La in-Acción social

La in-Acción social

En una sociedad todos cumplimos un rol, un cometido que - por acción o por omisión – desempeñamos;

Este rol ejercido por cada uno de nosotros, va formando con el paso del tiempo la identidad de nuestra sociedad, sus colores. El rol más importante es quizá aquel que desempeñamos por omisión, es decir cuando no actuamos, cuando dejamos que otros decidan por nosotros y el statu quo se perpetúa.

De nada sirve quejarnos de cómo actúan los sindicatos, los grupos feministas, los movimientos sociales en general, si luego permanecemos indiferentes y no llevamos nuestra voz y nuestra acción para ser parte del cambio.

La acción es clave, todo pueblo que aspire a progresar necesita del compromiso de una sociedad civil activa que participe e integre grupos fuertes; grupos donde las diferentes voces se encuentren.

Los sindicatos necesitan de la participación de cada uno de nosotros, una participación real e informada que haga valer su voz; los “mismos de siempre”, los que llevan varios lustros en su cúpula están allí por nuestra inacción, sin decidir de hecho estamos decidiendo, permitiendo que todo siga igual.

Uno debe ser el cambio que quiere ver en el mundo, poner un pie delante del otro y emprender el camino; será difícil, desde luego, existen pocas cosas más resistentes que el anhelo de permanencia en el poder de quienes lo ostentan, pero igual – o más - importante.

El Nuevo Paradigma

El Nuevo Paradigma

Si trajéramos a un jóven del SXIX a nuestros días, el lugar que le resulte más familiar es probablemente un salón de clase.

El mundo ha sufrido cambios vertiginosos, que se han acelerado aún mas en los últimos 20 años, la tecnología avanza a un ritmo exponencial e incluso los smartphones están quedando obsoletos en cuestión de meses; de igual manera cambia el clima social, las relaciones personales están cada vez más influenciadas por las redes sociales, los sitios que visitamos se disfrutan muchas veces a través de una selfie.


Pero no todo ha cambiado con tanta velocidad, nuestros sistemas educativos escasamente han sufrido cambios y los que se han dado, han sido especialmente en algunos contenidos y en los materiales utilizados como soporte.

Nos debemos una reforma profunda del paradigma educativo, una reforma que propicie los cambios reales que lo adapten a la realidad de los nuevos estudiantes, que no toleran estar durante 4, 6 u 8 horas sentados recibiendo una cátedra monótona de parte de un docente, sobre un tema que posiblemente no logre relacionar de manera certera con su futuro, con una utilidad a futuro.

Nuestra realidad cambió y no tuvimos la pericia ni el coraje de reformar nuestro sistema para que estuviera en sinfonía con ella, aún con cientos de informes, evaluaciones y estudios que demostraban una vez y otra también, que nuestros jóvenes desertaban cada vez más del sistema educativo y que los niveles de aprendizaje no mejoraban, sino que en muchos casos empeoraban.

El futuro siempre fue incierto pero hoy lo es aún más, lo que nos plantea una enorme interrogante. ¿Cómo educamos a nuestros jóvenes para una realidad que no sabemos cómo va a ser? No hay una respuesta concreta, y así debemos acostumbrarnos a que sea, la era estática (si es que en algún momento existió) es seguro que terminó hace mucho; pero hay un camino por el cuál podemos enseñar para ese futuro, cualquiera sea, con sus posibles variantes y bifurcaciones, con todos los finales ciegos que nos va a presentar.

El camino es el de enseñar habilidades, no conocimientos, éstas deben estar enfocadas en todas las inteligencias que una persona puede desarrollar, como lo exponía H. Gardner ya hace bastante tiempo, porque en definitiva nuestra inserción en este futuro va a depender de qué tan fácil logremos dejar de lado lo obsoleto e incorporar lo nuevo, poder analizar, adaptar y adoptar nuevos conocimientos, nuevas tecnologías y aunque parezca irónico, en un mundo cada vez mas digital, van a ser imprescindibles las habilidades interpersonales, el trabajo en equipo y la cooperación.

Habilidades que permitan ser resilientes frente a las adversidades, tolerantes con la diversidad, que potencien el trabajo en equipo, la estabilidad personal y la capacidad de desaprender para volver a aprender. 

La enseñanza dejó de ser un proceso acotado, con un final claro, para pasar a ser uno que debemos transitar a lo largo de toda la vida y el sistema educativo debe estar en consonancia con ello, permitiéndonos adaptarlo a nuestra realidad particular, llevar el aprendizaje a cualquier lugar en que lo deseemos. Ésto no implica dejar de lado las instituciones educativas, que son un lugar de encuentro, donde se convive con otras personas, se aprende a trabajar en equipo, se desarrollan valores propios de nuestra cultura y se crea sentido de pertenencia, pero que necesitan un cambio de fondo en su sistema.

“el aprendizaje es la herramienta que nos permite construir nuestro propio camino, sin importar el lugar del que partimos, ni los obstáculos con que nos encontremos” Pablo Ramos.

De libertad y redes

De libertad y redes

vivimos la época con mayor acceso a la información de toda la historia

En los tiempos que corren, donde la información se genera a un ritmo frenético, solo para poner en contexto, hemos generado más datos en los últimos meses que en toda la historia previa, ésto supone una abundancia de información nunca vista, que sumada al aumento en el acceso a internet por parte de las personas (ya en el año 2017, el 50% de la población mundial accedía) supone una gran oportunidad de apertura al conocimiento, a las noticias y de echar luz sobre los acontecimientos mas diversos y secretos que puedan ocurrir en el mundo.

Pero la realidad, sobre todo cuando se trata de los seres humanos, casi nunca es tan simple; el fenómeno de las fake news orquestado por enormes organizaciones internacionales, muchas veces alineadas a intereses económicos y/o políticos, amenaza con tirar abajo lo bueno de este nuevo escenario, no solo generando contenidos falsos como fraudes científicos que niegan el calentamiento global, o aumentar la percepción sobre el “daño” que generan los inmigrantes, por poner dos ejemplos, sino también operando por medio de “granjas de bots” (cientos de ordenadores con cuentas falsas generando tendencias flechadas) para desinformar a las personas. Esto último es muy perjudicial, ya que en base a esta desinformación, la población decide muchas cosas, vota dirigentes populistas, deja de lado políticas enfocadas en cuidar el medio ambiente etc etc.

Vivimos en un mundo hiperconectado, donde la multiplicidad de voces hace casi imposible reconocer los verdaderos intereses que se esconden tras la luz de la pantalla, es de suma importancia la fortaleza y buen juicio de quien se sitúa frente a la misma. Nuestra época es la de mayor bienestar a nivel mundial, la tecnología ha potenciado nuestras capacidades de manera exponencial; no podemos limitar todo esto, por lo que el combate al flagelo de la desinformación, no debe ser por el medio de coartar libertades, sino estimulando el pensamiento crítico entre las personas, que permita discernir entre una noticia verdadera y una fake new, que fomente el ejercicio de chequear una información a través de varias fuentes y que nos haga responsables a la hora de publicar, compartir, exponernos.

El camino es la libertad, hoy más que nunca libertad, sustentada en el fortalecimiento de las personas de cara al nuevo escenario, enseñándoles a navegar en este océano de información, donde los tiburones se esconden dentro del cardúmen de peces, muchas veces ayudados por ellos.


“No debemos jamás, en pos de proteger la libertad, optar por cercenarle” Pablo Ramos.

La lucha como premisa

La lucha como premisa

La propia palabra “lucha” trae añadido daños, tensión y diferencias insalvables.

No se puede sostener indefinidamente una interpretación de las cuestiones sociales en clave de lucha; ésta ha sido la consigna a lo largo de la historia, en momentos que las desigualdades, la falta de acceso a la información y las dificultades para comunicarse eran enormes; hoy podemos asegurar -en gran medida- que ésto quedó en el pasado.

La información está a un clic de distancia -o dos-; la comunicación es casi instantánea, sin importar la lejanía, gracias a que la tecnología borró las fronteras físicas entre las personas y la desigualdad viene descendiendo de manera vertiginosa, particularmente luego de la estabilización de un sistema democrático y de libre mercado mundial.

Abandonar la clave de lucha quiere decir que vamos a pensar todos lo mismo? que no va a existir contraposición de ideas? que indefectiblemente unos deberán sucumbir al pensamiento de otros?.. NO! nada de eso tiene que ser así, si nos aproximamos a lo heterogéneo desde el entendimiento; en clave de dialogo sensato y con la mente abierta al conocimiento y las diferentes posturas; si educamos para actuar de esta manera, educamos en tolerancia, en que lo “normal” es justamente lo diverso, los resultados pueden ser impresionantes.

Pero la iniciativa en este sentido debe tener raíz en quienes se encuentran al frente, quienes son la cara visible para el resto de la sociedad; es desde allí que debe comenzar a derramar el manantial del diálogo y el entendimiento, para que la sociedad toda pueda identificarse con ella e iniciar un proceso real de búsqueda del bienestar social -pero cooperando en la diferencia, no sumida en una lucha espuria-.

Todos somos, en última instancia, uruguayos; y debemos convivir en armonía mas allá de las diferencias, las que lejos de dividirnos deberían enriquecernos como sociedad; debemos sacar el foco de ellas, las cuales no deben estar en cuestión, porque no es deseable ni posible -en un estado democrático y republicano- la homogeneidad ideológica y trasladar ese foco a la forma en que llevamos adelante el contrapunto de visiones e ideas.

Resulta mucho más productivo el diálogo generado en estas circunstancias, al contrario de la lucha que solo nos fragmenta como sociedad; aislándonos en pequeñas islas, con océanos de por medio, sin posibilidad alguna de acercarnos y remitiéndonos a un simple intercambio de piedras de unos a otros.

Las redes sociales son una arena formidable para foguear estas “luchas”, se producen intercambios de todo tipo, desde mentiras sustentadas en noticias falsas, que dan lugar a largos intercambios de posturas antagónicas, que lejos de generar empatía o algún cambio en los participantes, solo producen una mayor radicalización; hasta quienes se esconden detrás del anonimato para hacer todo tipo de publicaciones mal intencionadas, comentarios racistas, xenófobos, misóginos, intolerantes, agraviar o insultar sin poner su identidad como garantía y respaldo; pero también – y mi optimismo me obliga a resaltarlo- se presencian intercambios sumamente enriquecedores, cuando se encuentran personas despojadas de prejuicios, que exponen sus pareceres y confrontan ideas, pero en un clima de respeto y tolerancia para con el otro; es de éstos últimos que se obtienen los mejores resultados, ambas partes salen de esta “confrontación” cambiados, no quizás en su base ideológica, pero si en el aspecto humano, de conceptos y/o con nuevos conocimientos.

Sobre ésta realidad surge la “tentadora” idea de limitar las expresiones que no sean en las condiciones del último caso expresado, para frenar el aumento de la brecha social; pero no debemos, como dice el dicho “matar al mensajero” -en este caso matar al “medio”- porque las redes sociales son, como su nombre lo indica, un medio donde se potencian las cuestiones sociales; por ello resulta claro que el problema no es el medio, sino los actores que allí interactuamos, a quienes nos falta educación, como indiqué antes, para lograr el diálogo en la diferencia.

Sin un cambio en este sentido, solo iremos cambiando de arena en arena, pero la lucha continuará.

“La tolerancia es un virtud difícil; nuestro primer impulso, y aún el segundo, es odiar a todos los que no piensan como nosotros.” Jules Lemaître.

Filosofía y la vida moderna

Filosofía y la vida moderna

La madre de todas las ciencias, la que plantea cuestionamientos que carecen de una respuesta monolítica; la que ha marcado el rumbo de la humanidad.

La filosofía (“fileîn“- amor; “sofía”- sabiduría; “amor por la sabiduría”) fue, desde tiempos inmemoriales el arte encomendado a elaborar las preguntas correctas, para entender  -o intentar hacerlo- nuestra realidad, nuestra condición de seres pensantes, el rol que jugamos en el universo que nos tocó ocupar; lo oculto y lo incognoscible.

Es notorio que desenvolver estas cuestiones lleva tiempo, requiere de una introspección que debe trabajarse de forma consciente y constante, el individuo debe adoptar la condición de “agua” -al decir de Bruce Lee- permitiéndose cambiar, de construirse frente a nuevas posiciones y re construirse luego en una forma nueva; todo esto es como se presume, al menos complicado, requiere antes que nada la aceptación del cambio como estado natural de las cosas; lo que vuelve la práctica de esta disciplina una excepción en los tiempos que corren.

También se puede agregar que su enseñanza requiere de los mejores, cosa que no siempre sucede; recuerdo en mi paso por el liceo haber tenido dos docentes de la materia llamada “filosofía”, con ambos discutí todo el año -y no discusiones filosóficas precisamente-, yo tenía la firme certeza de que era una materia importante, una cosa maravillosa que nos podía dar herramientas para enfrentar la vida de una forma crítica y consciente para no aceptar las imposiciones tal cual nos llegasen; para no conformarnos y acostumbrarnos a las verdades absolutas -que el tiempo se encarga casi siempre de relativizar-; pero encontré en ellos, docentes de la materia que yo les endilgué siempre como “historia de la filosofía”.

Debo reconocer que esto me marcó profundamente e irónicamente, me volvió mas ávido de conocimiento, más autodidacta y profundizó mi actitud crítica.   Lamentablemente no todos lo vemos así, de hecho la gran mayoría de personas desanda su vida al ritmo del vals que les impone la sociedad, la religión o el violinista de turno, siempre en busca de una cúpula dogmática bajo la cual mantenerse a salvo del feroz azote de la duda; acaso es necesario que esto sea así? es porque las sociedades necesitan sustentarse sobre bases incuestionables, certezas absolutas? 

Personalmente no lo creo, me resulta mas razonable atribuirlo a la naturaleza humana, que nos lleva siempre a buscar la “comodidad” tanto física y espiritual; como mental.

De todos modos, me resulta más interesante pensar en el futuro, cosa que siempre hago con optimismo, creo profundamente en la capacidad de progreso de la humanidad; es este optimismo el que me hace presagiar que la irrupción de la inteligencia artificial y otros avances similares va a producir una demanda de personas capaces de crear, de innovar, trabajar en equipos -y junto a robots-, adaptarse a los cambios vertiginosos y hacerlo con resiliencia; para todo esto será necesaria una profunda reestructura de los sistemas educativos, en la que -nuevamente optimismo mediante- la filosofía volverá a ocupar un rol protagónico.

A pesar de todo, la humanidad avanza” Pablo Ramos.