Derecho a estudiar

Derecho a estudiar

Las protestas de los aspirantes a profesores agremiados en el Centro de Estudiantes del IPA (CEIPA) se pueden analizar desde distintos puntos de vista.

No voy a opinar sobre la Transformación Educativa que ellos impugnan: esa es una discusión que amerita argumentos más amplios y profundos que los que cabrían en esta nota, y sobre todo un clima de respeto al disenso, que es lo que más está faltando en estos días de parte de los manifestantes.

Ha pasado de todo: patotearon en la puerta del IPA a los compañeros y docentes que salían de dar clase a pesar del paro, convirtieron en batallas campales los Cara a Cara propuestos por Robert Silva para dar explicaciones a la ciudadanía sobre la reforma, irrumpieron a insultos y empujones en la sede del Ministerio de Educación y Cultura, maltrataron a la viceministra Ana Ribeiro, volvieron a ocupar la sede del Codicen y se burlaron de las autoridades del Ministerio del Interior que fueron a desalojarlos en forma pacífica, y ayer mismo, en la Sala Experimental de Malvín, intentaron arruinar otro acto público insultando en forma soez a las autoridades educativas presentes.

Mientras tanto, estas mismas autoridades intentan restablecer las clases en forma remota y desde el gremio tienen el tupé de oponerse, por las desventajas de la virtualidad en comparación con la presencialidad.

Pero si ellos mismos están boicoteando la presencialidad, ¿cómo pueden caer en tan indignante doble discurso?

Quiero dedicar estas líneas a aquellos profesores y estudiantes que no participan de ese comportamiento patotero y que, coincidentes o no con la Transformación Educativa, lo único que quieren es estudiar.

Existen ámbitos donde oponerse al nuevo proyecto, sin perder clases ni atrasar carreras.

Hay estudiantes que realizan enormes esfuerzos económicos, incluso para pagarse el boleto de ómnibus que los lleve al IPA, y los huelguistas están siendo realmente injustos con ellos.

Es muy fácil jugar a la revolución mientras hay compañeros que trabajan ocho horas en un empleo que no es su vocación, porque necesitan estudiar para recibirse y poder generar su sustento con aquello que verdaderamente aman, que es dar clases.

Hay un inmenso egoísmo en quienes, desde la comodidad de sus orejeras ideológicas y fantasías de notoriedad política, se divierten rebelándose contra las autoridades ante las cámaras de televisión y son convertidos por algunos periodistas en inesperados personajes mediáticos.

La realidad es muy distinta a ese mundo de fantasía.

A Robert Silva le gritaron hace unos días “mentiroso” y “parásito” por decir verdades dolorosas, que a todos los uruguayos nos deberían avergonzar, como los elevados índices de deserción liceal que se dan sobre todo en los sectores más vulnerables de la población.

Pienso en los rebeldes franceses de Mayo del 68, que postulaban “la imaginación al poder”.

Pienso en los hippies de EE.UU., que por esa misma época realizaban manifestaciones contra la cruenta guerra de Vietnam y reclamaban una libertad para vivir y sentir, que el conservadurismo de la época demonizaba tontamente.

Pienso en la valentía de las mujeres que se alzaron contra el acoso sexual en la industria del cine, organizando el movimiento “Me too”.

Pienso en los afroamericanos que sacudieron al país del norte bajo la consigna “Black lives matter”.

Y sin ir tan lejos, pienso también en los jóvenes uruguayos que militaron contra el proyecto constitucional de la dictadura en 1980, sufriendo censura, persecución, cárcel y hasta torturas y muerte, en defensa de un ideal de justicia y libertad vilmente atacado por el totalitarismo.

Qué lejos están estos rebelditos con iPhone de aquellos verdaderos rebeldes.

Protestan desde el conservadurismo.

Insultan y bardean a quienes quieren hacer el cambio, para ser funcionales a un sistema que segrega a los más débiles, para que nada cambie, para que todo quede como está, en la inequidad educativa, que es siempre la peor de las injusticias.

Tensan la cuerda, arrojando termos para romper vidrios de autos oficiales, empujando y patoteando, con la secreta esperanza, tal vez, de ser reprimidos en forma violenta, como lo eran en otras épocas, para así victimizarse como mártires.

Pero el tiempo de la violencia desde el poder se terminó.

Hoy la opinión pública ve con total claridad de qué lado está quienes quieren construir y de qué lado los que pregonan el inmovilismo para frustrar los avances.

Con quienes discrepen con la reforma y quieran mejorarla, todo.

Con quienes lo único que quieren, es impedir el derecho a estudiar y posar de Intransigentes, nada.

Vasconcellos y el látigo de la historia

Vasconcellos y el látigo de la historia

El 22 de setiembre, Día del Maestro, se cumplieron 107 años del nacimiento de quien inició su vida activa como maestro de escuela en el departamento de Artigas, y que luego se recibiría de abogado y desarrollaría una larga y fecunda carrera política al servicio de la nación: el Dr. Amílcar Vasconcellos.

Desde muy joven militó en el batllismo, llegando a ser diputado, consejero nacional de gobierno, ministro y senador. Fue un demócrata cabal que proyecta su legado ético hasta el presente, dejando para la posteridad un libro fundamental en la historia de la política uruguaya: “Febrero amargo” (1973).

Allí denuncia con coraje la grave situación en que se adentraba el país por la rebelión de los militares a la designación de Antonio Francese como ministro de Defensa Nacional.

El libro de Vasconcellos es una crónica de la evolución de esos acontecimientos, en que la subversión estaba derrotada pero los militares se apoyaron en las sospechas de corrupción con que aquella cuestionaba al sistema político, para justificar su execrable avance sobre la institucionalidad.

En esos días de febrero, en que los mandos militares publicitan sus tristemente célebres “comunicados 4 y 7” (que son apoyados por casi todo el Frente Amplio), la lucidez de Vasconcellos ve allí una escalada hacia la dictadura y lo denuncia en forma contundente:

“La prensa hace referencia a declaraciones de jerarcas militares que en esencia intentan justificar la subversión, señalando que ella es la consecuencia de la corrupción y, para hacerlo, al señalar que en tales o cuales sectores de la administración la corrupción existe, no vacilan en incurrir en actos que son de por sí básicamente corruptores porque son subversivos, al llevarse por delante sus mandos naturales y al entrar en valoraciones y declaraciones políticas que les está vedado. La corrupción existe no solo cuando se usan mal los dineros del pueblo -y esta es y debe ser sancionada por los órganos administrativos y judiciales pertinentes-; existe también cuando se busca sustituir a los organismos normales de la administración por quienes, no teniendo facultades ni autoridad para ello, la asumen por el solo hecho de tener la fuerza en sus manos”.

Hay que situarse en esa época para aquilatar la valentía de Vasconcellos en enfrentar con similar dureza a la izquierda violentista y a la derecha golpista, extremos aparentemente contradictorios, pero que coincidían en un mismo desprecio por el ordenamiento constitucional.

Eran tiempos en que el recién nacido Frente Amplio miraba con simpatía la revolución cubana, que había desvelado su inspiración marxista y promovía la censura y el paredón contra la libertad de pensamiento.

Eran tiempos en que los dirigentes uruguayos de izquierda hablaban en sus discursos de “la oligarquía blanca y colorada contra el pueblo del Frente Amplio”, aun cuando el FA había alcanzado apenas un 18% de los votos en la elección de 1971.

Ese fracaso fue, sin lugar a dudas, un estímulo para que la mayoría de los frenteamplistas se aliara estratégicamente con los militares en febrero de 1973, incapaces de comprender que una vez que estos se hicieran con el poder, la perseguirían de la forma más cruenta.

Lejos de esos cálculos políticos antidemocráticos e ingenuos, Vasconcellos se alzó como una voz lúcida en la denuncia de lo que se estaba gestando: “Que nadie se haga ilusiones: Latorre llegó y nadie ha olvidado cómo se tuvo que ir; los ‘latorritos’ que tratan de llegar -aunque puedan lograrlo mediante la ayuda de cobardes y traidores- que no olviden la lección histórica”.

Pocos meses después, el 27 de junio, se perpetró la disolución de las cámaras.

El golpe de estado, sembrado en aquel febrero amargo, ya era un hecho.

Y en la última sesión del parlamento, Vasconcellos pronunció un discurso tan breve como encendido: “Hay triunfadores efímeros que las hojas del viento desparraman y se olvidan hasta del odio de los pueblos. Ellos se sentirán vencedores y muchos serviles y miserables se acercarán para decorar una situación momentánea, pero ya sentirán también el látigo de la historia sobre sus hombros, como una mancha indeleble por la inmensa traición que están cometiendo contra el Uruguay”.

Qué ejemplo de dignidad y heroísmo, en un momento en que no se sabía qué podía esperar a los dirigentes políticos fieles a la Constitución y las leyes.

Con toda justicia, el 22 de setiembre de 2014, la Junta Departamental de la época homenajeó a este prohombre del batllismo, inaugurando una “marca de la resistencia” frente a la puerta de la que fue su casa, en 18 de Julio y Cuareim. “Ex casa del senador Amílcar Vasconcellos“ -dice la losa allí emplazada- “Dirigente de Partido Colorado, activo opositor a los militares golpistas y a la dictadura”.

Porque hay paradigmas de heroísmo que no se desparraman con el viento.

Porque donde haya un batllista, los latorritos serán desenmascarados y, tarde o temprano, recibirán el latigazo de la historia.

La Democracia como Construcción Permanente

La Democracia como Construcción Permanente

A veces, las efemérides que se celebran, presentan un extraño paralelismo con los hechos políticos y sociales que se desarrollan al mismo tiempo.

Tal es el caso del Día Internacional de la Democracia, que tuvo lugar el pasado jueves 15, la misma fecha en que celebramos el 95 aniversario del nacimiento del Dr. Enrique Tarigo.

Es una primera coincidencia significativa, porque al inolvidable exvicepresidente de la República en el período 1985-1990, le debemos en buena medida la recuperación de la institucionalidad democrática en el país.

Abogado de profesión y docente universitario, Tarigo ejerció un periodismo de opinión valiente y combativo en el período más negro de la pasada dictadura, primero desde la revista “Noticias” y luego desde su propio semanario, el legendario “Opinar”.

Junto al nacionalista Eduardo Pons Etcheverry, pasó a la historia por aquel debate de canal 4, prácticamente la única vez en que la oposición a la dictadura se pudo expresar en un medio televisivo, previo al plebiscito de 1980.

A pesar de que había una encuesta que pronosticaba un triunfo amplio del Sí a la reforma constitucional propuesta por el gobierno cívico-militar, la contundencia de Tarigo en aquel debate fue tal, que muchos creen que su impecable argumentación tuvo mucho que ver con que terminara triunfando el No por amplio margen.

En 1983, co-redacta junto al nacionalista Gonzalo Aguirre la proclama del Obelisco, aquel glorioso 27 de noviembre, en que la voz profunda y emotiva de don Alberto Candeau encendió al país entero en la demanda de “un Uruguay democrático sin exclusiones”.

Tarigo fue un brillante vicepresidente en lo que sin duda fue un período difícil de la transición, poniéndose al hombro la compleja defensa de la Ley de Caducidad, una amnistía para los delitos cometidos por militares durante la dictadura que en ese momento resultaba inevitable para la pacificación del país.

Que el Día Internacional de la Democracia sea el del aniversario de su nacimiento es una hermosa coincidencia, porque si a alguien debemos agradecer la libertad de que hoy gozamos, es a este gigante del batllismo, cuyo sector político tenía el hermoso nombre de “Libertad y cambio”.

Pero las coincidencias no terminan allí.

Porque esta efemérides se produce en el mismo momento en que, en nuestro país, los ánimos se encrespan entre la oposición y el gobierno: el jueves 15 fue también el de un absurdo paro general convocado por el Pit-Cnt, en el cual se llegó al extremo insólito de justificar que no se dispondría de guardia gremial para atender los comedores escolares, porque el sindicato de las maestras entendió que alimentar a los niños de los sectores vulnerables no era esencial…

Un día el presidente del Frente Amplio propicia una reunión de líderes políticos para “terminar con el discurso de odio” y al siguiente la central sindical convoca a ese paro con tan graves consecuencias como la mencionada.

Queda en evidencia que la oposición política-sindical se encuentra en uno de dos callejones sin salida: o está en un despiste absoluto, por su falta de líderes de peso y la improvisación de sus múltiples dirigentes intermedios, o por el contrario ha optado decididamente por la radicalización de su discurso, en un fundamentalismo idelógico que la aleja del sentir de las grandes mayorías populares.

En uno u otro caso, los uruguayos de buena voluntad, que los hay en todos los partidos políticos, debemos reflexionar.

Mirarnos en el espejo deformante que nos ofrece Argentina y entender que la exacerbación de los conflictos no es el camino, como tampoco lo fue en los años 60 y principios del 70 del siglo pasado, cuando una izquierda dogmática menospreció la fortaleza de nuestra democracia y atentó contra ella, generando torpemente una excusa perfecta para la cruenta escalada dictatorial que vino después.

La democracia no es un punto de llegada: es una construcción que debemos cuidar y hacer crecer todos los días.

Es un poco como aquella cita de Galeano sobre la utopía. ¿Para qué sirve, se preguntaba, si cada paso que damos hacia ella, parece que ella se alejara otro paso? Para eso sirve la utopía, respondía Galeano: para caminar.

Con la democracia pasa lo mismo.

Si no la profundizamos en forma consciente cada día, si no la hacemos llegar a más gente, con más justicia social e igualdad de oportunidades, lo más seguro es que se malogre y devenga en cualquiera de los autoritarismos que lamentablemente aún campean en este mundo.

Por eso exigimos una democracia paritaria, donde hombres y mujeres tengamos los mismos derechos para integrar listas, acceder a cargos y con ello, derrotar las inercias patriarcales del pasado.

Por eso celebramos que el expresidente Luis Alberto Lacalle Herrera se disponga a escribir un libro que conteste al más reciente que ha publicado Julio María Sanguinetti. O que este último esté preparando otro junto a su adversario José Mujica.

Así se comportan los hombres libres de una democracia: polemizando, debatiendo, dialogando.

Nunca intentando eliminarse ni menoscabarse.

Son lecciones que deberían atender los fanáticos de siempre, ya sea que provengan de la izquierda como de la derecha.

Son las enseñanzas del viejo y siempre vigente Uruguay batllista.

Chile como espejo

Chile como espejo

La derrota aplastante del proyecto constitucional chileno deja distintas enseñanzas.

La más obvia de todas es que la composición de la constituyente que la redactó, si bien respondió a una votación, no resultó a la postre representativa de la voluntad mayoritaria de la ciudadanía.

De no ser así, debió haber habido una correlación entre las preferencias políticas de quienes colmaron la constituyente de militantes de ultraizquierda, y el apoyo al texto constitucional que ellos mismos redactaron y defendieron con convicción.

¿Es válido analizar el resultado como un voto castigo al gobierno de Gabriel Boric, por el deterioro de la calidad de vida de los chilenos, con una inflación a la que el país trasandino no estaba acostumbrado desde hacía décadas?

Creo que no; la causa principal debe hallarse en la desconfianza que produjeron algunas de las medidas allí contenidas, sobre todo aquella de consagrar la plurinacionalidad, al extremo de generar prerrogativas legislativas y judiciales independientes en beneficio de determinados sectores.

Más temprano que tarde, los chilenos comprendieron que esa disposición constitucional, por más políticamente correcta que pareciera, llevaría indefectiblemente a una atomización del Estado y la pérdida de garantías para los ciudadanos. Es que aún en un mundo tan relativista como el actual, hay vallas que la gente sensata no está dispuesta a saltar.

Hubo dos factores que motivaron el triunfo de Boric en las elecciones presidenciales chilenas de diciembre del año pasado.

Por un lado la manifiesta disconformidad de un pueblo que realizó en octubre de 2019 una revuelta masiva, por muchos inesperada.

Los resultados macroeconómicos del país eran inmejorables, una especie de mosca blanca en el contexto latinoamericano, pero en paralelo, la desigualdad social había generado un caldo de cultivo que explotó con furia inusitada.

Es verdad que en esa rebelión incidió mucho cierta ultraizquierda organizada (similar a la que aquí, por suerte en forma minoritaria, insulta soezmente al presidente de la República en ciertos actos públicos). Pero la manera como las grandes mayorías salieron a las calles en demanda de mayor igualdad tuvo que ver con un país de economía liberal muy sólida, donde sin embargo faltó un componente principal: el de la sensibilidad social.

Dicho en otras palabras, al Chile de Piñera le faltaba batllismo.

Ese descontento social alentó el deseo de un cambio de signo ideológico. Pero no se hubiera dado de no haber incidido el segundo factor: un candidato oficialista, José Antonio Kast, claramente posicionado en la extrema derecha del espectro político.

Nuevamente, a la alternativa liberal y republicana de aquella elección crucial, le faltó batllismo.

Los chilenos se inclinaron por un candidato joven que, aún sustentado por la ultraizquierda, mostraba cierta moderación en su discurso.

Es muy significativo que Boric no haya tenido palabras de elogio a las penosas dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua (como lamentablemente lo hacen un día sí y otro también nuestros frenteamplistas de por acá), y que tampoco haya firmado la patética carta de presidentes de izquierda en adhesión a la vice argentina Cristina Fernández, cercada por la Justicia ante indudables hechos de corrupción multimillonaria.

Ese activo de Boric lo coloca en una situación difícil: no puede satisfacer a los centristas y derechistas que recelan de su origen radical, pero ante la necesidad inevitable de dar sensatez a su gobierno, terminará defraudando también a la misma ultraizquierda que lo impulsó.

Es ese contexto crítico el que explica el rechazo plebiscitario del fin de semana pasado.

Y a los uruguayos debe servirnos, como un espejo en el que mirar nuestra realidad.

Las moralejas son dos: por un lado, redoblar nuestra labor para convencer a la ciudadanía que las utopías de ultraizquierda no son una solución y que inevitablemente conducen al desastre.

Por el otro, ser muy cuidadosos en el cuidado de nuestro gobierno: que la ética liberal nunca se lleve puesta a la sensibilidad social.

Ese es nuestro desafío, como uruguayos y como colorados: seguir impregnando a la coalición republicana de batllismo.

“Pegale en otro lado, no en tu casa”

“Pegale en otro lado, no en tu casa”

En un acto político multitudinario, el actual candidato y expresidente brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva lanzó un exabrupto descomunal, de esos que no hay disculpa que los arregle.

Enfervorizado, gritó a sus adherentes: “si querés pegarle a una mujer, pegale en otro lado, no en tu casa”.

Una supone que no habrá querido decir lo que efectivamente dijo. Que fue uno de esos “lapsus” en que la gente declara algo muy distinto a lo que quería expresar.

Lo cierto es que la violencia de género es uno de esos temas en que más deberíamos medir nuestras palabras, porque se trata una gravísima disfunción social que compromete la convivencia en toda América Latina. Y que aparezca en los discursos que declaman los políticos para ganar votos, no significa que esté suficientemente internalizada por ellos mismos.

A lo largo de mi vida política he escuchado todo tipo de opiniones sobre este asunto, algunas francamente infundadas y peregrinas. Están aquellos que creen que nuestras denuncias contra la violencia de género son influidas por un supuesto feminismo radical que agrede ciegamente a los hombres.

Nada más lejos de la realidad.

Los números de femicidios colocan a Uruguay en un vergonzante ránking internacional (como también ocurre con los suicidios), en proporción a la cantidad de habitantes.

Y está claro que la incidencia del femicidio dentro del hogar es aplastantemente mayoritaria, en comparación con los crímenes de hombres cometidos por sus parejas o exparejas mujeres.

Entender el problema y valorarlo en toda su dimensión no significa subirse al carro de radicalismos tontos como lo de “muerte al macho”.

Suponer que la causa de defensa del derecho a la vida de las mujeres es patrimonio del Frente Amplio (como lamentablemente postulan algunos dirigentes -pocos y aislados- que integran nuestra coalición republicana) significa concederle a la oposición una fortaleza de la que carece, porque si ha habido regímenes con violencia machista (y homofobia), estos han sido los colectivistas afines al marxismo.

El embanderamiento de las izquierdas actuales con la causa feminista tiene más que ver con una tendencia de “izquierda woke” que, lejos de estar en las fuentes intelectuales que los alimentan, proviene de determinadas universidades norteamericanas y europeas que han instalado nuevos paradigmas, al advertir que el mito de la lucha de clases está completamente perimido.

Pero somos nosotros, los republicamos y liberales, quienes más hemos levantado las banderas de la igualdad de género y el respeto a las minorías, y también quienes tenemos la responsabilidad de seguir haciéndolo, en procura de un futuro de verdadera inclusión y libertad.

Somos nosotros quienes debemos denunciar las atrocidades que comete no solo el machismo en las sociedades occidentales, sino también los vejámenes a que son sometidas las mujeres en las naciones aún gobernadas por oscurantismos religiosos y fanáticos. Es el caso de Afganistán, donde la actual “revolución” de los talibanes ha llevado más bien a una trágica involución de los derechos de las mujeres, aunque las feministas de izquierda no reparen en ello, por ser los talibanes enemigos de Estados Unidos.

En nuestro país, el actual gobierno ha dado pasos importantes en el combate a la violencia de género. Recordamos que una de las primeras medidas de la ministra Azucena Arbeleche fue la adquisición de tobilleras electrónicas, elemento imprescindible que en gobiernos anteriores había probado su eficacia pero resultaba escaso para la alta demanda generada. También se inició el camino de la incorporación de juzgados especializados en violencia de género, un objetivo que los gobiernos del FA habían aprobado a nivel jurídico, pero nunca concretado en la práctica.

Ha habido desde 2020 una eficaz labor de Inmujeres, el instituto del Mides específicamente destinado a esta tarea.

Pero los logros de la coalición republicana aún son insuficientes.

Los niveles de denuncias por este tipo de violencia todavía son elevados y hace falta una mayor severidad del Estado en políticas de prevención.

Los fondos otorgados para atender este problema siguen siendo menores a los que se reclaman.

Por eso el 27 de agosto pasado, la Convención Nacional del Partido Colorado votó una declaración en que expresa “su firme aspiración a que en la Rendición de Cuentas a estudio del Parlamento Nacional y en futuras instancias presupuestales se incluyan los recursos que reclaman el Poder Judicial y la Fiscalía General de la Nación, en particular los destinados a mejorar la calidad de la respuesta a las situaciones de violencia contra niños, niñas, adolescentes y mujeres, en línea con la Declaración de Mujeres Coloradas del 23 de setiembre de 2019. Un Poder Judicial fuerte, independiente y con recursos suficientes, constituye una condición ineludible para un funcionamiento institucional republicano y democrático”.

En esto, como pasó con Lula, todos corremos el riesgo de caer en “lapsus” que empeoren la situación en lugar de corregirla.