El Día

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La epidemia del olvido

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Todos hemos escuchado hablar de trastorno del espectro autista (TEA), el cual se caracteriza por ser reconocido a partir de rasgos particulares por el público en general. Desviación de la mirada, la falta de habilidades sociales, y especialmente dificultades para comunicarse verbalmente, pero, tal como relata el nombre del trastorno, se trata de un espectro amplio el cual puede manifestarse de tantas formas como colores existen en el mundo, siendo así, casi irrepetible el patrón de conducta que puede presentar un individuo con autismo.

Cuando hablamos de TEA nos referimos principalmente a un trastorno del desarrollo, es decir, propio de la ¨construcción¨  del sistema nervioso, más especialmente el cerebro. El TEA compromete las conexiones sinápticas distantes y refuerza las locales, ¿qué es exactamente lo que esto quiere decir? Nuestras neuronas, quienes realizan el trabajo dentro del sistema nervioso, trabajan en conjunto en una especie de sintonía orquestal. Para hacerlo requieren de diversas conexiones por las cuales comunicarse unas con otras. En el caso del cerebro autista, las conexiones más distantes (por ejemplo de una modalidad cerebral a otra) se han visto afectadas, por lo que las tareas que requieren del esfuerzo de distintas áreas cerebrales, como el pensamiento abstracto, serán muy dificultosas para un sujeto con autismo. Asimismo, se puede ver una sobreconexión en áreas locales, por lo que generalmente las personas dentro del espectro autista poseerán distintas facilidades en ciertas modalidades que requieren de un procesamiento más específico. 

Pero, ¿qué tiene que ver esto con el título? se preguntarán.

Hoy quisiera hablarles de una verdadera epidemia de mal diagnóstico de TEA, especialmente en mujeres. Esto se debe mayormente al sesgo que existe en relación a cómo se comporta alguien que se encuentra dentro del espectro, el cual ha sido diseñado en base al estudio de niños y hombres, ignorando el hecho fundamental de que hombres y mujeres no son iguales, al menos en la forma en que hemos sido educadas en los últimos siglos. 

El cerebro es moldeable, especialmente en los primeros años. En el mundo neurológico se le da el nombre de ¨plástico¨,para representar lo sensible que es el mismo a las influencias ambientales. Esto incluye la forma de crianza que experimentará ese cerebro. Nacemos con un manual de instrucciones, llamado ADN, el cual será interpretado según quién desea leerlo. Quizás parezca un poco extraño, pero la ciencia lo corona con el nombre de ¨epigenética¨, pues efectivamente nuestro entorno, incluyendo específicamente la forma en  que somos educados, determina cómo van a leerse nuestros genes.

¿Por qué es esto relevante en el diagnóstico del TEA? Pues culturalmente las mujeres han sido criadas de forma distinta a los hombres. Hemos sido sometidas a mandatos que reprimen nuestras acciones, incluyendo los indicadores de autismo, dando como resultado un mayor número de mujeres que son diagnosticadas recién en la adultez e, incluso, en la vejez. Esto vulnera la capacidad de una mujer de recibir ayuda específica que amortigüe las incomodidades derivadas del TEA, llevándolas a un agotamiento excesivo por intentar esconder aquello que la sociedad le ha dicho que debe reprimir en caso de no querer ser rechazada. 

Esta habilidad para esconder y mimetizarse con personas neurotípicas imitando el accionar que ven día a día se conoce como ¨masking¨ y es particularmente frecuente en mujeres autistas debido a la presión social con la que su cerebro se ha desarrollado. Estas mujeres adoptan personalidades y conductas dependiendo del entorno en el que se encuentran, especialmente a través de la imitación, para evitar llamar la atención hacia aquello que las disconforta, muchas veces sin siquiera despertar la sospecha de que se trata de un caso de autismo. Esto lleva a casos de depresión y agotamiento crónico por el esfuerzo que significa batallar constantemente con su propio cerebro en una especie de guerra civil que no parece acabar nunca. 

Estas mujeres luchan toda su vida contra sí mismas sin siquiera saber qué es exactamente lo que es diferente sobre ellas. ¿Qué es lo que estamos haciendo con nuestras niñas que prefieren atacarse a sí mismas antes de demostrar lo que realmente sucede dentro de su cabeza? No quisiera entrar en el mundo de las palabras como ¨patriarcado¨; considero que desviaría la atención y muchos preferirían ignorar el resto del artículo, pero creo que es necesario. Si la breve explicación científica que he dado no es suficiente para captar el interés del lector y este se asusta ante la posibilidad de ser interpelado por términos del mundo social, creo que serviría para evidenciar el nivel de represión y tabú que poseemos a la hora de poner en duda nuestra estructura tradicional de crianza.

Nuestras niñas autistas están sufriendo un verdadero calvario de mentiras y engaños intentando encajar en una sociedad que le ha marcado las pautas de aquello que está permitido que sea y aquello que no. Las ha moldeado dentro de una caja de cristal de la cual salir se encuentra penado por la ley social llevándolas a un círculo de olvido sin fin. ¿Qué más aqueja a nuestras niñas que aún no hemos develado por culpa de un sistema que las reprime? ¿Será verdad que el autismo es más frecuente en niños que en niñas o simplemente hay una ola catastrófica de maldiagnóstico? Cada vez más mujeres se están animando a salir a las calles y abrazar su diagnóstico con la esperanza de concientizar acerca del TEA, para que menos mujeres tengan que sufrir la incertidumbre de no saber exactamente qué sucede con ellas y así recibir la ayuda profesional que merecen.

Diagnósticos como el trastorno límite de la personalidad han sido ampliamente repartidos antes de siquiera considerar la posibilidad de explorar más a fondo a pacientes femeninas en búsqueda de indicios de TEA, como relatan diversos testimonios recabados por la BBC. Como consecuencia, se contribuye a un tratamiento erróneo capaz de provocar daños profundos en estas mujeres.

La atención temprana del TEA focalizada en la neuroplasticidad propia de los cerebros más jóvenes podría impulsar una mayor calidad de vida con menos compromiso cognitivo en tantos casos donde la sociedad ha logrado invisibilizar a las niñas, condenándolas a pasar desapercibidas y soportar una vida de confusión de escalas inimaginables para un neurotípico. No podemos continuar ignorando el daño que ha provocado la estigmatización de comportamientos ¨inadecuados¨ con la que han crecido y se han moldeado las mujeres, pues, una vez más, caeríamos en la epidemia del olvido.


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