El Día

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Un cosmos geométrico

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-¿Cuál comprarías vos? –dijo mi tío.

Levanté la mirada para que mis ojos se encontrasen con los suyos. Me sacaba más de una cabeza de altura. Llevaba la camisa rosada que usaba para las ocasiones importantes. Debajo de ella se veía una camiseta celeste. Estaba cubierto de polvo de mármol. El blanco del material lo acompañaba a todos lados. Lo llevaba en el interior del auto y en la ropa. Lo cargaba en la piel y en la barba. Hasta tenía ojeras blancas. Nunca estaba libre de él. El mármol y mi tío habían convivido por decenas de años y eso hacía que no pudiesen vivir el uno sin el otro.

-Yo no sé nada de arte –le respondí.

-Eso no importa. Miralos. Fijate si alguno te despierta algo.

Nos mantuvimos en silencio contemplando la sala. Sobre las paredes descansaban más de treinta cuadros. Parecía un museo. El lugar había sido adaptado para el remate. Las obras inundaban de colores intensos el ambiente. Las formas geométricas se extendían más allá de los marcos de madera que las contenían y entre ellas se establecía un diálogo.

Hubo una que me llamó la atención. Me acerqué a ella y pude leer la inscripción: Rectángulos XXXVIII, 1964. Óleo sobre tela. La composición estaba formada por cientos de rectángulos de distintos tamaños que estaban orientados en todas las direcciones posibles. Algunos eran azules y los restantes eran blancos. Todos coexistían sobre un fondo negro. La obra que parecía caótica a primera vista, alcanzaba una armonía reconfortante.

-Me quedaría con este –le dije a mi tío. Él estaba parado detrás de mí, observándome y sonriendo.

-Esta es una de las que voy a llevar a la Fundación. Estoy coleccionando la obra de José Pedro Costigliolo. ¿Lo conocías? –me preguntó.

Ante mi negativa, me relató las desventuras del pintor uruguayo que, luego de una primera etapa, se alejaría del arte por veinte años. Esos años en el ostracismo lo fortalecerían para luego reencontrarse con los lienzos, a mediados de los años cuarenta, y darle origen a sus primeras abstracciones.

Mi tío estaba interesado en ese último período. El que comenzó a partir de 1963 y se prolongó hasta la muerte del artista en 1985. Costigliolo renació con el descubrimiento de un universo propio formado por figuras geométricas y colores vibrantes. Ahí dentro desarrolló todo su potencial y se convirtió en unos de los artistas fundamentales del arte no figurativo uruguayo.

– ¿Por qué dejó la pintura por tanto tiempo? –le pregunté mientras imaginaba, con cierta nostalgia, la pérdida de todas las obras que podrían haber nacido.  

– Costigliolo, siendo joven, decidió transitar un camino distante del sentir de su época. Su obra no fue legitimada y él fue rechazado por las galerías. Concursaba para ganar una beca para estudiar en el exterior pero nunca tuvo éxito. La frustración lo alejó de la escena artística y se dedicó al diseño gráfico. Creó un archivo impresionante de afiches, carteles y diseños publicitarios. Fueron revolucionarios para sus tiempos, de hecho, un afiche suyo para El Palacio de la Música fue destacado con un premio –me respondió en un tono sereno pero que no ocultaba la emoción que sentía por el pintor.

Seguimos caminando por la sala y nos detuvimos frente a otro de los cuadros. Composición, 1974. Al igual que las esculturas de mi tío, las pinturas de Costigliolo no llevaban títulos pomposos. Eran simples descripciones: Rectángulos, Cuadrados, Triángulos. No buscaba sugerir con nombres algo tan subjetivo como la interpretación. Esa pintura estaba formada únicamente por triángulos. Varios de ellos compartían el mismo azul del fondo. Los restantes estaban pintados con un óleo amarillo. A diferencia de la armonía de la obra que me había gustado, esta era dramática. Los triángulos contrastaban unos con otros. Los había isósceles, equiláteros, pero en su mayoría eran escalenos. 

– ¿Lo conociste? –le pregunté.

– No. Pero conocí a su esposa, María Freire. Una artista muy importante. Junto a “Costi”, como ella le decía cariñosamente, crearon el grupo de arte no figurativo. Llegó a exponer en el museo Reina Sofía y hay una pintura de ella en la colección permanente de obras abstractas del MOMA, en Nueva York.

Las obras tenían características similares. Las figuras geométricas estaban desparramadas en distintas escalas sobre pintura negra y los colores que las rellenaban eran planos. Rojos. Celestes. Amarillos. Blancos. Grises. Azules. Anaranjados. No más de tres colores por cuadro. La obra de Costigliolo podía parecer repetitiva. Simplista. ¿Monótona? Pero no lo era. Ella buscaba despojarse del ruido que la alejaba de lo esencial: la búsqueda de la belleza y de la musicalidad. Era trascendente. En ella había orden, construcción y método pero también una búsqueda de la libertad más embriagante.

En cada uno de los lienzos se veía el trazo bien marcado y trataba de imaginar a Costigliolo pintando. Jugaba a adivinar la génesis de cada cuadro. Hubo en mí un enamoramiento inmediato con su trabajo. Quizás por su genialidad. Quizás porque la visita al remate fue un oasis en un momento difícil de mi vida. Quizás porque yo atesoraba la compañía de mi tío al que veía solo en breves lapsos de tiempo. Seguramente era por una combinación de todas esas razones.

El arte, como la literatura, la música o cualquier otra forma de expresión, nos daba la oportunidad de profundizar en la vida de otro ser, de desnudar su espíritu, de vivir sus emociones y compartir su destino. El artista sacrificaba su intimidad para regalarnos su obra.

Cuatro años después, me encontraba en la Fundación Pablo Atchugarry. Estábamos construyendo una obra titánica: el primer Museo de Arte Contemporáneo de las Américas. Mi tío había reunido parte de la colección permanente y la estaba exhibiendo en uno de los edificios ya existentes. En uno de los salones encontré dos cuadros. Estaban a poca distancia, solos, daba la impresión de que intentaban tocarse.  En uno, un océano de rectángulos blancos era atravesado por dos franjas horizontales formadas por figuras azules. José Pedro Costigliolo. En el otro, unos símbolos de forma circular estaban apoyados sobre franjas verticales de colores vivos. María Freire. Los dos artistas habían abandonado su forma física pero a través del amor y del arte lograron traspasar los límites de la mortalidad.

*Las fotografías de las obras de José Pedro Costigliolo y María Freire son gentileza de la Fundación Pablo Atchugarry, tomadas de las obras de su colección.

Costigliolo. Rectángulos y cuadrados CCXXXII, 1976. Acrílico sobre tela.
Costigliolo. Composición, 1963. Óleo sobre cartón.
Costigliolo. Rectangulos y cuadrados MCXXVII, 1983. Acrílico.
Maria Freire. Oro de los Tigres, 1996. Acrílico sobre tela.


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3 comentarios

  • Andrés Peri
    Andrés Peri

    Excelente nota sobre inmensos artistas! Gracias.

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  • graciela
    graciela

    Qué bien redactada la nota!…Gracias!

    Responder
  • Maria Noel Zubillaga
    Maria Noel Zubillaga

    Va un fuerte y nuevo AGRADECIMIENTO por la generosidad de tu conocimiento ! acerca de estos 2 ARTISTAS . “Sigo “ , (palabra torpe), como puedo , a M. Freire , conmueve ! Otras gracias por tu regalo de Costigliolo!

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