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Un tema que está en constante discusión en nuestro país es el debate relacionado al consumo de sustancias psicoactivas como la marihuana, la cocaína y la pasta base. Según un informe comparativo del consumo de drogas en América llevado a cabo por la OEA en 2019, Uruguay tiene la segunda mayor tasa de consumo de alcohol, tabaco y marihuana de Sudamérica y la primera en el consumo de cocaína en Sudamérica. Este hecho tiene ramificaciones en todas las esferas de nuestra sociedad y genera consecuencias sociales y económicas enormes para nuestro país.

Al centrarse en la marihuana, uno puede apreciar que su consumo ha estado en constante crecimiento desde el año 2001, llegando al 30% de la población  que admite haberla consumido en algún momento de su vida (Observatorio Uruguayo de Drogas, 2019). Lo más llamativo de esto es que el mayor crecimiento en el consumo se ha dado en las personas entre 18-25 y 26-35 años, llegando a un 47.2% de las personas del primer grupo y 51.6% del segundo consumiendo marihuana en algún momento de su vida. El peligro de este aumento radica en la percepción de riesgo de consumo que se tiene sobre dicha sustancia (Observatorio Uruguayo de Drogas, 2019). Esta ha descendido de forma constante entre 2006 y 2014, aumentando levemente entre 2014 y 2018. Esto significa que la población general está consumiendo cada vez más, iniciando su consumo  en forma  cada vez más temprana y entendiendo que hay  nulo o poco riesgo asociado.

Estos datos implican una gran amenaza para nuestra salud pública, dado que el consumo sostenido de marihuana conlleva grandes efectos perjudiciales para la salud física y mental. En el caso de las consecuencias físicas, se ha observado un mayor riesgo de desarrollo de cuadros pulmonares como broncoespasmos y EPOC. En cuanto a los efectos psicológicos, se encuentran afectaciones en la memoria a corto y largo plazo y en la atención. A su vez, es un agente que agrava los cuadros clínicos de ansiedad y depresión, genera descompensaciones en los trastornos bipolares y es un factor en el desarrollo de trastornos psicóticos (Iglesias & Tomás, 2010). A su vez, se ha observado que estas alteraciones tienen un impacto directo en el rendimiento  de  los estudiantes de liceo, con un deterioro en los  resultados académicos.

Lo que no se debe perder de vista es que, al ser la marihuana una sustancia cuya legalidad es reciente, todavía no se han podido identificar todos los riesgos que conlleva su consumo a largo plazo, como tampoco sus efectos positivos que son potenciados por el emergente mercado de marihuana medicinal. 

Por lo tanto, el país se encuentra con un incremento general del consumo de una sustancia que pasó de la clandestinidad a la aceptación cultural, con políticas prohibicionistas que no han sido efectivas en desestimular su consumo y una postura ambigua del Estado que parece no saber cómo actuar ante esta situación. 

Un posible camino para buscar un descenso de consumo es repitiendo una experiencia exitosa de regulaciones que bajaron radicalmente el consumo de una sustancia: el tabaco. Al comparar las situaciones uno puede apreciar cierta similitud con el de la marihuana, ambas son sustancias legales que se consumen de forma masiva y son culturalmente aceptadas. Es más, el consumo de tabaco era sumamente mayor. En el año 1998, el 43.9% de la población masculina fumaba tabaco de forma diaria frente al 13.1% de consumo diario de marihuana (González Mora & Barbero Portela, 2020). En este caso, la disminución se debió a una mezcla de políticas públicas que dificultaron el acceso al tabaco (aumentaron la carga impositiva sobre cada producto), prohibieron la publicidad de los productos, iniciaron una campaña masiva de información sanitaria sobre los efectos del tabaco, colaborando con otros países para disminuir el consumo. Como dice el informe del control de tabaco en Uruguay, “las políticas para el control del tabaco deben simultáneamente acompañarse de acciones dirigidas a la sensibilización de la población en relación con el tema, a través de acciones de promoción, educación y difusión de información” (González Mora & Barbero Portela, 2020, 47). Los resultados de estas políticas han sido contundentes, se ha pasado de un 35.6 % de la población que fumaba tabaco en el año 2000 al 21.9% en el 2020 (González Mora & Barbero Portela, 2020). 

Claro está que no se puede ni debe retornar a un prohibicionismo de la marihuana, pero la actual reglamentación tampoco ha sido efectiva para disminuir su consumo. Frente a este panorama queda clara la necesidad de una reforma que permita desarrollar las políticas públicas que prioricen la disminución. Experiencias de éxito tiene el Uruguay, es un tema de proponérselo. 

Bibliografía:

  • Comisión Interamericana para el control de abuso de drogas, (2019). Informe sobre el consumo de drogas en América. Organización de Estados Americanos. 
  • González Mora, F. & Barbero Portela, M., (2020), El control del tabaco en Uruguay: Perspectiva histórica. Montevideo, Uruguay: Comisión Honoraria para la Salud Cardiovascular. 
  • Iglesias, E. B. & Tomás, C. B., (2010). Manual de adicciones para psicólogos especialistas en psicología clínica en formación. Valencia, España: Socidrogalcohol.
  • Observatorio Uruguayo de Drogas, (2019). VII Encuesta Nacional sobre Consumo de Drogas en Población General. Junta Nacional de Drogas. 

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