La Pandemia Silenciosa

La Pandemia Silenciosa

Allá por el 1897 se publicaba en Francia “Le Suicide: Étude de sociologie”, el primer estudio sobre el suicidio desde un abordaje sociologico a cargo del mismisimo Émile Durkheim (considerado el padre de la sociologia). A grandes rasgos, en su tesis afirmaba la necesidad de considerar al suicidio como un hecho social, entendiendo a hecho social como “toda manera de hacer, establecida o no, de ejercer sobre el individuo una coaccion exterior”, traducido como el poder de influencia que tienen las sociedades y las instituciones en las personas sobre la decisión de quitarse la vida. A propósito de éste, Durkheim establece 4 tipos de suicidios: altruista, egoísta, anómico y fatalista. A modo de sintesis, el suicidio altruista es consecuencia de la pasion, el suicidio egosita es consecuencia de la apatia y de la ausencia de apego a la vida, el suicidio anomico producto del disgusto y la irritacion, y por ultimo, el suicidio fatalista es resultado de la desesperacion. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) asciende a un total de 800.000 el número aproximado de suicidios por año, lo que se traduce a una muerte por esta causa cada 40’ (cuarenta minutos), siendo la segunda causa de fallecimiento entre personas de entre 15 y 29 años.

Situados en nuestro país, a mitad de año el Ministerio de Salud Pública (MSP) en conjunto con la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) dieron a conocer que Uruguay se encuentra situado en el puesto global número 22 con una tasa de suicidios de 21,39 cada 100.000 habitantes, constatando un total de 758 casos en el 2021, con un aumento del 25% en el primer semestre del corriente. En la misma línea, Pablo Hein, quien se desempeña como docente investigador de la Udelar y es además integrante del Grupo de Comprensión y Prevención de la Conducta Suicida en el Uruguay, señaló en una reciente investigación un crecimiento en los últimos años en la tasa de suicidios en hombres de 35 a 50 años y jóvenes de 19 a 24 años. Señala además, que el método más frecuente de sucidio en nuestro país es el ahorcamiento, dado en 7 de cada 10 casos, seguidos en menor proporción por suicidios por arma de fuego, ingesta de pastillas y salto al vacío. Otro dato relevante es que acompañando la tendencia mundial, es un fenómeno que se da en mayor grado en el medio rural del país. 

No escapa a ningún mortal, que este fenómeno se ha profundizado con la pandemia y sobre todo en adolescentes, lo que lleva a un cuestionamiento de las políticas públicas que deberían estar orientadas a la prevención y atención a esta problemática tan particular y que nos atañe a todos como miembros de una sociedad, pero más allá de las posibles valoraciones personales, los hechos recientes y trascendidos de forma pública, indican que un sector específico de trabajadores están siendo las principales víctimas de esta pandemia silenciosa: los trabajadores policiales. En lo que va del año 14 funcionarios policiales se quitaron la vida, dándose la particularidad de un total de 3 muertes en tan solo dos días, lo que ha encendido de un lado y del otro, las alarmas públicas en lo ancho y largo de la sociedad. No es novedad tampoco, que muchos actores sociales y políticos han restado gravedad a la situación, minimizando e incluso relativizando el hecho por intereses políticos y atravesamientos ideológicos que ven (vieron, ven y seguirán viendo) al funcionario policial como un enemigo declarado, un agente deshumanizado de un estado represor y vulnerador de derechos.

Hasta hace unos pocos años (hasta el 2018), la organización no gubernamental (ONG) Último Recurso (introductora de la Suicidología en el Uruguay, fundada por Pedro Frontini y Silvia Peláez en 1989) estuvo trabajando de forma coordinada con el Ministerio del Interior en la prevención de los intentos de autoeliminación y depresión en la fuerza policial, cesando su trabajo por falta de recursos y apoyo desde el propio estado, pasando desde entonces la tarea (que en los hechos no se cumple o es inexistente) a la Dirección Nacional de Sanidad Policial.

Hace nada más unos días atrás, la Dra Silvia Pelaez comentaba lo siguiente: “el trabajador policial tiene más riesgo de suicidarse en el Uruguay o en el resto del mundo que muchos otros grupos de otras profesiones”, agregando que: “el suicidio es un fenomeno especialmente masculino” a proposito de que “los trabajadores policiales son en su mayoría varones”. Señala además que los efectivos policiales: “tienen un monto de estrés, de estrés post traumático y de situaciones complejas a nivel personal, donde unas de las cosas que ellos nos contaban en nuestra intervención-investigación, era el dolor de ser discriminados muchas veces por la sociedad, por el ciudadano común, el ser llamados vehementemente para pedir ayuda y una vez que ayudan, son totalmente rechazados” agregando que  “otro problema que tienen es que no sienten que siempre que todos los profesionales de la salud de sanidad policial los comprenden”. Para finalizar, Pelaez hace especial énfasis en que “debería de hacerse una revisión hasta filosófica del valor que tiene en nuestro país el poder ser, el elegir ser policía o el tomar el cargo de policía y desde todo su contexto, y esa persona que a lo mejor estuvo expuesta a ser otra cosa, sin embargo tomó el camino de la ley, eso es algo que aprendimos con ellos en nuestro trabajo”.

Y si esto fuera poco, Patricia Rodríguez, presidenta de SIFPOM, hacía alusión en el programa “Esta Boca es Mía” a las dificultades que debe afrontar un trabajador policial ante una descompensación emocional, desde la espera durante lapsos extendidos en el tiempo para ser atendidos, la atención inmediata que pueden recibir por parte de un psiquiatra en la emergencia de sanidad policial, y el costo que supone para el propio efectivo que es el ser desprendido de su arma de reglamento con las implicancias que trae ello consigo: la imposibilidad de trabajar tras una certificación, la pérdida económica que supone para el trabajador (haciendo a un lado el hecho del bajo salario que perciben), el desprestigio que supone para la propia fuerza el estar descompensado emocionalmente bajo una tonta premisa que supone o pretende atribuir facultades de inmunidad psicológica cual superheroes de comic, o lo que es peor, el propio señalamiento por parte de pares y autoridades de la actitud negativa de ese trabajador al certificarse “afectando” y “complicando la operativo”, siendo visto como “un mal compañero”.

Resulta alarmante, triste e indignante, el peso con el que deben cargar quienes están a cargo de la preservación del bien público con la implicancia del contacto permanente con el peor lado del ser humano, con la miseria de la sociedad ¿no es acaso un grito ahogado en el silencio? ¿no es acaso el prejuicio negativo por parte de la sociedad un componente decisivo y de peso? ¿no hablar del tema solucionará mágicamente el problema? ¿seguirán sumidos en la inercia negligente las autoridades de turno? ¿seguiremos proyectando esa idea de trabajadores de clase A y de clase B? ¿Es este en definitiva, el costo de elegir ser policía? Como siempre, son más las preguntas que las respuestas…

¡Tiranos, Temblad!

¡Tiranos, Temblad!

A nadie escapa a estas alturas, que nuestro país goza internacionalmente con el reconocimiento de ser una de las democracias más plenas, bandera con la que muchas veces nos vanagloriamos a lo largo y ancho de nuestro continente. Ahora bien, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, es decir, una cosa es el mérito en sí, y otro aparte, es como llegamos a él. Con esto quiero decir que ser los mejores de la cuadra, no nos inmuniza en términos eternos respecto de esa calidad democrática, sino que por el contrario, es una construcción y defensa permanente por parte de todos quienes habitamos en esta república.

Unas de las primeras cosas que aprendemos quienes transitamos el camino de convertirnos en un futuro no muy lejano en politólogos, es que la política en sí, es la articulación del conflicto, lo que lleva a una premisa sostenida por muchos académicos, que hay política porque hay conflicto, y si hay conflicto, hay una necesidad legítima de lograr consensos entre todas las partes involucradas. Y esa articulación del conflicto, ese sistema dialógico entre los actores que componen una sociedad, son los que terminan construyendo a fin de cuentas, la calidad y la permanencia de una democracia.

Dicho esto, y a propósito de la democracia, el diálogo termina asumiendo un rol central y fundamental para esa construcción de consenso entre la diversidad de necesidades y opiniones de los distintos actores. El problema reside cuando ciertos actores no quieren apelar al diálogo y niegan enfáticamente el lugar del otro, porque el otro siempre tendrá algo que decir, un decir tan válido como el nuestro en el marco de un sano intercambio conceptual de ideas, donde se debe empoderar la escucha al otro, el escuchar para comprender y para poder posicionarse en ese lugar del otro por un instante. Escuchar para entender. 

También es cierto que una democracia se cimienta en el no lugar y el rechazo a la violencia o a las actitudes que estén teñidas de esa tónica tan particular, porque la violencia es la herramienta del incopetente, del ignorante, ese sujeto que apela a sus instintos más básicos y mundanos para enfrentar el conflicto o defender una idea. Y estos últimos días, han sido ejemplo de todo lo que le hace mal a nuestra democracia y daña la sana convivencia entre distintos, desde el acto de vandalismo perpetrado en la fachada del hogar del profesor Robert Silva, los cánticos violentos hacia el presidente Luis Lacalle Pou, las ocupaciones ilegítimas de centros de estudios, o el patoterismo desmedido con tintes fascistas de gremios estudiantiles y docentes en el reciente evento “Cara a Cara” llevado adelante por la Anep en el marco de una agenda de diálogo abierto a propósito de la Transformación Educativa.

Por allá decían nuestros abuelos con mucha sabiduría, que un acto vale más que mil palabras, y en referencia a lo último señalado, si mi discurso empoderado hacia afuera habla de un planteo legítimo de diálogo, de intercambio de ideas, de construcción colectiva con todos los actores protagonistas del proceso educativo, pero por el contrario, en los hechos, manifiesto una violencia desmedida en las palabras a través de cánticos que poco pueden contribuir al dialogo, o si intento impedir un evento de manera violenta porque no me gusta lo que dice el otro y la única verdad aceptada es la dicha por mí en una suerte de posicionamiento de palabra santa de índole mesiánica, creo que estamos ante una actitud que poco tiene que ver con el sano intercambio, sino que por el contrario, con una pose corporativista y de status quo de no cambiar lo establecido y a la vez, de una clara intencion no de opinar y sumar propuestas, sino de deseo de sentarme en la mesa chica a dirigir y decir que es lo que hay que hacer, desconociendo a sabiendas, el lugar que debe ocupar en una constante negación del sistema republicano que habitan. 

Convivir en una democracia, significa entre otras cosas, en aceptar los resultados electorales que son la voluntad “del pueblo”, si entendemos a este, como la pronunciación de las mayorías, más aún, cuando ciertas discusiones fueron dirimidas en tres instancias soberanas; en octubre de 2019, en noviembre de 2019 y finalmente, en marzo de 2022.

Es importante señalar, que esos mismos actores que hoy se oponen a la transformación educativa, son los mismos que se opusieron (en contenido y forma) a las escuelas de tiempo completo, a la reforma de Rama, al cambio de elección de horas, incluso a estar en contra de que se dictarán clase en el transcurso de la pandemia augurando escenarios terribles y nefastos. No menos importante, son los clichés que se vienen repitiendo desde hace más de veinte años: “capitalismo”, “neoliberal”, “privatización de la educación”, “mercantilización de la educación”, etc, todos eslóganes vacíos que no se saben explicar.

En una sociedad desigual donde 8 de cada 10 jóvenes no llegan a los niveles mínimos de conocimientos, donde la educación formal no es atractiva, siendo así que la evidencia nos muestra que el 60% de los alumnos no culmina su trayectoria estudiantil, una transformación con la educación como eje de igualadora de oportunidades, más que necesaria es urgente.

Por último, a modo de reflexión colectiva que nos debemos como sociedad, me pregunto; ¿cómo se vuelve del odio? ¿Cómo se concilia el diálogo con el otro cuando a priori, se decide transitar por el camino del señalamiento y el improperio? ¿Cómo se puede construir cuando el otro decide destruir? ¿Cómo se puede balbucear democracia desde actitudes con tintes fascistas? Las respuestas a estas preguntas y otras, no las tengo, pero sí la imperiosa convicción de que este no es el Uruguay que queremos.

“Lo que sucede actualmente es algo interesante, porque se invierten los términos, lo normal pasa a ser ahora lo negativo y lo anormal como lo positivo” Horacio Bernardo

“Lo que sucede actualmente es algo interesante, porque se invierten los términos, lo normal pasa a ser ahora lo negativo y lo anormal como lo positivo” Horacio Bernardo

Horacio Bernardo es un filósofo contemporáneo de nuestro país con una larga trayectoria como escritor y conferencista. Es Licenciado en Filosofía y Contador Público por la Udelar, tiene además, un máster en filosofía contemporánea y tradición clásica por la Universidad de Barcelona. Es autor de los libros “El hombre perdido”, “Extraordinariamente solos”, “Libres y esclavos”, “Introducción al pensamiento uruguayo”, entre otros. Recientemente publicó “La inquietud y el sentido. Filosofía y vida cotidiana”, excusa perfecta para ser entrevistado y adentrarnos por unos momentos, en el mundo de la filosofía con uno de nuestros máximos exponentes. A continuación la entrevista:

– ¿Cómo surge la necesidad de escribir “La Inquietud y El Sentido”?

Surge a partir de la necesidad de pensar sobre lo cotidiano, sobre la vida cotidiana. Desde el punto de vista intelectual, lo cotidiano me interesa desde hace mucho tiempo, pero lo vengo trabajando desde 2010-2011 como columnista en el programa de Alejandro Camino “La Mañana en Camino”, donde tenía un espacio que se llamaba “Filosofía y Vida Cotidiana”, en el que tomaba distintos elementos de temas que tienen que ver con la cotidianeidad y a partir de ahí, elaboraba una reflexión, que no era un repetir lo que dijo tal o cual filósofo, sino que a partir de una noticia o de un hecho plantear una reflexión propia, porque nunca me interesó el repetir “Platón dijo esto” y simplemente enumerar, sino que, utilizar los autores.

Después en 2015 y 2016 hice dos ciclos de conferencias en la Biblioteca Nacional, que fueron un éxito importante, porque en principio las conferencias se iban a dar en la Sala Julio Castro que tiene una capacidad para 150 personas,  pero hubo tanta gente que se hizo en el Auditorio Vaz Ferreira con unas 400 personas. Hice un ciclo de cuatro conferencias en 2015 y en 2016. Luego en 2018 hice un master en la Universidad de Barcelona sobre la cotidianeidad, donde tuve la suerte de tener de tutor a Josep Maria Esquirol, que es un filósofo catalán, su obra más conocida es “La Resistencia Íntima”  en la que trabaja sobre lo cotidiano. Él me permitió hacer una tesis que no era orientada hacia un autor, ya que suelen circunscribirse a eso, lo que me dió mayor libertad y exigencia por ser una elaboración intelectual propia.

Escribí un ensayo que se llama “Los modos conceptuales de la cotidianeidad”, el que obtuvo una mención por parte del MEC en el 2020. Una vez hecha la tesis, en 2019 me convoca la editorial Paidos del Grupo Planeta para escribir sobre la cotidianeidad, y me pareció una buena excusa para sistematizar un montón de cosas que venía trabajando.

¿A qué nos referimos al hablar de “La Inquietud y El Sentido”?

La inquietud entendido en un término amplio como la no-quietud, en el sentido de que la vida es movimiento, es algo que no lo quise poner un nombre, es simplemente inquietud, algo que es movimiento, lo muerto es lo quieto. La inquietud no es una cosa específica ni tampoco algo negativo, simplemente eso que mueve, es como una especie de energía vital que aparece en nosotros, pero que por sí sola, no termina de ser completada, lo que necesita es ser bajada racionalmente de algún modo, o tomar forma y cuerpo racional de alguna manera, es decir, tener un sentido. Sentido se puede entender de dos modos, uno es una dirección y tener un significado, eso que yo siento, es que me mueve, le doy un significado y eso me conduce a un lugar.

Todo ese proceso está mediado por lo cultural, por todo lo que nos rodea, pero la vida cotidiana consiste permanentemente en tener inquietudes, cosas pequeñas que nos mueven, por ejemplo, tomar un té, o venir acá a charlar un rato. No tiene porque ser algo extraordinario, pero es lo que permanentemente motiva y da andamiento a nuestra vida tal como la vivimos, porque hay algo importante que hay en este libro, que la vida no es un estudio de que es la vida o que es la vida cotidiana, sino que es la experiencia de vivir cotidianamente, de cual es la experiencia de sentirse viviendo, siendo un enfoque que en vez de ser científico, es más fenomenológico. Cuando vos y yo vivimos esa inquietud y le doy sentido ¿de qué modo puede entenderse? entonces, los modos implica una forma de abordar el tema más fenomenológica.

Esa experiencia vital es la que intento recoger, porque aun cuando cada uno de nosotros tuvo una vida diferente, inquietudes e intereses diferentes, inquietudes que pueden ser problemas o cosas que te entusiasman, pero las formas de vivir si son reconocibles, algunas inquietudes aparecen permanentemente y son reconocibles, y la forma de abordar eso filosóficamente es el libro.

En una parte del libro afirmas que “todos los mortales trascienden cuando toman conciencia de su vulnerabilidad” ¿que quiere decir esto?

Esa frase que aparece destacada, es el final de uno de los capítulos. ¿Qué significa trascender? Trascendente es algo que va más allá de determinado ámbito, por ejemplo, si yo digo que este es el ámbito de esta sala, algo que trasciende esta sala es algo que está más allá. La vulnerabilidad es la fragilidad, es la debilidad. Hay algo muy importante en uno de los capítulos en el que hablo de las subsistencias, esa inquietud que nos mueve como el hecho de tener que constantemente ir resistiendo el deterioro de las demandas del cuerpo.

En este capítulo hablo también de que las respuestas a esa necesidad de subsistir, implican una creencia del más allá que tiene distintas formas; religiosas, de ideales políticos, incluso ideales tecnocientíficos como el transhumanismo con lo de vivir eternamente o muchísimos años. Es como que el ser humano intenta trascender su finitud, su vulnerabilidad, el hecho de que se va a morir, de que no va a estar más.

Pero hay una forma de trascender que es mucho más cercana a los seres humanos, y es trascender en el otro ser humano, no pensar que no voy a tener otra vida o que voy a ser parte de un ideal político que va a llevar a una utopía total, sino que hay otra trascendencia que es asumir la propia vulnerabilidad, asumir que el otro es tan vulnerable como yo y salirme de mi mismo, trascender de mi propia humanidad, de mi propio ser y trascender hacia el otro.

Cuando uno se da cuenta que la vulnerabilidad es lo que constituye al ser humano, a cada uno de nosotros, y que los otros son tan vulnerables como lo somos nosotros mismos, ahí es cuando trascendes de tu propia individualidad, y esa es una forma de trascendencia en el más acá, no en el más allá.

¿Cómo interpretas y a qué elementos atribuís el aumento y el interés para con la filosofía?

En primer lugar, se ha dicho que la filosofía interesa más en los momentos de crisis cultural, cuando no hay creencias sólidas que estructuren y den sentido a los individuos. Por ejemplo, si vos tenes un marco religioso o un marco político que te da sentido, e incluso una secta, porque por ejemplo, si vos estás dentro de una secta, si bien puede parecer opresivo, eso le da sentido a tu vida, entonces, no precisas estar buscando otras cosas porque ya sabes porque te casastes, porque estás trabajando, porque tuviste hijos, todo está dado en un marco extremo donde todo tiene un sentido, por lo que no precisas ir a buscar otras teorías.

Pero cuando se abre a la libertad, cuando se desdibuja ese contexto y ya no está tan claro para qué estoy acá, entonces, la búsqueda de respuestas o de sentido, se emparenta también con propuestas filosóficas, porque la filosofía justamente lo que da, son marcos para la actuación del ser humano, que es lo que está bien, que es lo que está mal, o por lo menos, la justificación de porqué es conveniente una cosa y no otra.

En segundo lugar, creo que hay una forma de plantear la filosofía que es atractiva, y es cuando la vinculas con los problemas de la vida misma, los problemas universales donde lo universal es aquello que se remite a cada ser humano y por eso nos interesa. Si la filosofía se trata como una cosa técnica muy especializada, con una jerga que no se comprende, eso ahuyenta a las personas.

Pero cuando se expresa de un modo más claro, que permite visualizar que toda esa jerga, todo ese mundo de conceptos, en realidad lo que quiere es comprender los problemas de la vida y de la existencia, cuando aparece esa forma de expresar si es atractiva, porque si vos tirás arriba de la mesa un asunto filosófico como la libertad, si el hombre es libre o está determinado u otros tipos de temas, es muy difícil que no se enganche la gente porque son cosas que son constitutivas del drama de vivir, porque la vida es drama y es maravillosa también, pero parte de toda una dramática que es esa inquietud permanente en el sentido de estar en movimiento, que es una exigencia que está constantemente. La filosofía activa esos elementos y la hace atractiva a la vez.

En el libro mencionas y desarrollás el concepto de normalidad ¿podrías explicar brevemente a qué nos referimos al hablar de normalidad y ser normal?

La normalidad tal como la entendemos, es un concepto que no existió siempre, sino que aparece a mediados del siglo XVIII y el primer concepto que aparece es el de anormalidad. Primero aparece lo anormal como aquellas cuestiones que cuando los científicos de ciencias naturales observaban que habian desviaciones en las mediciones, llamaban a ese algo como anormal. Anormal viene de anormos, lo que se va de la norma. Lo normal es lo que no es anormal, es decir, lo normal no aparece por sí mismo, sino que primero aparece el concepto de anormalidad y luego el de normalidad. Esto es algo importante, porque lo normal siempre es algo difuso, algo que no se ve, incluso en el propio inicio del concepto, lo normal es algo que es el residuo de lo raro que es lo que llama la atención.

En el libro explico todo el trayecto, y el concepto de normalidad se enriquece también por los desarrollos estadísticos del siglo XIX, donde hay una función de distribución normal, sino que también se le da un cuerpo más matemático a la cuestión y empieza a ser medible en función de lo que está dentro de un parámetro de estándar, y lo que se va del estándar. Quetelet, que es un autor que menciono en el libro, lleva eso al extremo de hablar del hombre medio y señalar cuales son las características del hombre perfectamente promedio, al punto de que pensaba que lo promedio era lo bueno también.

El segundo punto es que el concepto de normalidad, que sirve más o menos para determinar las características de la mayoría, tanto física como de conductas, tiene una cosa rara y es que, a la par de que esta una mayoría estadística, al mismo tiempo tiene también algún elemento normativo que se confunde, parece que lo mayoritario sea también lo que es bueno, lo normal como lo estandar y tambien lo normal sería que lo establece la norma.

Lo que sucedió con el concepto de normalidad es que conforme avanza el tiempo, se empieza a aplicar cada vez más para características humanas y una serie de elementos, y se empieza a pensar que lo normal es lo bueno y lo anormal lo desviado, lo negativo, lo que se iba de lo estándar, una podía tener una deformidad y eso era visto como algo negativo, porque se iba de lo estandard. Lo que sucede actualmente es algo interesante, porque se invierten esos términos, lo normal pasa a ser ahora lo negativo y lo anormal como lo positivo.

Cuando hablamos de lo normal, de lo promedio, de lo estándar, pensamos en algo que se va de lo raro, de lo negativo, pero también lo normal, se va de lo excelente. Por ejemplo, alguien que tenga una belleza normal es alguien del montón, pero alguien que puede ser extraordinariamente bello pasa a ser anormal también, es decir, la anormalidad también es buena.

Entonces, empieza a haber todo un movimiento que a la par de corrientes que demonizan a las personas anormales, también se empieza a demonizar a las personas normales, porque se empieza a pensar que la sociedad no avanza o tiene determinados problemas porque el grueso, el hombre común, el hombre normal, es el que tira para abajo y no permite que las personas con mayores capacidades puedan guiar a la sociedad. Esto aparece en el siglo XX con una serie de autores que yo menciono, y que también generan algo negativo, es decir, así como se ha discriminado a las minorías, también pasa a la inversa, se discrimina a las mayorías, se discrimina a una persona por ser común y corriente, se discrimina por ser normal, porque se entiende que el normal es aquel que oprime a la minoría.

Si bien el criterio de normalidad es fundamental para orientarnos socialmente y en la vida, tiene también esos peligros, porque a las personas las encasillan en normales y anormales, y todas pueden ser objetos de discriminacion, no solo las que pertenecen a una minoría, sino también las que pertenecen a una mayoría. 

Te cambio de tema ¿cómo percibís el relacionamiento del mundo académico de la filosofía y el de la divulgación?

En primer lugar, me gustaría romper con esa dicotomía entre la academia y la divulgación, porque da a entender que hay una filosofía académica que sería la verdadera, y después la divulgación, que sería la filosofía para que la entienda la gente. Si lo entendemos así, hay una separación que viene desde principios del siglo XX, lo señala Arturo Ardao en “Filosofía del Uruguay”, que observa como la filosofía que había sido tan importante en los últimos 25 años del siglo XIX en las polémicas entre espiritualistas, positivistas, católicos, etc, todas esas contiendas que llevaban las concepciones filosóficas como formas argumentales en el debate político y en el debate público, advierte que la filosofía se empieza a replegar a las aulas.

Entonces, una vez que se repliega y que a partir de los años 40 y 50 la filosofía toma mucho del modelo de las ciencias sociales, empieza a ser mucho más técnica, se convierte en eso del paper, lo que yo considero la muerte de la filosofía, porque el paper es el reflexionar con un formato, decir las palabras claves, pensar en una conclusión que repita lo que dije anteriormente. Eso es la muerte del pensamiento libre. Entonces, cuando la filosofía empieza a replegarse a las aulas y tomar esos modelos de las ciencias sociales, cada vez se va formando o convirtiendo en una cosa más técnica y alejándose de la vida, y aparece ahí la necesidad de divulgar.

Creo que es un error considerar que hay una filosofía académica y una filosofía de divulgación, porque si bien hay una historia de la filosofía con especialistas en autores y corrientes, la filosofía tiene algo que es diferente a las otras disciplinas, y es que se dirige siempre al público por su calidad de ser humano nada más. Por ejemplo, un cirujano puede escribir un paper de técnicas de cirugías y su público va a ser los cirujanos, no van a ser los pacientes que se van a someter a las cirugías, sin embargo, si un filósofo escribe un trabajo, no escribe solamente para los filósofos, porque los temas que trata la filosofía, son tanto para el cirujano, como para el que se va a operar, porque habla de temas que nos atañen a todos en nuestra calidad de seres humanos.

En ese sentido, reivindico dos cosas que están a medio camino de esa cosa super técnica y la mera divulgación, que son el ensayo filosófico y la conferencia. El ensayo filosófico como expresión ensayística con modelos que van desde Ortega y Gasset a Carlos Vaz Ferreira, quienes se expresaban de un modo plano y la conferencia entendida como una forma de expresar las ideas de un modo que sea accesible al público, pero sin dejar de ser filosófico.

A propósito del debate que se está llevando a cabo sobre la transformación educativa en el marco curricular ¿cual es el protagonismo y el aporte de la filosofía para el mismo?

La transformación educativa implica la transformación curricular que está basada en competencias, en el sentido de habilidades, y en ese sentido, la filosofía es fundamental por varios motivos. En primer lugar porque es fundamental el pensamiento crítico y la filosofía viene ligada al pensamiento crítico, porque hay contenido filosófico y herramientas filosóficas para el pensamiento: herramientas de argumentación, herramientas de debate, herramientas que enriquecen al ser humano desde el punto de vista individual y también en su función pública, en su calidad de ciudadano, enriqueciendo a su vez, a la democracia.

La filosofía también, es una apertura a la creación de significado, y no solo de pensamiento crítico, sino también pensamiento creativo, por ejemplo, si tomo una copa, la copa es un útil que sirve para tomar agua o vino, pero si yo reflexiono esa copa, el significado de la copa se expande porque esa copa puede ser un objeto de arte, un cáliz, un objeto religioso, un proyectil, etc, es decir, la filosofía y las herramientas del pensamiento son fundamentales para expandir el horizonte del significado.

La vida cotidiana puede ser poco potente o muy potente, depende del significado que uno tenga. Es como cuando te parás frente a un cuadro, podes estar frente a la Mona Lisa y podés ver una señora con una sonrisa rara de belleza moderada, o si conoces de Leonardo da Vinci, de las técnicas utilizadas, del Renacimiento, vas a estar viendo lo mismo pero viendo muchísimo más. El hecho de tener herramientas para pensar es también potenciar las experiencias de la vida, enriquecer la vida cotidiana, porque al ver una copa o un cuadro, estás viendo mucho más, y la capacidad de interpretar y de significar del ser humano va ligada a la capacidad de enriquecer su propia experiencia de vida y eso va ligado también a la filosofía.

Lo filosófico es muy importante desde ese sentido aún cuando es un saber inútil, justamente la inutilidad de la filosofía es un valor, porque si la filosofía es inutil porque no sirve, ese no servir es no ser sierva de nada, no estar al servicio de nada, es una reflexión que no está ni para conseguir un trabajo ni para asesorar a nadie, y si es un saber inutil porque no tiene sentido, dirección o significado, justamente lo que permite es expandir y crear el significado.

La filosofía termina valiendo por muchas cosas, entre ellas porque es un saber inútil, porque para saberes útiles hay otros, pero este no. Lo filosófico es fundamental como elemento educativo y de enriquecimiento del ser humano.

Para finalizar ¿que se encontrará el lector y que aportes tendrá al leer este libro?

El libro está estructurado en cuatro capítulos, el primero de ellos habla de la conquista de lo cotidiano y de las inquietudes cotidianas particulares, donde hay algo fundamental que es que la cotidianeidad es un espacio que hay que reivindicar y conquistar.

Para hacer esa conquista es fundamental reivindicar el valor de lo cotidiano, reivindicar el espacio que ocupa, porque lo cotidiano entendido como aquello que es lo frecuente, lo que se repite, ocupa la mayor parte de la vida y tomarlo como algo secundario significa que nos tomamos como secundarios a nosotros mismos, porque los hitos, las cosas que nosotros recordamos son momentos puntuales; un casamiento, una fiesta, etc, pero la gran parte de la vida es lo cotidiano, es lo que queda omitido muchas veces porque es lo que no interesa, pero en realidad eso si interesa, porque eso es lo que sos vos.

Cuando vos entendes que eso cotidiano es el 80 o 90% de tu vida, como eso cotidiano son inquietudes pequeñas pero que necesitan sentido, el tomar conciencia de todos los discursos que intentan construir sentido desde lo que te pasa y el cómo posicionarse ante eso, es fundamental para poder tener herramientas.

En el segundo capítulo hablo de tres inquietudes cotidianas que son elementos constitutivos de la existencia, que son subsistir, orientarse e interpretar, las que son inquietudes que están permanentemente. Estas inquietudes que ocupan permanentemente energía y permanentemente debemos darles sentido, quedan omitidas muchas veces en la cotidianeidad, y sacar el uso de eso y todo lo que implica culturalmente desde el punto de vista de la vivencia, es a lo que está dedicado los últimos capítulos del libro.

Dato mata Relato

Dato mata Relato

Hablar sobre el pasado reciente en nuestro país, es de las aventuras más interesantes y atrapantes para quienes sentimos esa sana curiosidad del saber, pero a su vez, es frecuente toparse con las adversidades de los relatos que permean por cada una de las interpretaciones por parte de mercaderes de la palabra, traficantes de la verdad y falsos investigadores. Tamaña tarea resulta hacer frente a la montaña historiográfica que abunda sobre el tema, y sacar de ella elementos descontaminados de intereses individuales y colectivos, como una suerte de danza mortal, es menester esquivar cada una de las balas envenenadas que se dirigen hacia nosotros cargadas con una subjetividad propia de quien desea distorsionar los hechos y construir otra realidad, muchas veces más cinematográfica y mística para proyectarla en el imaginario colectivo como una suerte de odisea dantesca. 

En este marco de hechos y de puja por la verdad histórica, decenas de libros se han publicado con santos y pecadores, con teorías de un lado y del otro, con narradores novelescos y formadores de opinión que se han dedicado a interpretar los hechos recientes a partir de una gran imaginación literaria y muy poco rigor científico. Pero no escapa a quien suscribe, el pecado de generalizar al momento de hablar de estos tópicos, porque también es cierto, que no todas las publicaciones realizadas son antojadizas a los intereses de relativismo histórico y moral, los hay también, libros que se sustentan en hechos materializados en pruebas tangibles y documentados, prueba de ello, son los trabajos documentalistas del investigador y sociólogo Esteban Perroni “Amazonas 1440. 50 años después” y “Los audios del ocaso”

Ambos libros son una invitación a estar un poco más cerca de la verdad, alejados de las interpretaciones y las fantasías literarias de arlequines, donde los protagonistas son los documentos, pruebas que desmienten decenas de relatos. Dicho esto, sepa el lector que no es la intención hacer una reseña o un análisis sobre los mencionados trabajos, pero sí en cambio, reflexionar a propósito de la necesidad de la verdad, de llegar a consensos mínimos sobre el pasado reciente, de la mirada objetiva y analítica, de días que tiñeron de sangre nuestra historia. 

Sin ir más lejos, en “Los audios del ocaso”, Perroni presenta un total de 21 audios que nos ayuda a recorrer los días en torno al 14 de abril de 1972, el día más trágico y sangriento de la historia reciente con sus dos protagonistas: el Escuadrón de la Muerte “Comando Caza Tupamaros” y el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros. El libro es muy minucioso en cuanto a la descripción de los hechos, viviendo el minuto a minuto de esos días con las tensiones a flor de piel. Más interesante aún son las preguntas que plantea el libro, entre ellas ¿hubo una guerra en nuestro país entre 1968 y 1972?

A 50 años del 14 de abril de 1972, “Los audios del ocaso” aporta elementos imprescindibles para la lectura de los hechos ocurridos, desde un lugar dónde lo que importa son las pruebas y no los relatos. Perroni revoluciona con sus trabajos el género de investigación histórica cambiando las reglas de juego establecidas hasta el momento, primando los documentos a las interpretaciones, los datos a los relatos. Son estos, tiempos de memoria, tiempos de verdad y justicia. Tiempos donde dato mata relato, y el aporte de este tipo de trabajos serios y documentados, marcan la diferencia y el camino a seguir transitando, por verdad, memoria y justicia.

Fantoches y Mezquinos

Fantoches y Mezquinos

Algún tiempo atrás, John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos entre 1961 y 1963, afirmaba lo siguiente: “Todas las madres quieren que sus hijos crezcan y se hagan presidentes, pero no quieren que mientras tanto se conviertan en políticos”. De estas palabras podemos interpretar un sentir que cada vez se pronuncia con más firmeza en nuestro tiempo presente, que es el del rechazo de la sociedad hacia el político, un rechazo hacia lo que representa ese ser determinado muchas veces, por los malos ejemplos y los peores representantes. 

Es cierto que la política como tal, es una actividad del hombre por naturaleza, que constituye al ser humano como tal en comunidad y que ésta, sirve como medio para canalizar las inquietudes ciudadanas y para transformar la realidad en la que vivimos, procurando siempre, combatir las desigualdades sociales que nos aquejan. 

Una vez dicho esto, cabe señalar y detenernos en lo que podríamos llamar “el desvío de la naturaleza política” o también quizás, “la profanación de la herramienta social”. Con el primer término me refiero a la uso desmedido de la política que excluye de sobremanera el fin primero y último de esta, el de transformar la realidad y disminuir las desigualdad, siendo utilizada por contraparte, para alimentar egos desmedidos y embriagarse con la sed de poder, un poder que muchas veces por no decir todas, es ilusorio, líquido e intangible. Con el segundo término me refiero a la vulgarización de esa herramienta que me atrevo a llamar como sagrada en el marco del poder de transformación que connota intrínsecamente, es decir, la exposición y el manoseo de esa idea de política por parte de “representantes” sin escrúpulos, sin formación y sin siquiera un manojo de códigos éticos y morales. En resumidas cuentas, el acceso a la política de maquiavelos, mentirosos, ignorantes e inmorales.

“Sé prudente. Lo mejor en todo es escoger la ocasión” decía Hesíodo, uno de los grandes poetas de la antigüedad, donde cada ocasión es una oportunidad, una de acción o inacción, un momento en el tiempo que puede valer en el destino de las demás personas, de la “polis” como se denominaba en la antigua Grecia, pilar de la democracia y las libertades. La prudencia que era vista desde un sentido de excelencia en el desarrollo de la virtud de cada ciudadano implicaba el ser mejores personas, ser mejores ciudadanos, y obviamente, en cada decisión tomada bajo la luz de la prudencia, pensar en lo mejor para la polis, para la comunidad.


Y si de oportunidades hablamos, en el sentido de la expresión de la esencia de la política, el reciente caso del voto del préstamo del BID, es por excelencia un caso fortuito de señalar. Al referirme a fortuito no lo hago en calidad del resultado del mismo, sino desde el lugar de la oportunidad que tuvieron quienes se arrogan el título de “representantes” de pensar en la comunidad, de actuar en consecuencia de esos discursos grandilocuentes por el que se rasgan las vestiduras cada vez que tienen una cámara delante o cada vez que envían un Tweet, pero como bien sabemos, eso no fue lo que sucedido, sino que por el contrario, primaron los deseos egoístas de trapecistas de ocasión, disfrazando de argumentos contradictorios y de falacias, la paupérrima “jugada política”, decidiendo a sabiendas, condenar a 200 mil montevideanos, a la privación del acceso al saneamiento. Es muy fácil desde un lugar de confort y de necesidades resueltas, jugar a la política utilizando como botín electoral el futuro de los ciudadanos, secuestrando de 200 mil montevideanos el acceso a la dignidad humana y a la tan proclamada y manoseada “justicia social”. ¿Acaso fue este hecho lo que se festejó al término de la votación? Definitivamente vivimos en términos políticos, tiempos oscuros e inmorales, con un “desvío de la naturaleza política” y la “profanación de la herramienta social” por parte de fantoches y mezquinos.