La protesta que no fue

La protesta que no fue

Las oportunidades de protestar contra la dictadura militar que asoló al país entre 1973 y 1984 eran escasas, porque el control del régimen era riguroso y severo.

Eran contadas con los dedos de una mano las voces independientes de los medios de comunicación que se atrevían a contrastar las verdades oficiales y, en esa pléyade heroica, hay que recordar al Dr. Enrique Tarigo, que desde la revista Noticias primero y luego desde su propio semanario Opinar, mantuvo enhiesta la bandera de la libertad en esos tiempos de ignominia.

Pero había una forma de resistencia y protesta que, quienes hoy peinan canas, evocan con emoción. A los dictadores les encantaba usar el Himno Nacional, con un talante patriotero y autoritario muy distinto al de este venerable símbolo patrio.

Entonces, en el momento en que la letra del Himno repite “¡Tiranos temblad!”, los ciudadanos de a pie hacían resonar sus voces con estruendo: era un grito colectivo, una advertencia a los tiranos de que su prepotencia llegaría a su fin, por acción tanto de una dirigencia política que estuvo a la altura de las circunstancias (Sanguinetti, Ferreira Aldunate, Seregni, Batalla y tantos otros), como por un pueblo movilizado que estaba harto del autoritarismo y reclamaba justicia y democracia.

Con esta breve evocación quiero demostrar que, aun cuando rigen las peores restricciones a la libertad de expresión, los pueblos con vocación de libertad siempre encuentran un resquicio a través del cual difundir su mensaje de rebeldía.

Y el hecho viene a cuento por lo que pasó en el Mundial de Fútbol que concluyó hace uno tiempo en Qatar.

Por supuesto que participo de la alegría rioplatense y sudamericana por el merecido triunfo de la selección argentina, pero eché en falta algo que hubiera sido fundamental: un mensaje claro y contundente de los futbolistas participantes en contra de la feroz dictadura teocrática de Irán, que ha condenado a muerte a uno de sus colegas, Amir Nasr-Azadani, por el solo hecho de haberse manifestado en defensa de los derechos de las mujeres.

Está más que claro que las restricciones a la libertad de expresión en Qatar fueron moneda corriente. No por nada ese país es también una dictadura, asentada y consolidada sobre una montaña de dinero, que resultó suficiente para corromper a funcionarios gremiales y políticos de medio mundo con el fin de celebrar allí la competencia.

Una dictadura que además pretendió limpiar su imagen de vergüenza, luego de haber construido los estadios con mano de obra casi esclava en condiciones infrahumanas y con un lacerante costo de vidas humanas.

No le pedimos, por eso, a los futbolistas que pudieron jugar el mundial, que levantaran pancartas pidiendo por la vida del iraní condenado, junto a otros once compatriotas que aguardan la horca por defender la libertad.

Pero podrían haber dado un mensaje, una señal que la audiencia global hubiera sabido interpretar.

Pongo un ejemplo simple: que los máximos goleadores de los equipos finalistas hubieran comenzado el partido tirando la pelota afuera, los dos juntos y voluntariamente.

Para transformar ese ritual en un significado de protesta, alcanzaba el trabajo que se hiciera después a través de las redes sociales y de la prensa extranjera.

Pero no pasó nada.

No hicieron nada.

Aceptaron mansamente las reglas impuestas por la dictadura y le dieron su fiesta.

Nadie que festejó la victoria o lamentó la derrota hace algunos días atrás, se acordó del futbolista Amir y de los otros condenados por defender los derechos de las mujeres en Irán.

En una acertada columna de El Observador que recomiendo leer, titulada “La pelota sí se manchó de petróleo en Qatar”, Eduardo Blasina explica cómo el poderío petrolero de la dinastía catarí logró comprar conciencias occidentales.

Yo agregaría a su título que esa pelota también se manchó de sangre.

Porque hoy más que nunca, quienes tienen el privilegio de concitar la atención de amplias mayorías del mundo, deben hacerse cargo también de la obligación de usar esa notoriedad en beneficio de la paz y el respeto a los derechos humanos.

No es tanto pedir.

Y es muy triste que la “corrección política” se ponga al servicio del autoritarismo y silencie las grandes injusticias de este mundo.

Es tiempo de cumplir lo prometido

Es tiempo de cumplir lo prometido

La rebaja de los impuestos IASS e IRPF fue una promesa de campaña en que coincidimos colorados y blancos.

Llegó la hora, al fin, de darle cumplimiento.

El sábado 10 de diciembre, nuestra agrupación Batllistas emitió una declaración clara al respecto.

Por un lado señalamos que “al llegar al fin de año, hemos pasado ya la mitad de este gobierno y seguimos atravesando con éxito las crisis internacionales aún no resueltas. Nunca estamos ni estaremos satisfechos con lo alcanzado. Sin embargo, nos embarga la convicción de que se ha hecho y se sigue haciendo lo mejor posible para la República”.

También reafirmamos la voluntad de continuar una hoja de ruta que modifique el estado desastroso en que el FA dejó a la educación pública, “amplíe la inserción internacional, mejore la competitividad nacional y culmine la recuperación salarial, además de seguir adelante con la inversión en producción e infraestructura”.

No obviamos además la iracundia desproporcionada de la oposición, que la declaración define incluso “de a ratos escandalosa”.

Es una cuesta arriba que venimos sobrellevando desde el mismo primero de marzo de 2020, cuando la oposición organizaba denuncias falsas sobre supuesta represión policial, y luego, al sobrevenir la pandemia, exaltando los ánimos y reclamando una cuarentena general que hubiera sido un desastre para el país (como lo fue para algunos vecinos).

Pero el temple de la Coalición Republicana nunca mermó y su unidad se mantuvo intacta, pese a los agoreros que vaticinaban su quiebre.

El Partido Colorado ha sido un socio fiel y constructivo, evitando perfilismos y fortaleciendo una gestión que hoy es reconocida regional y mundialmente.

El crecimiento actual -más notorio si se lo compara con magros resultados regionales- amerita señalar que “ha llegado la hora” de aflojar la cincha a los trabajadores y pasivos de ingresos medios que el FA castigó con el IRPF y el IASS.

Se trata de una promesa de campaña y, más temprano que tarde, debe hacerse realidad con el esfuerzo de todos los partidos que integramos el gobierno y la firme voluntad del Presidente.

“En la defensa de los trabajadores y jubilados”, dice la declaración de Batllistas, “deberemos seguir avanzando en la medida de las posibilidades económicas del país”.

Es un compromiso de campaña y llegó el momento de honrarlo, como corresponde.

La ideología pobrista que subyace siempre en el discurso del FA, ha tratado de comunicar que quienes, por sus ingresos, integran las franjas inferiores de estos impuestos, son potentados, personas pudientes a las que les sobra el dinero. Y sabemos bien que no es así. Máxime con la característica del IRPF, que acumula distintos ingresos de menor entidad y con ello acrecienta los aportes, al punto que hay uruguayos a los que no les conviene realizar determinados trabajos extra, porque esos ingresos son absorbidos casi totalmente por el incremento de la franja.

Cuando pregunta qué diferencia a batllistas de frenteamplistas, he aquí una perfecta definición.

Nosotros construimos un país de clase media, donde la persona pudiera progresar económicamente con su trabajo y talento.

La aspiración del FA, en cambio, es nivelar hacia abajo: el IRPF de Astori fue el gran antídoto contra los emprendedores, los profesionales y todos aquellos trabajadores independientes y microempresarios sin ingresos fijos, que lo único que quieren es trabajar más y mejor para tener un mejor futuro.

Cuanto mejor les va, más se los castiga tributariamente con franjas progresivas, mientras que las grandes empresas pagan porcentajes estables de sus utilidades.

El daño está hecho, pero es imprescindible elevar las franjas mínimas, para que quienes luchan denodadamente por progresar no tengan esta sombra de desaliento cada vez que hay que liquidar este impuesto que los castiga.

Lo mismo puede decirse de pasivos que han aportado durante toda su vida activa, y ven que ahora el IASS les quita una tajada de aquello que les pertenece.

Nadie duda que en la actual estructura tributaria del Estado, estos impuestos son inevitables. Pero la coalición, con ese talante batllista que felizmente tan bien ejerce, debe ser sensible a esta realidad y aflojar la presión en las franjas más bajas.

En Batllistas, el gobierno sabe que encontrará siempre una fuerza constructiva en beneficio de quienes más lo necesitan.

Día de grandes republicanos

Día de grandes republicanos

La tradición indica que el 6 de enero es el día de los tres reyes magos.

Pero paradójicamente, para los uruguayos es el día de cumpleaños de tres inmensos republicanos.

No hicieron magia alguna.

Simplemente dedicaron su vida a la actividad política, con una pasión que se tradujo en importantes logros para la democracia uruguaya.

Porque hoy 6 de enero cumplen años Julio María Sanguinetti y Luis Hierro López, y se celebra un nuevo aniversario de la gran Martha Montaner, que partió prematuramente pero nos dejó una huella indeleble de compromiso con el país.

Vean de qué estamos hablando: diputada y senadora, Martha Montaner fue la primera mujer en desempeñarse como secretaria general del Partido Colorado, abriendo el camino para sus congéneres y dando un ejemplo de liderazgo humanista que sabremos seguir.

Luis Hierro López, que ahora representa diplomáticamente a nuestro país en Perú, fue el vicepresidente de la República en el período de crisis económica más difícil de la historia nacional.

Junto al gran Jorge Batlle mantuvo el timón con firmeza en esa tormenta, asegurando la institucionalidad y volviendo a colocar al país en la senda del crecimiento, ya desde el año 2003.

Y será difícil destacar algo del Presidente Julio María Sanguinetti que ya no se haya dicho, pero vamos a intentarlo en estas líneas.

Miro hacia atrás y veo distintas etapas de su vida, todas contestes en un denodado afán de servicio público.

Desde muy joven, formado en el periodismo y en la política al lado de Luis Batlle Berres, se desarrolló como un dirigente activo y al mismo tiempo un intelectual de fuste.

Desempeñándose en los años duros de la pre-dictadura como ministro de Educación y Cultura, impulsó una Ley de Educación que restituyera la laicidad en las aulas, por entonces literalmente copadas por el marxismo, en aquel grave contexto de guerra fría del que Uruguay no fue ajeno.

Habiendo renunciado y siendo proscripto por la dictadura que asoló al país a partir de 1973, fue uno de sus mayores oponentes dentro de fronteras, al punto que llegaron a atentar con bombas contra su estudio jurídico.

Militó con firmeza contra el proyecto constitucional de la dictadura, convirtiendo a su semanario Correo de los Viernes en un faro de libertad.

Protagonizó todas las negociaciones que sacaron al país del totalitarismo primero junto a los blancos sin el FA y luego junto al FA sin los blancos.

Concibió el concepto del cambio en paz y lo llevó adelante contra viento y marea.

Contra quienes apostaban a una salida violenta, con muertos en las calles, y también contra quienes promovían una transición cobarde que mantuviera el poder militar.

Con esa promesa ganó la elección del renacer democrático y en su primera presidencia, fue mucho lo que hizo por el país y su gente.

Es el primer presidente que repite el mandato por voto popular directo en la historia del Uruguay.

Guía su segunda presidencia bajo el lema de “la revolución de centro”, reivindicando un espacio político batllista (una categoría que antecede a la europea de “socialdemócrata”), en el que se encuentran liberales y republicanos de buena voluntad, en un arco que incluyó al inolvidable Hugo Batalla, un izquierdista democrático que se convirtió en su vicepresidente.

Se entendió bien con aquel Frente Amplio donde eran mayoría las fuerzas democráticas y republicanas, bajo la conducción patriótica y generosa de Líber Seregni.

Pero apenas el general es reemplazado por Tabaré Vázquez, el FA inicia una campaña de denostación de Sanguinetti que, vergonzantemente, aún está vigente.

La razón era sencilla: con sus políticas sociales (centros CAIF, escuelas de tiempo completo, reforma de la seguridad social y tantas otras), Sanguinetti demostraba que las banderas solidarias estaban en el batllismo y no en el FA, una cooperativa electoral crecientemente dominada por comunistas y tupamaros.

Por eso apuntaron siempre a agraviarlo y difamarlo, sin comprender que el liderazgo de Sanguinetti es el de un batllista que, en la línea de Don Pepe, Brum, Luis y Jorge y Batalla, ha trabajado siempre en el mejoramiento de la calidad de vida de la gente, no desde un maximalismo contraproducente como el de la perimida lucha de clases, sino desde la responsabilidad macroeconómica, la libertad de mercado y una política atenta a las necesidades de los más vulnerables.

El aparato político y sindical de la izquierda nunca aceptó esta realidad y llegó a generar historiografía para refutarla.

Por eso ha sido tan importante la actividad de Sanguinetti como escritor, legando textos históricos de hechos que lo tuvieron como protagonista y que corrigen las tergiversaciones de la literatura ideológicamente flechada.

A todo lo anterior, agreguemos la lealtad y el compromiso que Julio demuestra, a su edad, por la consolidación y el fortalecimiento de este gobierno de coalición, comprometido con las reformas que el país venía reclamando desde hacía 15 años.

Vaya si tendremos mucho que agradecerle, en este 6 de enero en que vuelve a soplar velitas para orgullo de todos.

¿Quién es para denunciar “mentiras”?

¿Quién es para denunciar “mentiras”?

“El gobierno se está acostumbrando demasiado seguido a convivir con la mentira”, declaró el presidente del Frente Amplio hace algunos sábados.

La verdad es que cuando Fernando Pereira se pone a agraviar a la Coalición Republicana, consigue el efecto contrario al que busca: solo logra exacerbar a los frenteamplistas fanáticos, pero aquellos que analizan la realidad con objetividad y mesura, huyen espantados de tanta hipocresía insultante.

Porque miremos un poquito para atrás: ¿quién está denunciando que el gobierno miente?

¿El mismo que convocó a una caceroleada reclamando cuarentena general, y después dijo que nunca lo había pedido?

¿El mismo que denunció que la policía maltrataba a la gente, y después se demostró que era totalmente falso, porque esas “víctimas” habían sido filmadas por cámaras de los mismos agentes, demostrando que habían sido tratadas con absoluta corrección?

¿El mismo que habló de “muertes evitables” durante la pandemia y dijo que los CTI estaban desbordados, cuando luego se supo que todo fue el plan de un publicista que “adiestró” a médicos militantes, pidiéndoles que hicieran videos selfies denunciando esa falsedad?

¿El mismo que hizo campaña contra la LUC diciendo que si se aplicaba, se privatizaría la educación pública, se echaría a los inquilinos de sus casas, se fundiría Antel y la policía saldría a dar palos indiscriminadamente?

La LUC se aprobó y ¿pasó algo de eso? Nada, por supuesto.

A lo mejor es el mismo que dijo que los sindicalistas docentes que abusaron de sus licencias gremiales eran “perseguidos”, cuando nuestros diputados demostraron con meridiana claridad en el parlamento que estas personas trucharon certificados para validar inasistencias injustificables.

O el que después dijo que este año había crecido la cantidad de uruguayos que se alimentaban en las ollas populares, cuando en realidad había decrecido sustancialmente.

O el que hace menos de un mes declamó que había que “bajar la pelota al piso” en el debate político, mientras ahora, el publicista del Frente Amplio reclama alegremente la renuncia del Presidente de la República…

O el que está diciendo que con la reforma previsional los jubilados ganarán menos, cuando será exactamente al revés.

¿Justo él viene a decirnos que el gobierno miente? ¿Se puede llegar a un nivel semejante de doble discurso?

La agresividad con que se planta la oposición en el escenario es verdaderamente preocupante.

Ni siquiera en los momentos en que, para vergüenza de todo el país, el vicepresidente Sendic se veía obligado a renunciar al cargo por el peso de sus irregularidades, los partidos que hoy conformamos la coalición de gobierno atribuimos intenciones o bajamos el nivel de la confrontación. Incluso en no pocas oportunidades acompañamos las decisiones de los gobiernos frenteamplistas, al punto que llegamos a dar nuestros votos en el parlamento para que buenas ideas de sus presidentes no naufragaran por la tozudez de los sectores de la izquierda radical.

Sin embargo, el Frente Amplio hoy está actuando como si nunca hubiera sido gobierno, como si pudiera opinar desde un limbo en el que la pandemia -con sus graves consecuencias socioeconómicas- no hubiera existido.

La hipocresía que Molière, el gran dramaturgo francés que nació hace cuatro siglos, personificó en el inefable personaje de Tartufo, es una inconducta que hace mucho daño.

Divide a la sociedad en lugar de tender puentes.

Siembra desconfianza y cosecha intolerancia.

Simplifica los debates y empobrece los intercambios de ideas.

En suma: corrompe a la democracia.

El país tiene por delante el desafío de grandes cambios que el gobierno, en mayor o menor medida, está tratando de ejecutar: una transformación educativa que reinstaure la equidad valeriana perdida, una reforma previsional que dé sustentabilidad al sistema, una apertura internacional que genere trabajo para los uruguayos…

Los pequeños y ruidosos buscapiés que tira la oposición no deben distraernos de esos desafíos.

Nuestro Partido Colorado -y en particular el Batllismo- estará siempre en la vanguardia del impulso a esos cambios, honrando su mejor historia.

El otro mundial

El otro mundial

Cada 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Es verdad que el interés público ha sido conquistado por un evento deportivo de carácter global, pero la comparación entre ambas conmemoraciones no es caprichosa.

Porque muchos han definido este campeonato de fútbol como “el Mundial de la vergüenza”: se sabe que la elección de Qatar como país anfitrión fue realizada de manera por demás irregular y que, aunque los responsables de esa tropelía ya no lideran la FIFA, sus actuales autoridades no modificaron tal decisión.

Al igual que pasó con los juegos olímpicos de Berlín de 1936, con Rusia respecto al Mundial anterior, y con China en relación a los Juegos Olímpicos, países económicamente poderosos, pero con controvertida imagen internacional, echan mano a este tipo de acontecimientos globales para maquillarla un poco, procurando generar una simpatía que su desapego a los derechos humanos suele desmentir.

Hay una línea vinculante entre este Mundial celebrado en un país próspero pero totalitario, y el drama no resuelto de la violencia de género. Tiene que ver con la naturalización del horror, con ese manso acostumbramiento al que tendemos las personas, aceptando como inevitables situaciones que rompen los ojos por su injusticia y crueldad.

Está muy claro que participar en el Mundial no significa avalar dichas irregularidades: algunos artistas famosos, como Rod Stewart y Shakira, pudieron darse el lujo de rechazar tentadoras ofertas para cantar en Qatar, pero eso no significa que quienes sí aceptaron (incluidos los deportistas que juegan los partidos) estén convalidando al régimen.

Lo interesante es ver distintas actitudes: hay futbolistas que, en sus países de origen, democráticos, hacen mucha bulla con el activismo pro-derechos, pero que en esta instancia y en este país, marcan un perfil bajo que hace dudar de aquellos actos de coraje.

También hay ejemplos de inusual heroísmo: hemos visto a un jugador de la selección de Irán reconocer ante las cámaras de televisión del mundo entero el nivel de injusticia que se vive en su país. Y sabiendo que las víctimas de la represión en Irán se cuentan por centenares, resulta sorprendente que un deportista, pudiendo zafar de cualquier compromiso, se exprese con ese nivel de valentía y honestidad.

Nuestra posición es a favor de la razonabilidad: negarse a participar del evento es de un principismo inútil, pero eso no debe llevar al otro extremo, que es el de cantar loas al país sede o festejarlo, como hemos visto que algunos periodistas si lo han hecho.

Lejos estamos del argumento blandido por el actual mandamás de la FIFA, que compara las críticas de occidente al régimen catarí con un complejo de superioridad o discriminatorio, similar al que algunas personas dirigen a los inmigrantes.

No es lo mismo.

Siempre debemos aplicar una conciencia crítica, igual que lo hacemos con las historias aberrantes de violencia y abuso que lamentablemente son frecuentes en la crónica policial de nuestro país.

Nunca habituarnos a la violencia.

Nunca pretender que un femicidio o el abuso cometido contra una persona indefensa o menor de edad, son situaciones inevitables; nunca convertirlas en parte del paisaje.

Este es nuestro gran desafío en un nuevo día por la eliminación de este flagelo.

Reflexionar. Redoblar militancia por la vida y el respeto. Comprender, como bien dice la directora de Inmujeres Mónica Bottero, que “la violencia de género no es producto de la delincuencia, más allá de que pueda haber delincuentes agresores”.

Entender por fin que es una falla sistémica de nuestra sociedad, fundada en prejuicios culturales que provienen de épocas remotas, en que la mujer era un objeto al servicio del varón, y en que los niños carecían de derechos frente al autoritarismo de sus progenitores.

Las sociedades donde la respetable religión musulmana se malinterpreta, transformándose en un islamismo radical y violentista, deben rebelarse a esas imposiciones regresivas, como está pasando hoy mismo con el heroico pueblo iraní, a partir de la infamante tortura y muerte de una joven veinteañera por el supuesto delito de llevar el velo mal colocado.

Por suerte, el amor a la libertad es mucho más contagioso que la inercia totalitaria y el miedo al progreso.

Está en cada uno de nosotros impulsar el cambio y alumbrar el mañana.