Que mes… para ellos también

Que mes… para ellos también

Diciembre, de nuevo. Mes interesante y subjetivo: algunos estirados como el galgo de la Onda (gracias a mis padres por ese dicho) aún con el aguinaldo de por medio; otros, ya preparados para el round 23’; varios, agarradísimos del semáforo de la esquina más ventosa de Salto en El Palacio, esperando así que se calme el soplido para entrar en el próximo año y evitar seguir colgados; ciertos, quemando todas las naves porque ‘‘es fin de año’’ y ‘‘la vida es una’’. Y está bien, para los colores y las formas, los gustos. Nada escrito.

Más allá de toda situación por la que el mes de diciembre nos lleva y las situaciones que nos genera de manera espiritual, mental e inclusive física, nuestros amigos de cuatro patas (principalmente los perros) deben ser quienes después de nosotros, también pasan mal.

Llega Papá Noel y con él los regalos de todo tipo y tamaño, envueltos, claro, para no perder la tradición. Y es que está estupendo, genial. Pero a veces Papá Noel no tuvo en cuenta algunas cuestiones importantes a la hora de dejar la caja con orificios abajo del arbolito. Quizá para ahorrarnos un berrinche y no hacer pedazos la ilusión de los niños, el nuevo integrante de la familia aparece, normalmente pequeño como un peluche, tambaleándose de lo poco que conoce el mundo y su propia existencia. Tiernísimo. Y está bien, está genial. Pero esa felicidad de verlo juguetear y explorar, desaparece cuando los cuidados y tratos básicos que debería tener un animal no están y todo empeora… para él, por supuesto. Cuando va al baño donde no debe, muerde los muebles, le salta a todas las personas que ve, corre porque necesita gastar energía, rasguña sin querer queriendo, etc.: ¡Sorpresa! Un montón de pensamientos y reacciones pueden aflorar, quizá siendo estas últimas las peores. Peores si uno cree que pegándole hasta el cansancio a un perro lo va a hacer más bueno. Peores si cree que un perro es un adorno. Es que esto va más allá del post o de la Instagram Stories anunciando al nuevo integrante de la familia. Para ser integrante de la familia, tiene que ser realmente integrante de la familia. Eso incluye un trato familiar, no carcelario. No te des cuenta tan tarde.

Diciembre no es un mal mes para los caninos únicamente por la posibilidad de ser un neonato perruno que cayó en manos de padres primerizos (o no) y que creen que solo hay que darle cuerda un rato para que haga un numerito entretenido y ya está, después a la caja. El uso de la pirotecnia y sus estruendos en este mes festivo, hacen que los perros sufran un montón.

Nunca estuve en una guerra, sólo he podido leer alguna que otra, pero creo que quizá muchos de nuestros perros tengan hoy más guerras que nosotros. Estruendos inexplicables, humos, colores, chispas, olor, etc. Todo por todos lados, por varios minutos, sin anticipación. Desorientación, nerviosismo y ansiedad, impulsividad, miedo y búsqueda de un lugar seguro. Tratan de sobrevivir aun perdiendo todos los sentidos. Y algunos lo logran, otros no.

Tampoco todo termina allí. Al igual que en las guerras, a los soldados les pueden quedar secuelas después de las batallas: la pérdida de la audición es de las más comunes. Los animales son más sensibles auditivamente. Los perros pueden escuchar hasta 60.000hz, nosotros hasta 20.000hz. Los gatos escuchan más todavía, imagínate entonces. De igual forma, claro está que la pirotécnica sonora afecta también a bebés, adultos mayores, personas con hiperacusia, personas con problemas de salud mental, etc. De formas distintas, pero les afecta. En los perros también quedan cuestiones postraumáticas que los pueden condicionar de por vida. El problema es que no puedo llevar a mi perro al psicólogo para que pueda racionalizar y canalizar sus experiencias para mejorar. Él si puede hacerme de psicólogo y escucharme por horas, pero no puede ser un paciente. Es decir, muchas veces los daños son irreversibles.

Y como si el último mes del año fuera poco para los amigos de cuatro patas, también llega Enero, que para alguno de ellos puede ser complicado. El mes del verano, de las playas, de las piscinas, del descanso y del disfrute. En la valija lo necesario y en el auto también.

La imposibilidad de llevar el animal al lugar de veraneo a veces saca lo peor de los humanos: desde abandonarlos sin dejarle nada hasta volver o abandonarlos para siempre. ¿Nunca les llamó la atención algunos perros en estaciones de servicio, por ejemplo? Podrían venir del campo, es verdad, pero también algunos son de personas que engañando al perrito lo han dejado por allí. Cerca o en alguna cuneta, alguna zanja, etc. Como si le dijeran al animal que ya es hora de que se independice, que vaya a buscarse la vida, que forme una familia y pague sus impuestos como buen ciudadano. Y el perro, como Argos, leal, todavía espera. Mete su nariz, huele, mueve las orejas, aúlla, llora, pero nunca deja de tener la esperanza de que van a venir por él. Y no es ingenuo, es leal. Se le nota en la mirada. Porque, así como los respetables y merecidos soldados que prometen y juran ante su patria defenderla, los perros hacen lo mismo con sus amos, incluso si no son merecedores de ellos. Y no ser merecedor de un animal tan noble como un perro, habla más de uno, que del chicho.


La ilustración de la portada es de Paco Catalán. @pacocatt (Twitter).

Compromisos y Compro-Omisos

Compromisos y Compro-Omisos

Sí, es un juego de palabras. En muchos momentos de la historia ha habido gente con compromiso y gente ‘’compro-omiso’’ en la esfera política. Digamos que estos últimos son quienes omiten, miran para otro lado, se suman en silencio a situaciones ingratas pero que les trae ventajas.

Viniendo un poco más para acá y a nuestro país, cuando la caída de las Instituciones del Uruguay se planificaba por distintas vías, había gente comprometida con la defensa de la institucionalidad. Por otro lado, había personas que mareados por un empoderamiento revolucionario y totalitario, así como también embriagados por el poder, estaban comprometidos con el derrumbe de las Instituciones. Sin embargo, también hubo personas omisas, compro-omisas, que actuaban dependiendo de para dónde soplaba el viento y por intereses estrictamente personales. Es normal que quienes tengan esta actitud justifiquen todo tipo de actuación y declaración de quién les manda, lo cual refiere a la lealtad y no lo veo mal, pero el problema es cuando se lo defiende aún sabiendo el grave daño que ocasiona a personas, Instituciones de la República o a la Democracia. Es verdad, sí, que no estoy descubriendo la pólvora ni inventando un concepto. El divorcio entre la política y la gente, el descreimiento y un montón de problemas que incumben a la política y los electores, se han incrementado, en parte, gracias a algunos actores políticos con compromiso nulo o guiado por una conveniencia perversa. Sin apresurarme en una conclusión, debo decir que creo que con este tipo de personas (‘‘compro-omisos’’) es complicado mantener, seguir construyendo y progresar en nuestra República y nuestra Democracia porque lejos de tener ganas de aportar en el quehacer político, buscan un lucro personal. Los civiles, los electores, pueden perfectamente identificarlos, porque en contraposición a lo que algunos piensan (lo he escuchado en muchísimos ámbitos), la gente no es boba.

Este jueguito de palabras y esto último que comenté, me recuerda al discurso presidencial inaugural de John Fitzgerald Kennedy, en una de sus partes más célebres y memorables en donde llama a la acción a los ciudadanos americanos:

‘‘Por eso, mis compatriotas estadounidenses, no pregunten qué puede hacer su país por ustedes, pregúntense qué pueden hacer ustedes por su país. Mis conciudadanos del mundo, no pregunten qué hará Estados Unidos por ustedes, sino qué podemos hacer juntos por la libertad del hombre. Finalmente, ya sean ciudadanos de América o ciudadanos del mundo, pídannos aquí los mismos altos estándares de fuerza y ​​sacrificio que les pedimos a ustedes’’.

President John F. Kennedy’s Inaugural Address (1961)

Tenemos una deuda enorme con nuestros antepasados, hombres y mujeres, que han hecho grande a Salto y a el Uruguay. El hecho de que hoy todos los logros sean nuestros es gracias a los que estuvieron antes formando la República y desarrollando en un montón de aspectos a nuestra sociedad. Por supuesto que los que hoy ya no están, no están, pero esta deuda también incluye a los que actualmente están, a todos nuestros conciudadanos, así como también a las personas que nos han influenciado en el correr de toda la formación personal y las personas a las cuales de cualquier manera influimos en la actualidad. Ahí nuestra responsabilidad. Es una deuda enorme. Yo cargo con ella. Mas si se vive en Salto. No me inscribo en la lista de deudores para simplemente figurar, sino por compromiso personal, que asumo y reconozco.

Este compromiso no es un compromiso de estar por estar, ni de figurar por figurar, sino de estar para generar cambios, para reformar, para compartir y poner sobre la mesa la visión del departamento y del país que cada uno puede llegar a tener. Es un compromiso en el que se busca la utilidad de cada uno, para que así se pueda aportar desde dónde sea mejor para cada uno y por tanto para el país. Por supuesto que no todos los compromisos tienen el mismo tamaño y la misma forma, está bien que así sea, es válido y natural. Se aporta desde dónde se puede y cómo se puede, buscando el lugar indicado para hacerlo. Por otro lado, es muy fácilmente visible los que están por el ‘‘compro-omiso’’. La gente lo sabe y buscan que cada vez sean menos.

Este compromiso es fundamental. La idea del progreso reformista es lo que siempre ha mejorado y liberalizado al país. En el Partido Colorado está candente, principalmente en sus jóvenes. Un compromiso para hablar de lo que es posible y real. Un compromiso para la acción.


Los Ruidos de la Democracia

Los Ruidos de la Democracia

Uno de los acontecimientos políticos de la semana ha sido la comparecencia al Senado del Ministro del Interior, Luis Alberto Heber, esto en régimen de Comisión General y convocado por el Frente Amplio, para tratar temas referidos a su actual gestión. Los resultados y conclusiones de la convocatoria son públicos y diversos. Cada persona, político y partido saca sus cuentas y hace sus críticas, sus reivindicaciones, etc. Como ha sido de forma ininterrumpida desde hace 37 años.

Desde hace un tiempo, después de este tipo de jornadas parlamentarias, se me ha hecho costumbre leer en distintas redes sociales, ciertos ataques de personas e inclusive de políticos al Parlamento. He descubierto también que no es algo que únicamente pasa en el Uruguay, sino que en otros países sucede lo mismo y surge como una reacción ante el ruido de los debates.

En lo que respecta a los Partidos Políticos, tanto oficialismo como oposición y ese afán por adjudicarle al otro ciertas culpas de forma permanentemente, creo que no habla mal del Parlamento como institución y de forma conceptual, sino de sus miembros, que más allá de que son quienes integran el Parlamento, son inquilinos de sus respectivas bancas por cinco años. Es decir, el problema no es de los sistemas de representación e inclusive tampoco de los partidos políticos como instituciones, sino que, en todo caso, será de sus respectivas conducciones. No podemos atacar al Parlamento por no ser ejecutivo, por ejemplo, cuando por naturaleza no es un poder ejecutivo y dentro de sus facultades pocas son ejecutivas. Tampoco se puede atacar a los partidos políticos por tener opiniones distintas entre sí, buscando la supresión de estos. No esbozo que el Parlamento es intocable en lo que respecta a sus métodos parlamentarios, muchas cosas pueden ser modificables, siempre y cuando la modificación sea valedera y no un mero impulso simplista y populista.

La democracia no es perfecta, tampoco -por suerte- dogmática y puede tener defectos. Aun así, es la forma de organización de gobierno que se acerca más a la perfección en lo que respecta a garantías y libertades. Esto último lo hemos escuchado un montón de veces y no es un relato ficticio. Planteándolo de otra forma: exceptuando la democracia, todo lo demás es peor -decía Vaz Ferreira-. De hecho, la mayoría de las críticas que se le hace a la democracia quedan truncas por el argumento anterior. La democracia liberal puede tener defectos y para enmendarlos, se proponen ‘‘otras democracias’’ como la llamada democracia diferente, democracia popular, democracia autoritaria u otros supuestos ‘‘tipos de democracia’’ que en realidad no existen y si de alguna manera llegasen a existir, más bien son formas degradantes de la democracia que poco tienen que ver con la democracia en sí y tienen intenciones maquilladas. Mejor sería si se busca enmendar los defectos de la democracia sin tratar de derribarla.

La democracia que gozamos tiene un ruido, o quizá, mejor expresado, tiene varios ruidos. Es en momentos como este, después de una comparecencia de un Ministro al Parlamento, cuando hay acuerdos, desacuerdos y disidencias, es cuando el ruido de la democracia se puede acrecentar en el debate público y este se puede tornar molesto para algunas personas. Más cuando son temas delicados o de interés general. Estas situaciones originan de forma colateral un suelo fértil para algunos políticos y/o personas, que bien despabilados, lo utilizan llevar agua a su molino. Imaginémoslo con la ayuda de un formato todavía en auge y simple de entender: las tertulias. En la misma habrá varios tertulianos, tanto de profesión como políticos o periodistas y en la mesa un tópico que está en discusión. Estos difieren entre sí, lo cual es válido y comienzan a hablar uno arriba del otro -obviando toda regla de orden y de respeto que los Parlamentos tienen- generando un bullicio, un ruido inentendible, insoportable y para nada placentero. Este ruido se puede asimilar a cuando se prende la televisión y el volumen había quedado muy alto de la última vez que se la utilizó, entonces el ruido puede molestar y darnos, hablando mal y pronto, una especie de ‘‘histeria’’ momentánea que nos incita a apagar el aparato o bajar el volumen.

Como nos dice la escritora estadounidense-polaca Anne Applebaum, ‘‘con frecuencia, las personas se sienten atraídas por las ideas autoritarias porque les molesta la complejidad. Les disgusta la división; prefieren la unidad. Y, por lo tanto, una repentina avalancha de diversidad —diversidad de opiniones, diversidad de experiencias…— les enfada. Entonces buscan soluciones en un nuevo lenguaje político que las haga sentir más seguras y protegidas. (…) ‘‘El ruido de los debates, el constante rumor del desacuerdo, pueden irritar a aquellas personas que prefieren vivir en una sociedad unida por un solo relato’’.

Los ruidos de la democracia son diversos y que existan está bien. Cuando se tratan temas ‘‘polémicos’’ o de gran interés general, el bullicio puede -no necesariamente tiene que pasar- crecer y hacer que nos encontremos en un panorama complicado. De igual manera, bajar la pelota al piso, sin quitarle importancia a los temas, puede servir para seguir adelante en una convivencia democrática. Cuando se tratan otros tipos de temas, quizá los debates no se tornan con tantos estruendos, pero no dejan de ser debates, lo cual es lo importante. Poder fomentar la tolerancia para poder sentirnos orgullosos de ser tolerantes aun en la disidencia. Eso es una de las tantas expresiones de democracia. Por otro lado, si deberíamos de tomar recaudos e inclusive asustarnos cuando no existan más ruidos, cuando todo sea silencio o solo haya una voz, porque allí ya no habría democracia. Negar estos ruidos, cancelándolos y ofreciendo una solución simplista, es peligroso. Es negar el pluralismo.

Si no hay consenso o políticas de Estado referidas a la seguridad, lo que sí es más razonable hacer, es exigirle respuestas al sistema político y sus actores. Eso siempre.

El Revólver de Tarigo

El Revólver de Tarigo

Esta vez será de mi autoría, principalmente, la intención de compartir la siguiente alocución y no el texto predominante: el discurso del Dr. Enrique Tarigo en la 5ª Sesión Ordinaria de la Cámara de Senadores celebrada el 5 de Marzo de 1985. El mismo fue parte de la primera sesión de la CCS que Tarigo presidió y por tanto convirtiéndose de forma efectiva en Presidente del Senado.

Acto del Obelisco – 1983

Por supuesto que para entender mejor el discurso de Tarigo es necesario ponerse en el contexto y en los pormenores que el Uruguay vivía en aquel entonces -por lo menos en líneas muy generales pero teniendo siempre presente que es mejor interiorizarse lo más posible para no caer en burdos simplismos-. 1985. Las elecciones ya habían arrojado sus resultados el pasado año siendo el Dr. Julio María Sanguinetti quien democráticamente se convirtió en Presidente de la República y el Dr. Enrique Ernesto Tarigo en Vicepresidente. Pero no sólo eso: más allá de la alegría por la vuelta de la democracia, el ambiente por momentos se ponía algo candente aún habiéndose celebrado exitosamente elecciones democráticas en la que los ciudadanos tuvieron el derecho de participar -aunque habiendo políticos proscriptos de todos los partidos-. Existían ciertos temas que necesitaban solucionarse lo más rápido posible tanto a nivel ejecutivo como legislativo; la deuda externa, la situación bancaria, entre varios, pero siendo lo principal la vuelta y el afianzamiento de la democracia después de 12 años de dictadura cívico-militar. El Uruguay era un país aislado y sin prestigio internacional, en donde iluminados auto-proclamados gobernantes y embriagados en poder habían sostenido por varios años que ellos debían gobernar, los trabajadores ir a trabajar y los estudiantes ir a estudiar, sin ninguno de estos dos últimos poder emitir opinión alguna sobre la vida política del momento. El Cambio en Paz y la reconciliación de la sociedad uruguaya era el gran desafío y poner todo esto en marcha era complicado, pero no imposible y así quedó demostrado hasta nuestros días.

Tarigo parlamenta institucionalmente sobre la coyuntura que el país vivió tanto en el pasado como en el momento exacto en que expresaba estas palabras y también se anima a mirar a futuro dentro de la legislatura de los dos cuerpos de los cuales él sería responsable por cinco años, sin condicionar su funcionamiento futuro pero si dejando cosas claras: él no iba a claudicar. Quizá inspirado en Baltasar Brum, Tarigo sabe que hay acciones que son no para decirse, sino para hacerse, pero aún así entiende oportuno el momento para demostrar la magnitud e importancia de la prevalencia y valor de la democracia, el estado de Derecho y la institucionalidad. Por allí va su alocución.

Este texto es de mi agrado, de hecho hace unos años lo transcribí completo en mi Olivetti. Espero que a el lector, al conocer el texto -o releerlo-, también se le vuelva de su agrado.

SEÑOR PRESIDENTE. – Habiendo número, está abierta la Sesión.

(Es la hora 17 y 14 minutos).

-Pienso que sin que sea necesario someterlo a votación, tendrán ustedes la amabilidad de permitirme expresar unas breves palabras preliminares en el acto en que me incorporo realmente a la Presidencia del Senado.

La peculiaridad de nuestro sistema constitucional determina que en una misma persona y por decisión de la voluntad soberana de la nación, deban coexistir las validades de Vicepresidente de la República, de Presidente de la Asamblea General y de Presidente del Senado. Esto hace que me incorpore hoy a este alto Cuerpo, cuando éste ya está integrado y en funcionamiento.

La de hoy es, entonces, una sesión de trabajo y no una sesión inaugural, rodeada de la correspondiente solemnidad. De cualquier modo, siento que es mi deber -y le ruego a ustedes me permitan cumplirlo- pronunciar unas breves palabras para apuntar tres o cuatro ideas sin cuya expresión siento que no podría realmente integrarme a esta Cámara y ocupar en ella tan alto sitial.

Esa peculiaridad institucional determina que ya sea, de aquí en adelante y por un quinquenio, un parlamentario. Y en medio de todo este ajetreo post-electoral durante el cual me integré en las oficinas del Gobierno electo y durante el cual colaboré estrechamente en el examen de algunas de las diversas cuestiones que el Presidente electo y sus colaboradores debían resolver antes del 1º de marzo, he podido meditar más de una vez, en ésta mi entonces futura y ya actual condición principal de Parlamentario.

Expresé el viernes pasado, ante la Asamblea General, que me comprometía por mi honor a desempeñar lealmente el cargo que se me había confiado y a guardar y defender la Constitución de la República.

Quiero agregar hoy, fuera ya de la fórmula constitucional estricta, pero confirmándola y ante esta rama del Parlamento, de este Parlamento que ha sido el primero en instalarse legítimamente luego del que fuera disuelto por la prepotencia de la fuerza, que ese empeño por el que he comprometido mi honor, habré de cumplirlo hasta sus últimas consecuencias.

No deseo hacer grandes frases ante una hipótesis que durante tanto tiempo pareció inimaginable en el país pero que, desgraciadamente, hace dos años fue una realidad dolorosa.

Quiero decir, simplemente, en mi calidad de Presidente de estos dos cuerpos legislativos, que si un día -Dios no lo quiera así-, la prepotencia de la fuerza se alzara nuevamente contra ellos habré de defender su dignidad y con ella la Constitución de la República con un arma en la mano y no habré de salir de este recinto sino muerto.

En el día de hoy he guardado, en un cajón del escritorio de la Presidencia del Senado, un revólver y una pequeña caja de balas; un revólver que debí adquirir hace ya muchos años, catorce o quince años, cuando las autoridades policiales de la época -antes del golpe de estado- me informaron del hallazgo, en uno de aquellos escondites, que en su época se denominaban “Berretines”, de una serie de datos sobre mi persona, mi domicilio, mi cargo de abogado de una institución a la que he tenido el honor de prestar mi asesoramiento durante muchos años, antes y después de aquel episodio, y que hacían temer la posibilidad de la preparación de un atentado contra mi persona; un revólver y una pequeña caja de balas que, felizmente, jamás tuve necesidad de utilizar.

Naturalmente, no se me escapa que esos instrumentos habrán de ser absolutamente ineficaces contra el malón, si éste se desatara, alguna vez en este quinquenio, contra las instituciones.

Pero quiero afirmar, sí, que ese revólver y esas pocas balas, la última de las cuales dispararé contra mi mismo, estarán destinados a ser la última defensa, si no de la integridad, si de la dignidad republicana, democrática y representativa el Parlamento Nacional.

Comprendo perfectamente que estas son cosas no para decirse, sino para hacerse.

Pero creo que en la especial coyuntura que vive el país no está mal que se digan también. Y tengan ustedes la certidumbre absoluta de que, si el caso se diera, habré de ajustar mis actos a mis dichos.

James Goldschmidt -un procesalista eminente que debió emigrar de su Alemania natal en la década del 30, ante la prepotencia de la fuerza, y que incluso residió un tiempo en nuestro país y enseñó en nuestra Universidad de la República antes de radicarse definitivamente en la Argentina- definía el juramento, el juramento como medio de prueba, el juramento de decir la verdad que presta el testigo antes de declarar, como “una maldición condicional de sí mismo”. Yo me he juramentado, me he maldecido a mí mismo, me maldigo a morir por mi propia mano, para la eventualidad de que este Parlamento, dos de cuyos tres cuerpos tendré el inmenso honor de presidir, fuera nuevamente disuelto por la fuerza en estos cinco años.

Esta peculiaridad institucional a la que ya me he referido, determina que quien desempeñe estos dos altos cargos legislativos, tenga, a la vez, una vocación supletoria o sustitutiva del Presidente de la República. Y estoy seguro de que habré de ocupar, interinamente, en repetidas oportunidades y por espacio de algunos días cada vez, la más alta de las magistraturas republicanas emanadas del voto popular.

El Uruguay ha permanecido aislado en estos trágicos doce años, de la comunidad internacional democrática y el nuevo Presidente de la República habrá de romper seguramente con ese aislamiento. Habrá de viajar, con frecuencia, no sólo para retribuir, cuando corresponda hacerlo, esta estupenda demostración de solidaridad con la renaciente democracia uruguaya que hemos presenciado en estos días en los que el país se ha honrado siendo huésped de tantos y tan calificados Jefes de Estado y de Gobierno, sino, también, para hace oír la voz de este pequeño país en los foros internacionales recuperado ya el respeto tradicional con que esa voz fuera escuchada en otras épocas, para defender la causa de nuestro país, que es a la vez la causa de todos los países latinoamericanos tan maltratados por el proteccionismo, que practican los países altamente industrializados y para abrir los mercados que el país requiere imprescindiblemente para poder hacer frente a sus obligaciones.

Pero, además, esta peculiar condición que aúna constitucionalmente en una sola persona tan altas dignidades, permite que, y sin que así lo exprese la letra misma de la Constitución, esté en su espíritu, esté en la necesaria interrelación de los dos Poderes políticos del Estado y sin mengua alguna de su separación, que el Vicepresidente de la República y Presiente de la Asamblea General y del Senado pueda constituirse en un nexo natural entre esos dos Poderes. Prometo hacerlo así, también.

Y sé que esta función habré de cumplirla con facilidad y con gusto, dada la absoluta identidad de ideales políticos, la honda amistad personal y la admiración intelectual que mantengo y que siento, respectivamente, para con el Presidente de la República, doctor Sanguinetti.

Señores Senadores: Permítanme ustedes que en el momento mismo en que asumo en los hechos la Presidencia del Senado y en el que experimento, en lo más profundo de mi espíritu el inmenso honor y la responsabilidad inmensa que me ha conferido la ciudadanía, me permita algunas reflexiones sobre la labor que a todos nosotros, al igual que a los señores Representantes, nos aguardan de aquí en adelante.

No sostengo ninguna proposición original si digo aquí que, en medio de ese fenómeno que en las últimas décadas ha dado en llamarse la “crisis del Derecho”, el Parlamento ha sido y sigue siéndolo una de las instituciones republicanas que más embates teóricos o doctrinarios ha sufrido como también los ha sufrido en los textos constitucionales de muchas naciones democráticas. No quiero detenerme en este tema, al que los constitucionalistas contemporáneos han dedicado páginas esclarecedoras.

Quiero simplemente mencionarlo para señalar, a partir de él, mi opinión personal sobre la absoluta necesidad, yo diría sobre el deber ineludible que contraemos todos los parlamentarios uruguayos electos por primera vez después de tantos años sin parlamentarios electos, de robustecer y prestigiar esta institución fundamentalísima de la democracia; de robustecerla y de prestigiarla haciéndola funcionar con el máximo de eficacia compatible con la esencia misma de sus órganos: la deliberación, la discusión, el debate, frente a los cuales no debe perderse jamás de vista que ellos son los instrumentos, los medios, los mecanismos, pero que la finalidad es la legislación y el control parlamentario. A este Parlamento Nacional es mucho, muchísimo el trabajo que le aguarda para desfacer tantos estuertos perpetrados desde estas mismas bancas por quienes las usurparan durante largos años y para construir, desde el plano de generalidad de la Ley, tantas cosas útiles que hay que construir en el país.

La República vivió, antes del golpe de estado de 1973, años de duro enfrentamiento político, en los que, frente a una situación de deterioro generalizado y frente a amenazas que comenzaban a avizorarse en el horizonte, no se percibió el riesgo que la agudización de ese enfrentamiento sumaba.

Si hemos aprendido la dura lección de los hechos, debemos tener hoy plena conciencia de que el Parlamento debe rescatar una funcionalidad y un prestigio que había ido perdiendo, mal que nos pese a todos, en los últimos años de la vida democrática de la República.

Y debemos saber también que la opinión pública nacional está expectante y que este Parlamento, su labor, su tarea de todos los días, habrán de ser rigurosamente observadas y juzgadas de aquí en más.

Yo no pretendo, naturalmente, formular aquí ninguna clase de admonición, que no me competería hacer. Recuerdo simplemente que no hace muchos días un muy destacado dirigente político uruguayo, admitió, con hidalguía y con verdad, la comisión, antes de junio de 1973, de errores y de pecados graves de la dirigencia política del país.

Quiero sí formular una exhortación al trabajo serio y ahincado de todos nosotros, todos los días. Quiero decir aquí que deberemos tener presente, todos, todos los días, que el límite de nuestras discrepancias y de nuestras disensiones, que son absolutamente legítimas en la medida en que representamos distintas tesituras de la ciudadanía, deben reconocer como límite la eficacia del trabajo parlamentario, porque de esa eficacia dependerá en gran medida el prestigio del Parlamento y, con él, la consolidación de las instituciones cuya vigencia el país ha recuperado.

Yo provengo, ustedes lo saben, no del medio político -este alto cargo no es la culminación de una carrera política que yo no he tenido-, sino del foro. Y la actividad del foro es también una actividad dialéctica, profundamente dialéctica. Es un enfrentamiento que frecuentemente también es debatido en términos muy duros. Pero todos nuestros procesalistas han afirmado, y lo vienen afirmando desde Couture hasta Véscovi y a Gelsi Bidart, la necesidad de la vigencia de la regla moral en el proceso. Pienso que la regla moral debe funcionar también estrictamente en este proceso dialéctico que es el ejercicio parlamentario. Pienso, entonces, que en este Parlamento como cualquier Parlamento democrático deberemos trabajar, como deben trabajar los abogados en sus juicios, tal como decían las viejas Partidas de Don Alfonso “El Sabio”, “a estilo llano, verdad sabida y buena fe guardada”.

Permítanme ustedes que finalice estas palabras con una cita de Giácomo Delitala que utilicé hace más de diez años, a mediados de 1974, en mi clase de la Facultad de Derecho, cuando ésta se reabriera, cuando se reabriera la Universidad de la República, intervenida y cerrada por el gobierno de facto en octubre de 1973. Decía Delitala: “No obstante los errores que hemos cometido en el pasado y los que inevitablemente cometeremos en el porvenir mantengamos todavía la certeza de conseguir superar la crisis en el seno del Derecho. Sólo si esta fe se mantiene inquebrantable, podrá sobrevivir el Estado, si vacila una vez más será seguro el triunfo de la violencia”.

Mantengamos esa fe -me permito agregar- y obremos en consecuencia en todos y en cada uno de los trabajos y los días que estamos comenzando en este tiempo.

Es cuanto quería expresarles.

(Aplausos)


El Revólver de Tarigo, en caso de haberlo utilizado contra sí mismo, no iba buscar la sociedad unánime ni tampoco buscar una igualdad forzada (de forma estricta y en distintos aspectos) como pretexto de libertad tal cómo se puede interpretar en la esencia de la Constitución del 80’ y en ciertas corrientes ideológicas. El gatillo de Tarigo iba a defender la sociedad compuesta, plural y democrática. No iba a buscar una democracia ‘‘diferente’’,  ni una ‘‘democracia popular’’, ni la contradictoria y supuesta ‘‘democracia autoritaria’’, iba a proteger y defender a la democracia liberal. La concepción del mundo y de la vida que dignifica al hombre y garantiza la libertad. Tampoco iba a ser un ataque personalista al mejor estilo <<l’etat c’est moi>>, como varios Presidentes y ExPresidentes contemporáneos lo han hecho –algunos, lamentablemente, con éxito y otros, alegremente, sin éxito-. Simplemente iba a defender la democracia que hoy gozamos todos de cualquier prepotente que creyese ser gobernante, lo cual creo que es muy valiente. La iba a defender así como tantos y como pocos.

Tal como argumentó en aquel debate del Plebiscito del 80’ por el NO: ‘‘…yo soy profundamente demócrata, soy anti-comunista porque soy demócrata, no me digo demócrata porque soy anti-comunista…’’. No comulgaba con los totalitarismos, sea cual sea el signo, ni tampoco era macartista, como por sus anteriores dichos le querrán acusar. Tarigo era liberal y en su entendimiento liberal, demócrata. Como liberal entendía las diferencias naturales que existían -y van a seguir existiendo- entre animales políticos, en las que se puede discrepar pero nunca prohibir, oprimir y minimizar autoritariamente las disidencias. En un discurso totalmente distinto a ciertas personas -”políticos”, ”twitteros”, etcétera- que hoy se dicen ”liberales” pero únicamente creen que hay una sola verdad y es justamente la de ellos, llegando a catalogar y agrupar peyorativamente a quien piensa distinto, polarizando todas las cuestiones y todo el tiempo entre ”buenos y malos”, midiendo todo con un supuesto ”tibiómetro”, pidiendo el escarnio público y el apuntar con el dedo al otro de ser necesario, y así, haciéndose lugar en política con principios más iliberales que liberales. Terminando siendo -irónicamente- lo que acusan a los demás de ser. Como si en el Siglo XXI no se pudiera hacer política de verdad. Pero Tarigo no era así, era plural. Sentía la responsabilidad de defender la democracia y la libertad, y así lo hizo en el transcurso de su vida, tanto antes, durante y después de la dictadura.

Es que a la democracia y a la libertad no se las defiende únicamente en tiempos de vacas flacas, se las defiende siempre. No se puede desearse salud a uno mismo únicamente en el momento en que se enfermó. El primer día de este mes se cumplieron 37 años ininterrumpidos de Democracia en el Uruguay y no ha sido por suerte alguna sino por convicción. De hecho, en unos días tendremos un referéndum del cual estamos expectantes pero tranquilos por la fiabilidad característica de la Corte Electoral. Por momentos se nos hace increíble, justamente, creer que en nuestro país se vuelva a instaurar un régimen dictatorial, aunque mirando el mapa de todo el continente americano, podemos darnos cuenta que las dictaduras todavía siguen siendo -lamentablemente- la forma autoritaria de gobierno de algunos paises. Por supuesto que es innegable la calidad democrática de nuestro país, pero esta no es únicamente un número porcentual fijo o un alto puesto en un ranking que sale cada tanto en una noticia internacional destacándonos como País, sino que es la actitud del sistema político y de los ciudadanos y mantenerla es deber de ambos. Quiero decir, no nos acostumbremos de forma ciega y engreída a vernos con grandes porcentajes y en altos puestos porque esos números pueden bajar de un plumazo sin siquiera darnos cuenta. Es mejor estar con los pies en la tierra, con buenos porcentajes y rankings, si, pero pendientes de lo que pasa, sin embriagarnos y pudiendo perder el control. Puede sonar básico pero siempre hay que estar alerta de las acciones, hechos y dichos de los gobiernos y de los partidos políticos con sus integrantes, no auto-persiguiéndonos y creando fantasmas, pero si observando detenidamente, porque al final es eso lo que nos da los primeros indicios de los ánimos de los mismos. Cuidadito también con lo que se importa y entra -principalmente- por el Puerto de Montevideo: nada peor que esa especie de guerra civil intelectual y del pensamiento que Argentina atraviesa desde hace años, donde las convicciones se engoblan en dogmas y quien apenas se sale por un pelo de ellos automáticamente son catalogados como el enemigo, el traidor, el vende patria, el gorila, Voldemort, etc. Donde ya no buscan intercambiar o debatir con el adversario sino aplastarlo, callarlo, censurarlo e imponerse. Es parte del ”…los argentinos se pasan diciendo haber quien es el culpable de no ayudarnos y no se dan cuenta que tienen que ayudarse a sí mismos…” que dijo Jorge Batlle mientras Bloomberg lo filmaba cobardemente. No se escuchan entre ellos y muchos sueñan con la unanimidad que Tarigo tanto rechazaba.

Ese es uno de los tantos legados. El ”Dr. NO”, entre líneas, en acaloradas alocuciones, debates, en acciones y gestos, lidiando con los paladines de la unanimidad que clausuraban los medios en defensa de su única verdad y aún teniendo que visitar cada tanto -y de forma injusta- la Jefatura Policial, aún así, nunca claudicó y siguió buscando el camino de la libertad -que es prácticamente el de la felicidad-. Como el arriba firmante, me tomo el atrevimiento de sostener y decir que se puede asegurar, tranquilamente, que Enrique Ernesto Tarigo cumplió con lo que prometió. Y mejor aún, lo transmitió.


Nota: El tiempo debe ser uno de los más grandes aliados de cada nomenclador departamental. Siendo creyente de que el tiempo es quién inmortaliza a las personas y las pone en su debido lugar, me sumo al pedido del Ex-Diputado Leonardo Vinci y de tantos salteños y compatriotas, para que el nombre de Enrique Ernesto Tarigo Vázquez tenga su lugar en el nomenclátor de la ciudad de Salto. No por casualidad ni de rebote, sino por su actuación en el 1980 que tanto influyó en el Departamento de Salto junto con los dirigentes locales así como también por los valores que he tratado de ilustrar en este artículo.

¿Coalición en Salto?

¿Coalición en Salto?

Si… bueno, en realidad no lo sabemos. Aunque de haberse consolidado una coalición en las pasadas elecciones departamentales, el resultado podría haber sido distinto. ¿Por qué no se hizo? Distintas discrepancias entre actores políticos y demás. Episodios que hoy no vienen al caso.

Es que antes de hablar de futuras expresiones electorales conjuntas tales como una coalición de gobierno, el Partido Colorado en Salto debe solucionar su grave situación orgánica en el departamento. En primer lugar, quién termina validando y ratificando si habrá coalición o no en el Departamento de Salto debe ser la Convención Departamental. Las coaliciones la pueden forjar actores y líderes políticos, pero no las validan porque no expresan la voluntad orgánica del Partido Colorado. Por más que hoy se diga que la Coalición existe en Salto porque políticos se pusieron de acuerdo, es incorrecto. Es sencillo, los partidos políticos serios y organizados se expresan por sus vías institucionales y orgánicas, no por voluntades aisladas. Los acuerdos formales los hace el Partido, no los actores políticos. Así que hoy en día podemos decir que dicha coalición no existe, sin perjuicio de que en un futuro si exista.

A su vez el Partido Colorado en Salto no tiene formas para manifestar opiniones institucionalmente. No existe una voz clara y contundente para pronunciarse sobre distintos motivos porque sus respectivos órganos, que la Carta Orgánica dispone (Artículo 13), no funcionan. No hay un Comité Ejecutivo Departamental que se ocupe de la organización y vida interna del Partido; de la administración de los bienes; de llevar registro de los afiliados y de las distintas organizaciones que puedan existir en el Departamento, entre tantas otras actividades. Siguiendo un razonamiento parecido al del párrafo anterior: están los representantes electos, pero estos, a mi criterio, no deben realizar declaraciones institucionales por más que hayan sido elegidos por el lema de la colectividad política. Tienen un margen de acción referida a su condición de representante electo (para opinar, proponer, diferir, etc.) que son personales o referidas a su sector político pero no representan institucionalmente al Partido Colorado.

Este problema orgánico también denota inconvenientes en la esfera de la política departamental. No hay una oposición (actualmente gobierno el Frente Amplio en Salto) departamental institucional, hay bancada sectorial y sus respectivos ediles, hay otros cargos de confianza en representación del Partido Colorado pero se actúa de forma aislada y no tienen un respaldo orgánico, como debería ser. No funciona una Agrupación Departamental de Gobierno en donde puedan dialogar y llevar a cabo ciertas acciones como planificar, idear, etc.

Los temas pendientes siguen y la Casa del Partido Colorado en Salto es otro de ellos. El grupo de jóvenes multi-sectorial llamado Jóvenes Colorados de Salto ha tomado la posta para poder proyectar la remodelación y refacción del edificio. Sin perjuicio de que quién quiera sumarse a aportar y ayudar, puede hacerlo, claro. El estado actual de la construcción no es para nada bueno pero es reparable: humedades, techo agujereado, problemas pluviales, etc. Está ubicada en el centro de la ciudad. Hoy es inhabitable y el costo aproximado (según lo estimado) de las reparaciones ronda entre los 20.000 y 30.000 dólares.

Planta alta de la Casa del Partido Colorado en Salto.

¿Qué se busca lograr? Poder tener una Casa institucional del Partido Colorado en Salto, que no sea únicamente de un sector ni de un líder, que sea de todos los Colorados tal como funciona en Martínez Trueba. Allí podrían hacerse muchas actividades políticas y de diversa índole, así como tener una biblioteca, espacio para el afiliado que desea estudiar, reuniones sectoriales o grupales con previa reserva de salas, talleres de todo tipo, etc. Ni que hablar de que claramente allí, después de la pandemia, se pueden desarrollar la Convención Departamental y sesionar tanto el Comité Ejecutivo Departamental (de forma híbrida) como cualquier otro órgano partidario. No solo eso, este pasado Miércoles 23 de Junio vimos con alegría y esperanza la inauguración del Instituto Joaquín Suárez en Montevideo, anhelando poder concretar una idea similar para nuestro departamento y partido, tal como es el Instituto Baltasar Brum que perfectamente podría funcionar en el edificio que se planea arreglar. Uniendo esfuerzos, trabajando para la recaudación y teniendo presente el sueño de este gran espacio del Partido Colorado en Salto para todos los correligionarios, es posible lograrlo.

Como alguna vez dijo Don Pepe Batlle y muchos empuñamos: ‘‘La historia de las asambleas es la historia de la libertad’’. Y definitivamente es así, somos el Partido de las asambleas y no se puede entender la vida partidaria y sus órganos desde una perspectiva cupular.

A modo de ejemplo, la última Convención Departamental en Salto fue hecha en Febrero del 2020 exclusivamente para proclamar los distintos candidatos que en su momento compitieron para la Intendencia de Salto bajo el lema Partido Colorado. Las pocas veces que se ha reunido a la Convención Departamental, ha sido porque es necesaria su actuación de cara a los procesos electorales. Y está bien que actúe en dichas instancias, es lógico que así sea, pero casualmente (y penosamente) la Convención Departamental se reúne cuando aprieta el zapato, cuando se la precisa, algunos viéndola hasta como un obstáculo. ¿Por qué? En este caso porque si no se reúne, no hay candidatos y si no los hay, no hay proceso electoral.

La misma Carta Orgánica les da el derecho a los afiliados de hacer saber estas situaciones si es que ocurren, buscando que se cumpla con los mandatos de la misma (Artículo 9°), es por ello que decido hacerlo. Es que todos los Colorados afiliados tienen derecho a participar de la vida interna del Partido Colorado (Artículo 8°) y así debe ser. No se puede entender al Partido Colorado sin sus órganos. Todas las instituciones de nuestra República, como los partidos políticos, son importantes y siempre se debe cuidarlas y respetarlas. Parte de ese cuidado y respeto es cumplir con sus órdenes normativos para garantizar la existencia de un partido democrático y disciplinado. No estoy inventando nada, repaso el Artículo 2° de la ejemplar y fantástica Carta Orgánica del Partido Colorado, y aferrado a ella voy.