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Entrevista a Julio María Sanguinetti: Batlle y Ordóñez

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La figura del doctor Julio María Sanguinetti es desbordante de ideas y actividad política. Ex Presidente del Uruguay en dos ocasiones, ejerce el periodismo y escribe ensayos políticos, y ahora, a sus 85 años de edad, tiene una vitalidad reconocida como Secretario General del Partido Colorado.

La siguiente es una entrevista exclusiva para El Día, con el personaje histórico e intelectual, que habla con profundidad y elocuencia acerca de las ideas y el legado del expresidente uruguayo, José Batlle y Ordóñez.

En la reforma política de Batlle y Ordóñez se constata la importancia de transformar al Partido Colorado en policlasista, y bajo una estructura partidaria auténticamente democrática. ¿Cuánto debemos en Uruguay, según su criterio, a Batlle y Ordoñez, frente a los caudillismos de antaño?.

Puede decirse que Batlle y Ordóñez es el generador de una refundación institucional del país. Uruguay, desde la etapa colonial, tuvo muy escasa población, acá no hubo grandes civilizaciones precolombinas. Hasta el último tercio del siglo XIX muestra una baja demografía y todavía una lucha por construir y afirmar una institucionalidad. Contrariamente, en el último tercio del siglo hay una refundación de la sociedad uruguaya como producto de inmigración de españoles, italianos, valdenses, suizos, etcétera. Hubo entonces una sociedad distinta, parecida a la Argentina, cuando tuvo un aluvión de inmigración muy fuerte.

En consecuencia, nace lo que llamaríamos la clase media uruguaya, constituida sobre esa base de apertura, y se desarrolla la libertad política, la libertad religiosa y la búsqueda de un Estado solidario que compensara de algún modo las desigualdades sociales, y toda una legislación humanística. En efecto, prueba de ellos son la abolición de la pena de muerte, la ley de divorcio y la de ocho horas de limitación de la jornada obrera.

Y al mismo tiempo, se inicia la construcción de un Estado que comienza a desarrollar sus primeras grandes instituciones de servicios no financieros a través del Banco República.

Ante la muerte en combate de Saravia, Batlle y Ordóñez dijo a Pedro Figari: “¡Pobre hombre!. Lo han llevado al sacrificio las pasiones políticas, y era un gaucho bueno”. Esta frase hace reflexionar la importancia capital de la tolerancia recíproca en una democracia, y sobre todo, entender que esas pasiones políticas llevan siempre al desastre social y humano. ¿Cómo interpreta usted este perfil de Batlle y Ordóñez a la luz de los acontecimientos contemporáneos en Uruguay y en el mundo?.

En 1904, cuando se produce esa que fue la última gran rebelión armada, en el fondo había dos tiempos históricos: Aparicio Saravia respondía a uno que terminaba el de los caudillos rurales que levantaban sus protestas y sus resistencias contra el gobierno. Por el contrario, Batlle y Ordóñez representaba ya el nuevo Uruguay moderno, el de un Estado organizado. Entonces, más allá de la situación personal, representaban dos mundos en pugna: uno que terminaba y otro que nacía.

Batlle y Ordóñez y Saravia no se conocieron personalmente. A partir de ahí, el país ya no tuvo esa situación histórica y pasó a predominar el Estado.

Recién sesenta años después aparece otro tipo de resistencia armada en el Uruguay, y es la que emana de la influencia de la Revolución Cubana en 1959. Y ahí, bajo la palabra mágica de la “Revolución de América Latina”, ésta se llena de guerrillas, y por el otro lado emergen golpes de Estado para combatirlas. Ciertamente, nuestra sólida democracia no fue ajena a esta realidad. Y es que esa confrontación se inscribía en medio de la Guerra Fría.

El país sufrió esa etapa y felizmente a partir de 1985 hemos vivido en paz. Tenemos discusiones fuertes, sin duda, pero no una grieta, porque en definitiva todos nos sentimos obligados dentro de la misma ley y todos sabemos que más allá de ese enfrentamiento inevitable en la vida política, estamos sometidos a la misma jurisdicción y a las mismas instituciones. En cualquier caso, es menester cuidar la democracia.

Batlle y Ordóñez, fue un reformista liberal que a principios del siglo XX, estableció la ley de divorcio, la separación del Estado y la Iglesia Católica, el Estado laico, y la abolición de la pena de muerte. ¿Cree que fue demasiado avanzado para la época que le tocó vivir en América Latina?. ¿Cuál fue el germen de ideas de este estadista y constructor del Estado moderno junto al Partido Colorado?. Hago estas preguntas porque Don Pepe, instituyó sendas reformas en un Continente heredero del pensamiento ibero-católico conservador.

Para la época fue casi revolucionario. Algunos historiadores, como por ejemplo Gerardo Caetano, que es frentista y no colorado, señala que para su tiempo representaba un gobierno de izquierda. En Uruguay se llega también a lo que llamaríamos un estado social y democrático. Pero desde el liberalismo, o sea, todo el desarrollo de Batlle y Ordóñez es a partir del concepto de libertad; y consiguientemente el concepto de dignidad humana y el ingrediente social, no vienen de una idea corporativa. Es decir, se trata de exaltar la persona. Por eso su asiento no solo está en la protección obrera sino en la educación popular, que ha sido muy importante.

Por otro lado, se estaba viviendo las consecuencias sociales de la revolución industrial. Entonces había en Inglaterra, en Francia, en Bélgica, en Alemania un conjunto de ideas que a veces eran utopías políticas. Unos soñaban con sociedades ideales, a partir de las clases como el marxismo; mientras otros, como los socialistas utópicos de Inglaterra o de Francia, soñaban con entidades colectivas y de vida en común. Igualmente había toda una efervescencia a partir de una corriente espiritualista importante, y alguna mucho más fuerte positivista. Y claro está, el presentado por Augusto Comte, Durkheim, y otros.

Si había un vínculo de ideas que evidentemente trataban de ser respuestas a un mundo que había cambiado; en los hechos, los modos y la vida eran distintos. Entonces había ideas, y Batlle y Ordóñez asume una actitud de liberal y del liberalismo de desarrollar una conciencia social. Y consiguientemente, toma elementos de un lado y del otro: de Suiza, la idea del gobierno colegiado para salir de los caudillismos personales, y de Bélgica, los sistemas electorales.

Retorna de Bélgica y de Francia, y añade otras ideas. Es decir, en ese caldero hirviente de ideas que había en la época, Batlle y Ordóñez define una línea dentro de lo que es un contexto histórico de un país, un partido, y una cultura. No cae de un árbol; sino que es el fruto de un viejo tronco. Ya su padre había sido presidente de la República, y por otro lado, el partido representaba esa filosofía liberal, y además era un partido abierto al extranjero.

En otro sentido, un partido que ve a los inmigrantes, un partido abierto a las libertades, heredero de una corriente liberal abierta, enciclopedista, universalista.

Por otro lado, siempre acá hubo una idea de libertad de cultos. Muy tempranamente, incluso las propias invasiones inglesas dejaron una impronta de otras religiones las cuales podían convivir aún con corrientes cristiana distintas. Quiere decir que si bien Artigas, Rivera, Lavalleja, eran católicos, sin embargo, no sentían el catolicismo como una actividad excluyente e intolerante.

No olvidemos que antes de Batlle y Ordóñez ya las ideas de Varela (escuela laica, gratuita y obligatoria) se imponen. Entonces quiere decir que tampoco la separación de la Iglesia y el Estado fue una arbitrariedad; sino también un paso más dentro de un proceso de secularización que se venía produciendo un poco. Ya la escuela pública era laica, aunque tenían opción religiosa porque la Constitución todavía establecía la religión católica.

¿En qué medida sigue y seguirá vigente la figura de Batlle y Ordóñez en el siglo XXI, según su opinión?.

La figura de hoy es ya fundacional y hay. No discutible, en lo que a su gravitación histórica se refiere. Naturalmente, hay sectores conservadores.

La propia izquierda que en su tiempo la combatía o lo consideraba parte de un gobierno liberal y burgués, reconoce lo que significó su cambio. Y la verdad es que hoy el pensamiento sigue presente y se sigue desarrollando para hablar de nuestra época contemporánea.

Nosotros, por ejemplo, en materia de educación, desde el año 1985 y especialmente de 1995 en adelante, hicimos grandes transformaciones educativas desarrollando el pensamiento de las escuelas de tiempo completo. Nuestra reformulaciones y centro de formación docente, los Centros CAIF para asistencia a la primera infancia que ahora estamos planteando también son fruto del desarrollo, consolidación y ampliación de estos ideales batllistas, y son las expresiones de un Estado solidario, en cuyo seno, el laicismo se sigue concibiendo como esencial para la vida democrática.

De modo que este el laicismo, sentimos que está tan vigente como siempre. Empero, con la izquierda hay una gran diferencia esencial: ellos creen en la lucha de clases y nosotros vivimos al revés, en la República, donde el ciudadano vale por su voto y no por la lucha de clases. Y en segundo lugar, porque en la concepción socialista la democracia no es un valor esencial. La prueba está que la mayoría de los países socialistas han sido o bien totalitarismos, como Cuba, o dictaduras, como Nicaragua o Venezuela, o en todo caso, la democracia y la libertad no son lo esencial.


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