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“El cielo de los animales”

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Abrigos de piel de animal. Gorros con colas de zorro y cuernos de toro. El edificio de gobierno rodeado por una horda. Se parecen a los hunos de Atila en el sitio a Constantinopla pero no lo son. Estos bárbaros tienen sus caras pintadas con franjas blancas y rojas y estrellas sobre un manto azul. Cargan banderas norteamericanas. Algunos portan armas rudimentarias. Otros llevan carteles denunciando un fraude electoral. Trump. Camperas verdes del ejército y armaduras camufladas de paintball. Supremacistas blancos. Gorros de baseball con el eslogan “Hagan a América grande de nuevo”. Oath Keepers. Chalecos antibalas de color arena, iguales a los que vestían los marines en Afganistán. QAnon. Intercambios de golpes con la policía. Banderas de Gasden amarillas con la serpiente de cascabel en espiral marcando la presencia de los libertarios, a pesar de que Trump tuvo más de Keynes que de Reagan. Bengalas inundando la escena de humo. Intercambio de selfies con la policía. Vidrios rotos. Hombres y mujeres escalando las paredes del edificio estatal. La bandera confederada, que había representado a los estados esclavistas en la Guerra de Secesión, se pasea victoriosa dentro de los pasillos del capitolio por primera vez. Cinco personas asesinadas.

Donald Trump se despidió del poder desatando el caos que, por unas horas, impidió la confirmación de la victoria de Biden. ¿Cómo logró conquistar la presidencia? El último líder republicano logró entender, dominar y explotar los prejuicios que navegaban por las arterias de una sociedad crispada. No importó que muchos de esos prejuicios fuesen antagónicos entre sí. Pudo agitar la efervescencia de un imperio decadente y, con su discurso plagado de brotes de odio, profundizó la crisis de confianza sobre el sistema político.

Estados Unidos dejó de ser la nación todopoderosa de mi juventud. Dos aviones comerciales y el derrumbe de un ícono envuelto en llamas fueron suficientes para cambiar el estatus quo. Crisis de seguridad. Leyes habilitando el control extremo. Xenofobia. El racismo emergente desde las entrañas de su historia. Luego el desplome financiero de 2009 durante el gobierno de Bush. Obama no logró mitigar la recesión económica consecuente. Trump aprovechó.

Los pueblos alejados de las urbes fueron los más afectados. Los suburbios. Los lugares donde murió el sueño americano. En esa geografía de barrios polvorientos, David James Poissant enmarca su libro de cuentos: El cielo de los animales (2015). Los relatos se adentran en los estados sureños profundos. Los que fueron abandonados a su propia suerte. La pérdida, la ruina y la desolación son los engranajes de la rueca que hila las historias de los personajes. La prosa es sencilla. Descarnada. Minimalista en sus formas. Poderosa.

El libro de Poissant comienza con el relato El hombre lagarto y termina con El cielo de los animales. Ambos tienen el mismo protagonista: Dan. Un hombre que perdió a su familia tras lanzar a su hijo a través del vidrio de un ventanal. Además de su alcoholismo, Dan tiene arraigados todos los prejuicios y tensiones de una región. Al igual que el resto de los protagonistas, es incapaz de expresar sus sentimientos. La falta de comunicación es una temática recurrente del libro. En las dos historias hay un viaje por los miles de kilómetros de asfalto de las carreteras norteamericanas. No es casualidad que los cuentos estén ordenados de esa forma porque el libro es un viaje en sí mismo. Un recorrido por las emociones humanas. Especialmente por aquellas que intentamos ocultar. Un camino que interpela nuestros propios prejuicios. En esa comunión entre el lector y el autor hay un sentimiento ambiguo. El in crescendo del horror nunca llega al punto de ebullición, siempre termina en un halo de esperanza. En los fueros más íntimos del ser humano hay una búsqueda constante de redención. Poissant lo sabe y lo explota con precisión.

Los cuentos narran un momento crucial en la vida de sus personajes. David James Poissant alimenta las situaciones con pequeños sucesos. Lo hace con un estilo parsimonioso. Arma con paciencia los andamios que sostendrán la sucesión de eventos finales. La información se da a cuentagotas y transforma la lectura en algo adictivo. Otro punto en común que une a los cuentos es la aparición de un animal que puede llegar en la forma de un cocodrilo de proporciones infernales o como una gata extraviada a la que apenas se menciona en el relato La amputada, uno de los mejores del libro. Los animales funcionan como un personaje más o aparecen casi desapercibidos en una imagen fugaz. Se manifiestan como una epifanía. Un camino hacia la salvación.

David James Poissant nació en Nueva York pero se crió en Georgia. Por su temática, El cielo de los animales puede encasillarse como una versión contemporánea de la literatura gótica sureña y el autor como uno de los herederos de figuras icónicas como Flannery O´Connor (1925-1964), la feroz escritora del sur. La autora que creó un sinfín de personajes morbosos, predicadores ateos, pecaminosos y asesinos nihilistas mientras estaba recluida en una granja atravesando la enfermedad del lupus que terminó quitándole la vida. La mujer católica que no tenía lectores religiosos. Era demasiado sórdida e indecente para ellos. Con ella, David James Poissant comparte el gusto por los finales dramáticos.

El cielo de los animales ganó numerosos premios como el George Garret Fiction, el RopeWalk Fiction, el GLCA New Writers y Amazon lo eligió como mejor libro del año. Se tradujo a más de diez idiomas y se habla de Poissant como una revelación literaria. Sus cuentos y ensayos se publican en The Atlantic, The Chicago Tribune y The New York Times.

En varias entrevistas, Poissant afirma que El cielo de los animales es una selección de quince relatos entre cuarenta escritos. Tendremos que esperar para conocer el resto. En la actualidad, los libros de cuentos se venden menos que las novelas y las editoriales presionan a los escritores a desarrollar estas últimas. Antes, en la primera mitad del siglo XX, un escritor consagrado como Fitzgerald o Salinger, podía vender un cuento a unos miles de dólares y, por ejemplo, el cuentista Raymond Carver nunca publicó una novela. Esos tiempos han muerto y David James Poissant publicó, a fines de 2020, su primera novela: “Vida de Lago”.


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