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Corrían los años 50, el planeta acababa de sufrir una de las peores catástrofes sociales de la historia, una guerra que afectó a cada uno de los ciudadanos del globo, provocando heridas profundas en la amplia variedad de culturas existentes que hasta ese entonces se creían ajenas unas de otras. Este evento fue el desencadenante de una nueva era de la humanidad, la era de la globalización.

Posterior a esta guerra, junto con la creación de las Naciones Unidas, la humanidad se bañaba de esperanza pensando en un futuro prometedor, gobernado por la paz y la prosperidad. Además, el período del conflicto bélico no fue solo un tiempo de muerte y destrucción, en tiempos de crisis la resiliencia florece y es considerada también una época de fuerte innovación tecnológica.

Debido a las condiciones de este nuevo mundo post guerra los economistas y demógrafos de la época predijeron un crecimiento poblacional sin precedentes, acompañado por una gran preocupación: ¿Cómo haremos para alimentar a toda esta gente?

La revolución verde es un término asignado a la renovación de las prácticas de agricultura que tiene origen en esta época, dónde la comunidad científica respondió a las predicciones previamente mencionadas y gracias a la innovación tecnológica no solo fueron capaces de acompasar la demanda alimenticia de la población, sino que incluso pudieron superarla, creando una nueva sociedad consumista que hoy día ignora la fragilidad de los sistemas alimentarios que la sostienen.

En el presente una nueva guerra amenaza la cadena alimenticia de todo el planeta. El conflicto entre Rusia y Ucrania puso en evidencia la problemática de una sociedad globalizada y dependiente de la economía del negocio. Estos países son los principales productores de trigo a nivel mundial, que en el caso de algunas naciones satisfacen el 100% de la demanda de consumo de este grano. Este acontecimiento a provocado un desequilibrio titánico en el mercado global, afectando incluso a nuestro país, aumentando precios y reduciendo la oferta de un insumo que, como en tantas otras culturas, compone la base de nuestra alimentación.

El paradigma de la industria agrícola moderna se tambalea ante esta nueva crisis. La revolución verde podría considerarse un milagro tecnológico, pero sus cimientos flaquean ante las condiciones de una nueva sociedad globalizada. Desde entonces existe una tendencia a la simplificación y homogenización de los cultivos. El maíz, el trigo, el arroz y la cebada, en su momento plantas raras que crecían solamente en determinadas locaciones, acaparan hoy día los ecosistemas a lo largo de todo el mundo y se han convertido en las principales fuentes de alimento de la cultura global.

La invasión rusa provocó un pequeño cimbronazo en la estructura de los sistemas alimenticios, que nos obliga a prestarle especial atención a las falencias de la industria agrícola. Pero, lamentablemente, esto es solo la punta del iceberg.

Hace ya varios años que es sabido dentro de la comunidad científica que las prácticas promovidas por la agroindustria tienen fecha de caducidad. La tecnología de producción agrícola comúnmente utilizada involucra el control de las variedades de cultivo por medio de modificación genética, la regulación de la productividad de los suelos por medio del uso de fertilizantes químicos, y el control de plagas con pesticidas químicos. El impacto negativo en el ambiente ocasionado por esta forma de cultivar es severo. La degradación de los suelos, la sobreexplotación de los cursos de agua destinados para el riego, la contaminación de estos debido al excesivo uso de agroquímicos y las condiciones climáticas adversas producto del calentamiento global han provocado un estancamiento en los rendimientos de la producción agrícola, y el futuro que se avecina es muy desalentador.

¡¿Cómo haremos para alimentar a toda esta gente?!

Una revolución verde 2.0 debe apoderarse de la manera en que producimos nuestros alimentos. Las prácticas tradicionales intensivistas como el monocultivo y el uso de químicos deben abandonarse. A fin de cuentas, el servicio ecosistémico más importante para nuestra sociedad es la provisión de alimentos por parte de la agricultura, por lo que resulta imperativo mantener la salud del medioambiente si queremos continuar habitando este planeta.

Las soluciones a nuestros problemas abundan. Un enfoque de productividad basado en el mantenimiento de los suelos y la proliferación de la biodiversidad en los ecosistemas agrícolas ha demostrado que puede incrementar la cantidad y la calidad de la producción de los cultivos, complaciendo la demanda de alimentos no sólo a nivel local sino también con la capacidad de abastecer las poblaciones de las regiones más vulnerables. Además, los beneficios económicos del mantenimiento de los suelos son inconmensurables, cada año 10 millones de hectáreas de suelo pierden sus propiedades de cultivo, causando perdidas millonarias en agricultores de todo el mundo. Por si fuera poco, técnicas revolucionarias como la rotación de cultivos y el uso de fertilizantes naturales revierten los efectos de la agricultura intensiva, recuperando la salud de los suelos deteriorados y mitigando los efectos del cambio climático, asegurando la alimentación de los seres humanos no solo en la actualidad sino también en el futuro.

Sólo queda una cosa por hacer: seguir actuando del mismo modo, deteriorando la salud de nuestros ecosistemas, porque es más fácil y es la única manera que conocemos, o realizar el esfuerzo consciente de cambiar nuestra forma de producir, con tal de mejorar nuestra calidad de vida y poder entregarle a nuestros hijos y nietos un planeta sano con abundancia de comida.


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