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A nadie escapa a estas alturas, que nuestro país goza internacionalmente con el reconocimiento de ser una de las democracias más plenas, bandera con la que muchas veces nos vanagloriamos a lo largo y ancho de nuestro continente. Ahora bien, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, es decir, una cosa es el mérito en sí, y otro aparte, es como llegamos a él. Con esto quiero decir que ser los mejores de la cuadra, no nos inmuniza en términos eternos respecto de esa calidad democrática, sino que por el contrario, es una construcción y defensa permanente por parte de todos quienes habitamos en esta república.

Unas de las primeras cosas que aprendemos quienes transitamos el camino de convertirnos en un futuro no muy lejano en politólogos, es que la política en sí, es la articulación del conflicto, lo que lleva a una premisa sostenida por muchos académicos, que hay política porque hay conflicto, y si hay conflicto, hay una necesidad legítima de lograr consensos entre todas las partes involucradas. Y esa articulación del conflicto, ese sistema dialógico entre los actores que componen una sociedad, son los que terminan construyendo a fin de cuentas, la calidad y la permanencia de una democracia.

Dicho esto, y a propósito de la democracia, el diálogo termina asumiendo un rol central y fundamental para esa construcción de consenso entre la diversidad de necesidades y opiniones de los distintos actores. El problema reside cuando ciertos actores no quieren apelar al diálogo y niegan enfáticamente el lugar del otro, porque el otro siempre tendrá algo que decir, un decir tan válido como el nuestro en el marco de un sano intercambio conceptual de ideas, donde se debe empoderar la escucha al otro, el escuchar para comprender y para poder posicionarse en ese lugar del otro por un instante. Escuchar para entender. 

También es cierto que una democracia se cimienta en el no lugar y el rechazo a la violencia o a las actitudes que estén teñidas de esa tónica tan particular, porque la violencia es la herramienta del incopetente, del ignorante, ese sujeto que apela a sus instintos más básicos y mundanos para enfrentar el conflicto o defender una idea. Y estos últimos días, han sido ejemplo de todo lo que le hace mal a nuestra democracia y daña la sana convivencia entre distintos, desde el acto de vandalismo perpetrado en la fachada del hogar del profesor Robert Silva, los cánticos violentos hacia el presidente Luis Lacalle Pou, las ocupaciones ilegítimas de centros de estudios, o el patoterismo desmedido con tintes fascistas de gremios estudiantiles y docentes en el reciente evento “Cara a Cara” llevado adelante por la Anep en el marco de una agenda de diálogo abierto a propósito de la Transformación Educativa.

Por allá decían nuestros abuelos con mucha sabiduría, que un acto vale más que mil palabras, y en referencia a lo último señalado, si mi discurso empoderado hacia afuera habla de un planteo legítimo de diálogo, de intercambio de ideas, de construcción colectiva con todos los actores protagonistas del proceso educativo, pero por el contrario, en los hechos, manifiesto una violencia desmedida en las palabras a través de cánticos que poco pueden contribuir al dialogo, o si intento impedir un evento de manera violenta porque no me gusta lo que dice el otro y la única verdad aceptada es la dicha por mí en una suerte de posicionamiento de palabra santa de índole mesiánica, creo que estamos ante una actitud que poco tiene que ver con el sano intercambio, sino que por el contrario, con una pose corporativista y de status quo de no cambiar lo establecido y a la vez, de una clara intencion no de opinar y sumar propuestas, sino de deseo de sentarme en la mesa chica a dirigir y decir que es lo que hay que hacer, desconociendo a sabiendas, el lugar que debe ocupar en una constante negación del sistema republicano que habitan. 

Convivir en una democracia, significa entre otras cosas, en aceptar los resultados electorales que son la voluntad “del pueblo”, si entendemos a este, como la pronunciación de las mayorías, más aún, cuando ciertas discusiones fueron dirimidas en tres instancias soberanas; en octubre de 2019, en noviembre de 2019 y finalmente, en marzo de 2022.

Es importante señalar, que esos mismos actores que hoy se oponen a la transformación educativa, son los mismos que se opusieron (en contenido y forma) a las escuelas de tiempo completo, a la reforma de Rama, al cambio de elección de horas, incluso a estar en contra de que se dictarán clase en el transcurso de la pandemia augurando escenarios terribles y nefastos. No menos importante, son los clichés que se vienen repitiendo desde hace más de veinte años: “capitalismo”, “neoliberal”, “privatización de la educación”, “mercantilización de la educación”, etc, todos eslóganes vacíos que no se saben explicar.

En una sociedad desigual donde 8 de cada 10 jóvenes no llegan a los niveles mínimos de conocimientos, donde la educación formal no es atractiva, siendo así que la evidencia nos muestra que el 60% de los alumnos no culmina su trayectoria estudiantil, una transformación con la educación como eje de igualadora de oportunidades, más que necesaria es urgente.

Por último, a modo de reflexión colectiva que nos debemos como sociedad, me pregunto; ¿cómo se vuelve del odio? ¿Cómo se concilia el diálogo con el otro cuando a priori, se decide transitar por el camino del señalamiento y el improperio? ¿Cómo se puede construir cuando el otro decide destruir? ¿Cómo se puede balbucear democracia desde actitudes con tintes fascistas? Las respuestas a estas preguntas y otras, no las tengo, pero sí la imperiosa convicción de que este no es el Uruguay que queremos.


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