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La madre de todas las ciencias, la que plantea cuestionamientos que carecen de una respuesta monolítica; la que ha marcado el rumbo de la humanidad.

La filosofía (“fileîn“- amor; “sofía”- sabiduría; “amor por la sabiduría”) fue, desde tiempos inmemoriales el arte encomendado a elaborar las preguntas correctas, para entender  -o intentar hacerlo- nuestra realidad, nuestra condición de seres pensantes, el rol que jugamos en el universo que nos tocó ocupar; lo oculto y lo incognoscible.

Es notorio que desenvolver estas cuestiones lleva tiempo, requiere de una introspección que debe trabajarse de forma consciente y constante, el individuo debe adoptar la condición de “agua” -al decir de Bruce Lee- permitiéndose cambiar, de construirse frente a nuevas posiciones y re construirse luego en una forma nueva; todo esto es como se presume, al menos complicado, requiere antes que nada la aceptación del cambio como estado natural de las cosas; lo que vuelve la práctica de esta disciplina una excepción en los tiempos que corren.

También se puede agregar que su enseñanza requiere de los mejores, cosa que no siempre sucede; recuerdo en mi paso por el liceo haber tenido dos docentes de la materia llamada “filosofía”, con ambos discutí todo el año -y no discusiones filosóficas precisamente-, yo tenía la firme certeza de que era una materia importante, una cosa maravillosa que nos podía dar herramientas para enfrentar la vida de una forma crítica y consciente para no aceptar las imposiciones tal cual nos llegasen; para no conformarnos y acostumbrarnos a las verdades absolutas -que el tiempo se encarga casi siempre de relativizar-; pero encontré en ellos, docentes de la materia que yo les endilgué siempre como “historia de la filosofía”.

Debo reconocer que esto me marcó profundamente e irónicamente, me volvió mas ávido de conocimiento, más autodidacta y profundizó mi actitud crítica.   Lamentablemente no todos lo vemos así, de hecho la gran mayoría de personas desanda su vida al ritmo del vals que les impone la sociedad, la religión o el violinista de turno, siempre en busca de una cúpula dogmática bajo la cual mantenerse a salvo del feroz azote de la duda; acaso es necesario que esto sea así? es porque las sociedades necesitan sustentarse sobre bases incuestionables, certezas absolutas? 

Personalmente no lo creo, me resulta mas razonable atribuirlo a la naturaleza humana, que nos lleva siempre a buscar la “comodidad” tanto física y espiritual; como mental.

De todos modos, me resulta más interesante pensar en el futuro, cosa que siempre hago con optimismo, creo profundamente en la capacidad de progreso de la humanidad; es este optimismo el que me hace presagiar que la irrupción de la inteligencia artificial y otros avances similares va a producir una demanda de personas capaces de crear, de innovar, trabajar en equipos -y junto a robots-, adaptarse a los cambios vertiginosos y hacerlo con resiliencia; para todo esto será necesaria una profunda reestructura de los sistemas educativos, en la que -nuevamente optimismo mediante- la filosofía volverá a ocupar un rol protagónico.

A pesar de todo, la humanidad avanza” Pablo Ramos.


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