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Hay cuestiones que son propias a los partidos políticos, como una suerte de marca identitaria que los define desde las bases estructurantes de ciertos principios intrínsecos que son punto de partida y llegada en ese periplo de construcción histórica de los mismos. Uno de estos principios es el de la libertad, sobre el que los partidos fundantes de nuestra democracia republicana construyeron sus valores y mística. 

Esa libertad de la que hablaba el filósofo británico John Stuart Mill, es la que le permite al ser humano realizarse como persona y constituye la piedra angular para la vida en sociedad. Dicho esto, nunca está de más señalar lo obvio aunque a veces no lo sea: en democracia, la voz disonante tiene un valor en sí mismo, uno que debe ser protegido en demasía. Proteger al que piensa distinto resulta fundamental en la medida de que, una voz divergente al orden predominante o mayoritario, construye pensamiento crítico y la intersección de miradas distintas, mediante el feedback de ambas partes, asienta los cimientos democráticos de nuestra sociedad.

A ningún lector escapa que desde hace días, es noticia el hecho protagonizado por un edil del Partido Nacional que aportó el voto decisivo para la aprobación de un fideicomiso para el departamento de Canelones, poniendo en cuestión a partir de esto, su permanencia en la banca como su futuro dentro del partido. Señalado como traidor por algunos, y por oportunista por otros, distintos analistas han abordado el tema en cuestión desde una mirada maquiavélica si se quiere, donde rigen los principios de la “Realpolitik” al mejor estilo de la serie de Netflix “House of Cards”.

Más allá de las intenciones que se intentan adjudicar desde ambos lados del mostrador, como si de ellas dependiera la subsistencia política de cada colectivo, cabe preguntarse y reivindicar el tema de fondo en cuestión: las presuntas mejoras a sectores de la población inversión mediante. Pero lejos de tomar posición en función de declarar inocente o culpable al protagonista de este suceso, es menester poner paño frío al tema y llamarnos a la reflexión. ¿Hasta dónde existe realmente ese valor sagrado de la libertad dentro de las estructuras partidarias? ¿Es más importante la libertad como valor en sí o lo son los intereses creados en función de los réditos electorales? ¿Será que estamos en un estado de campaña electoral permanente?

Las preguntas en cuestión, no son más que pertinentes señalamientos en tiempos de saturación del debate público, un debate que no es tal, y que es reemplazado por las tragicómicas intervenciones de los demagogos de turno de cada colectividad. ¿Por qué el índice de aprobación hacia los partidos políticos en nuestro país, cada vez es menor? ¿Están los partidos políticos alejados de las bases? ¿Se han convertido los partidos políticos en cúpulas aristocráticas donde la disidencia es callada y obligada a votar mediante disciplina partidaria? ¿Es la lógica de transformación de partidos políticos en dos grandes bloques lo que marca la agenda política a partir de discursos dicotómicos? ¿Acaso importa más ser oposición y obstaculizar al otro, que construir desde los intereses legítimos del ciudadano a pie? Son más las preguntas que las respuestas.


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