el salvajismo no está en quienes viven en pequeñas comunidades aisladas sin electricidad ni rutas; el salvajismo está en la explotación y en la esclavitud.

(Por supuesto que no caeré aquí en ese facilismo histórico muy expandido en la izquierda de creer que algunos países son pobres porque otros, los “imperialistas”, son ricos. Está ampliamente documentado que los países más prósperos desarrollaron instituciones inclusivas que permiten a sus ciudadanos vivir mejor y otorgan simultáneamente más libertades económicas que faciliten, una vez más, la creación de la riqueza. Muchas antiguas colonias  implementaron instituciones extractivas que empobrecen a sus ciudadanos —en todas las acepciones del término “empobrecer” — y que consecuencia de la falta de valores republicanos, que a su vez sirven de plataformas a regímenes autoritarios).

El nacionalismo y el racismo son expresiones sectarias que rechazan el humanismo (entendido como el sistema de creencias que pone en su centro al ser humano, bastando así su condición de tal, más allá de etnia, religión, origen o preferencia sexual, y que apuesta a la inteligencia humana y las creaciones de su fruto) y priorizan conductas e ideologías regresivas que, usadas políticamente en movimientos hoy llamados populistas, nos devolverán (ah, lo que tanto querían) a nuestras épocas más oscuras. 

Ya sabemos cuáles son las excusas del racismo, sus viles justificaciones no pasan desapercibidas. Algún convencido podrá argüir, por ejemplo, que el nivel de desarrollo de determinados países es evidencia de la supremacía de la etnia predominante. Todo esto ha sido ampliamente refutado. Meros accidentes climáticos y geográficos son los responsables de que, hace miles de años, ciertos lugares fueran más fértiles, facilitando la agricultura y, en consecuencia, la población masiva y todo lo que ella implica (gobierno centralizado, escritura, construcciones de importancia). Estos sitios (Mesopotamia, China, el Mediterráneo) tienen una ventaja milenaria por sobre los otros, que fueron poblados mucho más tarde.

¿Y qué sucede con el crimen, tan comúnmente asociado a determinados grupos? En primer lugar, hay un problema de percepción: cuando el individuo que comete un crimen pertenece a una “raza” no caucásica, el hecho trasciende más en los medios, y como resultado, el público general se convence de que algunas comunidades son más propensas a cometer delitos.

Pero incluso cuando esta afirmación es verdadera, hay otro factor de peso. Cuando las políticas no son inclusivas, cuando la calidad educativa no es universal, cuando las oportunidades laborales no son parejas para todos, los individuos de una comunidad tienden a refugiarse en el aislamiento, reforzando a menudo actitudes identitarias que sus padres o abuelos habían abandonado (esto es particularmente cierto en el caso de varios de los terroristas que participaron en ataques en Europa: la mayoría habían nacido en suelo europeo) u optando por el crimen, desde donde el individuo siente que tiene una notoriedad que no lograría en tanto miembro promedio de la sociedad. 

Reivindicar el odio pasado no hace más que profundizar las grietas que no nos permiten avanzar en una coyuntura histórica que nos exige adaptabilidad y constante innovación.

Esta actitud pasional y recesiva (ni es fruto de la razón ni apuesta al futuro) no es propia del liberalismo. Es una evidencia que no habrá entre los liberales un conservador, pero también debería serlo que no se encontrará entre los defensores de la libertad un racista o un xenófobo; no hay entre los libres mecenas del odio o promotores de un ayer desigual y sangriento.

Los retos del mañana no serán vencidos desde el segregacionismo y el apartheid…. y ese es el desafío de los libres.


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