El Día

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Laicidad Selectiva

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Hay ciertos temas que reaparecen a menudo en la vida pública, apreciándose solamente como una discusión filosófica desconectada de la realidad actual del país. La laicidad es una de ellas.

Desde que el presidente Berro le quitó la potestad de la iglesia a los cementerios en el año 1861, el Estado uruguayo ha vivido un proceso de secularización contínuo que culminó con la Constitución de 1919 que separó formalmente la Iglesia del Estado. Este desarrollo respondía al contexto de su época, en la cual los límites entre la Iglesia Católica y el Estado todavía eran difusos, con la primera teniendo autoridad sobre la educación ciudadana, el registro civil, los centros sanitarios, entre otros; haciendo necesario la concentración de poder Estatal para forjar su existencia y modernización.

En un plano filosófico, esta secularización puede entenderse como el proceso por el cual se fue expandiendo y garantizando el derecho de pensamiento a todos los ciudadanos. Al Estado proteger la libertad de culto, sin tener religión oficial alguna, brinda a los ciudadanos la capacidad de contrastar y crear su propia creencia y optar por el credo que más se asemeje con su visión personal, sí es que decide elegir uno. De esta forma, la laicidad trasciende la mera separación de instituciones religiosas con la del Estado, ya que en él, se desprenden todas las libertades de pensamiento, de expresión, de asociación y de prensa que gozamos a diario.

     Hoy en día, no existe una institución con tal poder o influencia que rivalice la potestad del Estado. Esto ha llevado a que las disputas por el poder se den dentro la esfera Estatal a través de movimientos políticos y grupos de interés, y es en esta puja que se dan los nuevos ataques a la laicidad. Por un lado está el ataque político, que se lleva a cabo a través de la violación de leyes constitucionales en pos de fines proselitistas. Los ejemplos más recientes son las pintadas en centros educativos públicos y la recolección de firmas dentro del Hospital de Clínicas “Dr. Manuel Quintela”, en el marco de la campaña en contra de la Ley de Urgente Consideración llevada a cabo por el Frente Amplio con el apoyo de dirigentes del PIT-CNT.

Por otro lado se encuentran los ataques provenientes de actores religiosos y políticos afines, como fue el caso del Senador Domenech diciendo públicamente que su creencia es a dios y no a la justicia, o las declaraciones recientes del pastor Márquez, llamando a los jóvenes a unirse al “ejército de dios” tras el pedido de informes realizado por legisladores del Partido Comunista sobre la iglesia Misión Vida.

El gran riesgo que existe con estos avasallamientos es que peligran no solo la convivencia cívica sino a la misma libertad civil, ya que, cuando la Laicidad se subordina en base a conveniencia, se excluye a todos los que no comparten las creencias. Por esto, la defensa de la Laicidad no es una discusión filosófica de épocas antañas, la defensa de la Laicidad es la defensa de la Libertad.

Como dijo la maestra Reina Reyes, “la laicidad es libertad, libertad despojada de las intenciones agresivas que frecuentemente desnaturalizan el sentido del término. La laicidad responde al espíritu del humanismo que proclama la dignidad de la persona humana, respeta la individualidad de cada hombre concreto y, por lo mismo, deja los valores, en los dominios de la filosofía, de la religión, de la política y del arte, a la libre elección personal”, y es por este apego y adhesión a la Libertad que todos los liberales insistimos en defenderla vehentemente todas las veces que se intente subordinar.


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