Nuestras Pesadillas (XXIV)

Nuestras Pesadillas (XXIV)

La idea que los tupamaros fueron los “hijos rebeldes” del Uruguay del Luis Batlle no es, en lo absoluto, novedosa. El politólogo Francisco Panizza en su obra “Uruguay: Batllismo y después” (1990) lo esboza en cierta medida.

El problema de fondo no es que fueron “hijos rebeldes” que dieron un portazo y buscaron su propio camino. Sino que se abocaron con ahínco a demoler la casa paterna por medio de la violencia.

El profesor Carlos Demasi en su libro “El Uruguay en transición” (2022) advierte que a principios de los ochenta hubo una reivindicación de la figura y del tiempo de Luis Batlle. Algo llamativo, porque en las décadas anteriores se le había hecho responsable de la derrota histórica del Partido Colorado en 1958 por su incapacidad para resolver la crisis.

Este es un tema muy interesante: en el año 1982- tiempo de dictadura -apareció el clásico libro del profesor Germán D’Elía “El Uruguay Neobatllista”. El prefijo “neo” ya lo usaban los colorados independientes en la década del cuarenta y más tarde, en los años cincuenta, los socialistas también hicieron varias menciones al neobatllismo. En ambos casos la palabra “neobatllismo” tenía connotaciones muy negativas. Pero D’ Elía le dio un giro positivo – más allá de las críticas que formula a la acción de Luis Batlle Berres- reivindicando el auge de las libertades en ese tiempo. D’Elia había sido miembro del Partido Socialista en esa época y obviamente, su mala opinión de entonces estaba matizada. Luis Batlle Berres ya no era un demagogo irresponsable que improvisaba en cuestiones económicas sin respaldo de los técnicos. En su libro surge como un líder democrático genuinamente popular que, acaso, no comprendió los orígenes de la crisis que se abatió sobre el país.

En uno de sus muchos escritos Eleuterio Fernández Huidobro comienza en el instante del partido Uruguay- Hungría, el 30 de junio de 1954, que la pelota de Juan Alberto Schiaffino queda detenida en el barro. Estaban empatando dos a dos y faltaba un minuto para terminar el partido que finalmente – en el alargue- Uruguay terminó perdiendo. Esto tiene un valor simbólico formidable. Acaso, inconscientemente, Fernández Huidobro, observara ese momento futbolístico como el fin inexorable de una época. Uruguay perdía el título de Campeón del Mundo, terminaba la Guerra Corea y comenzaba la crisis.

Hay otro aspecto importante a tener en cuenta. Un tema recurrente en los discursos de Luis Batlle fue su convicción que Uruguay era un país de excepción. Una suerte de “isla” de paz, democracia y bienestar en un mundo convulsionado. Este discurso tenía una base real: los años inmediatos de la posguerra 1946-1950 el grado devastación fue tal que hacía inimaginable una rápida recuperación de Europa. Podían pasar décadas antes de que se lograse. Durante mucho tiempo íbamos a seguir vendiendo carne, cueros y lanas. La prosperidad estaba asegurada.

Los uruguayos de aquellos años podían sentir sincero orgullo de vivir en el país. La gesta de Maracaná simboliza ese optimismo. Pero, ¿esta forma de pensar no refleja, al mismo tiempo, un conservadurismo, un inmovilismo que no permitió una reacción a tiempo ante los cambios que se avecinaron? ¿No estamos ante un espíritu aldeano que se negó a modificar el rumbo?

La narrativa tupamara de la época – no me refiero al “relato oficial” que se elaboró después- buscó desmontar la idea batlleberrista del Uruguay como país de excepción. Para los tupamaros lo que existía era un régimen de dominación de clase con una máscara democrática. La violencia crearía conciencia de esta realidad.

Pero, ¿qué diablos es en definitiva “la realidad”?

Nuestras Pesadillas (XXIII)

Nuestras Pesadillas (XXIII)

A raíz de mi frase “el crecimiento de los tupamaros en 1968-1969 se debe, fundamentalmente, a la incorporación de grupos juveniles universitarios de clase media y media alta”, provocó un comentario irónico de Javier E. Bonilla que si bien no comparto la forma, el fondo del asunto es incuestionable.

Porque si en 1963 los habitantes de los cantegriles, de los pueblos de ratas del interior o bien, los asalariados explotados del interior profundo hubiesen sido los que tomaron los fierros, la explicación – acaso- sería más simple. Pero no fue así.

Un colega historiador de otro país latinoamericano me comentó una vez: “Uruguay es un país raro. Los hijos de los ricos se alzaron en armas contra un gobierno legítimo apoyado por los pobres…” Recuerdo que lancé una carcajada. Hoy no me causa tanta gracia. ¿Podemos dar una explicación a esta realidad?

Alguien me podría decir: “Compañero, la pólvora ya fue inventada. Los sectores más lúcidos de la sociedad uruguaya con su acción armada intentaron arrastrar a los sectores explotados menos concientizados”.

Pero…¿es solamente un tema ideológico?

En lo personal me arriesgaría a una explicación más compleja. A mi entender debemos regresar a las sombras del Uruguay Neobatllista. (No comparto la utilización del prefijo “neo” para ese tiempo histórico, pero es un tema aparte). Entre 1947-1955 el modelo de “sustitución de importaciones” vivió su apogeo. Es un país ciertamente igualitario, con libertades civiles y políticas muy extendidas, diferenciado del resto de América Latina.

Sin embargo, el dirigismo económico impedía el riesgo y la innovación empresarial, abundaba el clientelismo y el Estado era onmipresente. El Uruguay de la 15 aún preservaba sus principales características de principios de siglo: la contención y castigo de los impulsos sexuales, junto con otros apetitos primarios, la mesura en la mesa, la circunspección en el porte, el control de la palabra (el tuteo como algo excepcional, aún entre las amistades). Los valores patriarcales continuaban prevaleciendo en las familias. Existía un talante conservador, casi pacato, donde la mujer ocupaba el papel de la reina del hogar –frágil y dependiente – hacendosa, buena esposa y madre, formada por los valores de la disciplina y el ahorro, como los indicaban los textos escolares y se enseñaba en el aula. Que una mujer fumara o se sentara sola en la mesa de un bar resultaba escandaloso. Recordemos que Luis Batlle Berres, a diferencia de su tío, no desafió moralmente a la sociedad de su época.

Ahora bien. La crisis económica del Uruguay implicó también una crisis de valores. Muy en especial, porque tras la recuperación de Europa (gracias al Plan Marshall) el capitalismo mundial sufrió una expansión sin precedentes. Hay varias generaciones de uruguayos que en los años 60-70 emigraron a EE.UU., Australia y Canadá. No sólo porque podían ascender más rápido socialmente usando sus talentos y habilidades, sino también pasaban a ser parte de mercados con bienes y servicios más variados y con mayor calidad técnica.

Además en esas sociedades se sentían más libres. No me refiero a las libertades políticas. Eran más libres de vestirse como quisieran, de vivir su sexualidad más plenamente sin culpa alguna y no estar pendientes del “qué dirán” o el temor al ridículo.

El Uruguay de la crisis, de la permanente inflación, el atraso endémico y moralmente conservador, ¿es el “País de la cola de paja” que describió Benedetti o el “País del miedo” que analizó Santicaten?

Desgraciadamente, por motivos que no abundaré, el batllismo no pudo o no supo conjurar la crisis y su derrota en 1958, fue un revulsivo político.

Es probable que muchos jóvenes de clase media y alta, con buena formación intelectual, sintieran una intensa frustración. Una frustración casi existencial. No pasaban hambre, tenían amplias comodidades y acceso a niveles de educación terciaria, pero en la sociedad uruguaya inmóvil, decadente y gris, no podían cumplir sus expectativas.

En un reportaje Ricardo Zabalza se refiere a la hipocresía que observaba en el mundo adulto de ese entonces. Curiosamente, o no tanto, Benedetti y Santicaten hacen referencia a ese rasgo de los uruguayos, al igual que la pusilanimidad y la falta de coraje.

Obviamente, la Revolución Cubana fue el faro de aquellos jóvenes.. Después el “Che” Guevara e incluso, el Mayo francés. Pero el caldo de cultivo estaba dentro del propio país. Como las pesadillas que nos atormentan.

Los tupamaros pintarían aquel Uruguay gris, con el rojo de la sangre.

Nuestras Pesadillas (XXII)

Nuestras Pesadillas (XXII)

¿Cuánto apoyo tuvieron los tupamaros de la población uruguaya? Esta pregunta ha sido formulada muchas veces en el ámbito académico y creo – repito, creo – que aún no existe consenso.

Una afirmación bastante difundida es que mientras actuaron como los “Robin Hood” contaron con una amplía simpatía, que se esfumó cuando asesinan a Dan Mitrione el 10 de agosto de 1970.

No he compartido esta opinión porque, a esa fecha, los tupamaros ya habían abatido a diez policías, al coleccionista de armas Rafael Guidet y los sucesos de Pando, el 8 de octubre de 1969, cobraron una víctima inocente, Carlos Burgueño. O sea que no me resulta claro que entre 1963-1970 los tupamaros hubiesen desplegado una suerte de “violencia simpática”, casi sin sangre y con costos mínimos.

Después de todo se trató de una organización armada que intentó, mediante el arrojo y el heroísmo, despertar la conciencia revolucionaria del pueblo y así derrocar al régimen de explotación capitalista que se escondía tras la fachada democrática. Incluso tengo la impresión que primero fue la práctica y después vino la formulación teórica. Si algo deseaban los tupamaros era desvincularse de las bizantinas polémicas ideológicas de la izquierda.

Al margen de ello, ¿qué respaldo tuvieron? En su discurso público siempre están presentes los uruguayos que soportaban situaciones de injusticia extrema, los marginados y olvidados. Pero, aquellos sectores más golpeados por la larga situación de estancamiento económico que sufría el país, ¿estaban dispuestos a embarcarse en una insurrección armada? Observemos este problema desde otro ángulo: ¿la lucha armada era la única opción viable en aquel Uruguay? Y este no es un tema menor, porque la historia de las revoluciones exitosas demuestra que previamente se habían cerrado todos los caminos de una salida legal y pacífica para los cambios.

Es interesante observar que el crecimiento de los tupamaros en 1968-1969 se debe, fundamentalmente, a la incorporación de grupos juveniles universitarios de clase media y media alta. No eran precisamente los marginados del sistema. Tampoco parece muy profunda su inserción en la clase obrera organizada y mucho menos que sus acciones estuvieran coordinadas con la CNT. Por ejemplo, cuando secuestraron a Gaetano Pellegrini Giampietro el 10 de setiembre de 1969, en apoyo a la huelga banca privada, un fuerte nerviosismo se apoderó de los dirigentes de AEBU. Estaban soportando una militarización y temieron que el gobierno pensara que había sido idea suya, con las consecuencias que eso aparejería.

No quiero dar una respuesta definitiva a la pregunta que formulé. Me parece mucho más importante plantear el problema porque estamos obligados a comprender el alcance real del fenómeno tupamaro.

Porque, como las pesadillas, son criaturas nuestras.

Nuestras Pesadillas (XXI)

Nuestras Pesadillas (XXI)

Durante los días siguientes al secuestro de Ulyses Pereira Reverbel, la ola de violencia en las calles creció. El 9 de agosto, Pacheco afirmó en el Consejo de Ministros poseer informes de los ministerios de Interior y Defensa sobre la existencia en el ámbito universitario de material destinado “a la agresión contra la vida y los bienes de las personas”. Por eso entendía que se debía pedir la destitución de las autoridades universitarias, por ser omisas. El Consejo de Ministros aprobó por unanimidad las expresiones de Pacheco y pidió al Senado la venia para destituir a los miembros del Consejo Directivo Central de la Universidad.

La respuesta universitaria no tardó en llegar. Al día siguiente desvinculó de sus cuadros docentes a Héctor Giorgi, Jiménez de Aréchaga y Peirano Facio, por considerar incompatibles el ejercicio de la docencia con su calidad de miembros del Poder Ejecutivo. El Claustro General Universitario aprobó la declaración y respaldó la actuación de las autoridades de la Universidad. Mientras se sucedían choques entre estudiantes, obreros metalúrgicos y del Frigorífico Nacional con la policía –hubo corridas, cargas de caballos, vidrieras rotas, gases lacrimógenos, disparos con armas de fuego–, Pereyra Reverbel fue liberado, bajo los efectos de drogas soporíferas, sano y salvo.

Pero, el 12 de agosto, frente a la Facultad de Veterinaria, fue herido grave- mente el estudiante de Odontología y militante comunista Líber Arce. Pese a los denodados esfuerzos médicos por salvarle la vida, falleció dos días más tarde. Un manto de dolor cubrió la sociedad y su funeral fue multitudinario.

El 2 de setiembre, Pacheco le habló nuevamente a la ciudadanía por cadena de radio y televisión. Se mostró enérgico y decidido. Afirmó que actuaría “sin vacilaciones, con toda la fuerza y los recursos del poder constitucional” para enfrentar a la “acción disolvente de agentes de ideas foráneas”. Las muertes de estudiantes continuaron. El día 20 del mismo mes, frente a la Universidad de la República, murieron alcanzados por ráfagas de perdigones, Susana Pintos, estudiante de UTU y Hugo de los Santos, de Economía. (Susana Pintos se había afiliado hacía poco a la Unión de Juventudes Comunistas bajo el impacto de la muerte de Líber Arce)

En este clima de aguda polarización, según diría Fernández Huidobro “la gente golpeaba las puertas para entrar el MLN”. Y es aquí donde surge un dato tan paradojal como inquietante: los tupamaros comenzaron a crecer en momentos que se había logrado una estabilidad económica y que Pacheco lograba capitalizar un importante respaldo ciudadano. Es más: su política de “mano dura” generaba adhesiones en una parte considerable de población que sufría una alteración constante de su vida cotidiana por los permanentes disturbios callejeros y anhelaba volver a la normalidad. Los tupamaros no enfrentaban a un presidente impopular sumido en una crisis económica. En 1968 Uruguay no estaba en una situación pre-revolucionaria. El Estado no se encontraba en una fase de disolución y las fuerzas del orden no estaban sumidas en una corrupción generalizada y desmoralización (como el caso de la Guardia Nacional de Fulgencio Batista, para citar un ejemplo)

Pero hay un problema. Este último razonamiento no explica por qué los tupamaros se fortalecieron en 1968.

Mi opinión como historiador: muchos jóvenes de izquierda consideraron que la política pachequista hacía caer las máscaras democráticas y dejaba al desnudo la verdadera naturaleza del régimen. Un sistema de explotación. Los hombres de negocios que ocupaban ministerios claves representaban a la oligarquía y no dudaban en usar los mecanismos represivos para acallar las protestas. Uruguay, la Suiza de América, se estaba “latinoamericanizando”, para usar un termino de la época..

Estos jóvenes tenían el ejemplo del “Che” y aún aquellos que provenían de familias católicas – pienso en el caso concreto de Jorge Salerno – miraron con admiración la figura del cura guerrillero Camilo Torres. Ni la Iglesia escapó de la mística revolucionaria.

¿Las ideas fueron más poderosas que la realidad? ¿O la razón tuvo poco o nada que ver con esas decisiones juveniles de “tomar los fierros”, sino que se trató de una cuestión emocional…?

Nuestras Pesadillas (XX)

Nuestras Pesadillas (XX)

Pese a los muchos libros que he leído sobre los tupamaros admito no tener claro que deliberaciones internas tuvieron, en junio-julio de 1968, sobre la situación de Uruguay. Puedo conjeturar que observaron atentamente la intensa movilización estudiantil y la represión que se abatió sobre ella.

No hay que olvidar que los estudiantes comenzaron reclamando por el boleto pero, con la incorporación de la FEUU a la lucha en las calles, ahora exigían – entre otras cosas- la ruptura con el FMI y un cambio en la política económica. Después se le sumó la CNT.

Acaso una de las afirmaciones más sinceras que hizo Fernández Huidobro fue que, a principios de agosto de 1968, los tupamaros temieron perder el tren de la revolución. Ahí estaban los estudiantes en las calles – muchos de ellos fascinados por el martirologio del “Che” Guevara – los trabajadores públicos militarizados, las corridas y pedreas, la represión… ahí estaba – según sus ojos – ese fermento de una rebeldía que contrastaba con esa pusilanimidad uruguaya que tanto criticaban los intelectuales de izquierda. Había llegado la hora de actuar. Más aún cuando la Conferencia de la OLAS dejó en claro la posición de Cuba sobre la lucha armada.

Así se gestó, la “Operación Pajarito”, el primer secuestro de Ulyses Pereira Reverbel, presidente de UTE, amigo íntimo de Pacheco y un decidido partidario de la “línea dura”.

Junto con Gustavo Trullen conversamos extensamente, en dos oportunidades, con Pereira Reverbel. Su pensamiento político – una filosofía sobre el principio de autoridad – tenía dos aspectos: el primero, la democracia era ante todo el gobierno de una mayoría legítima, que tenía todo el derecho a implementar sus políticas cualquiera fueran y las minorías debían acatar. Pero había otro elemento más profundo e interesante: Pereira Reverbel consideraba que las movilizaciones obrero-estudiantiles de aquellos años eran “mucho ruido y pocas nueces”. En otras palabras: eran organizadas por grupos minoritarios y urbanos muy ideologizados y adiestrados, pero no representaban el verdadero sentir ciudadano. Existía – opinaba con mucha convicción – una “mayoría silenciosa” que apoyaba a Pacheco, tanto en Montevideo como en el interior y ni que hablar en el interior profundo. Los uruguayos, mayoritariamente, no buscaban la revolución, querían vivir en paz. Por estos motivos justificaba la política pachequista de imponer el orden sin titubeos.

Lo cierto es que una vez que se produjo el secuestro del presidente de UTE, el 7 de agosto de 1968, el gobierno quedó desconcertado y en los días siguientes pareció estar dando palos de ciego.

El Ministerio del Interior reaccionó prohibiendo un acto en el Palacio Peñarol donde hablarían Michelini, Terra y Arismendi, entre otras figuras opositoras. Al mismo tiempo, la policía allanó la Universidad de la República y varias facultades. Esto provocó que se reavivara el enfrentamiento entre el gobierno y los gremios estudiantiles.

La violencia, entonces, recrudeció.

PD: Se ha sostenido que el término “Pajarito” con que los tupamaros bautizaron esa operación de secuestro tiene un tufillo homófobo. Si es así, es bueno recordar que en aquel tiempo la sociedad uruguaya en su conjunto – como casi en el resto del mundo – no tenía ninguna tolerancia con las opciones sexuales de las personas. Y en Cuba, aquel faro revolucionario, mejor no hablemos.