Por algo había que empezar

Por algo había que empezar

Martes 15 de junio, Cámara de Senadores.

Carmen Sanguinetti toma la palabra después del final del intermedio. Lleva puesta una camisa con flores de colores. Gesticula con las manos para resaltar las ideas más importantes. El orden del día: evaluación de las normas relativas al empoderamiento del diagnóstico prenatal y postnatal del síndrome de Down. Para ella no es una jornada más. Con los ojos desbordados de emoción, se refiere a la génesis de un proyecto que carga con los aportes de todas las organizaciones de la sociedad civil uruguaya que trabajan con la temática.

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La primera vez que escuché sobre el proyecto íbamos rumbo a Flores por la ruta 3. Por el espejo retrovisor podía ver a Carmen sentada en una posición de yoga sobre el asiento del auto. A los costados de sus rodillas, tenía apiladas un montón de carpetas y manojos de fotocopias separadas por marcadores de colores. Eran sus primeros días como senadora. Quería entregar el proyecto de ley sobre teletrabajo antes de mediados de 2020. Ella leía y subrayaba. Aprovechaba las dos horas de viaje para trabajar. Cada tanto nos preguntaba información sobre el departamento al que nos dirigíamos. Anotaba las respuestas en una libretita con apuntes para el discurso que iba a dar en unas horas. “Además del teletrabajo, mi meta para este año es organizar un conversatorio para hablar sobre la inserción laboral de liberados. Quiero que participen todos los partidos políticos y las organizaciones civiles. El año que viene voy a trabajar en el proyecto al que le dediqué los últimos seis años de mi vida: el diagnóstico del síndrome de Down”, nos decía. Carmen enganchaba temas. Trataba de abordar varios frentes a la vez. Hablaba con velocidad y escribía aún más ligero. Quería ir más rápido que el tiempo. Cinco años no parecían suficientes.

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La exposición de la senadora Sanguinetti empieza con una síntesis científica sobre el síndrome de Down. Es una condición cromosómica natural. Afecta a uno de cada 700 niños nacidos en el mundo. Las personas con síndrome de Down tienen tres copias del cromosoma 21. Por eso se le llama trisomía 21. No se sabe el porqué de esta alteración. No hay forma de prevenirlo. Rápidamente se centra en el diagnóstico. El proyecto de ley pretende subsanar la asimetría en la relación entre el paciente y su médico; una relación enmarcada en un sistema que asume la interrupción del embarazo en casos de síndrome de Down. El objetivo es acortar una brecha de desigualdad de poder. “La forma, el tono, el lenguaje verbal y no verbal son decisivos en la forma en que los padres procesan esa noticia. El diagnóstico, de alguna manera, representa el primer contacto de ese bebé, feto o recién nacido con el mundo exterior”, dice. Las madres y los padres están parados sobre una encrucijada y el diagnóstico, muchas veces, es dado por un profesional nutrido por el paradigma de la segregación. Esto no quiere decir que el mensaje se dé de esa manera conscientemente, sino que responde a una concepción generacional. El resultado: 9 de cada 10 embarazos con diagnóstico de síndrome de Down son interrumpidos.  

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– ¿Vos sufriste una situación difícil en el diagnóstico? – le pregunté una vez que la visité en su casa.

– Lo que nos pasó a nosotros en la ecografía que medía la translucencia nucal de mi hija no me lo voy a olvidar jamás. La ecógrafa detectó que la medida estaba por encima del percentil 95. Aunque fue cuidadosa con las palabras, su lenguaje corporal fue de absoluto rechazo. Me dijo que saliera a comer un chocolate y que volviera en unos minutos. Volví al consultorio y ella estaba incómoda. Más que un diagnóstico parecía un pésame. Mi primera experiencia, ese primer contacto, fue muy duro – me respondió Carmen.

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Para la temática del síndrome de Down no hay demasiadas fuentes de financiamiento. Las investigaciones no abundan en el mundo. Algunos de los datos que vuelca la senadora Sanguinetti en el Senado son de una investigación de 2007, un año que nos queda lejos. Uruguay no es ajeno a esa realidad. Las sociedades están cambiando a altísimas velocidades y la calidad de vida de las personas con síndrome de Down no es igual a la de los tiempos de nuestros padres. Tenemos que ser dueños de información de calidad. Actualizada. Fresca. El artículo 4 del proyecto sirve para contrarrestar este déficit. El profesional de la salud deberá emitir un certificado que enviará al Ministerio de Salud Pública para fines estadísticos. Con esos datos se creará un registro de los nacimientos con síndrome de Down.

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– La enorme mayoría de los niños con síndrome de Down que llegan al mundo no tienen el recibimiento que merecen. Son llorados. Velados. Y es normal, porque hay que hacer el duelo por el hijo que no vino, un hijo diferente al que terminó viniendo. Yo siento que como humanidad debemos evolucionar. A Isa la celebré cuando cumplió un año. Me veo en las fotos de ese festejo y estoy distinta. Sonrío. Isa está feliz. Pude dejar atrás un primer año inundado por médicos y estudios. La celebré a ella – reflexiona Carmen.

– “Isa está feliz” me recuerda al estudio que me mostraste. En el que le preguntaban a personas con síndrome de Down si eran felices y el 99 % había dicho que sí – dije.

– Si, el índice de felicidad es mucho más alto – me respondió.

– Las grandes cuestiones filosóficas son el sentido de la vida, prepararse para la muerte y la búsqueda de la felicidad. Por lo tanto y, en ese caso, tendrían saldada una de ellas. Eso no es poca cosa. No es sencillo ser feliz – dije.

– No, no es. Te cuento una cosa. En una actividad le hice una entrevista a un adulto con síndrome de Down. Yo le pregunté: ¿qué te hace feliz? Él me miró y me dijo: “todo, Carmen”. No me olvido más. El tono. La expresión. La espontaneidad. Era la respuesta obvia a una pregunta aún más obvia. En ese momento, Isa era chiquita y yo seguía remándola. Los meses siguientes, cuando me caía por algo, me acordaba del “todo, Carmen”. ¿Quién tiene que aprender de quién? ¿No?

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La senadora Sanguinetti lee los ocho artículos de la ley. Para finalizar, cuenta que le han preguntado por qué abordaba solo esa condición. “Por algo había que empezar”, dice. Está convencida de que, a través de este proyecto, estamos dando un paso más a la humanización de la salud. Tiene la convicción de que deberían seguirle todas las otras. Agradece y apaga el micrófono.

Luego exponen Carmen Asiaín (PN), Liliam Kechichián (FA), Gloria Rodríguez (PN), Raúl Lozano (CA), Graciela Bianchi (PN), Amanda Della Ventura (FA) y, por último, Sandra Lazo (FA) para justificar el voto. Sanguinetti, Asiaín y Kechichián son madre, hermana y abuela de personas con síndrome de Down. En sus historias hay similitudes, como las hay en el resto de los discursos. Se repiten las palabras amor, derechos, sensibilidad, objetividad para decidir, información de calidad, importancia de conocer realidades distantes a la oscuridad, desafío, inclusión, cambiar los paradigmas, humanizar. En la hora que dura la votación, poco importan los diferentes partidos políticos. Poco importa la izquierda. Poco importa la derecha. Poco importa la diferencia entre los que proponen la propiedad estatal de los medios de producción con los que sostienen la absoluta libertad de mercado. Hay comunión. En la arena donde habitualmente se discute, se debate y se interpela, hay unidad. Lo importante logra arrebatarle un lugar a lo urgente. Se escucha. Hay consenso para darle una voz a los que no la tienen. Se apoya. No se propone cambiar ni una coma del proyecto original. Un nivel de acuerdo pocas veces visto.

“Por afirmativa sírvase en expresar”, dice la vicepresidenta Beatriz Argimón. Las veintiocho manos de los veintiocho senadores presentes quedan extendidas en el aire. Unanimidad. En el senado se respira un aire distinto. La vicepresidenta cierra la votación diciendo que jornadas como la recién vivida hacen mucho bien.

Mare of Easttown

Mare of Easttown

El viejo refrán “pueblo chico infierno grande” se remonta a los años cincuenta con Peyton Place, una novela acerca de la sexualidad, el racismo, el odio de clase, el incesto, la corrupción del poder religioso y los secretos de los habitantes de un pequeño pueblo. El libro revolucionó a la sociedad estadounidense y el género se volvió recurrente siendo Knockemstiff y El diablo a todas horas (adaptada por Netflix en 2020) del escritor Donald Ray Pollock sus mejores representante en la actualidad.

El 18 de abril HBO estrenó Mare of Easttown, un drama policial ambientado en un pueblo anodino en las afueras de Pennsylvania donde una detective sumergida en tragedias personales intenta resolver un homicidio. En un planteo tan trillado que hemos visto hasta el hartazgo en un sinfín de series y películas: ¿qué hace tan especial a Mare of Easttown?

HBO se hace fuerte cuando incursiona en el género detectivesco y no le pesan los clichés ni el bombardeo de lugares comunes. En True Detective (2014), protagonizada por los consagrados Matthew Mcconaughey y Woody Harrelson, la investigación de las pistas, los rastros de sangre, los homicidas y la ley conviven con Arthur Schopenhauer, Robert Chambers, Nietzsche y Lovecraft. El éxito de la serie se debe a la audacia de dejar la resolución del crimen en segundo plano y en su lugar, gravitar en las cuestiones filosóficas existenciales desde un punto de vista nihilista.

Mare of Easttown utiliza la misma estrategia, pero en lugar de reflexionar sobre la luz y la oscuridad, se centra en los dramas personales de su personaje principal. La gran responsable de que esto funcione es Kate Winslet (Titanic, ganadora del premio Oscar a mejor actriz por The Reader) que se despacha con una actuación descollante. En su juventud, Mare fue la heroína de la comunidad cuando acertó el tiro definitivo en un partido de basketball que llevó a su equipo a ganar el único trofeo que los pueblerinos han logrado levantar. Desde ese entonces, y al igual que el resto de los lugares alejados de las urbes norteamericanas, lo único que ha crecido han sido los prejuicios, la desconfianza y la ruina económica. Ahora, la deportista devenida en la única detective del pueblo, carga sobre sus hombros las frustraciones y la ira de una comunidad que no le perdona no haber resuelto la desaparición de una adolescente. Mare es huraña, agresiva y atormentada y su relación con el resto de la comunidad se da desde la coraza autoimpuesta del cinismo.

En el entramado de hijos con padres ausentes y matrimonios desordenados, la familia de Mare es la que se lleva la peor parte. El suicidio de su hijo mayor desencadena un serie de consecuencias como el divorcio de su esposo -que ahora vive al otro lado de la calle con su nueva pareja- el odio de su hija, la crianza de su nieto huérfano y la convivencia con su madre, uno de los mejores personajes de la serie que funciona como la voz crítica de su conciencia. La arquitectura de los personajes se va revelando a cuenta gotas y está tan bien lograda que nos compenetra a tal punto de olvidarnos del otro hilo argumental: el homicidio de una segunda adolescente.

El elenco se completa con Evan Peters (Quicksilver en la novedosa serie de Marvel Wandavision) como un detective novato, ajeno a Easttown, que es reclutado por la policía local para apoyar a Mare en el nuevo caso y nos recuerdan a la pareja de detectives de The Killing.

La serie fusiona la intriga del género ¿quién fue?, las características más emblemáticas de la novela negra y el suspenso con la dureza de la realidad, el duelo, la nostalgia, la tristeza y la compasión. La escritora argentina Mariana Enriquez dijo que la pandemia significó un in crescendo en el consumo de literatura, series y cine de horror y muerte en un afán de escapar de nuestra realidad contrastándola como una alternativa aún más devastadora. La nueva serie de HBO cumple con creces esa premisa.

La miniserie se emite los domingos a las 23:00 por HBO.

Entrevista a Daniel Mella

Entrevista a Daniel Mella

A los veinticuatro años, Daniel Mella llevaba tres novelas escritas: Pogo (1998), Derretimiento (1999) y Noviembre(2000). Luego de eso y en el medio del albor de su fama de prodigio, de escritor maldito y dueño de una prosa violenta y descarnada, desapareció de la escena literaria. Nadie supo más de él por más de diez años. Su resurgimiento se da en 2013 con la publicación de Lava, una serie de cuentos que ganó el Premio Bartolomé Hidalgo, otorgado anualmente por la Cámara Uruguaya del Libro.

El 2014 no fue un año más para Mella. La descarga eléctrica de una tormenta de verano se llevó la vida su hermano menor. Dos años después publica El hermano mayor (HUM, 2016) narrando las consecuencias familiares que tuvo esa muerte. El autor hurga en los recuerdos, en la desesperación y en la tristeza con crudeza y ternura. “Yo no quería llorar dos lágrimas iguales. Quería que cada lágrima valiera de algo”, dice en el libro que lo hizo volver a ganar el Premio Bartolomé Hidalgo (2017) y el Premio Nacional de Literatura (2018) y que fue publicado en Argentina, España y Reino Unido.

Mella sigue su aventura por la autoficción con Visiones para Emma (HUM, 2020) y debuta con una serie de poemas acompañada por un cuento en un libro doble publicado por la editorial Fardo.

Tus últimos libros son autorreferenciales. ¿Te sentís cómodo con la clasificación “autoficción tan usada en la actualidad literaria uruguaya?

Me siento cómodo sí. Lo tomo como un nombre que se le pone cuando alguien escribe basándose en episodios de su vida. No creo que haya algo así como una diferencia tan grande entre la autoficción y la autobiografía. Me parece que el que escribe de manera autobiográfica se encuentra necesariamente con la necesidad de ficcionar, voluntariamente o no, porque uno recuerda lo que desea, lo que puede, recortando de la realidad y del pasado las cosas que son útiles para el texto. Al ser consciente de que estás ficcionando se vuelve más interesante y más honesto. Me pregunto si habrá gente que, al escribir sobre su pasado, intentando ser absolutamente fiel a lo ocurrido, se habrán angustiado ante la posibilidad de ficcionar. La autoficción es aceptar esa necesidad, darte permiso y explotarlo porque tiene unas ventajas enormes. Sergio Blanco, en una de sus obras, mata a su padre y su padre está vivo. Podés llegar al punto de modificar tu historia, no levemente, pero de forma brutal y radical. Es donde empieza el juego más interesante de la autoficción.

De hecho, en El hermano mayor alterás la conformación de tu familia.

Sí, tal cual. Les cambio el sexo a mis hijas, dejo a un hermano afuera. En un momento dudé, porque era mi familia, pero estaba escribiendo un libro y en la escritura tiene que entrar lo que puede y lo que debe. El libro no tiene que conformarse a la realidad ni a nadie, tiene que conformarse a sí mismo.

¿Escribir El hermano mayor fue la manera que encontraste para atravesar el duelo por la muerte de tu hermano?

La escritura para mí siempre es una forma de procesar el duelo, no solo de la muerte, también de dolores de todo tipo, rupturas y separaciones. En este caso, yo sentía la urgencia de hacerlo. Venía escribiendo desde que el Seba murió. No de forma ficcional. Venía escribiendo sin parar para purgar sentimientos. En un momento se empezó a perfilar la historia y fue la manera de procesarlo, de seguir conversando con él, de no soltarlo. Fue una manera de ubicarme dentro del duelo de mi familia. También fue una manera de ordenar todo el caos interno que trajo, la muerte del Seba hizo saltar un montón de cosas de adentro mío. Yo no soy muy bueno pensando en abstracto ni elaborando mis sentimientos de una forma que no sea a través de la escritura.

En tu obra hay una exposición de tu intimidad y la de tus afectos. ¿Hasta dónde permitís que llegue? ¿Dónde está el límite? Si es que lo hay.

Sí, lo hay. Si el dato sobre mi familia, mis amigos o mío es absolutamente necesario para el libro, seguramente lo use. Por más doloroso, íntimo o vergonzoso que parezca. Si es necesario para el libro,la cuestión ética está salvada. Confío en que en el armado del libro se contempla lo ético y estético a la misma vez. El riesgo de escribir sobre uno mismo, sobre los dramas familiares y las personas cercanas es la existencia de la posibilidad de que te sientas tentado a incluir cosas con algún espíritu revanchista. Los sentimientos que se mueven en la familia son variados y siempre puede haber algún rencorcito como para meterle un palo a alguien. Ahí encuentro el límite. Me recuerda al cuento de Borge sen el que un hombre derriba a su enemigo y se arrodilla sobre su pecho para decapitarlo. El enemigo lo escupe en la cara. El hombre se incorpora y lo deja ir. El hecho quedó manchado por la rabia, por lo personal y eso le quitó la pureza. Si detectás que estás escribiendo para tomarte una represalia no solo es malo moralmente, sino que se va a notar y va a afectar la belleza y la integridad de un texto.

En El hermano mayor narrás las consecuencias de la muerte de tu hermano en tu familia. A priori, se esperaría un texto con un narrador desgarrado, desangrado en sus emociones. Algo emotivo o melancólico. Pero en el libro hay distancia. Frialdad. Humor. Una dureza emocional. Una exploración de las emociones irracionales que surgen con la muerte, como la culpa o los celos. ¿Por qué la elección de esa perspectiva?

A la hora de sentarme a escribir, tengo la necesidad de ser sorprendente. En parte escribir es sorprender. Si leés algo que no tiene ese efecto, no seguís leyendo. Siempre tiene que haber un sentimiento de lo inesperado, de lo distinto o de lo extraño. Eso busco yo en un libro.
En segundo lugar, me parece que mi manera de percibir las cosas es distinta. Distinta en el sentir o en cómo atravesar los momentos. Eso me ha hecho sentir culpable. Sobre todo en los primeros tiempos de la muerte de mi hermano. Para mí la muerte siempre había sido un hecho muy presente en mi vida. La posibilidad de la muerte siempre había estado ahí. Me desnorteaba ver que para muchos de mi familia no,  que siempre le habíamos tenido terror,  que siempre habíamos vivido confiados de que la muerte nunca nos iba a tocar. Era la muerte de un hermano y de un hijo. Duele perder a alguien, por más preparado que creas estar para la ocasión, pero putear a la tormenta o a la vida, tomarlo personalmente, considerarlo una injusticia, era un signo de locura. En un punto la distancia del narrador tiene que ver con el descubrimiento de que nos quedaba un montón de trabajo por hacer en cuanto a cómo nos estábamos parando, filosóficamente, frente a la muerte, a la vida y al resto de las cosas fundamentales de la existencia. La muerte del Seba nos dejó en evidencia. Esos sentimientos surgieron a partir de la escritura. En su momento, no tuve la actitud peleadora del narrador. La distancia también viene por el lado de que cuando te ponés a escribir sobre algo, te alejás de ese algo. Es un movimiento doble. Te alejás para acercarte, para verlo todo mejor. Por supuesto, mientras escribía me daba cuenta de que yo no tenía las cosas tan claras como creí en un primer momento. La culpa, la rabia y el dolor fueron llegando, pude empezar a admitirlas a medida que me adentraba en la historia que estaba contando

La muerte es una constante en tu obra. ¿Es la gran disparadora de la literatura?

La muerte es el  gran tema de la literatura. Sospecho que no escribiríamos si no nos fuéramos a morir. No habría necesidad. Escribir es conversar con los muertos. Aún antes de escribir, cuando empezás a leer, se entabla un diálogo con los muertos. No creo que haya un solo buen texto en el mundo en el que la muerte no gravite de forma fundamental. Tiene que estar presente de alguna forma, como lo está en la conversación que estamos teniendo. Las cosas son bellas porque la muerte está agazapada en ellas. Si la literatura quiere ser verdadera y poderosa tiene que incluir a la muerte. La muerte es la madre de la conciencia y a partir de ella nace la melancolía, la nostalgia, el miedo, la especulación. Logra que se intensifique el amor y el deseo.

En El hermano mayor dejás planteada una reflexión conceptual sobre la escritura que se profundiza en Visiones para Emma. ¿Vas a seguir explorando este tema en futuras publicaciones?

Es uno de los temas principales de lo que estoy escribiendo ahora. Al escribir Visiones para Emma, me di cuenta de que tenía la necesidad de contar mi vida a través de la relación con la escritura. El proceso empezó en El hermano mayor, siguió con Visiones para Emma y se cierra con lo que estoy escribiendo ahora. Por mucho tiempo mantuve una relación incómoda con ser escritor. Me costó asumirme como tal. No me sentía cómodo. De hecho, por diez años dejé de escribir, incluso más, después de esa desaparición escribí Lava y recién tres años después El hermano mayor. Pasaron los años y quise cambiar mi manera de vivir. Quería dejar de dar clases de inglés y dar talleres. Ahí me di cuenta de que podía conjugar las dos cosas que más amaba: enseñar y escribir. Y ahí, forzosamente, tuve que asumirme. Acepté el lugar definitorio de la escritura y surgió contar mi vida a partir de ese eje. Me estoy dando un gusto porque siempre sentí amor por los libros que tratan sobre la literatura. Abandoné la concepción pelotuda que tenía sobre el escritor que escribe sobre ser escritor. Me parecía algo muy masturbatorio. Ahora me parece una garantía de un buen proceso, de un proceso disfrutable.

Una vez le dijiste al dramaturgo Sergio Blanco que en los talleres de narrativa enseñabas lo que querías aprender. ¿Qué quiere aprender Daniel Mella?

Daniel quiere aprender a escribir. Aprender a escribir es también aprender a relacionarse con la escritura, aprender a estar en el mundo en relación con la escritura, no como algo constipado. Quiero que sea, dentro de todo, una experiencia gozosa. También me interesa aprender las reglas del juego en el que estamos metidos, en esto de estar vivos. Como hablábamos recién, parece que una de las reglas es que todos nos morimos, entonces, si vamos a estar vivos, cuando llegue la muerte, ¿vamos a estar renegando?, ¿no nos habíamos dado cuenta ya?, ¿vamos a estar jugando un juego todo el tiempo quejándonos de que existen reglas que ya sabíamos que existían? Eso me gustaría, tener un poco más claras cuáles son esas reglas, ir discerniendo cuáles son las reglas que gobiernan todo esto y dejar de andar resistiéndome y rebelándome al pedo.

“Yo no creía en los talleres (…) lo que más miedo me da es esa cuestión de ser lapidario”, se puede leer en una entrevista que te hizo El País. ¿Qué quiere decir miedo a ser lapidario y cómo vivís la responsabilidad de la enseñanza?

Yo siento que ocurre algo peligroso cuando estás en el lugar del alumno, del aprendiz, que es algo que me pasó a mí cuando era más guacho. Yo no iba a talleres, pero sí tenía amigos mayores que yo que eran escritores. Algunos mucho mayores. Elvio Gandolfo, Ricardo Henry, Gustavo Escanlar, yo los escuchaba hablar de literatura y tenían convicciones acerca de qué era escribir, qué significaba escribir bien, qué era escribir mal, qué se podía hacer, qué no se podía hacer y lo decían con una seguridad que yo, que estaba en un lugar de aprender, les creía, me lo tomaba como leyes. Durante un tiempo esas leyes gobernaron mi escritura. Lleva un montón de tiempo y de esfuerzo romper con esas leyes. Lo que busco, de alguna manera, es transmitirles a mis alumnos eso mismo, que no se tomen todas las cosas que les digo como leyes.Es inevitable que lo hagan durante un tiempo, pero por favor, espero que estén dispuestos a darse de bomba contra esa ley y romperla porque es justamente ahí donde va a estar la posibilidad de encontrar su propia voz, su propia vía, su propio camino. Si no, se van a estar privando de explorar eso porque creyeron lo que yo les dije.

En tus libros hay un desprendimiento con figuras importantes de tu vida: tus padres, la religión, la escritura, Levrero. ¿Puede ser que sea una forma de romper con esas leyes o reglas?

Claro, claro. Yo siento que en Visiones para Emma eso es más evidente. Todo ese mundo de las reglas y de los mandatos paternos, que se encarnan en esa figura del padre y de Levrero. Yo pensaba que para escribir había que ser así, como Levrero, esa imagen que yo tenía de él, escribir desde el inconsciente, en estado de trance, sin dejar que intervenga el intelecto, ser marginal, no buscar fama ni hacer carrera, toda una cuestión que está buena y que le servía a él, pero hay mil maneras de hacer las cosas, no todo tiene que ser así. Para mí esa es una de las tragedias o de las paradojas de convertirse en maestro de alguien. ¿Cómo hacés para guiar a alguien, para darle cierto tipo de conocimiento, cierto tipo de información y que aún así a esa persona le quede una puertita abierta para que su propia esencia supere o trascienda todo eso que vos le enseñaste?

La editorial Fardo te citó diciendo que el libro era de las mejores invenciones de la humanidad. ¿Por qué te parece que eso es así?

El libro es un buen lugar para ir a buscarse. Cuando solo tenés la realidad para encontrarte, o para buscarte, es un problema. Cuando podés ir a los libros y ahí experimentar lo que son otras vidas, otras posibilidades, experimentar la libertad que tienen otros, empezás a poder tomar decisiones incluso en tu vida de todos los días. Me parece que tiene un sentido profundo esto del Quijote leyendo libros de caballería y luego saliendo a hacer de caballero. Es en los libros donde uno encuentra quién realmente puede ser, quiere ser, es ahí donde vos comparás lo que es tu vida con lo que soñás que podría ser tu vida. Luego, la decisión es muy simple, querer convertirte en lo que estás leyendo en esos libros es una posibilidad más amplia, más profunda, más intensa, más hermosa, al menos eso han sido los libros para mí, lugares donde he encontrado la dirección más certera para soñarme. Además de lo hermoso que es ese momento, que no sé si se compara con algún otro, que es la posibilidad de realmente apartarte de todo, de ponerte una lucecita especial, del silencio, de la atmósfera, de estar durante una hora, dos horas, diez horas en ese otro lugar. Lo que yo siento que te dan los libros, o que me dieron a mí, es la capacidad de interpretar. Empezás a desarrollar tu capacidad de interpretación y esa capacidad de interpretación se aplica a todo, no solo a los libros. De repente podés interpretar lo que te está diciendo alguien del otro lado de la mesa del bar. Podés empezar a interpretar y darte cuenta de que no todas las cosas que se dicen son lo que parecen, hay algo detrás de esas cosas, como lo hay en los libros, ahí tiene un lugar fundamental el libro en mi vida.

Me hiciste acordar de algo que dice David Foster Wallace en una entrevista, acerca de que leer es una exigencia, es encontrar el momento, aprender a estar solo, sobre todo en un mundo en el que cada vez tenés más estímulos para no hacerlo, entonces es hasta un acto de rebeldía.

Claro, totalmente. Yo me acuerdo de la primera vez que vi a mi hija mayor, María Paz, que le encanta leer, contra un rinconcito de su cama, retranqui leyendo, en una burbuja, apartada del mundo, me vino miedo, como un “ay no, está allá”, tuve ganas de romperle las bolas y es sagrado eso, realmente es la construcción de un lugar sagrado de uno, capaz que hay gente que tiene eso con otras cosas. Es importante tener eso en la vida de uno, decir estoy acá, pero no estoy acá, estoy en ese otro mundo que es mi mundo, que yo elijo y puede ser para escapar de la realidad, puede ser para lo que sea, no importa, pero esa generación de ese espacio me parece importante.

¿Tus hijas ya leyeron algo tuyo o son muy chicas todavía?

No, dicen que son muy chicas todavía. Ya leerán. A veces pienso en eso, qué pensarán mis hijas cuando lean, más que nada estos últimos libros autobiográficos, porque los otros son ficción, pero pienso qué les parecerá, me intriga, pero igual no quiero que me condicione lo que estoy escribiendo ahora, por ejemplo, donde aparecen un poquito más.

A fin de 2020 se publicó Inés/María un libro doble. Inés es un cuento sobre el recuerdo distorsionado del primer amor y María es una serie de poemas. ¿Qué significó esta primera experiencia con la poesía? La experiencia impresa, supongo que escribías poesía de antes…

Sí, escribía poesía cuando era guacho, mis poemas siempre fueron de amor. Los de adolescente y estos que escribí ahora. Me sorprendió encontrarme con la necesidad de escribir poemas de vuelta a partir del amor. Cuando surgió la posibilidad de publicarlos, porque hacía tiempo que veníamos hablando con Fardo de publicar algo, yo tenía un cuento escrito, que era justo a raíz de mi primer amor y como ellos publican unos libros muy delgaditos cabía perfecto. Justo se dio que conocí a María, que tuve esa historia re fuerte y surgieron esos poemas. Me pareció perfectamente simétrico, que iban en el mismo volumen: primer amor / último amor. Un cuento, o una prosa el primero, unos poemas el último. Me daba vergüenza publicarlos, no porque fueran poemas de amor personales, me daba vergüenza porque yo tengo un amor por la poesía muy grande pero no la practico, no la escribo hace muchos años. Esos poemas fueron escritos en un par de semanas que sentía una inspiración y cuando trataba de convertirlo en texto, en prosa no quedaba bien, y me dije ¿no será que estoy teniendo como una inspiración poética? Capaz que tengo el chip de que soy escritor de prosa y no me estoy permitiendo hacer poesía. Me gustó escribir poemas y me encantaría seguir haciéndolo, pero me parece que tengo que volver a sintonizar y como ahora estoy demasiado ocupado escribiendo este libro nuevo, capaz que mis energías están demasiado enfocadas en ese formato y en ese tema.

Hablemos de la muerte

Hablemos de la muerte

El sábado 13 de marzo me levanté a las seis y media. Fue en ese silencio de la mañana en Solymar, donde aproveché para tirarme en el sillón con un libro y una taza de café. Entre los párrafos de uno de los capítulos del libro, encontré este verso del poeta John Donne:

«Ninguna persona es una isla. La muerte de cualquiera me disminuye porque estoy ligado a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti».

Dejé el libro en la mesa ratona y cerré los ojos. El poema me trajo la imagen de Andrés Abt, quien había fallecido la noche anterior. Yo no lo conocí personalmente, nunca hablé con él y, sin embargo, su muerte me afectó. Las redes sociales se empapelaron con su foto y en cada retrato sobresalía su sonrisa. Andrés fue un diputado electo que tomó la decisión poco ortodoxa de renunciar a su cargo para no alejarse de los ciudadanos de a pie. A pesar de las críticas y los cuestionamientos, mantuvo su postura con la firmeza de los líderes despojados de ambición.

El poder de la muerte sobre la vida era algo que me aterraba desde el momento en que tomé conciencia de ella. Recuerdo el preciso instante. Estaba en la casa de mis abuelos y un primo mayor me contó que nos íbamos a morir. Yo era un niño que aún no había entrado a primer año y lloré como nunca había llorado en mi vida. El desasosiego aumentó con la primera muerte cercana, la de mi abuelo Pedro. Yo tenía diez años y fue mi primera experiencia con el dolor de la pérdida.

Mi padre, con su postura pragmática, me ayudó a racionalizar ese miedo. «Acostumbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros», me decía. Me hablaba de los pensamientos de Epicuro, que dijo que mientras somos la muerte no está presente y cuando la muerte se presenta, ya no existimos. En nada afecta a los vivos ni a los muertos. Crecí y, por un tiempo, la muerte dejó de preocuparme. 

Volví a pensar en Andrés Abt y me acordé de una conversación que tuve con Daniel Mella, el autor de El hermano mayor. Era el año 2018 y estábamos sentados en una de las mesitas del bar Las Flores que dan a Juan Manuel Blanes. Nos encontrábamos ahí los martes de tarde y él me ayudaba con un proyecto. Tomábamos un café y después un gintonic. Hablábamos de libros y de escritura. De vez en cuando la muerte se presentaba. Daniel había perdido a su hermano cuando era demasiado joven para morirse y yo acababa de enterrar a mi padre. En una de esas charlas perdidas me dijo que a él no le preocupaba la muerte ni el olvido pero le aterraba estar muerto en vida y por eso escribía.

Andrés se murió antes de tiempo. ¿Su obra quedó inconclusa? ¿Había vivido a pleno? ¿Se sentía satisfecho con sus logros? ¿Le dijo alguna vez a su esposa que estaba contento con su vida? Me hacía esas preguntas y quería correr a decirle a Eliana, mi esposa, que si me pasaba algo, ella podía estar tranquila de que yo era feliz. Tenemos que hablar más sobre la muerte.

En twitter encontré un fragmento de una entrevista que Natalia Giménez y Ana Castro le hicieron a un Abt que decía: «Lo que me llena de orgullo es que gente que no es de mi partido me haya visto bien, para mí eso es fundamental. Mi sello es eso, que se entienda que lo único que quiero, con errores y aciertos, es mejorar la calidad de vida de la gente. Por supuesto, soy blanco (…) pero me parece que tenemos que tener un cambio cultural donde sintamos que trabajando juntos derrama mejor para todos lados y, para mí, mi sello es eso. Y si puedo construir un sello es en eso, en que sientan que podemos trabajar con cualquiera que quiera trabajar por el bien común, mientras esa sea su filosofía nos va a encontrar como socio».

Los mensajes de  figuras del Partido Colorado, del Frente Amplio y del resto del espectro político destacaron la virtud de Andrés como un constructor de puentes para acercar a los sectores y como un servidor público que soñaba el Uruguay del futuro. La infinidad de personas que se acercaron a la zona de Kibón para dejar flores y banderas sobre las letras del cartel que forman el nombre de la capital son la confirmación de la huella de su pasaje por la vida. Abt respiraba Montevideo y la ciudad lo respiraba a él. Me reconforta pensar que, a pesar de su pronta ida, pudo dejar su sello.

Diez años atrás, mi padre había adoptado una costumbre extraña. Me pedía que arrimase una silla a su lado y, frente a la computadora, me daba una serie de indicaciones con acciones que yo debía ejecutar si se moría. Las sesiones apocalípticas se repetían cada doce meses, yo las llamaba irónicamente “las charlas de la muerte”, y las odiaba, pero papá tenía la necesidad de actualizar las instrucciones que habían quedado obsoletas. Intercaladas entre las directivas, se manifestaban los sentimientos de mi padre. Esas charlas fueron las que me impulsaron a dar un paso al frente en su entierro para contarles, a su familia y a sus amigos, que él había descubierto que no le temía a la muerte cuando sufrió el primer aneurisma a principios de los ochenta. Su primer pensamiento, mientras convalecía, había sido el cálculo de su seguro de vida para ver cuánto iba a recibir mi madre. Ese aneurisma no lo mató y a partir de ahí, no contaba un pan dulce menos a fin de año sino que siempre era uno más. Quise transmitir que era un momento de un dolor inmenso y una tristeza profunda pero que no tenía quejas, mi padre había amado a su esposa, criado a sus hijos y cumplido con su deber. En una de nuestras últimas conversaciones me dijo que él sentía que uno se prolongaba a través de los hijos y luego, con los nietos, se alcanzaba la verdadera transmisión a escala humana y así se trascendía.

«Yo es otro» es el aforismo por excelencia de Arthur Rimbaud. La combinación de esas tres palabras manifiestan que cada uno de nosotros contenemos a los otros y estos a su vez nos contienen, ejecutando así, el entramado de la estructura social. La muerte de Andrés Abt nos duele porque en él se configuraban nuestras mejores virtudes. La muerte de Andrés Abt significó la pérdida de millones de buenas acciones.

Un cosmos geométrico

Un cosmos geométrico

-¿Cuál comprarías vos? –dijo mi tío.

Levanté la mirada para que mis ojos se encontrasen con los suyos. Me sacaba más de una cabeza de altura. Llevaba la camisa rosada que usaba para las ocasiones importantes. Debajo de ella se veía una camiseta celeste. Estaba cubierto de polvo de mármol. El blanco del material lo acompañaba a todos lados. Lo llevaba en el interior del auto y en la ropa. Lo cargaba en la piel y en la barba. Hasta tenía ojeras blancas. Nunca estaba libre de él. El mármol y mi tío habían convivido por decenas de años y eso hacía que no pudiesen vivir el uno sin el otro.

-Yo no sé nada de arte –le respondí.

-Eso no importa. Miralos. Fijate si alguno te despierta algo.

Nos mantuvimos en silencio contemplando la sala. Sobre las paredes descansaban más de treinta cuadros. Parecía un museo. El lugar había sido adaptado para el remate. Las obras inundaban de colores intensos el ambiente. Las formas geométricas se extendían más allá de los marcos de madera que las contenían y entre ellas se establecía un diálogo.

Hubo una que me llamó la atención. Me acerqué a ella y pude leer la inscripción: Rectángulos XXXVIII, 1964. Óleo sobre tela. La composición estaba formada por cientos de rectángulos de distintos tamaños que estaban orientados en todas las direcciones posibles. Algunos eran azules y los restantes eran blancos. Todos coexistían sobre un fondo negro. La obra que parecía caótica a primera vista, alcanzaba una armonía reconfortante.

-Me quedaría con este –le dije a mi tío. Él estaba parado detrás de mí, observándome y sonriendo.

-Esta es una de las que voy a llevar a la Fundación. Estoy coleccionando la obra de José Pedro Costigliolo. ¿Lo conocías? –me preguntó.

Ante mi negativa, me relató las desventuras del pintor uruguayo que, luego de una primera etapa, se alejaría del arte por veinte años. Esos años en el ostracismo lo fortalecerían para luego reencontrarse con los lienzos, a mediados de los años cuarenta, y darle origen a sus primeras abstracciones.

Mi tío estaba interesado en ese último período. El que comenzó a partir de 1963 y se prolongó hasta la muerte del artista en 1985. Costigliolo renació con el descubrimiento de un universo propio formado por figuras geométricas y colores vibrantes. Ahí dentro desarrolló todo su potencial y se convirtió en unos de los artistas fundamentales del arte no figurativo uruguayo.

– ¿Por qué dejó la pintura por tanto tiempo? –le pregunté mientras imaginaba, con cierta nostalgia, la pérdida de todas las obras que podrían haber nacido.  

– Costigliolo, siendo joven, decidió transitar un camino distante del sentir de su época. Su obra no fue legitimada y él fue rechazado por las galerías. Concursaba para ganar una beca para estudiar en el exterior pero nunca tuvo éxito. La frustración lo alejó de la escena artística y se dedicó al diseño gráfico. Creó un archivo impresionante de afiches, carteles y diseños publicitarios. Fueron revolucionarios para sus tiempos, de hecho, un afiche suyo para El Palacio de la Música fue destacado con un premio –me respondió en un tono sereno pero que no ocultaba la emoción que sentía por el pintor.

Seguimos caminando por la sala y nos detuvimos frente a otro de los cuadros. Composición, 1974. Al igual que las esculturas de mi tío, las pinturas de Costigliolo no llevaban títulos pomposos. Eran simples descripciones: Rectángulos, Cuadrados, Triángulos. No buscaba sugerir con nombres algo tan subjetivo como la interpretación. Esa pintura estaba formada únicamente por triángulos. Varios de ellos compartían el mismo azul del fondo. Los restantes estaban pintados con un óleo amarillo. A diferencia de la armonía de la obra que me había gustado, esta era dramática. Los triángulos contrastaban unos con otros. Los había isósceles, equiláteros, pero en su mayoría eran escalenos. 

– ¿Lo conociste? –le pregunté.

– No. Pero conocí a su esposa, María Freire. Una artista muy importante. Junto a “Costi”, como ella le decía cariñosamente, crearon el grupo de arte no figurativo. Llegó a exponer en el museo Reina Sofía y hay una pintura de ella en la colección permanente de obras abstractas del MOMA, en Nueva York.

Las obras tenían características similares. Las figuras geométricas estaban desparramadas en distintas escalas sobre pintura negra y los colores que las rellenaban eran planos. Rojos. Celestes. Amarillos. Blancos. Grises. Azules. Anaranjados. No más de tres colores por cuadro. La obra de Costigliolo podía parecer repetitiva. Simplista. ¿Monótona? Pero no lo era. Ella buscaba despojarse del ruido que la alejaba de lo esencial: la búsqueda de la belleza y de la musicalidad. Era trascendente. En ella había orden, construcción y método pero también una búsqueda de la libertad más embriagante.

En cada uno de los lienzos se veía el trazo bien marcado y trataba de imaginar a Costigliolo pintando. Jugaba a adivinar la génesis de cada cuadro. Hubo en mí un enamoramiento inmediato con su trabajo. Quizás por su genialidad. Quizás porque la visita al remate fue un oasis en un momento difícil de mi vida. Quizás porque yo atesoraba la compañía de mi tío al que veía solo en breves lapsos de tiempo. Seguramente era por una combinación de todas esas razones.

El arte, como la literatura, la música o cualquier otra forma de expresión, nos daba la oportunidad de profundizar en la vida de otro ser, de desnudar su espíritu, de vivir sus emociones y compartir su destino. El artista sacrificaba su intimidad para regalarnos su obra.

Cuatro años después, me encontraba en la Fundación Pablo Atchugarry. Estábamos construyendo una obra titánica: el primer Museo de Arte Contemporáneo de las Américas. Mi tío había reunido parte de la colección permanente y la estaba exhibiendo en uno de los edificios ya existentes. En uno de los salones encontré dos cuadros. Estaban a poca distancia, solos, daba la impresión de que intentaban tocarse.  En uno, un océano de rectángulos blancos era atravesado por dos franjas horizontales formadas por figuras azules. José Pedro Costigliolo. En el otro, unos símbolos de forma circular estaban apoyados sobre franjas verticales de colores vivos. María Freire. Los dos artistas habían abandonado su forma física pero a través del amor y del arte lograron traspasar los límites de la mortalidad.

*Las fotografías de las obras de José Pedro Costigliolo y María Freire son gentileza de la Fundación Pablo Atchugarry, tomadas de las obras de su colección.

Costigliolo. Rectángulos y cuadrados CCXXXII, 1976. Acrílico sobre tela.
Costigliolo. Composición, 1963. Óleo sobre cartón.
Costigliolo. Rectangulos y cuadrados MCXXVII, 1983. Acrílico.
Maria Freire. Oro de los Tigres, 1996. Acrílico sobre tela.