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Los desafíos económicos de la administración Biden

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I, Joseph Robinette Biden, Jr., do solemnly swear that I will faithfully execute the Office of President of the United States, and will to the best of my ability, preserve, protect and defend the Constitution of the United States. So help me god.

Pronunciando estas palabras y con su mano derecha en una Biblia católica, Joe Biden se juramentaba como el cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos de América, dando inicio a una nueva administración demócrata. Administración que deberá enfrentarse a importantes desafíos en diversos ámbitos, muchos de los cuales resultaban inimaginables un año atrás y que la emergencia de la pandemia del coronavirus colocó en primer lugar.

En este artículo buscamos presentar algunos de los que consideramos los principales retos existentes en el ámbito económico que deberá afrontar la administración Biden. Recordando la histórica expresión de Bill Clinton (It’s the economy, stupid!) el ámbito económico puede ser un factor fundamental para explicar el fracaso (como en el caso de Jimmy Carter o George H. W. Bush) o el éxito (como el caso de Franklin D. Roosevelt o Ronald Reagan) de un gobierno estadounidense. La lista que presentamos no pretende ser, empero, una enumeración taxativa ni exhaustiva de todos los desafíos económicos que deberá enfrentar la novel administración, siendo tan solo una muestra de algunos que, pensamos, revisten cierta importancia.

La producción

Luego de la más larga expansión económica jamás registrada en los Estados Unidos (iniciada en junio del 2009), la economía estadounidense cayó en una abrupta y profunda recesión en febrero de 2020, que llevaría a que el PIB de este país en el segundo trimestre del año fuera un 9%1 inferior al de igual trimestre del año anterior. Posteriormente, el PIB experimentaría una notoria recuperación, dando por resultado que al finalizar el año 2020 la economía estadounidense fuera un 3,5%1 menor que un año atrás. La profunda recesión ha sido causa inmediata de un simultáneo shock de oferta y demanda generado por la aplicación de medidas de distanciamiento a escala local e internacional (a escala local, si bien la administración Trump no decretó medidas severas a escala federal, si lo han hecho los estados integrantes de la unión); distanciamiento que, por un lado, implicó una caída de la demanda interna a consecuencia de consumidores que gastan menos (debido a una menor movilidad de los mismos) y porque, en muchos casos, disponen de menores recursos para gastar (un efecto y causa de la crisis), mientras que las medidas de distanciamiento aplicadas en el exterior tuvieron un efecto similar sobre la demanda de exportaciones de Estados Unidos. En cuanto a la oferta, las mismas medidas de distanciamiento generan severas restricciones a la producción misma, que explican parte importante de la caída del producto.

La recuperación económica ha sido, entonces, uno de los grandes asuntos de la política estadounidense en el último año y es uno de los grandes desafíos que deberá enfrentar Joe Biden como presidente. Si bien durante la administración Trump se han llevado a cabo programas de incentivos fiscales y de otras índoles en búsqueda de dicha recuperación y, en cierta medida, esta ha sido lograda, los resultados aún son insuficientes: hoy la economía estadounidense sigue siendo más pequeña que un año atrás. Simultáneamente, las proyecciones realizadas por diversos organismos coinciden en que, en el escenario base (a fines interpretativos, el lector puede pensar en este como el promedio de los escenarios posibles), la recuperación económica solo se habrá completado en el 2022, cuando se prevé la recuperación del PIB estadounidense a niveles similares a los existentes antes de la pandemia; manteniéndose tan solo en los escenarios más optimistas (muy por encima del promedio) la posibilidad de una recuperación económica completa para fines del 2021.

Lograr la recuperación de la producción primero y consolidar el retorno a la senda del crecimiento económico después configura entonces uno de los grandes desafíos de la administración Biden. Se vuelve igualmente importante atender las diferencias sectoriales en cuanto a la intensidad de la recesión, que, por ejemplo, afectó de manera desigual a las salas de cine (que fueron clausuradas durante mucho tiempo) que a los seguros médicos privados (que inclusive se vieron beneficiados económicamente), así como amortiguar los efectos a largo plazo de dichas diferencias sectoriales sobre el crecimiento de los distintos sectores, particularmente de los más perjudicados.

El empleo (y el desempleo)

Era uno de los grandes orgullos de Donald Trump. El primer presidente naranja de los Estados Unidos había comenzado su mandato con una tasa de desempleo de un 5% de la población económicamente activa y, para febrero de 2020, dicho ratio había caído al 3,5%. Una tasa de desempleo tan baja representaba un nivel similar a la tasa de desempleo friccional, es decir, un nivel de desempleo que refleja exclusivamente la natural movilidad de los trabajadores de unos empleos a otros: quien quería trabajar podía acceder a un puesto fácilmente. Para varios analistas políticos este éxito en materia de empleo sería uno de los principales fundamentos que le darían una casi segura segunda presidencia al magnate republicano. Hasta que la Covid-19 llegó.

Como se ve en la gráfica adjunta, en dos meses el desempleo estadounidense pegó un histórico salto al alcanzar una tasa del 14,8% en abril del 2020 (¡se quintuplicó!). La caída en el empleo (es decir, en el número de personas ocupando un puesto de trabajo) fue de un 16% entre febrero y abril del año pasado. De ser un problema “resuelto”, la nación norteamericana pasó a experimentar una de las mayores crisis de empleo en su historia.

Luego de esta abrupta emergencia del desempleo, dicho indicador sufrió una significativa caída inicialmente intensa, pero que se fue moderando con el correr de los meses. En efecto, podemos observar como en los últimos meses del año 2020 el desempleo se estacionó en un nivel del 6,5-7%, lo que indica un desempleo por encima del friccional: sigue habiendo mucha gente en los Estados Unidos que está buscando un puesto de trabajo y no lo está encontrando. Yendo más lejos, todo parece indicar que lograr un nivel de empleo similar al existente antes de la pandemia será harto más dificultoso que lograr la recuperación completa del PIB.

Efectivamente, la pandemia mostró a muchas empresas que pueden producir utilizando menos trabajadores gracias a las innovaciones tecnológicas, por lo que, aún cuando estas vuelvan a un nivel de producción similar al del 2019, muchas compañías mantendrán una plantilla laboral más reducida a la pre-pandémica. A su vez, el permanente progreso tecnológico ahorrador de trabajo requiere, para poder mantener el desempleo en un nivel bajo, lograr un cierto nivel de crecimiento económico sostenido (de forma de que las empresas no sustituyan trabajadores por las nuevas tecnologías). Si lo que se quiere es pasar del nivel actual de aparente estabilidad del desempleo en el 6% a un nivel de desempleo friccional de aproximadamente un 3%, se volverá necesario logran un crecimiento aún más sostenido y vertiginoso, lo que puede ser combinado con distintas políticas de promoción del empleo. Sumado a ello, corresponde mantener cierta cautela por los posibles efectos adversos sobre el nivel de empleo de la política de aumento del salario mínimo federal, que está llevando a cabo la nueva administración.

En definitiva, la recuperación del empleo a niveles de pre-pandemia no podrá ser conseguida en forma inmediata ni en forma segura, por lo que lograr volver a niveles muy bajos de desempleo es definitivamente uno de los grandes desafíos que deberá afrontar la administración Biden.

El frente externo (y el problema chino)

Más allá de los problemas recientes ocasionados por el coronavirus, la administración Biden también deberá enfrentar desafíos económicos de índole estructural, patentes en la economía estadounidense desde hace ya algunas décadas. Uno de esos es el déficit externo, la persistente salida de recursos económicos de los Estados Unidos hacia el resto del mundo y, particularmente, hacia China.

Es justamente con dicha nación asiática donde las tensiones comerciales externas han derivado en profundos enfrentamientos políticos, dando origen durante la administración Trump a una cruenta Guerra Comercial con China y la emergencia renovada del proteccionismo comercial estadounidense, manifiesta en una escalada arancelaria y protección de la industria nacional (America first!).

Estas tensiones comerciales son el producto de varios factores, pero quizás sea la industrialización de naciones pobres que compiten con las manufacturas estadounidenses uno de los más importantes. En las últimas décadas todos nos vimos inundados por la creciente hegemonía de los artículos manufacturados de origen asiático, en tanto que aquellos fabricados en los Estados unidos progresivamente han ido desapareciendo. Esta tendencia ha tenido profundas consecuencias en la nación norteamericana, manifestadas en el deterioro de su balanza comercial con estas naciones por un lado, y en la contracción y hasta desaparición de varias industrias estadounidenses. Ante esta situación, muchos trabajadores industriales se vieron perjudicados, sentimiento recogido por la política y que, con un gran ímpetu bajo la administración Trump, dio origen a la Guerra Comercial con China.

Más allá de las opiniones políticas que pueda tener cada uno respecto a este conflicto comercial, la persistencia de importantes saldos externos negativos en Estados Unidos es un problema real, con el potencial de perjudicar a la inversión y crecimiento de esta nación. Déficit en Cuenta Corriente significativo (de un 3,37% del PIB en el tercer trimestre del 2020) que persiste hasta el día de hoy, razón por la cual este es uno de los grandes desafíos que deberá enfrentar la administración Biden.

El endeudamiento y… ¿la inflación?

Que el título de esta sección no confunda al lector: no estamos proponiendo, ni por asomo, que la economía estadounidense esté en vísperas de enfrentar una espiral de endeudamiento e hiperinflación como la sufrida por la región latinoamericana durante la década de 1980. Lo que sí advertimos es que las políticas llevadas a cabo para enfrentar la pandemia, que implican una gran expansión monetaria y fiscal, vuelven necesario volver a echar el ojo en estos asuntos.

Existen, empero, ciertos factores que pueden provocar una suba de la inflación en el mediano plazo, por lo que se vuelve importante que la administración Biden preste atención al tema inflacionario. En primer lugar, y quizás más importante, la Reserva Federal de los Estados Unidos (algo así como su banco central) ha respondido a la crisis del coronavirus con una fuerte política monetaria expansiva mediante una fuerte baja de las tasas de política monetaria, lo que tuvo como contrapartida un fuerte crecimiento de la cantidad de dinero (lo que se conoce como el M2).

Excede largamente los objetivos de este artículo explicar los fundamentos teóricos de esta política de la Reserva Federal, bastará con explicar que, en mercados imperfectos, existen razones teóricas para usar una expansión de la cantidad de dinero en la economía como medio para lograr la estabilización del producto, es decir, para facilitar que el PIB retome la senda del crecimiento. También excede largamente nuestros objetivos explicar las relaciones teóricas entre este tipo de políticas monetarias y la inflación, bastando con la explicación intuitiva de que una mayor abundancia de dinero en la economía “deprecia” su valor, volviéndose el dinero relativamente más abundante que los demás bienes de la economía, cuyos precios (es decir, el valor de estos bienes en términos de dinero) suben. Si esta suba de precios es generalizada y persistente, estamos ante un fenómeno inflacionario.

A lo largo del año 2020, la cantidad de dinero en Estados Unidos creció un 24,9%, lo que representa una de las más abruptas expansiones monetarias en la historia reciente de este país. Ante este escenario, al lector le pueden surgir dos preguntas:

  1. ¿Por qué no hubo un importante aumento en la inflación estadounidense durante el 2020?
  2. ¿Es inevitable un aumento de la inflación en el país en los meses y años venideros?

Respecto a la primera, efectivamente no se registró ningún aumento de la inflación estadounidense en el último año. Como se muestra en la gráfica adjunta, la inflación se mantuvo en un nivel bajo (por debajo del 2%) durante todo el año, e incluso alcanzó casi el 0% anual durante los meses de marzo y abril (justo cuando aconteció el grueso de la expansión monetaria).

¿Por qué, entonces, la inflación no subió? La respuesta a todo esto es que hasta ahora hemos estado solo viendo el lado de la oferta de dinero, es decir cuánto dinero está circulando en las manos de los estadounidenses, faltándonos ver qué es lo que hacen las personas con su dinero. Justamente, el distanciamiento físico y social llevó a que las personas necesitaran gastar menos dinero; por ejemplo, dejaron de usar el trasporte público para ir a trabajar, dejaron de comer con sus amigos o de ir al cine. Este enlentecimiento en la circulación del dinero, que se mantiene hasta el día de hoy, amortiguó durante todo el año el aumento de los precios. Empero, conforme mediante la vacunación la nación vaya dejando atrás la pandemia del coronavirus y las restricciones ocasionadas por esta, la circulación y el movimiento del dinero va a crecer, lo que puede generar presiones inflacionarias.

El modo condicional de ese puede es muy importante. Un aumento significativo en la inflación estadounidense en los meses venideros no es inevitable, ni seguro y ni siquiera es el único escenario posible. En primer lugar, su ocurrencia o no dependerá fuertemente del ritmo de recuperación de la economía y, sobre todo, de los salarios. Con salarios deprimidos el consumo no podrá explotar y, con ello, la inflación difícilmente suba. Incluso es muy probable el escenario opuesto, el deflacionario, en caso de que la economía estadounidense se estanque en los años venideros. En segundo lugar, hay que hacer notar que cuando hablamos de un “aumento de la inflación” estamos lejos, muy lejos, de proponer el escenario de una espiral hiperinflacionaria como posible en el corto o mediano plazo. Tan solo hablamos de que un país acostumbrado en las últimas cuatro décadas a inflaciones muy bajas, del orden el 0-3% anual, puede pasar a experimentar inflaciones algo más altas del orden, por poner un número bastante azaroso, del 5-7% anual. Si bien no es una inflación particularmente alta (sino incluso hasta baja en términos uruguayos), si es una inflación a la que el estadounidense no está para nada acostumbrado y que puede ser perjudicial en términos de popularidad para la administración Biden. El reto de este nuevo gobierno pasa por intentar amortiguar esta posibilidad (para lo cual, en realidad, no cuenta con demasiadas herramientas, siendo la Reserva Federal bastante independiente del ejecutivo federal) y, en caso de su ocurrencia, evitar que esta inflación se termine manifestando en un creciente descontento.

Respecto al endeudamiento, tenemos que el gobierno estadounidense ha contraído importantes deudas (y lo sigue haciendo) para financiar sus esfuerzos fiscales en la lucha contra la recesión económica. La nación norteamericana sigue manteniendo, empero, una posición envidiable por cualquier otra nación del mundo, accediendo a deuda a intereses irrisorios. Sin embargo, un aumento del endeudamiento también implica mayores restricciones a las administraciones futuras, por lo que la encabezada por Biden deberá procurar que el endeudamiento se mantenga dentro de unos márgenes razonables que permitan conservar dicha posición envidiable.

1PIB en términos reales, de acuerdo al último informe publicado el 28/01/2021 por el U.S. Bureau of Economic Analysis del Departamento de Comercio de los Estados Unidos.


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