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“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano” dijo una vez el novelista estadounidense Henry Miller con su pluma irónica y cruda. Si bien el autor se refiere a los conflictos bélicos del que fue testigo el siglo XX, me tomaré la libertad de utilizarla en un sentido mucho más metafórico si se quiere, dónde podemos señalar a esa guerra como el constante ensañamiento por parte de la izquierda más radical de nuestro país contra la fuerza policial, víctimas una y otra vez, de campañas de señalamiento, difamación y desprestigio. 

La reciente campaña para derogar los 135 artículos de la LUC encabezada por el PIT-CNT y luego respaldada por la fuerza política del Frente Amplio, en reiteradas ocasiones salió a gritar y romperse las vestiduras, denunciando una y otra vez, lo que ellos entendían como casos de abusos policial, los que en hechos, distaron mucho de serlo. Ni hablar de la paupérrima conferencia de prensa dónde con platillo y redoblante, se presentaron una batería de denuncias gravísimas de una fuerza represora desmedida, sólo para ser desmentidas al día siguiente y puestas en ridículo por el caudal de las mismas, no habiéndose comprobado nada de lo denunciado. 

Pero esta suerte de desconfianza hacia la Policía por parte de la izquierda no es nueva, ha existido siempre una suerte de rechazo y hostilidad para aquellos ciudadanos que han hecho de la carrera policial, un oficio y una forma digna de ganarse el pan de cada día, sacrificando su propia integridad física y psicológica para procurar mantener el orden y salvaguardar la vida de cada uno de nosotros cada nuevo día. 

Sin ir más lejos, en el día de ayer, se dió a conocer el fallo de la jueza Patricia Hornes en el marco de los dos efectivos policiales que se encontraban imputados por el caso de Santiago Cor, joven duraznense que falleció durante una persecución policial, siendo favorable el fallo para los policías involucrados en el incidente, los que, desde el primer momento, fueron señalados y condenados socialmente como culpables mediante el dedo inquisidor de activistas sociales, referentes políticos y algunos periodistas, que vieron en ello, la oportunidad perfecta de agregar leños a la hoguera de desprestigio y demonización sufrida por quiénes trabajan como policías.

Otro punto aparte, que merece un análisis más a fondo, es la titánica odisea de SIFPOM, el sindicato de funcionarios policiales, que en más de una ocasión, han sido víctimas de campañas políticas, que tienen como intención final, el expulsarlos del PIT-CNT al considerarlos como enemigos de los trabajadores por su rol de ser encargados de reprimir ante situación de infringimientos de la ley. Ni hablar de los casos de mujeres policías, tristemente asesinadas o víctimas de violencia, donde la sororidad y empatía de los grupos feministas brilló por su ausencia, lo que da a entender por parte de quienes se rasgan las entrañas por la causa tan en auge, que hay mujeres “Clase A” y “Clase B”: por un lado las compañeras y por otro lado las enemigas.

 ¿Hasta cuándo debemos ser espectadores de ese ensañamiento? ¿hasta cuándo la manija innecesaria? ¿hasta cuando la mirada sospechosa para quienes día a día  salen a ejercer su profesión dignamente?¿hasta cuando el grito de “Milicos fuera”?


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